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Saludo

Bendición

sábado, 22 de junio de 2024

Oficio y laudes +

 San Juan Fisher, obispo y Santo Tomás Moro, mártires, memoria libre


Común de mártires


Salterio: sábado de la tercera semana


Juan Fisher nació el año 1469; estudió teología en Cambridge (Inglaterra) y fue ordenado presbítero. Más tarde fue nombrado obispo de Rochester, cargo que ejerció con una vida llena de austeridad y de entrega pastoral, visitando con frecuencia a los fieles de su grey. También escribió diversas obras contra los errores de su tiempo.
Tomás Moro nació el año 1477, y completó sus estudios en Oxford; se casó y tuvo un hijo y tres hijas. Ocupó el cargo de Canciller del reino. Escribió varias obras sobre el arte de gobernar y en defensa de la religión.
Ambos, por haberse opuesto al rey Enrique VIII en la cuestión de su pretendida anulación de matrimonio, fueron decapitados el año 1535: Juan Fisher el día 22 de junio, Tomás Moro el día 6 de julio. El obispo Juan Fisher, mientras estaba en la cárcel, fue designado cardenal por el papa Pablo III.

Oficio de Lecturas


Inicio


†

(se hace la señal de la cruz sobre los labios mientras se dice:)

V/. -Señor, ábreme los labios.
R/. -Y mi boca proclamará tu alabanza.

Salmo 94: Invitación a la alabanza divina


[Salmo 94] [Salmo 99] [Salmo 23] [Salmo 66] [quitar]

en el rezo privado, puede decirse la antífona sólo al inicio y al fin


Ant: Venid, adoremos al Señor, rey de los mártires.

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy» (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

-se repite la antífona

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

-se repite la antífona

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

-se repite la antífona

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

-se repite la antífona

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
"Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso."»

-se repite la antífona

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Venid, adoremos al Señor, rey de los mártires.

 
Himno


Pléyade santa y noble de mártires insignes,
testigos inmortales del Cristo victimado;
dichosos, pues sufristeis la cruz de vuestro Amado
Señor, que a su dolor vuestro dolor ha unido.

Bebisteis por su amor el cáliz de la sangre,
dichosos cireneos, camino del Calvario,
seguisteis, no dejasteis a Jesús solitario,
elevasteis vuestra cruz junto a su cruz unida.

Rebosa ya el rosal de rosas escarlatas,
la luz del sol tiñe de rojo el cielo,
la muerte estupefacta contempla vuestro vuelo,
enjambre de profetas y justos perseguidos.

Vuestro valor intrépido deshaga cobardías
de cuantos en la vida persigue la injusticia;
siguiendo vuestras huellas, hagamos milicia,
sirviendo con amor la paz de Jesucristo. Amén.

Primer Salmo


Salmo 106 I: Acción de gracias por la liberación


Ant: Dad gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres.

Envió su palabra a los israelitas anunciando la paz que traería Jesucristo (Hch 10,36)

Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.

Que lo confiesen los redimidos por el Señor,
los que Él rescató de la mano del enemigo,
los que reunió de todos los países:
norte y sur, oriente y occidente.

Erraban por un desierto solitario,
no encontraban el camino de ciudad habitada;
pasaban hambre y sed,
se les iba agotando la vida;
pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.

Los guió por un camino derecho,
para que llegaran a una ciudad habitada.
Dad gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Calmó el ansia de los sedientos,
y a los hambrientos los colmó de bienes.

Yacían en oscuridad y tinieblas,
cautivos de hierros y miserias;
por haberse rebelado contra los mandamientos,
despreciando el plan del Altísimo.
Él humilló su corazón con trabajos,
sucumbían y nadie los socorría.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.

Los sacó de las sombrías tinieblas,
arrancó sus cadenas.
Dad gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Destrozó las puertas de bronce,
quebró los cerrojos de hierro.

Estaban enfermos por sus maldades,
por sus culpas eran afligidos;
aborrecían todos los manjares,
y ya tocaban las puertas de la muerte.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.

Envió su palabra para curarlos,
para salvarlos de la perdición.
Dad gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Ofrezcedle sacrificios de alabanza,
y contad con entusiasmo sus acciones.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Dad gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres.

Segundo Salmo


Salmo 106 II:


Ant: Contemplaron las obras de Dios y sus maravillas.

Entraron en naves por el mar,
comerciando por las aguas inmensas.
Contemplaron las obras de Dios,
sus maravillas en el océano.

Él habló y levantó un viento tormentoso,
que alzaba las olas a lo alto:
subían al cielo, bajaban al abismo,
el estómago revuelto por el mareo,
rodaban, se tambaleaban como borrachos,
y no les valía su pericia.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.

Apaciguó la tormenta en suave brisa,
y enmudecieron las olas del mar.
Se alegraron de aquella bonanza,
y él los condujo al ansiado puerto.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.

Aclámenlo en la asamblea del pueblo,
alábenlo en el consejo de los ancianos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Contemplaron las obras de Dios y sus maravillas.

Tercer Salmo


Salmo 106 III:


Ant: Los rectos lo ven y se alegran, y comprenden la misericordia del Señor.

Él transforma los ríos en desierto,
los manantiales de agua en aridez;
la tierra fértil en marismas,
por la depravación de sus habitantes.

Transforma el desierto en estanques,
el erial en manantiales de agua.
Coloca allí a los hambrientos,
y fundan una ciudad para habitar.

Siembran campos, plantan huertos,
recogen cosechas.
Los bendice, y se multiplican,
y no les escatima el ganado.

Si menguan, abatidos por el peso
de infortunios y desgracias,
el mismo que arroja desprecio sobre los príncipes
y los descarría por una soledad sin caminos
levanta a los pobres de la miseria
y multiplica sus familias como rebaños.

Los rectos lo ven y se alegran,
a la maldad se le tapa la boca.
El que sea sabio, que recoja estos hechos
y comprenda la misericordia del Señor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Los rectos lo ven y se alegran, y comprenden la misericordia del Señor.

Lectura Bíblica


V/. Señor, tu fidelidad llega hasta las nubes.

R/. Tus sentencias son como el océano inmenso.

Visiones del profeta. Exhortación a los desterrados


Lectura del libro del profeta Zacarías
Za 2,5-17 (del lecc. par-impar)

Levanté los ojos y vi un hombre que tenía en su mano un cordón de medir. Le pregunté:

—¿Adónde vas?

Me respondió:

—A medir Jerusalén para ver cuál es su anchura y cuál su longitud.

El mensajero que me hablaba salió y vino otro mensajero a su encuentro. Me dijo: Vete corriendo y dile al oficial aquel: «Jerusalén será una ciudad abierta a causa de los muchos hombres y animales que habrá en ella; yo le serviré de muralla de fuego alrededor y en ella seré su gloria».

¡Ay, ay! Escapad del país del norte —oráculo del Señor—, pues os dispersé a los cuatro vientos del cielo —oráculo del Señor—.

¡Ay! Escapa, Sión, tú que habitas en Babilonia.

Pues esto dice el Señor del universo, cuya Gloria me ha enviado a los pueblos que os han expoliado: «El que os toca a vosotros, toca a la niña de mis ojos».

Ahí voy con el puño en alto; sus servidores tendrán botín; y así reconocerán que el Señor me ha enviado.

Alégrate y goza, Sión, pues voy a habitar en medio de ti —oráculo del Señor—.

Aquel día se asociarán al Señor pueblos sin número; ellos serán mi pueblo, y habitaré en medio de ti. Entonces reconocerás que el Señor del universo me ha enviado a ti.

Judá será la herencia del Señor, su lote en la tierra santa, y volverá a elegir a Jerusalén.

¡Silencio todo el mundo ante el Señor que se levanta de su morada santa!

Za 2,10-11

R/. ¡Alégrate y goza, hija de Sión!, que yo vengo a habitar dentro de ti.

V/. Aquel día se unirán al Señor muchos pueblos, y serán pueblo mío.

R/. Que yo vengo a habitar dentro de ti.

Lectura Patrística


Me pongo totalmente en manos de Dios con absoluta esperanza y confianza
Santo Tomás Moro, mártir

Carta escrita en la cárcel a su hija Margarita (The English Works of Sir Thomas More, Londres, 1557, p. 1454)

Aunque estoy bien convencido, mi querida Margarita, de que la maldad de mi vida pasada es tal que merecería que Dios me abandonase del todo, ni por un momento dejaré de confiar en su inmensa bondad. Hasta ahora, su gracia santísima me ha dado fuerzas para postergarlo todo: las riquezas, las ganancias y la misma vida, antes que prestar juramento en contra de mi conciencia; hasta ahora, ha inspirado al mismo rey la suficiente benignidad para que no pasara de privarme de la libertad (y, por cierto, que con esto solo su majestad me ha hecho un favor más grande, por el provecho espiritual que de ello espero sacar para mi alma, que con todos aquellos honores y bienes de que antes me había colmado). Por esto, espero confiadamente que la misma gracia divina continuará favoreciéndome, no permitiendo que el rey vaya más allá, o bien dándome la fuerza necesaria para sufrir lo que sea con paciencia, con fortaleza y de buen grado.

Esta mi paciencia, unida a los méritos de la dolorosísima pasión del Señor (infinitamente superior en todos los aspectos a todo lo que yo pueda sufrir), mitigará la pena que tenga que sufrir en el purgatorio y, gracias a su divina bondad, me conseguirá más tarde un aumento premio en el cielo.

No quiero, mi querida Margarita, desconfiar de la bondad de Dios, por más débil y frágil que me sienta. Más aún, si a causa del terror y el espanto viera que estoy ya a punto de ceder, me acordaré de san Pedro, cuando, por su poca fe, empezaba a hundirse por un solo golpe viento, y haré lo que él hizo. Gritaré a Cristo: Señor, sálvame. Espero que entonces él, tendiéndome la mano, me sujetará y no dejará que me hunda.

Y, si permitiera que mi semejanza con Pedro fuera aún más allá, de tal modo que llegara a la caída total y a jurar y perjurar (lo que Dios, por su misericordia, aparte lejos de mí, y haga que una tal caída redunde más bien en perjuicio que en provecho mío), aun en este caso espero que el Señor me dirija, como a Pedro, una mirada llena de misericordia y me levante de nuevo, para que vuelva a salir en defensa de la verdad y descargue así mi conciencia, y soporte con fortaleza el castigo y la vergüenza de mi anterior negación.

Finalmente, mi querida Margarita, de lo que estoy cierto es de que Dios no me abandonará sin culpa mía. Por esto, me pongo totalmente en manos de Dios con absoluta esperanza y confianza. Si a causa de mis pecados permite mi perdición, por lo menos su justicia será alabada a causa de mi persona. Espero, sin embargo, y lo espero con toda certeza, que su bondad clementísima guardará fielmente mi alma y hará que sea su misericordia, más que su justicia, lo que se ponga en mí de relieve.

Ten, pues, buen ánimo, hija mía, y no te preocupes por mí, sea lo que sea que me pase en este mundo. Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor.

R/. En medio de sus tormentos, los mártires de Cristo contemplaban su gloria y decían: «Ayúdanos, Señor, para que sin mancha alguna realicemos tu obra.»

V/. Mira a tus siervos, que son obra de tus manos.

R/. «Ayúdanos, Señor, para que sin mancha alguna realicemos tu obra.»

 Tú, Señor, estás cerca, y todos tus mandatos son estables.


Te invoco de todo corazón:
respóndeme, Señor, y guardaré tus leyes;
a ti grito: sálvame,
y cumpliré tus decretos;
me adelanto a la aurora pidiendo auxilio,
esperando tus palabras.

Mis ojos se adelantan a las vigilias,
meditando tu promesa;
escucha mi voz por tu misericordia,
con tus mandamientos dame vida;
ya se acercan mis inicuos perseguidores,
están lejos de tu voluntad.

Tú, Señor, estás cerca,
y todos tus mandatos son estables;
hace tiempo comprendí que tus preceptos
los fundaste para siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Tú, Señor, estás cerca, y todos tus mandatos son estables.

Cántico AT


Sabiduría 9,1-6.9-11: Dame, Señor, la sabiduría


Ant: Mándame tu sabiduría, Señor, para que me asista en mis trabajos

Os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente... ningún adversario vuestro (Lc 21,15)

Dios de los padres, y Señor de la misericordia,
que con tu palabra hiciste todas las cosas,
y en tu sabiduría formaste al hombre,
para que dominase sobre tus criaturas,
y para regir el mundo con santidad y justicia,
y para administrar justicia con rectitud de corazón.

Dame la sabiduría asistente de tu trono
y no me excluyas del número de tus siervos,
porque siervo tuyo soy, hijo de tu sierva,
hombre débil y de pocos años,
demasiado pequeño para conocer el juicio y las leyes.

Pues, aunque uno sea perfecto
entre los hijos de los hombres,
sin la sabiduría, que procede de ti,
será estimado en nada.

Contigo está la sabiduría, conocedora de tus obras,
que te asistió cuando hacías el mundo,
y que sabe lo que es grato a tus ojos
y lo que es recto según tus preceptos.

Mándala de tus santos cielos,
y de tu trono de gloria envíala,
para que me asista en mis trabajos
y venga yo a saber lo que te es grato.

Porque ella conoce y entiende todas las cosas,
y me guiará prudentemente en mis obras,
y me guardará en su esplendor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Mándame tu sabiduría, Señor, para que me asista en mis trabajos

Segundo Salmo


Salmo 116: Invitación universal a la alabanza divina


Ant: La fidelidad del Señor dura por siempre.

Los gentiles alaban a Dios por su misericordia (cf. Rm 15,9)

Alabad al Señor, todas las naciones,
aclamadlo, todos los pueblos.

Firme es su misericordia con nosotros,
su fidelidad dura por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: La fidelidad del Señor dura por siempre.

Lectura Bíblica


Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios
2Co 1,3-5

¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios del consuelo! Él nos alienta en nuestras luchas hasta el punto de poder nosotros alentar a los demás en cualquier lucha, repartiendo con ellos el ánimo que nosotros recibimos de Dios. Si los sufrimientos de Cristo rebosan sobre nosotros, gracias a Cristo rebosa en proporción nuestro ánimo.

V/. Los justos viven eternamente.

R/. Los justos viven eternamente.

V/. Reciben de Dios su recompensa.

R/. Viven eternamente.

V/. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R/. Los justos viven eternamente.

Cántico Evangélico


Cántico [en Español] [en Latín]

Ant: Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, pues de ellos es el reino de los cielos.

†

(se hace la señal de la cruz mientras se comienza a recitar)


Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo,
por boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia
que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, pues de ellos es el reino de los cielos.

Preces


Celebremos, amados hermanos, a nuestro Salvador, el testigo fiel, y, al recordar hoy a los santos mártires que murieron a causa de la palabra de Dios, aclamémoslo, diciendo:

Nos has comprado, Señor, con tu sangre

- Por la intercesión de los santos mártires, que entregaron libremente su vida como testimonio de la fe,
concédenos, Señor, la verdadera libertad de espíritu.


- Por la intercesión de los santos mártires, que proclamaron la fe hasta derramar su sangre,
concédenos, Señor, la integridad y la constancia de la fe.


- Por la intercesión de los santos mártires, que, soportando la cruz, siguieron tus pasos,
concédenos, Señor, soportar con generosidad las contrariedades de la vida.


- Por la intercesión de los santos mártires, que lavaron su manto en la sangre del Cordero,
concédenos, Señor, vencer las obras del mundo y de la carne.

Concluyamos nuestras súplicas con la oración que el mismo Señor nos enseñó:

Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre;

venga a nosotros tu reino;

hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día;

perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

No nos dejes caer en la tentación,

y líbranos del mal.



Señor, tú has querido que el testimonio del martirio sea perfecta expresión de la fe; concédenos, te rogamos, por la intercesión de san Juan Fisher y de santo Tomás Moro, ratificar con una vida santa la fe que profesamos de palabra. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

 El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R/. Amén.
  

viernes, 21 de junio de 2024

Completas +

 


SAN LUIS GONZAGA, RELIGIOSO 

SEMANA III DEL SALTERIO

VIERNES, 21 DE JUNIO - CICLO B

Completas

Invocación inicial

†
(se hace la señal de la cruz mientras se dice)

℣. Dios mío, ven en mi auxilio.

℟. Señor, date prisa en socorrerme.

℣. Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo.

℟. Como era en el principio ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Examen de conciencia

Hermanos: Llegados al fin de esta jornada que Dios nos ha concedido, reconozcamos humildemente nuestros pecados.

Todos examinan en silencio su conciencia. Después se prosigue con una de las fórmulas siguientes:

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión.
Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.
Por eso ruego a santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a vosotros, hermanos, que intercedáis por mí ante Dios, nuestro Señor.

Si preside la celebración un ministro, él solo dice la conclusión siguiente; en caso contrario, la dicen todos:

℣. Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna
℟. Amén.

Himno

Antes de cerrar los ojos,
los labios y el corazón,
al final de la jornada,
¡buenas noches!, Padre Dios.

Gracias por todas las gracias
que nos ha dado tu amor;
si muchas son nuestras deudas,
infinito es tu perdón.
Mañana te serviremos,
en tu presencia mejor.
A la sombra de tus alas,
Padre nuestro, abríganos.
Quédate junto a nosotros
y danos tu bendición.

Antes de cerrar los ojos,
los labios y el corazón,
al final de la jornada,
¡buenas noches!, Padre Dios.

Gloria al Padre omnipotente,
gloria al Hijo Redentor,
gloria al Espíritu Santo:
tres Personas, sólo un Dios. Amén.

Ant. Señor, Dios mío, de día te pido auxilio, de noche grito en tu presencia.

Salmo 87: Oración de un hombre gravemente enfermo
Señor, Dios mío, de día te pido auxilio,
de noche grito en tu presencia;
llegue hasta ti mi súplica,
inclina tu oído a mi clamor.

Porque mi alma está colmada de desdichas,
y mi vida está al borde del abismo;
ya me cuentan con los que bajan a la fosa,
soy como un inválido.

Tengo mi cama entre los muertos,
como los caídos que yacen en el sepulcro,
de los cuales ya no guardas memoria,
porque fueron arrancados de tu mano.

Me has colocado en lo hondo de la fosa,
en las tinieblas del fondo;
tu cólera pesa sobre mí,
me echas encima todas tus olas.

Has alejado de mí a mis conocidos,
me has hecho repugnante para ellos:
encerrado, no puedo salir,
y los ojos se me nublan de pesar.

Todo el día te estoy invocando,
tendiendo las manos hacia ti.
¿Harás tú maravillas por los muertos?
¿Se alzarán las sombras para darte gracias?

¿Se anuncia en el sepulcro tu misericordia,
o tu fidelidad en el reino de la muerte?
¿Se conocen tus maravillas en la tiniebla,
o tu justicia en el país del olvido?

Pero yo te pido auxilio,
por la mañana irá a tu encuentro mi súplica.
¿Por qué, Señor, me rechazas,
y me escondes tu rostro?

Desde niño fui desgraciado y enfermo,
me doblo bajo el peso de tus terrores,
pasó sobre mí tu incendio,
tus espantos me han consumido:

me rodean como las aguas todo el día,
me envuelven todos a una;
alejaste de mí amigos y compañeros:
mi compañía son las tinieblas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Señor, Dios mío, de día te pido auxilio, de noche grito en tu presencia.

Ant. Señor, Dios mío, de día te pido auxilio, de noche grito en tu presencia.

Lectura Breve

Jr 14,9
Tú estás en medio de nosotros, Señor; tu nombre ha sido invocado sobre nosotros: no nos abandones, Señor, Dios nuestro.

Responsorio

℣. A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.
℟. A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.
℣. Tú, el Dios leal, nos librarás.
℟. Encomiendo mi espíritu.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.

Cántico Ev.

Ant. Sálvanos, Señor, despiertos, protégenos mientras dormimos, para que velemos con Cristo y descansemos en paz.

†
(se hace la señal de la cruz mientras se dice)

Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz,

porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos

luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Sálvanos, Señor, despiertos, protégenos mientras dormimos, para que velemos con Cristo y descansemos en paz.

Final

Oremos:
Señor, Dios todopoderoso: ya que con nuestro descanso vamos a imitar a tu Hijo que reposó en el sepulcro, te pedimos que, al levantarnos mañana, le imitemos también resucitando a una vida nueva. Por Jesucristo nuestro Señor.

Amén.

†
(se hace la señal de la cruz mientras se dice)

℣. El señor todopoderoso nos conceda una noche tranquila y una muerte santa.
℟. Amén.

Se canta o se dice una de las siguientes antífonas marianas:

Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra: Dios te salve.

A ti llamamos los desterrados hijos de Eva; a ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas.

Ea, pues, Señora abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos y, después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre.

¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María!

o bien

Madre del Redentor, Virgen fecunda puerta del Cielo siempre abierta, estrella del mar ven a librar al pueblo que tropieza y quiere levantarse.

Ante la admiración de cielo y tierra, engendraste a tu Santo Creador, y permaneces siempre Virgen.

Recibe el saludo del ángel Gabriel y ten piedad de nosotros pecadores.

o bien

Salve, Reina de los Cielos y Señora de los ángeles; salve raíz, salve puerta, que dio paso a nuestra luz.

Alégrate, Virgen gloriosa, entre todas la más bella; salve, oh hermosa doncella, ruega a Cristo por nosotros.

o bien

Bajo tu protección nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos de todo peligro, oh siempre Virgen, gloriosa y bendita.

Sexta +

 San Luis Gonzaga, religioso, memoria obligatori


Nació el año 1568 cerca de Mantua, en Lombardía, hijo de los príncipes de Castiglione. Su madre lo educó cristianamente, y muy pronto dio indicios de su inclinación a la vida religiosa. Renunció en favor de su hermano al título de príncipe, que le correspondía por derecho de primogenitura, e ingresó en la Compañía de Jesús, en Roma. Cuidando enfermos en los hospitales, contrajo él mismo una enfermedad que lo llevó al sepulcro el año 1591.

Hora Intermedia (Sexta)


Inicio


†

(se hace la señal de la cruz mientras se dice:)

V/. -Dios mío, ven en mi auxilio.
R/. -Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya

 
Himno


Ando por mi camino, pasajero,
y a veces creo que voy sin compañía,
hasta que siento el paso que me guía,
al compás de mi andar, de otro viajero.

No lo veo, pero está. Si voy ligero,
él apresura el paso; se diría
que quiere ir a mi lado todo el día,
invisible y seguro el compañero.

Al llegar a terreno solitario,
Él me presta valor para que siga,
y, si descanso, junto a mí se reposa.

Y, cuando hay que subir monte (Calvario
lo llama él), siento en su mano amiga,
que me ayuda, una llaga dolorosa.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu,
por los siglos de los siglos. Amén.

Salmodia


Salmo 122: El Señor, esperanza del pueblo


Ant: Tú que habitas en el cielo, ten misericordia de nosotros.

Dos ciegos... se pusieron a gritar: «¡Ten compasión de nosotros, Señor, Hijo de David!» (Mt 20,30)

A ti levanto mis ojos,
a ti que habitas en el cielo.

Como están los ojos de los esclavos
fijos en las manos de sus señores,
como están los ojos de la esclava
fijos en las manos de su señora,
así están nuestros ojos
en el Señor, Dios nuestro,
esperando su misericordia.

Misericordia, Señor, misericordia,
que estamos saciados de desprecios;
nuestra alma está saciada
del sarcasmo de los satisfechos,
del desprecio de los orgullosos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Tú que habitas en el cielo, ten misericordia de nosotros.

Salmo 123: Nuestro auxilio es el nombre del Señor


Ant: Nuestro auxilio es el nombre del Señor.

Dijo el Señor a Pablo: «No temas..., que yo estoy contigo» (Hch 18,9.10)

Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte
-que lo diga Israel-,
si el Señor no hubiera estado de nuestra parte,
cuando nos asaltaban los hombres,
nos habrían tragado vivos:
tanto ardía su ira contra nosotros.

Nos habrían arrollado las aguas,
llegándonos el torrente hasta el cuello;
nos habrían llegado hasta el cuello
las aguas espumantes.

Bendito el Señor, que no nos entregó
en presa a sus dientes;
hemos salvado la vida, como un pájaro
de la trampa del cazador:
la trampa se rompió, y escapamos.

Nuestro auxilio es el nombre del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Nuestro auxilio es el nombre del Señor.

Salmo 124: El Señor vela por su pueblo


Ant: El Señor rodea a su pueblo ahora y por siempre.

Paz sobre el Israel de Dios (Ga 6,16)

Los que confían en el Señor son como el monte Sión:
no tiembla, está asentado para siempre.

Jerusalén está rodeada de montañas,
y el Señor rodea a su pueblo
ahora y por siempre.

No pesará el cetro de los malvados
sobre el lote de los justos,
no sea que los justos extiendan
su mano a la maldad.

Señor, concede bienes a los buenos,
a los sinceros de corazón;
y a los que se desvían por sendas tortuosas,
que los rechace el Señor con los malhechores.
¡Paz a Israel!

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: El Señor rodea a su pueblo ahora y por siempre.

Lectura Bíblica


Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos
Rm 3,21-22a

Ahora la justicia de Dios, atestiguada por la ley y los profetas, se ha manifestado independientemente de la ley. Por la fe en Jesucristo viene la justicia de Dios a todos los que creen, sin distinción alguna.

V/. Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón.

R/. La norma del Señor es límpida y da luz a los ojos.

Final

Oremos:

Señor Jesucristo, que a la hora de sexta subiste a la cruz por nuestra salvación, mientras las tinieblas envolvían al mundo, concédenos que tu luz nos ilumine siempre, para que, guiados por ella, podamos alcanzar la vida eterna. Que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Amén.

†

(se hace la señal de la cruz mientras se dice:)


V/. Bendigamos al Señor.
R/. Demos gracias a Dios.

Tercia +

 San Luis Gonzaga, religioso, memoria obligatoria


Nació el año 1568 cerca de Mantua, en Lombardía, hijo de los príncipes de Castiglione. Su madre lo educó cristianamente, y muy pronto dio indicios de su inclinación a la vida religiosa. Renunció en favor de su hermano al título de príncipe, que le correspondía por derecho de primogenitura, e ingresó en la Compañía de Jesús, en Roma. Cuidando enfermos en los hospitales, contrajo él mismo una enfermedad que lo llevó al sepulcro el año 1591.

Hora Intermedia (Tercia)


Inicio


†

(se hace la señal de la cruz mientras se dice:)

V/. -Dios mío, ven en mi auxilio.
R/. -Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya

 
Himno


Ando por mi camino, pasajero,
y a veces creo que voy sin compañía,
hasta que siento el paso que me guía,
al compás de mi andar, de otro viajero.

No lo veo, pero está. Si voy ligero,
él apresura el paso; se diría
que quiere ir a mi lado todo el día,
invisible y seguro el compañero.

Al llegar a terreno solitario,
Él me presta valor para que siga,
y, si descanso, junto a mí se reposa.

Y, cuando hay que subir monte (Calvario
lo llama él), siento en su mano amiga,
que me ayuda, una llaga dolorosa.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu,
por los siglos de los siglos. Amén.

Salmodia


Salmo 119: Deseo de la paz


Ant: Llamé al Señor, y él me respondió.

Estad firmes en la tribulación, sed asiduos en la oración (Rm 12,12)

En mi aflicción llamé al Señor,
y él me respondió.
Líbrame, Señor, de los labios mentirosos,
de la lengua traidora.

¿Qué te va a dar o a mandarte Dios,
lengua traidora?
Flechas de arquero,
afiladas con ascuas de retama.

¡Ay de mí, desterrado en Masac,
acampado en Cadar!
Demasiado llevo viviendo
con los que odian la paz;
cuando yo digo: «Paz»,
ellos dicen: «Guerra».

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Llamé al Señor, y él me respondió.

Salmo 120: El guardián del pueblo


Ant: El Señor guarde tus entradas y salidas.

Ya no pasarán hambre ni sed, no les hará daño el sol ni el bochorno (Ap 7,16)

Levanto mis ojos a los montes:
¿de dónde me vendrá el auxilio?
El auxilio me viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

No permitirá que resbale tu pie,
tu guardián no duerme;
no duerme ni reposa
el guardián de Israel.

El Señor te guarda a su sombra,
está a tu derecha;
de día el sol no te hará daño,
ni la luna de noche.

El Señor te guarda de todo mal,
Él guarda tu alma;
el Señor guarda tus entradas y salidas,
ahora y por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: El Señor guarde tus entradas y salidas.

Salmo 121: La ciudad santa de Jerusalén


Ant: Me he alegrado por lo que me dijeron.

Os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo (Hb 12,22)

¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén está fundada
como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor,

según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David.

Desead la paz a Jerusalén:
«Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros,
seguridad en tus palacios».

Por mis hermanos y compañeros,
voy a decir: «La paz contigo».
Por la casa del Señor, nuestro Dios,
te deseo todo bien.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Me he alegrado por lo que me dijeron.

Lectura Bíblica


Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos
Rm 1,16b.17

El Evangelio es la fuerza de salvación de Dios para todo el que cree. Porque en él se revela la justicia salvadora de Dios para los que creen, en virtud de su fe, como dice la Escritura: «el justo vivirá por su fe.»

V/. Con Dios se alegra nuestro corazón.

R/. En su santo nombre confiamos.

Final

Oremos:

Señor Jesucristo, que a la hora de tercia fuiste llevado al suplicio de la cruz por la salvación del mundo, ayúdanos a llorar los pecados de la vida pasada y a evitar las faltas en lo porvenir. Que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Amén.

†

(se hace la señal de la cruz mientras se dice:)


V/. Bendigamos al Señor.
R/. Demos gracias a Dios.

Lecturas y reflexiones +

 



Primera lectura


2R 11,1-4.9-18.20

Ungieron a Joás y gritaron: «¡Viva el rey!

Lectura del segundo libro de los Reyes.

EN aquellos días, cuando la madre del rey Ocozías, Atalía, vio que su hijo había muerto, se dispuso a eliminar a toda la estirpe real. Pero Josebá, hija del rey Jorán y hermana de Ocozías, tomó a Joás, hijo de Ocozías, de entre los hijos del rey que estaban siendo asesinados, lo escondió y lo instaló, a él y a su nodriza, en su dormitorio, manteniéndolo oculto a la vista de Atalía y así no lo mataron. Estuvo seis años con ella, escondido en el templo del Señor, mientras Atalía reinaba en el país.
El séptimo año, el sacerdote Yohoyadá mandó buscar a los centuriones de los carios y de los guardias y los condujo junto a sí al templo del Señor para establecer un pacto con ellos y hacerles prestar juramento. Luego les presentó al hijo del rey.
Los centuriones cumplieron cuanto Yehoyadá les ordenó. Cada uno tomo sus hombres, los que entraban y los que salían de servicio el sábado, y se presentaron ante el sacerdote. Yehoyadá entregó a los centuriones las lanzas y escudos del rey David que había depositados en el templo del Señor.
Los guardias se apostaron, arma en mano, desde el extremo sur hasta el extremo norte del templo, ante el altar y el templo, en torno al rey, por un lado y por el otro.
El sacerdote hizo salir al hijo del monarca y le impuso la diadema y las insignias reales. Luego lo proclamaron rey y lo ungieron. Aplaudieron y gritaron:
«¡Viva el rey!».
Cuando Atalía oyó el griterío de los guardias y del pueblo, se fue hacia la muchedumbre que se hallaba en el templo del Señor. Miró y vio al rey de pie junto a la columna, según la costumbre: los jefes con sus trompetas con él, y a todo el pueblo de la tierra en júbilo, tocando sus instrumentos.
Atalía rasgó entonces sus vestiduras y gritó:
«¡Traición!, ¡traición!».
Entonces el sacerdote Yehoyadá dio orden a los jefes de las tropas:
Háganla salir de entre las filas. Quien la siga será pasado a espada». (pues el sacerdote pensaba: «No debe ser ejecutada en el templo del Señor»).
Le abrieron paso y, cuando entró en el palacio real por la puerta de los Caballos , fue ejecutada.
Luego Yehoyadá hizo una alianza entre el Señor, el rey y el pueblo, por la que el pueblo se convertía en pueblo del Señor; hizo también una alianza entre el rey y el pueblo.
Y todo el pueblo de la tierra acudió al templo de Baal para derribarlo. Hicieron pedazos sus altares e imágenes, y ejecutaron a Matán, sacerdote de Baal, frente a los altares.
El sacerdote puso entonces centinelas en el templo del Señor.
Todo el pueblo de la tierra exultaba de júbilo y la ciudad quedó tranquila: Atalía ya había muerto a espada en palacio.

Palabra de Dios.

Salmo


Sal 132(131),11.12.13-14.17-18 (R. 13)

R. El Señor ha elegido Sion
para vivir en ella.

V. El Señor ha jurado a David
una promesa que no retractará:
«A uno de tu linaje
pondré sobre tu trono». R.

V. «Si tus hijos guardan mi alianza
y los mandatos que les enseño,
también sus hijos, por siempre,
se sentarán sobre tu trono». R.

V. Porque el Señor ha elegido a Sion,
ha deseado vivir en ella:
«Esta es mi mansión por siempre,
aquí viviré, porque la deseo».R.

V. «Haré germinar el vigor de David,
enciendo una lámpara para mi Ungido.
A sus enemigos los vestiré de ignominia,
sobre él brillará mi diadema». R.

Aclamación


R. Aleluya, aleluya, aleluya
V. Bienaventurados los pobres de Espíritu porque de ellos es el reino de los cielos. R.

Evangelio


Mt 6,19-23

Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No atesoren para ustedes tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren boquetes y roban. Háganse tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y roban. Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón.
La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; pero si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Si, pues, la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!».

Palabra del Señor.



Pistas para la Lectio Divina

El tesoro y el corazón
Lectio de Mateo 6,19-23
P. Fidel Oñoro CJM

Una vez que ha puesto en el corazón de la revelación la paternidad de Dios con la enseñanza sobre la oración, Jesús da un nuevo paso con lo que se desprende de ella: el abandono en esa providencia paterna divina.

No pareciera casualidad que el paso siguiente a la oración y al ayuno sea precisamente el del abordaje de la manera como uno gestiona las preocupaciones de la vida, la ansiedad por los logros, por los que poseemos y por lo que nos deparará el mañana.

La cuestión de fondo es: ¿En quién se apoya mi corazón? El mayor valor que nortea mi proyecto, por el que gasto mis mejores energías, mi tiempo, donde pongo mis esperanzas, ¿cuál es realmente?

Según la respuesta la vida de uno tomará una ruta, creceremos o....

Jesús nos ayuda a responder a esto poniéndonos al frente dos imágenes, primero la del tesoro y luego la del ojo.

1. 1. ¿Cuál es el verdadero tesoro? (6, 19-21)

“No atesoren para ustedes tesoros en la tierra” (6, 19).

La imagen nos lleva a pensar en esa tendencia de uno al tener y tener, al consumismo, al amasar inútil de bienes que son pasajeros. Pero el punto fuerte de su frase está sobre todo en el “para ustedes”, el “para sí mismo”.

Jesús lo dice poniendo como ejemplo dos ítems de gran valor en su contexto social: la ropa, pero que siempre estaba expuesta a que se la comieran las polillas; y la plata, no había billetes, sólo monedas, las cuales podían terminar corroídas por la oxidación. Ambos, además, estaban expuestas a los robos en un tiempo en el que había mucha inseguridad social.

Jesús hace una contraposición. Pero atención, hagamos una aclaración importante: aquí no se trata de la contraposición entre un tesoro de la tierra y un tesoro del cielo, entre lo material y lo espiritual.

Los bienes que se atesoran en el cielo son las mismas riquezas de aquí, no más que no se amasan para sí mismo sino para darlas en limosna, como le dirá Jesús más adelante al joven rico: “Vende tus bienes y dáselos a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos” (Mt 19, 21).

Vale la pena considerar esta imagen del “tesoro” usada por Jesús. Es repetida en este evangelio. Tanto así, que más adelante este mismo término sustituirá el de corazón: “El hombre bueno saca del buen tesoro (para decir corazón) cosas buenas...” (12, 35). Incluso será el tema de una parábola (13, 44).

¿A qué apunta la metáfora?

Nuestro corazón, nuestra atención, nuestra solicitud, siempre se dirigen espontáneamente hacia aquello que retenemos como lo más preciado para nosotros y por tanto debemos cuidar. Por eso el dicho de Jesús alude al hecho de que aquello que para ti es de valor te ocupa la mente, te preocupa y te ocupa: la ropa hay que orearla para que no venga la polilla, las monedas hay que limpiarlas para que no oxiden. Y así...

Por tanto, todo depende de lo qué es lo que realmente estimamos como nuestro “tesoro”, esto es, aquello en lo cual invertimos nuestro tiempo, gastamos nuestras mejores energías y ocupa nuestra mente y afectos (13, 44).

El problema no es la riqueza en sí, ni siquiera la sabia previsión del futuro. El problema ocurre cuando los bienes se convierten en motivo de seguridad, un tesoro con el que podré contar y que me da garantías. Ese es el peligro.

No sólo la plata, sino todo aquello en lo que se pone la confianza podría ser una competencia a Dios. ¿Es Dios mi tesoro, o sea, mi seguridad más firme, o qué lo es?

El hecho es que todo lo demás algún día resultará deshaciéndose. Sólo hay una realidad, una persona, que siempre permanece.

¿Qué quiere decir, entonces Jesús con la frase concluyente: “Donde está tu tesoro allí estará tu corazón”?

1. 2. ¿Cómo es mi manera de ver, de apreciar? (6, 22-23)

“El ojo es la lámpara del cuerpo” (6, 22), continúa Jesús. Pasa del corazón al ojo.

Pongamos atención al dicho: no quiere decir que el ojo sea la “luz”, sino que el ojo es el órgano que percibe y refleja la luz en todo el cuerpo. Lo mismo que ocurre cuando se pone la lámpara en la sala.

En este mismo sentido Jesús ya se había expresado antes: “No se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa” (5,15).

El énfasis está puesto en el efecto de una irradiación.

Y para que esto sea posible hay una condición: “Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará iluminado” (6, 22).

No se trata de un asunto de optometría, sino de la manera como uno ve, como uno aprecia las personas y las cosas.

Podemos notar que Jesús contrapone dos situaciones. A una la denomina “cuando tu ojo está sano” y a la otra “cuando tu ojo es malo”.

¿A qué se refiere con “ojo sano”?

El término griego es “haploûs” es un término raro, aparece sólo dos veces en todo el Nuevo Testamento, aquí y en el paralelo de Lucas. Probablemente traduzca el término hebreo “tam”, que tiene la misma raíz de “íntegro” o “perfecto”. “Perfecto” había sido llamado Dios poco antes y se había invitado a ser como él (5, 48)

Se trata del ojo que no se deja arrastrar por la envidia, la codicia o los celos. A quien lograba preservarse así, en el mundo rabínico, se le solía llamar: “ojo bueno”.

Y el “ojo malo”, ¿qué es?

Es lo contrario. El “ojo malo” (6, 23) se refiere a las actitudes de la persona tacaña, avarienta, apegada a los bienes, pero sobre todo a la envidiosa. Esa es el ojo enfermizo, morboso.

Acerca del ojo malo, entendido como tacañería, tenemos una frase en el libro del Deuteronomio que describe con esa misma imagen a una persona que se las ingenia para no ayudar a su hermano necesitado: “Y mires con malos ojos a tu hermano pobre para no darle” (Dt 15, 9).

En cuanto al ojo malo connotando el mirar con envidia, o sea, con ganas de poseer lo que tienen los otros, tenemos un proverbio en el libro del Eclesiástico que dice: “Ojo perverso hasta el pan escatima, y en su mesa hay escasez” (14, 10).

Jesús aquí parece usar la expresión en este último sentido, el de envidia.

Lo hará de nuevo en la parábola de los obreros de la viña, cuando el patrón responda a los reclamos de quienes trabajaron todo el día: “¿No puedo yo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O es que vas a ver con malos ojos que yo sea bueno?” (Mt 20, 15).

Pero la advertencia de Jesús es todavía más fuerte: a uno se le puede cambiar la manera de ver.

Cuando el ojo de uno se enferma de esta manera, las consecuencias son terribles. Un ojo bueno que se vuelve malo, o sea, envidioso, resulta ser como la sal que se vuelve insípida, no sirve para nada, sólo para que la pisoteen (5,13).

Y esto es lo que concluye Jesús: “Si resulta que la luz que hay en ti se vuelve tiniebla, ¡cuánto más (grande será) la oscuridad!” (6, 23).

¡Cuánto más!, advierte Jesús. El cambio de la persona se hace notar, ha pasado de una situación positiva a otra negativa, nefasta.

Hay una tiniebla vacía, sorda, inquietante que podríamos llevar por dentro. Esa que trata de esconderse de la gente, que es rabiosa, agresiva, violenta y que a ratos asusta.

Pero Jesús ha dicho en primer lugar, y esto es lo importante, la que es nuestra mejor posibilidad: “Si tu ojo es sano, todo tu cuerpo estará iluminado” (6, 22).

Hay otra manera de ver que revitaliza, reanima, levanta, nos hace vivir con energía y gozo, como cuando está todo iluminado. Eso es lo que nos regala el Evangelio cuando nos llena de Dios.

Pues sí, esa es una vida dramáticamente libre, espléndidamente libre. No es la vista que con el tiempo se deteriora y pasa hacia la oscuridad, sino todo lo contrario: es el paso de luz, aún con pequeños momentos de oscuridad, a cada vez más luz. Es el paso de lo que destruye a lo que construye. ¡Vida radiante!

3. ¿Qué nos enseña Jesús?

En primer lugar, a mirar las personas y las cosas bajo la luz correcta. Esto es, no hacerse esclavo de nada ni de nadie.

Hay una falsa ilusión que puede desorientarnos: el pensar que la vida dependa de las cosas que acumulamos. Esto despierta una especie de avidez insaciable que lo lleva a uno a no contentarse con nada, ni con lo que se es ni con lo que se tiene.

Y esto tiene nefastas consecuencias, malogra la propia vida y deteriora las relaciones con las personas que amamos y daña el ambiente de nuestro entorno.

Detrás de ese afán por acumular, como una forma de tener seguridad, de ese tener de qué aferrarnos, están nuestras inseguridades no resueltas, pero sobre todo nuestros miedos: el miedo de la soledad en primer lugar y luego el miedo de la muerte.

Es como si se le delegara a las cosas la tarea de anestesiarnos frente al vértigo de la fragilidad, de la cruel experiencia de los límites.

¿Qué nombre tienen mi soledad y mis miedos? ¿De qué resulto aferrándome?

Jesús lo dice para que nos revisemos, para que tomemos conciencia de ese mecanismo perverso y lo reorientemos a tiempo.

Y para que entendamos que hay otro tipo de riqueza que está a favor nuestro, que da estabilidad, que es eterna, que es lo contrario de la tacañería o de la envidia. Es la que se adquiere cada vez que se comparte restituyéndole la dignidad a quien lo necesita.

El verdadero tesoro está en las relaciones, las buenas relaciones, relaciones sanas, satisfactorias, constructivas, que de verdad te llenan el corazón.

La propuesta de Jesús es la de una profunda libertad interior. Esto es precisamente lo que me regala Dios.

Y esto va de la mano del buen mirar. De la liberación interior de la codicia y de la envidia, del mirar morboso.

Por la manera de mirar se puede reconocer cuánta tiniebla o luz se puede llevar por dentro. ¿No es así? Una mirada que juzga, que es maliciosa, que ve el mal donde no lo hay, refleja una vida interior enfermiza, oscura, lejana de Dios.

Pero cuando uno deja que la luz del Evangelio entre en lo más profundo, hasta inundar los rinconcitos más remotos de nuestro inconsciente; nuestra mirada, nuestra manera de apreciar será como la de Dios, limpia y radiante de luz.

Dios es mi tesoro y mi luz. Es él en quién me apoyo, es él quién realmente me llena. La confianza en el Señor me conquista, en ella pongo el corazón.

Es con el corazón iluminado que le respondo con las palabras que me inspira el primer Salmo: “Feliz el hombre que ha puesto su confianza en el Señor”.

En fin...

Si de verdad se quieres degustar la vida mira bien dónde está tu tesoro, porque “Donde está tu tesoro allí estará tu corazón” (6,21). Desde allí tendrás una mirada diferente, apreciarás las personas y las cosas, no como realidades para poseer, sino como espacio para crecer.

Y yo me pregunto, ¿qué otra cosa puede ser mi tesoro sino la acumulación de mis esperanzas y de las personas por las que lloro y sufro?

Un tesoro de personas y esperanzas es el motor de la vida. El corazón vive si le ofrecemos tesoros para amar, esperar y buscar. De lo contrario, no vive.

Nuestra vida está viva si hemos cultivado tesoros de personas, tesoros de esperanza, pasión por el bien posible, por la sonrisa posible, por el amor posible, un mundo que sea lo mejor posible.

Nuestra vida está viva cuando tiene un tesoro por el que valga la pena levantarse con alegría casa mañana, en una gloriosa emigración hacia la vida, hacia Aquel que se llama Amor, hacia mi Dios que es pastor de constelaciones y de corazones.

Francisco Fernández-Carvajal
Hablar con Dios

11ª Semana. Viernes

DONDE ESTÁ TU CORAZóN

— La familia, «el primer ambiente apto para sembrar la semilla del Evangelio».

— Delicada atención hacia las personas que Dios ha puesto a nuestro cuidado.

— Dedicarles el tiempo necesario, que está por encima de otros intereses. La oración en familia.

I. Nos aconseja el Señor que no amontonemos tesoros en la tierra, porque duran poco y son inseguros y frágiles: la polilla y la herrumbre los corroen, o bien los ladrones socavan y los roban1. Por mucho que lográramos acumular durante una vida, no vale la pena. Ninguna cosa de la tierra merece que pongamos en ella el corazón de un modo absoluto. El corazón está hecho para Dios y, en Dios, para todas las cosas nobles de la tierra. A todos nos es muy útil preguntarnos con cierta frecuencia: ¿en qué tengo yo puesto el corazón?, ¿cuál es mi tesoro?, ¿en qué pienso de modo habitual?, ¿cuál es el centro de mis preocupaciones más íntimas?... ¿Es Dios, presente en el Sagrario quizá a poca distancia de donde vivo o de la oficina en la que trabajo? O, por el contrario, ¿son los negocios, el estudio, el trabajo, lo que ocupa el primer plano..., o los egoísmos insatisfechos, el afán de tener más? Muchos hombres y mujeres, si se respondieran con sinceridad, quizá encontrarían una respuesta muy dura: pienso en mí, solo en mí, y en las cosas y personas en cuanto hacen referencia a mis propios intereses. Pero nosotros queremos tener puesto el corazón en Dios, en la misión que de Él hemos recibido, y en las personas y cosas por Dios. Jesús, con una sabiduría infinita, nos dice: Amontonad tesoros en el Cielo, donde ni la polilla ni la herrumbre corroen, y donde los ladrones no socavan ni roban. Porque donde está tu tesoro allí está tu corazón.

Nuestro corazón está puesto en el Señor, porque Él es el tesoro, de modo absoluto y real. Y no lo es la salud, ni el prestigio, ni el bienestar... Solo Cristo. Y por Él, de modo ordenado, los demás quehaceres nobles de un cristiano corriente que está vocacionalmente metido en el mundo. De modo particular, el Señor quiere que pongamos el corazón en las personas de la familia humana o sobrenatural que tengamos, que son, de ordinario, a quienes en primer lugar hemos de llevar a Dios, y la primera realidad que debemos santificar.

La preocupación por los demás ayuda al hombre a salir de su egoísmo, a ganar en generosidad, a encontrar la alegría verdadera. El que se sabe llamado por el Señor a seguirle de cerca no se considera ya a sí mismo como el centro del universo, porque ha encontrado a muchos a quienes servir, en los que ve a Cristo necesitado2.

El ejemplo de los padres en el hogar, o de los hermanos, es en muchas ocasiones definitivo para los demás miembros, que aprenden a ver el mundo desde un entorno cristiano. Es de tal importancia la familia, por voluntad divina, que en ella «tiene su principio la acción evangelizadora de la Iglesia»3. Ella «es el primer ambiente apto para sembrar la semilla del Evangelio y donde padres e hijos, como células vivas, van asimilando el ideal cristiano del servicio a Dios y a los hermanos»4. Es un lugar espléndido de apostolado. Examinemos hoy si es así nuestra familia, si somos levadura que día a día va transformando, poco a poco, a quienes viven con nosotros. Si pedimos frecuentemente al Señor la vocación de los hijos o de los hermanos –o incluso de nuestros padres– a una entrega plena a Dios: la gracia más grande que el Señor les puede dar, el verdadero tesoro que muchos pueden encontrar.

II. Donde está el propio tesoro, allí están el amor, la entrega, los mejores sacrificios. Por eso debemos valorar mucho la particular llamada que cada uno ha recibido, y las personas con las que convivimos, que son beneficiarias inmediatas de ese tesoro nuestro, porque difícilmente se quiere lo que consideramos de escaso valor. Y el Señor no querría una caridad que no cuidara en primer lugar a quienes Él ha puesto –por lazos de sangre o por un vínculo sobrenatural– a nuestro cuidado, porque no sería ordenada y verdadera.

La familia es la pieza más importante de la sociedad, donde Dios tiene su más firme apoyo. Y, quizá, la más atacada desde todos los frentes: sistemas de impuestos que ignoran el valor de la familia, determinadas políticas educativas, materialismo y hedonismo que tratan de fomentar una concepción familiar antinatalista, falso sentido de la libertad y de independencia, programas sociales que no favorecen que las madres puedan dedicar el tiempo necesario a los hijos... En numerosos lugares, principios tan elementales como el derecho de los padres a la educación de los hijos han sido olvidados por muchos ciudadanos que, ante el poder del Estado, acaban por acostumbrarse a su intervencionismo excesivo, renunciando al deber de ejercer un derecho que es irrenunciable. A veces, y debido en parte a esas inhibiciones, se imponen tipos de enseñanza orientados por una visión materialista del hombre: líneas pedagógicas y didácticas, textos, esquemas, programas y material escolar que orillan intencionadamente la naturaleza espiritual del alma humana.

Los padres han de ser conscientes de que ningún poder terreno puede eximirles de esta responsabilidad, que les ha sido dada por Dios en relación con sus hijos. Y todos hemos recibido del Señor, de distintas formas, el cuidado de otros: el sacerdote, las almas que tiene encomendadas; el maestro, sus alumnos; y lo mismo tantas otras personas sobre quienes haya recaído una tarea de formación espiritual. Nadie responderá por nosotros ante Dios cuando nos dirija la pregunta: ¿Dónde están los que te di? Que cada uno podamos responder: No he perdido a ninguno de los que me diste5, porque supimos poner, Señor, con tu gracia, medios ordinarios y extraordinarios para que ninguno se extraviara.

Todos debemos poder decir en relación a quienes se nos han confiado: Cor meum vigilat: Mi corazón está vigilante. Es la inscripción ante una de las muchas imágenes de la Virgen de la ciudad de Roma. Vigilantes nos quiere el Señor ante todos, pero en primer lugar ante los nuestros, ante los que Él nos confió.

Dios pide un amor atento, un amor capaz de percibir que quizá uno descuida sus deberes para con Dios, y entonces se le ayuda con cariño; o que está triste y aislado de los demás, y se tienen con él más atenciones; o se facilita a otro acercarse al confesonario, con cariño, amablemente, insistiendo cuando sea oportuno... Un corazón vigilante para percibir si en el ambiente familiar se van introduciendo modos de proceder que desdicen de un hogar cristiano, si en la televisión se ven programas sin seleccionar o con demasiada frecuencia, si se habla poco de temas comunes, si no hay un clima de laboriosidad o falta preocupación por los otros... Y sin enfados, dando ejemplo, con oración, con más detalles de cariño, pidiendo a San José vivir la fortaleza y la constancia, llenas de caridad y de cariño humano. Y si uno cae enfermo todos se desviven, porque hemos aprendido que los enfermos son los predilectos de Dios, y en ese momento la persona que sufre es el tesoro de la casa, y se le ayuda a ofrecer su enfermedad, a rezar alguna oración, y se procura que padezca lo menos posible, porque el cariño quita el dolor o lo alivia; al menos, es un dolor distinto.

III. Pensemos hoy en nuestra oración si la familia y las personas a nuestro cargo y cuidado ocupan el lugar querido por Dios, si el nuestro es para ellos un corazón que vigila. ¡Ese, junto a la propia vocación, sí que es un tesoro que dura hasta la vida eterna! Otros tesoros que nos parecieron importantes quizá encontremos un día que la falta de rectitud de intención los convirtió en herrumbre y en orín, o que eran falsos tesoros, o de menor cuantía.

Vida familiar significa en muchos casos tener tiempo los unos para los otros: celebrar fiestas de familia, hablar, escuchar, comprender, rezar juntos... No basta con tener un cariño latente y genérico, sino que hay que hacerlo crecer: es necesario empeño y oración, ejercicio de las virtudes humanas y olvido de uno mismo. No es ocioso que nos preguntemos: ¿para qué –o para quién– vivo yo?, ¿qué intereses llenan mi corazón?

Ahora, cuando parece que los ataques a la familia se han multiplicado, el mejor modo de defenderla es el cariño humano verdadero –contando con los defectos propios y ajenos– y hacer presente a Dios gratamente en el hogar: la bendición de la mesa, el rezar con los hijos más pequeños las oraciones de la noche..., leer con los mayores algún versículo del Evangelio, rezar por los difuntos alguna oración breve, por las intenciones de la familia y del Papa..., y el Santo Rosario, la oración que los Romanos Pontífices tanto han recomendado que se rece en familia y que tantas gracias lleva consigo. Alguna vez se puede rezar durante un viaje, o en un momento que se acomoda al horario familiar..., y no siempre tiene que ser iniciativa de la madre o de la abuela: el padre o los hijos mayores pueden prestar una colaboración inestimable en esta grata tarea. Muchas familias han conservado la saludable costumbre de ir juntos los domingos a Misa.

No es necesario que sean numerosas las prácticas de piedad en la familia, pero sería poco natural que no se realizara ninguna en un hogar en el que todos, o casi todos, se profesan creyentes. No tendría mucho sentido que individualmente se consideren buenos creyentes y que ello no se refleje en la vida familiar. Se ha dicho que a los padres que saben rezar con sus hijos les resulta más fácil encontrar el camino que lleva hasta su corazón. Y estos jamás olvidan las ayudas de sus padres para rezar, para acudir a la Virgen en todas las situaciones. ¡Cuántos habrán hallado la puerta del Cielo gracias a las oraciones que aprendieron de labios de su madre, de la abuela o de la hermana mayor!

Y unidos así, con un cariño grande y con una fe recia, se resisten mejor y con eficacia los ataques de fuera. Y si alguna vez llega el dolor o la enfermedad, se lleva mejor entre todos, y es ocasión de una mayor unión y de una fe más honda. La Virgen, nuestra Madre, nos enseñará que el tesoro lo tenemos en la llamada del Señor, con todo lo que ella implica, y en la propia casa, en el propio hogar, en las personas que Dios ha querido vincular de diversos modos a nuestra vida.

Dentro del Corazón de Jesús encontraremos infinitos tesoros de amor6. Procuremos que nuestro corazón se asemeje al Suyo.