Custodia

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Saludo

Bendición

sábado, 20 de junio de 2026

Oficio, lecturas, reflexiones y laudes ➕

 Oficio, lecturas, reflexiones y laudes ➕


V. Señor abre mis labios.

R. Y mi boca proclamará tu alabanza.



Ant.  Del Señor es la tierra y cuanto la llena; venid, adorémosle.


Salmo 94


INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Animaos unos a otros, día tras día, mientras perdura el «hoy». (Hb 3, 13)


Se recita la antífona que corresponda y la asamblea la repite.


Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.


Porque el Señor es un Dios grande,

soberano de todos los dioses:

tiene en su mano las simas de la tierra,

son suyas las cumbres de los montes.

Suyo es el mar, porque él lo hizo,

la tierra firme que modelaron sus manos.


Venid, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo,

el rebaño que él guía.


Ojalá escuchéis hoy su voz:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto:

cuando vuestros padres me pusieron a prueba,

y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.


Durante cuarenta años

aquella generación me repugnó, y dije:

Es un pueblo de corazón extraviado, 

que no reconoce mi camino;

por eso he jurado en mi cólera

que no entrarán en mi descanso.»


Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.


O bien:


Salmo 99


ALEGRÍA DE LOS QUE ENTRAN EN EL TEMPLO

Los redimidos deben entonar un canto de victoria. (S. Atanasio)


Se recita la antífona que corresponda y la asamblea la repite.


Aclama al Señor, tierra entera,

servid al Señor con alegría,

entrad en su presencia con aclamaciones.


Sabed que el Señor es Dios:

que él nos hizo y somos suyos,

su pueblo y ovejas de su rebaño.


Entrad por sus puertas con acción de gracias,

por sus atrios con himnos,

dándole gracias y bendiciendo su nombre:


«El Señor es bueno,

su misericordia es eterna,

su fidelidad por todas las edades.»


Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.


O bien:


Salmo 66


QUE TODOS LOS PUEBLOS ALABEN AL SEÑOR

Sabed que esta salvación de Dios ha sido enviada a los gentiles. (Hch 28, 28)


Se recita la antífona que corresponda y la asamblea la repite.


El Señor tenga piedad y nos bendiga,

ilumine su rostro sobre nosotros;

conozca la tierra tus caminos,

todos los pueblos tu salvación.


¡Oh Dios!, que te alaben los pueblos,

que todos los pueblos te alaben.


Que canten de alegría las naciones,

porque riges el mundo con justicia,

riges los pueblos con rectitud

y gobiernas las naciones de la tierra.


¡Oh Dios!, que te alaben los pueblos,

que todos los pueblos te alaben.


La tierra ha dado su fruto,

nos bendice el Señor, nuestro Dios.

Que Dios nos bendiga; que le teman

hasta los confines del orbe.


Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.


O bien:


Salmo 23


ENTRADA SOLEMNE DE DIOS EN SU TEMPLO

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que como hombre sube al cielo. (S. Ireneo)


Se recita la antífona que corresponda y la asamblea la repite.


Del Señor es la tierra y cuanto la llena,

el orbe y todos sus habitantes:

él la fundó sobre los mares,

él la afianzó sobre los ríos.


¿Quién puede subir al monte del Señor?

¿Quién puede estar en el recinto sacro?


El hombre de manos inocentes

y puro corazón,

que no confía en los ídolos

ni jura contra el prójimo en falso.

Ése recibirá la bendición del Señor,

le hará justicia el Dios de salvación.


Éste es el grupo que busca al Señor,

que viene a tu presencia, Dios de Jacob.


¡Portones!, alzad los dinteles,

levantaos, puertas antiguas:

va a entrar el Rey de la gloria.


¿Quién es ese Rey de la gloria?

El Señor, héroe valeroso;

el Señor, héroe de la guerra.


¡Portones!, alzad los dinteles,

levantaos, puertas antiguas:

va a entrar el Rey de la gloria.


¿Quién es ese Rey de la gloria?

El Señor, Dios de los ejércitos.

Él es el Rey de la gloria.


Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.



HIMNO


Señor, tú que llamaste

del fondo del no ser todos los seres,

prodigios del cincel de tu palabra,

imágenes de ti resplandecientes;


Señor, tú que creaste

la bella nave azul en que navegan

los hijos de los hombres, entre espacios

repletos de misterio y luz de estrellas;


Señor, tú que nos diste

la inmensa dignidad de ser tus hijos,

no dejes que el pecado y que la muerte

destruyan en el hombre el ser divino.


Señor, tú que salvaste

al hombre de caer en el vacío,

recréanos de nuevo en tu Palabra

y llámanos de nuevo al paraíso.


Oh Padre, tú que enviaste

al mundo de los hombres a tu Hijo,

no dejes que se apague en nuestras almas

la luz esplendorosa de tu Espíritu. Amén.


SALMODIA


Ant. 1. Dad gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres.


Salmo 106


ACCIÓN DE GRACIAS: DIOS SALVA A SU PUEBLO DE LAS CRISIS POR LAS QUE PASA A TRAVÉS DE LA HISTORIA

Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo. (Hch 10, 36)


I


Dad gracias al Señor porque es bueno,

porque es eterna su misericordia.


Que lo confiesen los redimidos por el Señor,

los que él rescató de la mano del enemigo,

los que reunió de todos los países:

norte y sur, oriente y occidente.


Erraban por un desierto solitario,

no encontraban el camino de ciudad habitada;

pasaban hambre y sed.

se les iba agotando la vida;

pero gritaron al Señor en su angustia,

y los arrancó de la tribulación.


Los guió por un camino derecho,

para que llegaran a ciudad habitada.

Den gracias al Señor por su misericordia,

por las maravillas que hace con los hombres.

Calmó el ansia de los sedientos,

y a los hambrientos los colmó de bienes.


Yacían en oscuridad y tinieblas,

cautivos de hierros y miserias;

por haberse rebelado contra los mandamientos,

despreciando el plan del Altísimo.


Él humilló su corazón con trabajos,

sucumbían y nadie los socorría.

Pero gritaron al Señor en su angustia,

y los arrancó de la tribulación.


Los sacó de las sombrías tinieblas,

arrancó sus cadenas.

Den gracias al Señor por su misericordia,

por las maravillas que hace con los hombres.

Destrozó las puertas de bronce,

quebró los cerrojos de hierro.


Estaban enfermos, por sus maldades,

por sus culpas eran afligidos;

aborrecían todos los manjares,

y ya tocaban las puertas de la muerte.

Pero gritaron al Señor en su angustia,

y los arrancó de la tribulación.


Envió su palabra, para curarlos,

para salvarlos de la perdición.

Den gracias al Señor por su misericordia,

por las maravillas que hace con los hombres.

Ofrézcanle sacrificios de alabanza,

y cuenten con entusiasmo sus acciones.


Ant. Dad gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres.


Ant. 2. Contemplaron las obras de Dios y sus maravillas.


II


Entraron en naves por el mar,

comerciando por las aguas inmensas.

Contemplaron las obras de Dios,

sus maravillas en el océano.


Él habló y levantó un viento tormentoso,

que alzaba las olas a lo alto:

subían al cielo, bajaban al abismo,

su vida se marchitaba por el mareo,

rodaban, se tambaleaban como ebrios,

y no les valía su pericia.

Pero gritaron al Señor en su angustia,

y los arrancó de la tribulación.


Apaciguó la tormenta en suave brisa,

y enmudecieron las olas del mar.

Se alegraron de aquella bonanza,

y él los condujo al ansiado puerto.

Den gracias al Señor por su misericordia,

por las maravillas que hace con los hombres.


Aclámenlo en la asamblea del pueblo,

alábenlo en el consejo de los ancianos.


Ant. Contemplaron las obras de Dios y sus maravillas.


Ant. 3. Los rectos lo ven y se alegran y comprenden la misericordia del Señor.


III


Él transforma los ríos en desierto,

los manantiales de agua en aridez;

la tierra fértil en marismas,

por la depravación de sus habitantes.


Transforma el desierto en estanques,

el erial en manantiales de agua.

Coloca allí a los hambrientos,

y fundan una ciudad para habitar.


Siembran campos, plantan huertos,

recogen cosechas.


Los bendice, y se multiplican,

y no les escatima el ganado.


Si menguan, abatidos por el peso

de infortunios y desgracias,

el mismo que arroja desprecio sobre los príncipes

y los descarría por una soledad sin caminos

levanta a los pobres de la miseria

y multiplica sus familias como rebaños.


Los rectos lo ven y se alegran,

a la maldad se le tapa la boca.

El que sea sabio, que recoja estos hechos

y comprenda la misericordia del Señor.


Ant. Los rectos lo ven y se alegran y comprenden la misericordia del Señor.


V. Tu fidelidad, Señor, llega hasta las nubes.

R. Tus sentencias son como el océano inmenso.


PRIMERA LECTURA


Año II:


Del libro del profeta Zacarías 2, 1-13


VISIONES DEL PROFETA.

EXHORTACIÓN A LOS DESTERRADOS


Alcé los ojos y vi un hombre con un cordel de medir. Pregunté:

«¿A dónde vas?»


Él me contestó:

«A medir a Jerusalén, para comprobar su anchura y longitud.»


Entonces, salió el ángel que hablaba conmigo, y otro ángel le vino al encuentro, diciendo:

«Corre y di a aquel joven: "Jerusalén será ciudad abierta, por la multitud de hombres y ganados que hay dentro de ella; yo seré para ella -oráculo del Señoruna muralla de fuego en torno, y gloria dentro de ella."»


¡Ay, ay!, huid del país septentrional —oráculo del Señor—, porque os dispersaré a los cuatro vientos —oráculo del Señor—. ¡Ay, Sión, que habitas en Babilonia: sálvate! Así dice el Señor de los ejércitos, el que me ha enviado a los pueblos que os saqueaban: El que os toca me toca la niña de los ojos. Yo levantaré mi mano contra ellos: serán botín de sus esclavos; y comprenderéis que me ha enviado el Señor de los ejércitos.


¡Alégrate y goza, hija de Sión!, que yo vengo a habitar dentro de ti —oráculo del Señor—. Aquel día se unirán al Señor muchos pueblos, y serán pueblo mío. Habitaré en medio de ti, y comprenderás que el Señor de los ejércitos me ha enviado a ti, El Señor tomará posesión de Judá sobre la tierra santa, y elegirá de nuevo a Jerusalén. ¡Calle toda carne ante el Señor, cuando se levanta de su santa morada!


Responsorio Za 2, 10-11


R. ¡Alégrate y goza, hija de Sión!, * que yo vengo a habitar dentro de ti.


V. Aquel día se unirán al Señor muchos pueblos, y serán pueblo mío.


R. Que yo vengo a habitar dentro de ti.


SEGUNDA LECTURA


Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir. Sobre la oración del Señor


(Cap. 28-30: CSEL 3, 287-289)


HAY QUE ORAR NO SÓLO CON PALABRAS, SINO TAMBIÉN CON HECHOS


No es de extrañar, queridos hermanos, que la oración que nos enseñó Dios con su magisterio resuma todas nuestras peticiones en tan breves y saludables palabras. Esto ya había sido predicho anticipadamente por el profeta Isaías, cuando, lleno de Espíritu Santo, habló de la piedad y la majestad de Dios, diciendo: Palabra que acaba y abrevia en justicia, porque Dios abreviará su palabra en todo el orbe de la tierra. Cuando vino aquel que es la Palabra de Dios en persona, nuestro Señor Jesucristo, para reunir a todos, sabios e ignorantes, y para enseñar a todos, sin distinción de sexo o edad, el camino de salvación, quiso resumir en un sublime compendio todas sus enseñanzas, para no sobrecargar la memoria de los que aprendían su doctrina celestial y para que aprendiesen con facilidad lo elemental de la fe cristiana.


Y así, al enseñar en qué consiste la vida eterna, nos resumió el misterio de esta vida en estas palabras tan breves y llenas de divina grandiosidad: Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo. Asimismo, al discernir los primeros y más importantes mandamientos de la ley y los profetas, dice: Escucha, Israel; el Señor, Dios nuestro, es el único Señor; y: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Éste es el primero. El segundo, parecido a éste, es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Estos dos mandamientos son el fundamento de toda la ley y los profetas. Y también: Todo cuanto queréis que os hagan los demás, hacédselo igualmente vosotros. A esto se reducen la ley y los profetas.


Además, Dios nos enseñó a orar no sólo con palabras, sino también con hechos, ya que él oraba con frecuencia, mostrando, con el testimonio de su ejemplo, cuál ha de ser nuestra conducta en este aspecto; leemos, en efecto: Jesús se retiraba a parajes solitarios, para entregarse a la oración; y también: Se retiró a la montaña para orar, y pasó toda la noche haciendo oración a Dios. El Señor, cuando oraba, no pedía por sí mismo —¿qué podía pedir por sí mismo, si él era inocente?—, sino por nuestros pecados, como lo declara con aquellas palabras que dirige a Pedro: Satanás os busca para zarandearos como el trigo en la criba; pero yo he rogado por ti, para que no se apague tu fe. Y luego ruega al Padre por todos, diciendo: Yo te ruego no sólo por éstos, sino por todos los que, gracias a su palabra, han de creer en mí, para que todos sean uno; para que, así como tú, Padre, estás en mí y yo estoy en ti, sean ellos una cosa en nosotros. Gran benignidad y bondad la de Dios para nuestra salvación: no contento con redimirnos con su sangre, ruega también por nosotros. Pero atendamos cuál es el deseo de Cristo, expresado en su oración: que así como el Padre y el Hijo son una misma cosa, así también nosotros imitemos esta unidad.


Responsorio Sal 24, 1-2. 5


R. A ti, Señor, levanto mi alma; * Dios mío, en ti confío, no quede yo defraudado.


V. Haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador, y todo el día te estoy esperando.


R. Dios mío, en ti confío, no quede yo defraudado.




Primera lectura


2 Cro 24, 17-25


Zacarías, a quien mataron entre el santuario y el altar


Lectura del segundo libro de las Crónicas.


DESPUÉS de la muerte de Joadá, los jefes de Judá fueron a rendir homenaje al rey, que les hizo caso. Abandonaron el templo del Señor, Dios de sus padres, y sirvieron a los mojones y a los ídolos. Por este pecado la cólera estalló contra Judá y Jerusalén. Les envió profetas para convertirlos al Señor, pero no hicieron caso de sus amonestaciones.

Entonces el Espíritu de Dios vino sobre Zacarías, hijo del sacerdote Joadá, que, erguido ante el pueblo, les dijo:

«Así dice Dios: “¿Por qué quebrantan los mandamientos del Señor? ¡No tendrán éxito! Por haber abandonado al Señor, él los abandonará”».

Pero conspiraron contra él y, por mandato del rey, lo apedrearon en el atrio del templo del Señor. El rey Joás, olvidándose del amor que le profesaba Joadá, mató al hijo de este, que murió diciendo:

«¡Que lo vea el Señor y lo demande!».

Al cabo de un año, un ejército de Siria se dirigió contra Joás, invadió Judá y Jerusalén, mató a todos los jefes del pueblo y envió todo el botín al rey de Damasco.

Aunque el ejército de Siria contaba con poca gente, el Señor le entregó un ejército enorme, por haber abandonado al Señor, Dios de sus padres. Así se hizo justicia con Joás.

Al marcharse los sirios, dejándolo con múltiples dolencias, sus servidores conspiraron contra él para vengar al hijo del sacerdote Joadá.

Hirieron a Joás en la cama y murió.

Fue sepultado en la Ciudad de David, pero no en el panteón real.


Palabra de Dios.


Salmo


Sal 88, 4-5. 29-30. 31-32. 33-34 (R.: 29a)


R. Le mantendré eternamente mi favor.


V. Sellé una alianza con mi elegido,

jurando a David, mi siervo:

Te fundaré un linaje perpetuo,

edificaré tu trono para todas las edades. R.


V. Le mantendré eternamente mi favor,

y mi alianza con él será estable.

Le daré una posteridad perpetua

y un trono duradero como el cielo. R.


V. Si sus hijos abandonan mi ley

y no siguen mis mandamientos,

si profanan mis preceptos

y no guardan mis mandatos. R.


V. Castigaré con la vara sus pecados

y a latigazos sus culpas.

Pero no les retiraré mi favor

ni desmentiré mi fidelidad. R.


Aclamación


R. Aleluya, aleluya, aleluya.

V. Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre para enriquecerlos con su pobreza. R.


Evangelio


Mt 6, 24-34


No se agobien por el mañana


Lectura del santo Evangelio según san Mateo.


EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No pueden servir a Dios y al dinero.

Por eso les digo: no estén agobiados por la vida de ustedes pensando qué van a comer, ni por el cuerpo de ustedes pensando con qué se van a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Miren los pájaros del cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, su Padre celestial los alimenta. ¿No valen ustedes más que ellos?

¿Quién de ustedes, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?

¿Por qué se agobian por el vestido? Fíjense cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y les digo que ni Salomón, en todo su esplendor, estaba vestido como uno de ellos. Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se arroja al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por ustedes, gente de poca fe? No anden agobiados pensando qué van a comer, o qué van a beber, o con qué se van a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe su Padre celestial que tienen necesidad de todo eso.

Busquen sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se les dará por añadidura. Por tanto, no se agobien por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su desgracia».


Palabra del Señor.




Pistas para la Lectio Divina


1. (Año Il) 2 Crónicas 24,17-25



 



a) El reinado de Joás, que fue largo, había empezado bien, con una notoria restauración de la vida social y religiosa. Pero cuando murió su mentor, Yehoyadá, el sumo sacerdote que le había ayudado a subir al trono, se olvidó de sus buenos consejos y siguió los de otros que le condujeron de nuevo a la idolatría y al capricho de una autoridad mal entendida.



 



Más aun, al hijo de Yehoyadá, Zacarías, profeta de Dios, que le había recriminado su cambio de conducta, lo eliminaron asesinándolo en el Templo. Más tarde, Jesús les echó en cara a sus contemporáneos: «que caiga sobre vosotros toda la sangre inocente derramada sobre la tierra, desde la sangre del inocente Abel hasta la sangre de Zacarías, a quien matasteis entre el Templo y el altar» (Mt 23,35).



 



El autor del Libro de las Crónicas —el libro que hemos intercalado en la lectura que íbamos haciendo del de los Reyes— atribuye a este pecado la ruina que le sobrevino a Joás a manos del ejército de Siria y de sus propios súbditos. Es lo que también afirma el salmo: «si sus hijos abandonan mi ley y no siguen mis mandamientos, castigaré con la vara sus pecados»; aunque no por ello se va a interrumpir la línea mesiánica de las promesas de Dios: «pero no les retiraré mi favor, ni desmentiré mi fidelidad».



 



b) Sabemos muy bien que en nuestras vidas puede haber idas y vueltas, conversiones y recaídas, tanto en nuestra relación con Dios como en la conducta con los demás.



 



No adoraremos estelas ni nuestros ídolos se llamarán Baal, pero sí podemos faltar al primer mandamiento, que sigue siendo el más importante: «no tendrás otro dios más que a mí». El dinero, el éxito social, la vanidad, la fama, el placer, la ambición, la esclavitud de ideologías o estructuras: todo eso puede ser nuestro ídolo particular. Que nos acarreará, a corto o largo plazo, la ruina. Leemos la historia antigua de Israel para aplicárnosla a nosotros.



 



2. Mateo 6,24-34



 



a) Jesús nos presenta otro rasgo del estilo de vida de sus seguidores: la confianza en Dios, en oposición a la excesiva preocupación por el dinero. Debe ser un refrán de la época lo de que «no se puede servir a dos amos», y le va muy bien a Jesús para establecer la antítesis entre Dios y Mammón, entre Dios y el Dinero (con mayúsculas, el dinero como ídolo, como razón de ser: en arameo, Mammón).



 



Les enseña Jesús a los suyos la actitud de confianza en Dios, con la comparación de los pájaros y de las flores. Lo que él no quiere es que estén agobiados (palabra que sale hasta seis veces en esta lectura) por las preocupaciones de la comida, la bebida o el vestido.



 



También quiere que sepan mirar las cosas en su justa jerarquía: el cuerpo es más importante que el vestido, y la vida que el comer. Del mismo modo, el Reino de Dios y su justicia es lo principal, y «todo lo demás se os dará por añadidura».



 



b) «Nadie puede estar al servicio de dos amos». Es una afirmación que también a nosotros nos pone ante la disyuntiva entre Dios y el Dinero, porque es éste un ídolo que sigue teniendo actualidad y que devora a sus seguidores. Ciertamente, necesitamos dinero para subsistir. Pero lo que Jesús nos enseña es que no nos dejemos «agobiar» por la preocupación ni angustiar por lo que sucederá mañana. Los ejemplos de las aves y de las flores no son una invitación a la pereza. En otras ocasiones, Jesús nos dirá claramente que hay que hacer fructificar los talentos que Dios nos ha dado. Y Pablo dirá que el que no trabaja, que no coma.



 



Estas palabras de Jesús son una invitación a una actitud más serena en la vida. Claro que tenemos que trabajar y ganarnos la comida: «a Dios rogando y con el mazo dando». Pero sin dejarnos dominar por el estrés —¿el nombre actual del «agobio» del evangelio?—, que nos quita paz y serenidad y nos impide hacer nada válido. Vivimos demasiado preocupados, siempre con prisas.



 



Podríamos ser igualmente eficaces, y más, en nuestro trabajo si nos serenáramos, si no perdiéramos la capacidad de la fiesta y de lo gratuito, si supiéramos, de cuando en cuando, «perder tiempo» con los nuestros, y no empezáramos a sufrir por adelantado por cosas que no sabemos sinos pasarán mañana: «a cada día le bastan sus disgustos».



 



También nos enseña Jesús a buscar lo principal y no lo accesorio. A dar importancia a lo que la tiene, y no dejarnos deslumbrar por necesidades y valores que no valen la pena. Sobre todo, a «buscar el Reino de Dios y su justicia». Lo demás es secundario, aunque no lo podamos descuidar. El que concede a cada cosa la importancia que tiene en la jerarquía de valores de Jesús, está en el buen camino para la paz interior y para el éxito final en su vida.



 



«Vivo contento en medio de las dificultades sufridas por Cristo» (1a lectura)



 



«¿Por qué no cumplís los preceptos del Señor? Vais al fracaso» (1a lectura 11)



 



«Nadie puede estar al servicio de dos amos» (evangelio)



 



«No os agobiéis por el mañana: a cada día le bastan sus disgustos» (evangelio)




Aldazábal, J. (1997).

Enséñame tus caminos 5

Tiempo ordinario semanas 10-21.

CENTRO DE PASTORAL LITURGICA.




Meditación del día


Meditaciones: sábado de la 11.ª semana del Tiempo Ordinario


Reflexión para meditar el sábado de la undécima semana de tiempo ordinario. Los temas propuestos son: un creador que es misericordia; servir a un solo Señor; Dios es siempre fiel.



- Un creador que es misericordia.

- Servir a un solo Señor.

- Dios es siempre fiel.


SAN PABLO recordaba frecuentemente, cuando se dirigía a los primeros cristianos de Roma, la grandeza del amor de Dios: «Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? (...). ¿Quién nos separará del amor de Cristo?» (Rm 8,31.39). El apóstol estaba convencido de que nada podía apartarnos del amor divino, encarnado en Cristo Jesús, porque lo había experimentado personalmente. Y esa confianza en Dios proviene de saber, por la fe, que él es creador providente que nunca nos deja de su mano: su misericordia llena la tierra, su fidelidad alcanza hasta el cielo (cfr. Sal 36,6). Esta misma experiencia interior le hacía exclamar a san Agustín: «Toda mi esperanza estriba sólo en tu gran misericordia»[1].


«Mantendré eternamente mi favor, y mi alianza con él será estable. Le daré una prosperidad perpetua y un trono duradero como el cielo» (Sal 89,29-30), dice Dios en el salmo. Sorprendentemente, en la liturgia de la palabra este texto acompaña a la narración en la que el reino de Judá abandona el templo para servir a los ídolos: sucedió que el pueblo elegido buscó una seguridad humana, el triunfo temporal, el orgullo del poder por encima de lo que es justo. Finalmente son vencidos por un ejército muy inferior al suyo y abandonados a la deshonra pública.


Nuestro amor a Dios no está condicionado por un triunfo personal o por la llegada de ciertas condiciones al mundo en que vivimos. Recordando las palabras de Cristo, queremos hacer el bien «para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,16). Esa luz que podemos ofrecer es una pequeña estela, una referencia discreta, que Cristo comparó a una pequeña semilla: la de un Dios que buscamos todos y que es misericordia.


JESÚS NOS dice: «Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24-25). Con esta enseñanza, el Señor nos pone en guardia frente a la posibilidad de dejarnos engañar por el poder aparente del dinero; ese poder que nos hace creer ser dueños de la creación y poseedores de las personas. Así, en realidad, terminamos esclavos de nuestro egoísmo, a cambio de unas pobres baratijas que nos impiden ver la grandeza del amor de Dios.


Podemos pedir a Dios que ilumine nuestro entendimiento para discernir sobre cómo debemos proceder en toda circunstancia: en nuestro trabajo, en la vida familiar, en nuestras aficiones o intereses, de modo que en nuestra vida todo esté orientado a dejarnos amar por Dios. A veces sucederá que nuestra preocupación, sin darnos cuenta, se desvíe por caminos que nos llevan a priorizar la seguridad de lo terreno, también ofrecida por la gloria humana. Por eso Jesús nos recuerda: «No estéis agobiados por vuestra vida pensando qué vais a comer, ni por vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir (…) ¿Quién de vosotros a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?» (Mt 6,30).


Incluso a quienes se dedican con intensidad a actividades apostólicas puede suceder que, por un exceso de interés humano, se desoriente el fin por el que actúan. Decía san Josemaría que «el éxito o el fracaso real de esas labores depende de que, estando humanamente bien hechas, sirvan o no para que tanto los que realizan esas actividades como los que se benefician de ellas, amen a Dios, se sientan hermanos de todos los demás hombres y manifiesten esos sentimientos en un servicio desinteresado a la humanidad»[2]. No podemos servir a varios señores. La vida cristiana, de alguna manera, se puede resumir en un constante purificar nuestra adoración, de manera que se dirija cada vez más a Dios y, solo a través de él, a querer las cosas de la tierra.


NO PODEMOS negar que en el mundo existe también la presencia del mal. «Si sus hijos abandonan mi Ley y no caminan según mis normas –exclama el Señor a través del salmista–, si violan mis preceptos y no guardan mis mandamientos, castigaré con vara sus delitos y con azotes su culpa. Pero no le retiraré mi gracia, ni faltaré a mi fidelidad» (Sal 88,31-34). El conocimiento de Dios que hemos adquirido por la fe nos lleva a confiar siempre en que él nunca nos abandona. «Nuestra fidelidad no es más que una respuesta a la fidelidad de Dios. Dios que es fiel a su palabra, que es fiel a su promesa»[3].


«Los males de nuestro mundo –y los de la Iglesia– no deberían ser excusas para reducir nuestra entrega y nuestro fervor. Mirémoslos como desafíos para crecer. Además, la mirada creyente es capaz de reconocer la luz que siempre derrama el Espíritu Santo en medio de la oscuridad, sin olvidar que “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rm 5,20)»[4]. Una respuesta de fe es precisamente nuestra actitud optimista, porque sabemos que Dios es el Señor del mundo, es quien tiene todo el poder, y que todo mal puede ser vencido con sobreabundancia de bien.


Algunas circunstancias pueden hacernos dudar de nuestras capacidades y de nuestra disposición; y haremos bien, porque conocemos la debilidad personal. Sin embargo, no cabe dudar de Dios, de su acción poderosa, aunque discreta, ni de sus designios de santidad para cada uno de nosotros. Los apóstoles Pedro y Pablo nos animan a estar firmes en esta convicción: «La fe es base de la fidelidad. No confianza vana en nuestra capacidad humana, sino fe en Dios, que es fundamento de la esperanza (cfr. Heb 11,1)»[5]. El Señor nos dice en el Evangelio: «Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; todo lo demás se os dará por añadidura» (Mt 6, 30). María se abrió siempre al obrar divino, fue llena de gracia: ese es el secreto para vencer al mal con el bien de Dios.




Meditación diaria



12ª semana. Sábado


MARÍA, CORREDENTORA CON CRISTO


— María, presente en el sacrificio de la Cruz.


— Corredentora con Cristo.


— María y la Santa Misa.


I. A lo largo de la vida terrena de Jesús, su Madre Santa María cumplió la voluntad divina de atenderle con amorosa solicitud: en Belén, en Egipto, en Nazaret. Tuvo con Él todos los cuidados normales que necesitó, iguales a los de cualquier otro niño, y también los desvelos extraordinarios que fueron necesarios para proteger su vida. El Niño creció, entre María y José, en un ambiente lleno de amor sacrificado y alegre, de protección firme y de trabajo.


Más tarde, durante su vida pública, María pocas veces le sigue físicamente de cerca, pero Ella sabía en cada momento dónde se encontraba, y le llegaba el eco de sus milagros y de su predicación. Algunas veces Jesús fue a Nazaret, y estaba entonces más tiempo con su Madre; la mayoría de sus discípulos ya la conocían desde aquella boda en Caná de Galilea1. Salvo el milagro de la conversión del agua en vino, en el que tuvo una parte tan importante, los Evangelistas no señalan que estuviera presente en ningún otro milagro. Tampoco estuvo presente en los momentos en que las gentes desbordaban entusiasmo por su Hijo. «No la veréis entre las palmas de Jerusalén, ni –fuera de las primicias de Caná– a la hora de los grandes milagros.


»—Pero no huye del desprecio del Gólgota: allí está, “juxta crucem Jesu” —junto a la cruz de Jesús, su Madre»2. Ella se encuentra normalmente en Nazaret, en perfecta unión con su Hijo, ponderando en su corazón todo lo que iba ocurriendo; pero en la hora del dolor y del abandono, allí se encuentra María.


Dios la amó de un modo singular y único. Sin embargo, no la dispensó del trance del Calvario, haciéndola participar en el dolor como nadie, excepto su Hijo, haya jamás sufrido. Podría quizá haberse retirado a la intimidad de su casa, lejos del Calvario, en la compañía amable de las mujeres; «al fin y al cabo, nada podía hacer, y su presencia no evitaba ni aliviaba los dolores de su Hijo ni su humillación. Y no lo hizo por la misma razón por la que una madre permanece junto al lecho de su hijo agonizante en lugar de marcharse a distraerse, en vista de que no puede hacer nada para que siga viviendo o deje de sufrir. La Virgen se solidarizó con su Hijo; su amor la llevó a sufrir con Él»3. Poco a poco se fue aproximando a la Cruz; al final, los soldados le permitieron estar muy cerca. Mira a Jesús, y su Hijo la mira. En una estrechísima unión, ofrece a su Hijo a Dios Padre, corredimiendo con Él. En comunión con su Hijo doliente y agonizante, soportó el dolor y casi la muerte; «abdicó de los derechos de madre sobre su Hijo, para conseguir la salvación de los hombres; y para apaciguar la justicia divina, en cuanto dependía de Ella, inmoló a su Hijo, de suerte que se puede afirmar con razón que redimió con Cristo al linaje humano»4.


La Virgen no solo «acompañaba» a Jesús, sino que estaba unida activa e íntimamente al sacrificio que se ofrecía en aquel primer altar. De modo voluntario participaba en la redención de la humanidad, consumando su fiat, que años antes había pronunciado en Nazaret. Por eso, podemos pensar que en cada Misa, centro y corazón de la Iglesia, se encuentra María. En muchas ocasiones nos ayudará esta realidad a vivir mejor el sacrificio eucarístico –uniendo a la entrega de Cristo la nuestra, que también ha de ser holocausto–, sintiéndonos en el Calvario, muy cerca de Nuestra Señora.


II. Desde la Cruz, Jesús confía su Cuerpo Místico, la Iglesia, a Santa María, en la persona de San Juan. Sabía que constantemente necesitaríamos de una Madre que nos protegiera, que nos levantara y que intercediera por nosotros. A partir de ese momento, «Ella lo custodia y custodiará con la misma fidelidad y la misma fuerza con que custodió a su Primogénito: desde el portal de Belén, a través del Calvario, hasta el Cenáculo de Pentecostés, donde tuvo lugar el nacimiento de la Iglesia. María está presente en todas las vicisitudes de la Iglesia (…). De modo muy particular está unida a la Iglesia en los momentos más difíciles de su historia (…). María aparece particularmente cercana a la Iglesia, porque la Iglesia es siempre como su Cristo, primero Niño, y después Crucificado y Resucitado»5.


La Virgen Santa María intercede para que Dios imprima en las almas de los cristianos el mismo afán que puso en la suya, el deseo corredentor de que vuelvan a ser amigos de Dios todos los hombres. «La fe, la esperanza y la ardiente caridad de la Virgen en la cima del Gólgota, que la hacen Corredentora con Cristo de modo eminente, son también una invitación a crecernos, a ser fuertes humana y sobrenaturalmente ante las dificultades externas; a insistir, sin desanimarnos, en la acción apostólica, aunque en alguna ocasión parezca que no hay frutos, o el horizonte aparezca oscurecido por la potencia del mal.


«Luchemos –¡lucha tú!– contra ese acostumbramiento, contra ese ir tirando monótonamente, contra ese conformismo que equivale a la inacción. Mira a Cristo en la Cruz, mira a Santa María junto a la Cruz: ante su mirada se abren cauce, con seguridad pasmosa, la traición, la burla, los insultos…; pero Cristo, y secundando esa acción redentora, María, siguen fuertes, perseverantes, llenos de paz, con optimismo en el dolor, cumpliendo la misión que la Trinidad les ha confiado. Es un aldabonazo para cada uno de nosotros, recordándonos que a la hora del dolor, de la fatiga y de la contradicción más horrenda, Cristo –y tú y yo hemos de ser otros Cristos– da cumplimiento a su misión (…). Me decido a aconsejarte que vuelvas tus ojos a la Virgen, y le pidas, para ti y para todos: Madre, que tengamos confianza absoluta en la acción redentora de Jesús, y que –como tú, Madre– queramos ser corredentores…»6. Participar en la Redención, cooperar en la santificación del mundo, salvar almas para la eternidad: ¿cabe un ideal más grande para llenar toda una vida? La Virgen corredime ahora junto a su Hijo en el Calvario, pero también lo hizo cuando pronunció su fiat al recibir la embajada del Ángel, y en Belén, y en el tiempo que permaneció en Egipto, y en su vida corriente de Nazaret… Como Ella, podemos ser corredentores todas las horas del día, si las llenamos de oración, si trabajamos a conciencia, si vivimos una amable caridad con quienes encontremos en nuestras tareas, en la familia…, si ofrecemos con serenidad las contrariedades que cada día lleva consigo.


III. Jesús, viendo a su Madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, dijo a su Madre: Mujer, he ahí a tu hijo7. Era la última donación de Jesús antes de su Muerte; nos dio a su Madre como Madre nuestra.


Desde entonces el discípulo de Cristo tiene algo que le es propio: tiene a María como Madre suya. Su puesto de Madre en la Iglesia será para siempre: Desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa8. Aquella es la hora de Jesús, que inaugura con su Muerte redentora una era nueva hasta el fin de los tiempos. Desde entonces, «si queremos ser cristianos, debemos ser marianos»9; para ser buen cristiano es preciso tener un gran amor a María. La obra de Jesús se puede resumir en dos maravillosas realidades: nos ha dado la filiación divina, haciéndonos hijos de Dios, y nos ha hecho hijos de Santa María.


Un autor del siglo iii, Orígenes, hace notar que Jesús no dijo a María «ese es también tu hijo», sino «he ahí a tu hijo»; y como María no tuvo más hijo que Jesús, sus palabras equivalen a decirle: «ese será para ti en adelante Jesús»10. La Virgen ve en cada cristiano a su hijo Jesús. Nos trata como si en nuestro lugar estuviera Cristo mismo. ¿Cómo se olvidará de nosotros cuando nos vea necesitados? ¿Qué no conseguirá de su Hijo en favor nuestro? Nunca podremos imaginar, ni de lejos, el amor de María por cada uno.


Acostumbrémonos a encontrar a Santa María mientras celebramos o participamos en la Santa Misa. Allí, «en el sacrificio del Altar, la participación de Nuestra Señora nos evoca el silencioso recato con que acompañó la vida de su Hijo, cuando andaba por la tierra de Palestina. La Santa Misa es una acción de la Trinidad; por voluntad del Padre, cooperando con el Espíritu Santo, el Hijo se ofrece en oblación redentora. En ese insondable misterio, se advierte, como entre velos, el rostro purísimo de María: Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo.


»El trato con Jesús, en el Sacrificio del Altar, trae consigo necesariamente el trato con María, su Madre. Quien encuentra a Jesús, encuentra también a la Virgen sin mancilla, como sucedió a aquellos santos personajes –los Reyes Magos– que fueron a adorar a Cristo: entrando en la casa, hallaron al Niño con María, su Madre (Mt 2, 11)»11. Con Ella podemos ofrecer toda nuestra vida –todos los pensamientos, afanes, trabajos, afectos, acciones, amores– identificándonos con los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús12: ¡Padre Santo!, le decimos en la intimidad de nuestro corazón, y lo podemos repetir interiormente durante la Santa Misa, por el corazón Inmaculado de María os ofrezco a Jesús vuestro Hijo muy amado y me ofrezco yo mismo en Él, con Él y por Él a todas sus intenciones y en nombre de todas las criaturas13.


Celebrar o asistir como conviene al Santo Sacrificio del Altar es el mejor servicio que podemos prestar a Jesús, a su Cuerpo Místico y a toda la humanidad. Junto a María, en la Santa Misa estamos particularmente unidos a toda la Iglesia.




Ant. 1. Tú, Señor, estás cerca, y todos tus mandatos son estables.


Salmo 118, 145-152


Te invoco de todo corazón;

respóndeme, Señor, y guardaré tus leyes;

a ti grito: sálvame,

y cumpliré tus decretos;

me adelanto a la aurora pidiendo auxilio,

esperando tus palabras.


Mis ojos se adelantan a las vigilias de la noche,

meditando tu promesa;

escucha mi voz por tu misericordia,

con tus mandamientos dame vida;

ya se acercan mis inicuos perseguidores,

están lejos de tu voluntad.


Tú, Señor, estás cerca,

y todos tus mandatos son estables;

hace tiempo comprendí que tus preceptos

los fundaste para siempre.


Ant. Tú, Señor, estás cerca, y todos tus mandatos son estables.


Ant. 2. Mándame tu sabiduría, Señor, para que me asista en mis trabajos.


Cántico Sb 9, 1-6. 9-11


DAME, SEÑOR, LA SABIDURÍA

Os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente... ningún adversario vuestro. (Lc 21, 15)


Dios de los padres y Señor de la misericordia,

que con tu palabra hiciste todas las cosas,

y en tu sabiduría formaste al hombre,

para que dominase sobre tus creaturas,

y para que rigiese el mundo con santidad y justicia

y lo gobernase con rectitud de corazón.


Dame la sabiduría asistente de tu trono

y no me excluyas del número de tus siervos,

porque siervo tuyo soy, hijo de tu sierva,

hombre débil y de pocos años,

demasiado pequeño para conocer el juicio y las leyes.


Pues aunque uno sea perfecto

entre los hijos de los hombres,

sin la sabiduría, que procede de ti,

será estimado en nada.


Contigo está la sabiduría conocedora de tus obras,

que te asistió cuando hacías el mundo,

y que sabe lo que es grato a tus ojos

y lo que es recto según tus preceptos.


Mándala de tus santos cielos

y de tu trono de gloria envíala

para que me asista en mis trabajos

y venga yo a saber lo que te es grato.


Porque ella conoce y entiende todas las cosas,

y me guiará prudentemente en mis obras,

y me guardará en su esplendor.


Ant. Mándame tu sabiduría, Señor, para que me asista en mis trabajos.


Ant. 3. La fidelidad del Señor dura por siempre.


Salmo 116


INVITACIÓN UNIVERSAL A LA ALABANZA DIVINA

Así es: los gentiles glorifican a Dios por su misericordia. (Rm 15, 8. 9)


Alabad al Señor, todas las naciones,

aclamadlo, todos los pueblos:


Firme es su misericordia con nosotros,

su fidelidad dura por siempre.


Ant. La fidelidad del Señor dura por siempre.


LECTURA BREVE Flp 2, 14-15


Hacedlo todo sin murmuraciones ni discusiones, a fin de que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha, en medio de esta generación mala y perversa, entre la cual aparecéis como antorchas en el mundo.


RESPONSORIO BREVE


V. A ti grito, Señor, tú eres mi refugio.

R. A ti grito, Señor, tú eres mi refugio.


V. Mi heredad en el país de la vida.

R. Tú eres mi refugio.


V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. A ti grito, Señor, tú eres mi refugio.


CÁNTICO EVANGÉLICO


Ant. Ilumina, Señor, a los que viven en tiniebla y en sombra de muerte.


Cántico de Zacarías Lc 1, 68-79


EL MESÍAS Y SU PRECURSOR


Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo,

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas.


Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

ha realizado así la misericordia que tuvo con

nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.


Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.


Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.


Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.


Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén



Ant.  Ilumina, Señor, a los que viven en tiniebla y en sombra de muerte.


PRECES


Invoquemos a Dios por intercesión de María, a quien el Señor colocó por encima de todas las creaturas celestiales y terrenas, diciendo:

Contempla, Señor, a la Madre de tu Hijo y escúchanos.


Padre de misericordia, te damos gracias porque nos has dado a María como madre y ejemplo;

santifícanos por su intercesión.


Tú que hiciste que María meditara tus palabras, guardándolas en su corazón, y fuera siempre fidelísima hija tuya,

por su intercesión haz que también nosotros seamos de verdad hijos tuyos y discípulos de tu Hijo.


Tú que quisiste que María concibiera por obra del Espíritu Santo,

por intercesión de María otórganos los frutos de este mismo Espíritu.


Tú que diste fuerza a María para permanecer junto a la cruz y la llenaste de alegría con la resurrección de tu Hijo,

por intercesión de María confórtanos en la tribulación y reanima nuestra esperanza.


Se pueden añadir algunas intenciones libres.


Concluyamos nuestras súplicas con la oración que el mismo Cristo nos enseñó: 


Padre nuestro, que estás en el cielo,

santificado sea tu Nombre;

venga a nosotros tu reino;

hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día;

perdona nuestras ofensas,

como también nosotros perdonamos

a los que nos ofenden;

no nos dejes caer en la tentación,

y líbranos del mal.


Dios misericordioso, fuente y origen de nuestra salvación, haz que, mientras dure nuestra vida aquí en la tierra, te alabemos constantemente y podamos así participar un día en la alabanza eterna del cielo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.


V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

lunes, 1 de junio de 2026

Oficio, lecturas, reflexiones y laudes ➕

 San Justino



Memoria obligatoria


01 Junio


Biografía


Filósofo y mártir, nació a principios del siglo II en Flavia Neápolis (Nablus), la antigua Siquem, en Samaria de familia pagana. Una vez convertido a la fe, escribió profusamente en defensa de la religión, aunque sólo se conservan de él dos «Apologías» y el «Diálogo con Trifón» Abrió una escuela en Roma, en la que sostuvo públicas disputas. Sufrió el martirio, junto con sus compañeros, en tiempo de Marco Aurelio, hacia el año 165.




Oficio, lecturas, reflexiones y laudes ➕


V. Señor abre mis labios.

R. Y mi boca proclamará tu alabanza.



Ant. Venid, adoremos al Señor, rey de los mártires. 



Salmo 94


INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Animaos unos a otros, día tras día, mientras perdura el «hoy». (Hb 3, 13)


Se recita la antífona que corresponda y la asamblea la repite.


Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.


Porque el Señor es un Dios grande,

soberano de todos los dioses:

tiene en su mano las simas de la tierra,

son suyas las cumbres de los montes.

Suyo es el mar, porque él lo hizo,

la tierra firme que modelaron sus manos.


Venid, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo,

el rebaño que él guía.


Ojalá escuchéis hoy su voz:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto:

cuando vuestros padres me pusieron a prueba,

y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.


Durante cuarenta años

aquella generación me repugnó, y dije:

Es un pueblo de corazón extraviado, 

que no reconoce mi camino;

por eso he jurado en mi cólera

que no entrarán en mi descanso.»


Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.


O bien:


Salmo 99


ALEGRÍA DE LOS QUE ENTRAN EN EL TEMPLO

Los redimidos deben entonar un canto de victoria. (S. Atanasio)


Se recita la antífona que corresponda y la asamblea la repite.


Aclama al Señor, tierra entera,

servid al Señor con alegría,

entrad en su presencia con aclamaciones.


Sabed que el Señor es Dios:

que él nos hizo y somos suyos,

su pueblo y ovejas de su rebaño.


Entrad por sus puertas con acción de gracias,

por sus atrios con himnos,

dándole gracias y bendiciendo su nombre:


«El Señor es bueno,

su misericordia es eterna,

su fidelidad por todas las edades.»


Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.


O bien:


Salmo 66


QUE TODOS LOS PUEBLOS ALABEN AL SEÑOR

Sabed que esta salvación de Dios ha sido enviada a los gentiles. (Hch 28, 28)


Se recita la antífona que corresponda y la asamblea la repite.


El Señor tenga piedad y nos bendiga,

ilumine su rostro sobre nosotros;

conozca la tierra tus caminos,

todos los pueblos tu salvación.


¡Oh Dios!, que te alaben los pueblos,

que todos los pueblos te alaben.


Que canten de alegría las naciones,

porque riges el mundo con justicia,

riges los pueblos con rectitud

y gobiernas las naciones de la tierra.


¡Oh Dios!, que te alaben los pueblos,

que todos los pueblos te alaben.


La tierra ha dado su fruto,

nos bendice el Señor, nuestro Dios.

Que Dios nos bendiga; que le teman

hasta los confines del orbe.


Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.


O bien:


Salmo 23


ENTRADA SOLEMNE DE DIOS EN SU TEMPLO

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que como hombre sube al cielo. (S. Ireneo)


Se recita la antífona que corresponda y la asamblea la repite.


Del Señor es la tierra y cuanto la llena,

el orbe y todos sus habitantes:

él la fundó sobre los mares,

él la afianzó sobre los ríos.


¿Quién puede subir al monte del Señor?

¿Quién puede estar en el recinto sacro?


El hombre de manos inocentes

y puro corazón,

que no confía en los ídolos

ni jura contra el prójimo en falso.

Ése recibirá la bendición del Señor,

le hará justicia el Dios de salvación.


Éste es el grupo que busca al Señor,

que viene a tu presencia, Dios de Jacob.


¡Portones!, alzad los dinteles,

levantaos, puertas antiguas:

va a entrar el Rey de la gloria.


¿Quién es ese Rey de la gloria?

El Señor, héroe valeroso;

el Señor, héroe de la guerra.


¡Portones!, alzad los dinteles,

levantaos, puertas antiguas:

va a entrar el Rey de la gloria.


¿Quién es ese Rey de la gloria?

El Señor, Dios de los ejércitos.

Él es el Rey de la gloria.


Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.



HIMNO


Testigos de amor

de Cristo Señor,

mártires santos.


Rosales en flor

de Cristo el olor,

mártires santos.


Palabras en luz

de Cristo Jesús,

mártires santos.


Corona inmortal

del Cristo total,

mártires santos. Amén.


SALMODIA


Ant. 1. Sálvame, Señor, por tu misericordia.


Salmo 6


ORACIÓN DEL AFLIGIDO QUE ACUDE A DIOS

Ahora mi alma está agitada... Padre, líbrame de esta hora. (Jn 12, 27)


Señor, no me corrijas con ira,

no me castigues con cólera.

Misericordia, Señor, que desfallezco;

cura, Señor, mis huesos dislocados.

Tengo el alma en delirio,

y tú, Señor, ¿hasta cuándo?


Vuélvete, Señor, liberta mi alma,

sálvame por tu misericordia.

Porque en el reino de la muerte nadie te invoca,

y en el abismo, ¿quién te alabará?


Estoy agotado de gemir:

de noche lloro sobre el lecho,

riego mi cama con lágrimas.

Mis ojos se consumen irritados,

envejecen por tantas contradicciones.


Apartaos de mí los malvados,

porque el Señor ha escuchado mis sollozos;

el Señor ha escuchado mi súplica,

el Señor ha aceptado mi oración.


Que la vergüenza abrume a mis enemigos,

que avergonzados huyan al momento.


Ant. Sálvame, Señor, por tu misericordia.


Ant. 2. El Señor es el refugio del oprimido en los momentos de peligro.


Salmo 9 A


ACCIÓN DE GRACIAS POR LA VICTORIA

De nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos.


I


Te doy gracias, Señor, de todo corazón,

proclamando todas tus maravillas;

me alegro y exulto contigo

y toco en honor de tu nombre, ¡oh Altísimo!


Porque mis enemigos retrocedieron,

cayeron y perecieron ante tu rostro.

Defendiste mi causa y mi derecho

sentado en tu trono como juez justo.


Reprendiste a los pueblos, destruiste al impío

y borraste para siempre su apellido.

El enemigo acabó en ruina perpetua,

arrasaste sus ciudades y se perdió su nombre.


Dios está sentado por siempre

en el trono que ha colocado para juzgar.

Él juzgará el orbe con justicia

y regirá las naciones con rectitud.


Él será refugio del oprimido,

su refugio en los momentos de peligro.

Confiarán en ti los que conocen tu nombre,

porque no abandonas a los que te buscan.


Ant. El Señor es el refugio del oprimido en los momentos de peligro.


Ant. 3. Narraré tus hazañas en las puertas de Sión.


II


Tañed en honor del Señor, que reside en Sión;

narrad sus hazañas a los pueblos;

él venga la sangre, él recuerda,

y no olvida los gritos de los humildes.


Piedad, Señor; mira cómo me afligen mis enemigos;

levántame del umbral de la muerte,

para que pueda proclamar tus alabanzas

y gozar de tu salvación en las puertas de Sión.


Los pueblos se han hundido en la fosa que hicieron,

su pie quedó prendido en la red que escondieron.

El Señor apareció para hacer justicia,

y se enredó el malvado en sus propias acciones.


Vuelvan al abismo los malvados,

los pueblos que olvidan a Dios.

Él no olvida jamás al pobre,

ni la esperanza del humilde perecerá.


Levántate, Señor, que el hombre no triunfe:

sean juzgados los gentiles en tu presencia.

Señor, infúndeles terror,

y aprendan los pueblos que no son más que

hombres.


Ant. Narraré tus hazañas en las puertas de Sión.


V. Enséñame a cumplir tu voluntad.

R. Y a guardarla de todo corazón


PRIMERA LECTURA


Año II:


De la carta a los Gálatas 1, 13—2, 10


VOCACIÓN Y APOSTOLADO DE PABLO


Hermanos: Habéis oído hablar de cómo me portaba yo en otro tiempo en el judaísmo: cómo perseguía encarnizadamente a la Iglesia de Dios y la devastaba; cómo, en el celo por el judaísmo, iba más allá que muchos compatriotas de mi edad y me mostraba celoso partidario de las tradiciones paternas.


Pero, cuando aquel que me eligió desde el seno de mi madre me llamó por su gracia y tuvo a bien revelarme a su Hijo para que lo anunciara a los gentiles, en seguida, sin pedir consejo a hombre alguno y sin subir a Jerusalén para hablar con los que eran apóstoles antes que yo, partí hacia Arabia, de donde luego volví a Damasco. Tres años más tarde, subí a Jerusalén a visitar a Cefas, y estuve con él quince días. No vi a ninguno otro de los apóstoles, fuera de Santiago, el hermano del Señor. Por el Dios que me está viendo, que no miento en lo que os escribo.


Después vine a las regiones de Siria y de Cilicia. pero las Iglesias de Judea, que están en Cristo, no me conocían personalmente. Sólo oían decir: «El que antaño nos perseguía ahora va anunciando la Buena Nueva de la fe, que en otro tiempo quería destruir.» Y glorificaban a Dios, reconociendo su obra en mí.


Luego, al cabo de catorce años, subí otra vez a Jerusalén con Bernabé, llevando también a Tito. Y subí por motivo de una revelación. Les expuse el Evangelio que predico entre los gentiles y traté en particular con los más calificados, no fuera a ser que hubiese corrido en vano.


Pues bien, ni siquiera a Tito, mi compañero, con todo y que era griego, lo obligaron a circuncidarse. Y esto a pesar de los intrusos, de los falsos hermanos, que solapadamente se habían infiltrado, para espiar arteramente la libertad de que gozamos en Cristo Jesús, y que querían esclavizarnos. Pero nosotros ni por un momento cedimos terreno para someternos a ellos, a fin de salvaguardar firmemente para vosotros la verdad del Evangelio.


Las personas de más consideración —nada me interesa lo que hubieran sido antes, pues en Dios no hay acepción de personas— no me impusieron ninguna nueva obligación.


Al contrario, reconocieron que yo había recibido la misión de predicar el Evangelio a los gentiles, como Pedro la de predicarlo a los judíos; porque aquel que dio poder a Pedro para ejercer el apostolado entre los judíos me lo dio a mí para ejercerlo entre los gentiles. De este modo reconocieron que Dios me había dado esa gracia. Y Santiago, Cefas y Juan, los considerados como columnas, nos dieron la mano a Bernabé y a mí en señal de comunión y conformidad: nosotros nos dirigiríamos a los gentiles, ellos a los judíos. Sólo nos pidieron que nos acordásemos de los pobres, cosa que he procurado yo cumplir con toda solicitud.


Responsorio 1Co 15, 10; Ga 2, 8


R. Por la gracia de Dios, soy lo que soy; * y la gracia que él me concedió no quedó infecunda en mí, y permanece siempre en mí.


V. Aquel que dio poder a Pedro para ejercer el apostolado entre los judíos me lo dio a mí para ejercerlo entre los gentiles.


R. Y la gracia que él me concedió no quedó infecunda en mí, y permanece siempre en mí.


SEGUNDA LECTURA


De las Actas del martirio de los santos Justino y compañeros


(Cap. 1-5: cf. PG 6, 1566-1571)


HE ABRAZADO LAS VERDADERAS ENSEÑANZAS DE LOS CRISTIANOS


Aquellos santos varones, una vez apresados, fueron conducidos al prefecto de Roma, que se llamaba Rústico. Cuando estuvieron ante el tribunal, el prefecto Rústico dijo a Justino:


«Antes que nada, profesa tu fe en los dioses y obedece a los emperadores.»


Justino respondió:


«No es motivo de acusación ni de detención el hecho de obedecer a los mandamientos de nuestro Salvador Jesucristo.»


Rústico dijo:


«¿Cuáles son las enseñanzas que profesas?»


Respondió Justino:


«Yo me he esforzado en conocer toda clase de enseñanzas, pero he abrazado las verdaderas enseñanzas de los cristianos, aunque no sean aprobadas por los que viven en el error.»


El prefecto Rústico dijo:


«¿Y tú las apruebas, miserable?»


Respondió Justino:


«Así es, ya que las sigo según sus rectos principios.»


Dijo el prefecto Rústico:


«¿Y cuáles son estos principios?»


Justino respondió:


«Que damos culto al Dios de los cristianos, al que consideramos como el único creador desde el principio y artífice de toda la creación, de todo lo visible y lo invisible, y al Señor Jesucristo, de quien anunciaron los profetas que vendría como mensajero de salvación al género humano y maestro de insignes discípulos. Y yo, que no soy más que un mero hombre, sé que mis palabras están muy por debajo de su divinidad infinita, pero admito el valor de las profecías que atestiguan que éste, al que acabo de referirme, es el Hijo de Dios. Porque sé que los profetas hablaban por inspiración divina al vaticinar su venida a los hombres.»


Rústico dijo:


«Luego, ¿eres cristiano?»


Justino respondió:


«Así es, soy cristiano.»


El prefecto dijo a Justino:


«Escucha, tú que eres tenido por sabio y crees estar en posesión de la verdad: si eres flagelado y decapitado, ¿estás persuadido de que subirás al cielo?»


Justino respondió:


«Espero vivir en la casa del Señor, si sufro tales cosas, pues sé que, a todos los que hayan vivido rectamente, les está reservado el don de Dios para el fin del mundo.»


El prefecto Rústico dijo:


«Tú, pues, supones que has de subir al cielo, para recibir un cierto premio merecido.»


Justino respondió:


«No lo supongo, lo sé con certeza.»


El prefecto Rústico dijo:


«Dejemos esto y vayamos a la cuestión que ahora interesa y urge. Poneos de acuerdo y sacrificad a los dioses.»


Justino dijo:


«Nadie que piense rectamente abandonará la piedad para caer en la impiedad.»


El prefecto Rústico dijo:


«Si no hacéis lo que se os manda, seréis atormentados sin piedad.»


Justino respondió:


«Nuestro deseo es llegar a la salvación a través de los tormentos sufridos por causa de nuestro Señor Jesucristo, ya que ello será para nosotros motivo de salvación y de confianza ante el tribunal de nuestro Señor y Salvador, que será universal y más temible que éste.»


Los otros mártires dijeron asimismo:


«Haz lo que quieras; somos cristianos y no sacrificamos a los ídolos.»


El prefecto Rústico pronunció la sentencia, diciendo:


«Por haberse negado a sacrificar a los dioses y a obedecer las órdenes del emperador, serán flagelados y decapitados en castigo de su delito y a tenor de lo establecido por la ley.»


Los santos mártires salieron, glorificando a Dios, hacia el lugar acostumbrado y allí fueron decapitados, coronando así el testimonio de su fe en el Salvador.


Responsorio Cf. Hch 20, 20. 21. 24; Rm 1, 16


R. No he ahorrado medio alguno al insistiros a creer en nuestro Señor Jesús; * a mí no me importa la vida; lo que me importa es completar mi carrera, y cumplir el encargo que me dio el Señor Jesús: ser testigo del Evangelio, que es la gracia de Dios.


V. No me avergüenzo del Evangelio; es, en verdad, poder de Dios para salvación de todo el que crea, primero de los judíos y luego de los gentiles.


R. A mí no me importa la vida; lo que me importa es completar mi carrera, y cumplir el encargo que me dio el Señor Jesús: ser testigo del Evangelio, que es la gracia de Dios.






Primera lectura


2 Pe 1, 2-7


Se nos han concedido las preciosas promesas, para que, por medio de ellas, sean partícipes de la naturaleza divina


Lectura de la segunda carta del apóstol san Pedro.


QUERIDOS hermanos:

A ustedes gracia y paz abundantes por el conocimiento de Dios y de Jesús nuestro Señor.

Pues su poder divino nos ha concedido todo lo que conduce a la vida y a la piedad, mediante el conocimiento del que nos ha llamado con su propia gloria y potencia, con las cuales se nos han concedido las preciosas y sublimes promesas, para que, por medio de ellas, sean partícipes de la naturaleza divina, escapando de la corrupción que reina en el mundo por la ambición; en vista de ello, pongan todo empeño en añadir a su fe la virtud, a la virtud el conocimiento, al conocimiento la templanza, a la templanza la paciencia, a la paciencia la piedad, a la piedad el cariño fraterno, y al cariño fraterno el amor.


Palabra de Dios.


Salmo


Sal 90, 1-2. 14-15ab. 15c-16 (R.: cf. 2b)


R. Dios mío, confío en ti.


V. Tú que habitas al amparo del Altísimo,

que vives a la sombra del Omnipotente,

di al Señor: «Refugio mío, alcázar mío,

Dios mío, confío en ti». R.


V. «Se puso junto a mí: lo libraré;

lo protegeré porque conoce mi nombre;

me invocará y lo escucharé.

Con él estaré en la tribulación». R.


V. «Lo defenderé, lo glorificaré,

lo saciaré de largos días

y le haré ver mi salvación». R.


Aclamación


R. Aleluya, aleluya, aleluya.

V. Jesucristo, eres el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos; nos amaste y nos has librado de nuestros pecados

con tu sangre. R.


Evangelio


Mc 12, 1-12


Agarrando al hijo amado, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña


Lectura del santo Evangelio según san Marcos.


EN aquel tiempo, Jesús se puso a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes, a los escribas y a los ancianos:

«Un hombre plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos. A su tiempo, envió un criado a los labradores, para percibir su tanto del fruto de la viña. Ellos lo agarraron, lo azotaron y lo despidieron con las manos vacías. Les envió de nuevo otro criado; a este lo descalabraron e insultaron. Envió a otro y lo mataron; y a otros muchos, a los que azotaron o los mataron.

Le quedaba uno, su hijo amado. Y lo envió el último, pensando:

“Respetarán a mi hijo”.

Pero los labradores se dijeron:

“Este es el heredero. Venga, lo matamos y será nuestra la herencia”.

Y, agarrándolo, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña.

¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá, hará perecer a los labradores y arrendará la viña a otros.

¿No han leído aquel texto de la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”?».

Intentaron echarle mano, porque comprendieron que había dicho la parábola por ellos; pero temieron a la gente y, dejándolo allí, se marcharon.


Palabra del Señor.




Pistas para la Lectio Divina


1. (año II) 2 Pedro 1,1-7



 



a) En la serie de cartas más breves del NT que estamos leyendo, hoy y mañana escuchamos la segunda de Pedro, y después la segunda de Pablo a Timoteo.



 



Esta carta se atribuye en su título a Pedro, pero tal vez es una paternidad meramente literaria, como se hacía con frecuencia en su tiempo. La página de hoy, el inicio de la carta, es muy dinámica: nos ha cabido en suerte una fe preciosa, ya tenemos lo que se había prometido en el AT, con esta fe recibida en el Bautismo escapamos de la corrupción de este mundo y sobre todo «participamos del mismo ser de Dios»; pero a la vez tenemos que progresar: «crezca vuestra gracia y paz».



 



b) Buen programa de vida para nosotros, cristianos.



 



Son motivos de alegría y de estímulo para los que hemos recibido «esta fe tan preciosa» y tenemos la suerte de creer en Dios y en su enviado Jesús. Esa fe da sentido a toda nuestra vida. Pedro afirma nada menos que nos hace «participar del mismo ser de Dios», porque Jesús, al hacerse hombre, nos ha hecho a nosotros de la misma familia de Dios y nos comunica su vida sobre todo a través de los sacramentos.



 



Además de alegría, estímulo. Porque el programa de Pedro es que vayamos creciendo en gracia y en paz. Los dones de Dios son gratuitos, pero exigen que correspondamos a ellos con nuestra vida.



 



Se nos pide que nos esforcemos por añadir «a vuestra fe la honradez, a la honradez el criterio, al criterio el dominio propio, al dominio propio la constancia, a la constancia la piedad, a la piedad el cariño fraterno, al cariño fraterno el amor». Es una sabía mezcla de cualidades humanas y actitudes de fe: un retrato coherente de un cristiano con personalidad propia. Una personalidad que nos hace falta en medio de un mundo que también ahora sigue estando inmerso en la corrupción de la que ya hablaba Pedro.



 



2. Marcos 12,1-12



 



a) Estamos leyendo los últimos días de la vida de Jesús en Jerusalén, con una ruptura creciente con los representantes oficiales de Israel.



 



En verdad aparece Jesús como una persona valiente, al dedicar a sus enemigos la parábola de los viñadores, con la que les viene a decir que ya sabe de sus planes para eliminarlo. Ellos, desde luego, se dan por aludidos, porque «veían que la parábola iba por ellos».



 



La alegoría de la viña, aplicada al pueblo de Israel, es conocida ya desde Isaías, con su canto sobre la viña que no daba los frutos que Dios esperaba de ella (Is 5). Aquí se dramatiza todavía más, con el rechazo y los asesinatos sucesivos, hasta llegar a matar al hijo y heredero del dueño de la viña.



 



b) Es un drama lo que sucedió con el rechazo de Jesús. Se deshacen del hijo. Desprecian la piedra que luego resulta que era la piedra angular. No conocen el tiempo oportuno, después de tantos siglos de espera.



 



Pero la pregunta va hoy para nosotros, que no matamos al Hijo ni le despreciamos, pero tampoco le seguimos tal vez con toda la coherencia que merece. ¿Somos una viña que da los frutos que Dios espera? ¿sabemos darnos cuenta del tiempo oportuno de la gracia, de la ocasión de encuentro salvador que son los sacramentos? ¿nos aprovechamos de la fuerza salvadora de la Palabra de Dios y de la Eucaristía?



 



Cada uno, personalmente, deberíamos hoy preguntarnos si somos viñas fructíferas o estériles. ¿Tendrá que pensar Dios en quitarnos el encargo de la viña y pasárselo a otros? ¿no estará pasando que, como Israel rechazó el tiempo de gracia, la vieja Europa esté olvidando los valores cristianos, que sí aprecian otras culturas y comunidades más jóvenes y dinámicas? ¿nos extraña el que en algunos ambientes no nazcan vocaciones a la vida religiosa o ministerial, mientras que en otros sí abundan?



 



La Palabra que escuchamos y la Eucaristía que celebramos deberían ayudarnos a producir en nuestra vida muchos más frutos que los que producimos para Dios y para el bien de todos.



 



«Dichoso quien teme al Señor y ama de corazón sus mandatos» (salmo, I)



 



«En las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo» (salmo, I)



 



«Nos ha dado participar del mismo ser de Dios» (1a lectura, 1)



 



«Dios mío, confío en ti» (salmo, II)



 



«¿Qué hará el dueño de la vid? Arrendará la viña a otros» (evangelio)



 



Aldazábal, J. (1996).

Enséñame tus caminos 4.

Tiempo ordinario, semanas 1-9.

CENTRO DE PASTORAL LITURGICA.




Meditación del día


Meditaciones: lunes de la 9.ª semana del Tiempo Ordinario


Reflexión para meditar el noveno lunes del Tiempo ordinario. Los temas propuestos son: la parábola de los viñadores; el poder del servicio; Dios siempre confía en nosotros.




- La parábola de los viñadores.


- El poder del servicio.


- Dios siempre confía en nosotros.


AL POCO TIEMPO de haber entrado en un borrico a Jerusalén, Jesús cuenta la historia de un hombre que confió su viña a unos trabajadores para que la cuidaran. Llegado el momento oportuno, el dueño envió a varios criados para recibir los frutos que le correspondían. Sin embargo, los viñadores lastimaban e incluso mataban a los siervos que iban apareciendo. Al ver cómo habían ido las cosas, el propietario decidió enviar a su hijo como último recurso, pensando que a él lo respetarían. «Pero aquellos labradores se dijeron: “Este es el heredero. Vamos, lo mataremos y será nuestra la heredad”. Y lo agarraron, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña» (Mc 12,7-8).


Con esta parábola, Jesús narra su propia historia y predice lo que está a punto de sucederle. De alguna manera, quiere adelantarse a lo que vivirán internamente sus oyentes dentro de pocos días: a la disyuntiva entre reconocer al verdadero heredero y su reinado, o no hacerlo. De hecho, los escribas y fariseos comienzan rápidamente a asaltarle con preguntas para saber si quien les relataba aquella parábola era el Mesías. A pesar de que nosotros, a la distancia de tantos años, sepamos claramente que aquellas palabras de Jesús se referían a sí mismo, podemos todavía plantearnos el fondo de la cuestión: ¿Qué relevancia tiene Cristo en mi vida? ¿Es el Mesías que me evita cualquier idolatría o, en realidad, quizás inconscientemente tengo otro orden de prioridades que le terminan por echar «fuera de la viña»?


«Si alguno nos pregunta “quién es Jesucristo”, nosotros seguramente diremos lo que hemos aprendido en catequesis, que ha venido a salvar al mundo, diremos la verdadera doctrina de Jesús: es el Salvador del mundo, el Hijo del Padre, Dios, hombre, lo que recitamos en el Credo. (...) Un poco más difícil será responder a la pregunta: “Es verdad, pero para ti, ¿quién es Jesucristo?”»[1].


PUEDE SER QUE el gran error de los viñadores haya sido pretender que el terreno era suyo. Quisieron adueñarse de aquello que el propietario, lleno de confianza, les había entregado para que lo cuidaran. Sin embargo, en sus mentes no cabía trabajar para otro, sino que ambicionaban el dominio de aquello que ya habían empezado a cultivar, codiciaban una total autonomía en lo poco que estaba bajo su custodia. Deseosos de que aquello les perteneciera, no dudaron en emplear la violencia que fuera necesaria para lograr la ansiada posesión.


Aunque en un principio la estrategia parecía conducir al éxito, Jesús anuncia con cierta dureza el final que les esperará: «¿Qué hará, pues, el amo de la viña? Vendrá, exterminará a los labradores y entregará la viña a otros» (Mc 12,9). Además de no llegar a dominar la hacienda, los viñadores perderán algo mucho más importante; perderán, en realidad, aquello que pretendían disfrutar: la propia vida. En un sentido espiritual, su decisión expresa a dónde conduce el deseo envenenado de querer permanecer al margen del hogar de Jesús: nos priva de la fecundidad que proviene de la unión vital con él. «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí es arrojado fuera, como los sarmientos, y se seca» (Jn 15,5-6).


«Si dejamos que Cristo reine en nuestra alma –decía san Josemaría–, no nos convertiremos en dominadores, seremos servidores de todos los hombres. Servicio. ¡Cómo me gusta esta palabra! Servir a mi Rey y, por él, a todos los que han sido redimidos con su sangre. ¡Si los cristianos supiésemos servir!»[2]. El servicio no es una negación de nuestros intereses. Si descubrimos su verdadero poder nos daremos cuenta de que Dios, en realidad, quiere que disfrutemos de la viña.


JESÚS señala que el dueño, después de haberse librado de los labradores, «entregará la viña a otros» (Mc 12,9). Dada la mala experiencia, quizá lo más sensato hubiese sido esperar un poco, o bien ocuparse de la gestión él mismo con algunos familiares y amigos cercanos. Sin embargo, sigue confiando en que otras personas podrán cuidar bien de su viña. La traición que sufrió por parte de aquellos viñadores no le hizo perder la esperanza.


Por las palabras de Jesús, comprendemos que Dios actúa de un modo similar. A veces no alcanzamos a tomar las mejores decisiones con la viña que nos ha entregado; y a pesar de todo, él renueva su confianza en nosotros. Aunque podamos ser inestables en los propios deseos y acciones, él siempre es fiel, nos espera día tras día, pase lo que pase: su amor no disminuye. La historia de la Iglesia está llena de santos que, al comienzo de sus vidas, se asemejaban a esos viñadores en algún aspecto. San Pablo, por ejemplo, se dedicaba a perseguir cristianos y estaba convencido de su causa. Pero en cuanto reconoció que Jesús era el auténtico propietario de la hacienda, pasó a ser uno de los apóstoles que difundiría con más fecundidad su evangelio: escogió convertirse en un verdadero trabajador de su viña.


Saber que Dios confía en nosotros da fuerza a nuestra esperanza. Cuando notemos que el pecado pretende hacerse con el control de la viña, podemos refugiarnos en la fidelidad del Señor. Él mantiene siempre su promesa de amor infinito: no «contamos solo con nuestras pobres fuerzas, sino con la fuerza y el poder del Señor»[3]. La Virgen María nos ayudará a unir nuestros afanes al gran proyecto de servir a su Hijo en la viña a la que nos ha llamado.




Meditación diaria



1 de junio


SAN JUSTINO, MÁRTIR*


Memoria


— Defensa de la fe en los momentos de incomprensiones.


— Más apostolado cuanto mayores sean las adversidades.


— Vivir la caridad siempre; también con quienes no nos aprecian.


I. En los comienzos, la fe prendió entre gentes de profesiones sencillas: bataneros, cardadores de lana, soldados de tropa, herreros… Las numerosas inscripciones encontradas en las catacumbas nos muestran la variedad de oficios y de trabajos: bodegueros, barberos, sastres, marmolistas, tejedores… Una de estas inscripciones representa a un auriga, de pie sobre su cuadriga, que lleva en la mano derecha una corona y en la izquierda la palma del martirio.



Muy pronto, el Cristianismo llegó a todas las clases sociales. En el siglo ii hubo senadores cristianos, como Apolonio; altos magistrados, como el cónsul Liberal; abogados del foro romano, como Tertuliano; filósofos, como San Justino, cuya fiesta celebramos hoy, convertido a la fe cristiana entrado ya en años.


Los cristianos no se separan de sus conciudadanos, visten como los hombres de su tiempo y de su región, ejercitan sus derechos civiles y cumplen con sus deberes. Como los demás, asisten a las escuelas públicas, sin avergonzarse de su fe, a pesar de que durante largo tiempo el ambiente pagano fuera muy adverso a la Buena Nueva. La defensa de la fe –el derecho a vivirla siendo a la vez ciudadanos romanos iguales a los demás– será llevada a cabo con una constancia admirable: desde la conversación normal en el mercado o en el foro, hasta quienes hacen una defensa con las armas de la inteligencia, como hicieron San Justino y otros en sus apologías del Cristianismo.



Todos, cada uno en su lugar, supieron dar un testimonio sereno de Jesucristo, que fue la mejor apología de la fe. Uno de estos ejemplos vivos de la fe nos ha llegado a través de un grafito que aún se conserva. En el Palatino, la colina ocupada por el palacio del emperador y por las villas nobiliarias romanas, existía una escuela en la que se formaban los pajes de la corte imperial. Entre los alumnos debía de contarse un cristiano llamado Alexamenos, pues alguien hizo un dibujo sobre la pared en el que se representaba a un hombre con cabeza de asno, clavado en una tosca cruz, con una figura humana a su lado. Junto al dibujo se puede leer esta inscripción: Alexamenos adora a su dios. El joven cristiano, con valentía y orgullo por su fe, escribió allí mismo como respuesta: Alexamenos es fiel1.




Este grafito es también un eco de las calumnias que circulaban frecuentemente en torno a los cristianos. Entre las gentes del pueblo abundaban rumores, chismes, trivialidades, historias increíbles… Entre las clases más cultivadas se repetían con desdén frases como las que nos ha transmitido Tertuliano: «Es un buen hombre ese Cayo Sexto, ¡lástima que sea cristiano!». Otro personaje dice: «Estoy verdaderamente sorprendido de que Lucio Ticio, un hombre tan inteligente, se haya hecho cristiano de repente». Y Tertuliano comenta: «No se le ocurre preguntarse si Cayo es un buen hombre y Lucio inteligente precisamente porque son cristianos; o si se han hecho precisamente cristianos porque el uno es un buen hombre y el otro es inteligente»2.


San Justino sabe dar razón de la grandeza de la fe cristiana en comparación de todos los pensamientos e ideologías en boga: «Porque a Sócrates –señala– nadie le creyó hasta el punto de dar la vida por su doctrina; pero a Cristo no solo le han creído filósofos y hombres cultos, sino también artesanos y gentes totalmente ignorantes, que han sabido despreciar la opinión del mundo, el miedo y hasta la muerte»3. El propio Justino moriría más tarde atestiguando su fe. Esa misma firmeza nos pide el Señor a nosotros en cualquier situación en la que nos hallemos. También si alguna vez tenemos que enfrentarnos a un ambiente completamente adverso a la doctrina de Jesús.


II. En los momentos de persecución o de mayores tribulaciones, los cristianos seguían atrayendo a otros a la fe. Las mismas dificultades eran ocasión para un apostolado más intenso, avalado por la ejemplaridad y la fortaleza. Las palabras cobraban entonces una particular fuerza: la de la Cruz. El martirio era un testimonio lleno de vigor sobrenatural y de gran eficacia apostólica. A veces, hasta los mismos verdugos abrazaban la fe cristiana4.


Si somos de verdad fieles a Cristo es posible que encontremos dificultades de distinto género: desde la calumnia y la persecución abierta hasta ver que se nos cierra alguna puerta que debería permanecer abierta, el ser relegados a un trabajo menos preeminente, la ironía o el comentario superficial… No es el discípulo mayor que el Maestro5. La vida del cristiano y su sentido de la existencia –queramos o no– chocará con un mundo que ha puesto su corazón en los bienes materiales.


Esos momentos de dificultad son especialmente aptos para ejercitar un apostolado eficaz: enseñando la verdadera naturaleza de la Iglesia, difundiendo aquellos escritos que dan luz sobre los temas más controvertidos, hablando con claridad de Cristo y de la vida cristiana… Los primeros cristianos vencieron en su empeño y nos enseñaron el camino: su fidelidad incondicional a Cristo pudo más que la atmósfera pagana que los rodeaba. «Sumergidos en la masa hostil, no buscaron en el aislamiento el remedio al contagio y la garantía de supervivencia; se sabían levadura de Dios, y su callada y eficaz operación acabó por informar aquella misma masa. Supieron, sobre todo, estar serenamente presentes en su mundo, no despreciar sus valores ni desdeñar las realidades terrenas»6.


Si en momentos de incomprensión, de calumnias…, seguimos firmes y constantes en el apostolado personal que como cristianos hemos de llevar a cabo, vendrán frutos a la Iglesia desde los lugares más lejanos; donde parecía imposible lograr ningún resultado. El apostolado es más eficaz cuando la Cruz se manifiesta con más claridad.


III. Ni las murmuraciones y calumnias, ni el mismo martirio pudieron lograr que los cristianos se replegaran sobre sí mismos y se resignasen a separarse de los demás ciudadanos y a sentirse exiliados del propio medio social. Aun en los momentos más duros de la persecución, la presencia cristiana en el mundo fue viva y operante. Los cristianos defendieron su derecho a ser consecuentes con su fe: los intelectuales, como Justino, con sus escritos llenos de ciencia y de sentido común; las madres de familia lo harían con su conversación amable y con su ejemplo de vida… Y es en medio de este vendaval de la contradicción donde los cristianos vivieron con especial empeño el mandamiento nuevo de Jesús7: «fue con amor como se abrieron paso en aquel mundo pagano y corrompido»8. «Esta práctica de la caridad es, sobre todo, lo que a los ojos de muchos nos imprime un sello peculiar. Ved -dicen- cómo se aman entre sí, ya que ellos se odian mutuamente. Y cómo están dispuestos a morir unos por otros, cuando ellos están más bien preparados a matarse los unos a los otros»9, nos ha dejado escrito Tertuliano.


Los cristianos no reaccionaron con rencor ante quienes de una forma u otra los maltrataban10. Y como nuestros primeros hermanos en la fe, también nosotros hemos procurado siempre ahogar el mal en abundancia de bien11.


Juan Pablo I, en la catequesis que llevó a cabo en su corto pontificado, hizo mención de la ejemplar historia de las dieciséis carmelitas mártires durante la Revolución francesa, beatificadas por Pío X. Parece que durante el proceso se pidió que fueran condenadas «a muerte por fanatismo». Una de ellas preguntó al juez: «¿qué quiere decir fanatismo?», y él le contestó: «Vuestra boba pertenencia a la religión». Pronunciada la sentencia, mientras las conducían hacia el cadalso, cantaban himnos religiosos; llegadas al lugar de la ejecución, una tras otra se arrodillaron ante la Priora para renovar su voto de obediencia. Después entonaron el Veni Creator; el canto se iba haciendo cada vez más débil a medida que las cabezas de las religiosas caían bajo la guillotina. Quedó en último lugar la Priora, cuyas últimas palabras fueron estas: «El amor saldrá siempre victorioso, el amor lo puede todo»12. Siempre ha sido así.


Con todo, la mejor caridad de los primeros cristianos se dirigía a fortalecer en la fe a los hermanos más débiles, a los que se habían convertido recientemente y a todos los que estaban más necesitados de ayuda. Las Actas de los Mártires13 recogen casi en cada página detalles concretos de esta preocupación por la fidelidad de los más débiles. No dejemos nosotros de hacer lo mismo en momentos de contradicción, de calumnias, de persecución: amparar, «arropar», a quienes, por edad o circunstancias particulares, más lo necesiten. Nuestra firmeza y alegría en esos momentos será de gran ayuda para otros.


Al terminar este rato de oración nos dirigimos a Nuestra Señora con una oración que los primeros cristianos recitaron muchas veces: Sub tuum praesidium confugimus, Sancta Dei Genitrix… Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desprecies nuestras súplicas en las necesidades, antes bien líbranos de todo peligro, Virgen gloriosa y bendita14.


 


Nació en la región de Samaria a comienzos del siglo ii. Como otros pensadores de la época, abrió una escuela de filosofía en Roma. Después de su conversión, ejerció desde ella un fecundo apostolado. Defendió la fe cristiana con su saber en momentos difíciles para el cristianismo. Se han conservado las apologías dirigidas a los emperadores Antonino y Marco Aurelio. Murió mártir en Roma durante la persecución de este último emperador. Por el empeño que puso en defender con su ciencia la fe, y por el valor ejemplar que tiene para todos, León XIII extendió su fiesta litúrgica a la Iglesia universal.





Ant. 1. A ti te suplico, Señor; por la mañana escucharás mi voz.


Salmo 5, 2-10. 12-13


ORACIÓN DE LA MAÑANA DE UN JUSTO PERSEGUIDO

«Por la mañana escucharás mi voz» debe entenderse de la resurrección de Cristo.


Señor, escucha mis palabras,

atiende a mis gemidos,

haz caso de mis gritos de auxilio,

Rey mío y Dios mío.


A ti te suplico, Señor;

por la mañana escucharás mi voz,

por la mañana te expongo mi causa,

y me quedo aguardando.


Tú no eres un Dios que ame la maldad,

ni el malvado es tu huésped,

ni el arrogante se mantiene en tu presencia.


Detestas a los malhechores,

destruyes a los mentirosos;

al hombre sanguinario y traicionero

lo aborrece el Señor.


Pero yo, por tu gran bondad,

entraré en tu casa,

me postraré ante tu templo santo

con toda reverencia.


Señor, guíame con tu justicia,

porque tengo enemigos;

alláname tu camino.


En su boca no hay sinceridad,

su corazón es perverso;

su garganta es un sepulcro abierto,

mientras halagan con la lengua.


Que se alegren los que se acogen a ti,

con júbilo eterno;

protégelos, para que se llenen de gozo

los que aman tu nombre.


Porque tú, Señor, bendices al justo,

y como un escudo lo rodea tu favor.


Ant. A ti te suplico, Señor; por la mañana escucharás mi voz.


Ant. 2. Alabamos, Dios nuestro, tu nombre glorioso.


Cántico 1Cro 29, 10-13


SÓLO A DIOS HONOR Y GLORIA

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo. (Ef 1, 3)


Bendito eres, Señor,

Dios de nuestro padre Israel,

por los siglos de los siglos.


Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder,

la gloria, el esplendor, la majestad,

porque tuyo es cuanto hay en cielo y tierra,

tú eres rey y soberano de todo.


De ti viene la riqueza y la gloria,

tú eres señor del universo,

en tu mano está el poder y la fuerza,

tú engrandeces y confortas a todos.


Por eso, Dios nuestro,

nosotros te damos gracias,

alabando tu nombre glorioso.


Ant. Alabamos, Dios nuestro, tu nombre glorioso.


Ant. 3. Postraos ante el Señor en el atrio sagrado.


Salmo 28


MANIFESTACIÓN DE DIOS EN LA TEMPESTAD

Vino una voz del cielo que decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto.» (Mt 3, 17)


Hijos de Dios, aclamad al Señor,

aclamad la gloria y el poder del Señor,

aclamad la gloria del nombre del Señor,

postraos ante el Señor en el atrio sagrado.


La voz del Señor sobre las aguas,

el Dios de la gloria hace oír su trueno,

el Señor sobre las aguas torrenciales.


La voz del Señor es potente,

la voz del Señor es magnífica,

la voz del Señor descuaja los cedros,

el Señor descuaja los cedros del Líbano.


Hace brincar al Líbano como a un novillo,

al Sarión como a una cría de búfalo.


La voz del Señor lanza llamas de fuego,

la voz del Señor sacude el desierto,

el Señor sacude el desierto de Cadés.


La voz del Señor retuerce los robles,

el Señor descorteza las selvas.

En su templo un grito unánime: ¡Gloria!


El trono del Señor está encima de la tempestad,

el Señor se sienta como rey eterno.

El Señor da fuerza a su pueblo,

el Señor bendice a su pueblo con la paz.


Ant. Postraos ante el Señor en el atrio sagrado.


LECTURA BREVE 2Co 1, 3-5


Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios de todo consuelo; él nos consuela en todas nuestras luchas, para poder nosotros consolar a los que están en toda tribulación, mediante el consuelo con que nosotros somos consolados por Dios. Porque si es cierto que los sufrimientos de Cristo rebosan sobre nosotros, también por Cristo rebosa nuestro consuelo.


RESPONSORIO BREVE


V. El Señor es mi fuerza y mi energía.

R. El Señor es mi fuerza y mi energía.


V. Él es mi salvación.

R. Y mi energía.


V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. El Señor es mi fuerza y mi energía.


CÁNTICO EVANGÉLICO


Ant. Al ofrecer nuestro sacrificio, alabamos al Creador de todo, por medio de su Hijo Jesucristo y del Espíritu Santo.


Cántico de Zacarías Lc 1, 68-79


EL MESÍAS Y SU PRECURSOR


Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo,

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas.


Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

ha realizado así la misericordia que tuvo con

nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.


Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.


Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.


Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.


Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén



Ant. Al ofrecer nuestro sacrificio, alabamos al Creador de todo, por medio de su Hijo Jesucristo y del Espíritu Santo. 


PRECES


Celebremos, amados hermanos, a Jesús, el testigo fiel, y al recordar hoy a los santos mártires sacrificados a causa de la palabra de Dios, aclamémosle diciendo:

Nos has comprado, Señor, con tu sangre.


Por la intercesión de los santos mártires que entregaron libremente su vida como testimonio de la fe,

concédenos, Señor, la verdadera libertad de espíritu.


Por la intercesión de los santos mártires que proclamaron la fe hasta derramar su sangre,

concédenos, Señor, la integridad y constancia de la fe.


Por la intercesión de los santos mártires que soportando la cruz siguieron tus pasos,

concédenos, Señor, soportar con generosidad las contrariedades de la vida.


Por la intercesión de los santos mártires que blanquearon su manto en la sangre del Cordero,

concédenos, Señor, vencer las obras del mundo y de la carne.


Se pueden añadir algunas intenciones libres.


Dirijamos ahora nuestra oración al Padre que está en los cielos, diciendo: 


Padre nuestro, que estás en el cielo,

santificado sea tu Nombre;

venga a nosotros tu reino;

hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día;

perdona nuestras ofensas,

como también nosotros perdonamos

a los que nos ofenden;

no nos dejes caer en la tentación,

y líbranos del mal.


Dios nuestro, que enseñaste a san Justino a descubrir en la locura de la cruz la incomparable sabiduría de Jesucristo, concédenos, por la intercesión de éste mártir, la gracia de alejar los errores que nos cercan y de mantenernos siempre firmes en la fe. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.



V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.