Custodia

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Saludo

Bendición

viernes, 13 de diciembre de 2024

Lecturas y reflexiones +

 Santa Lucía




Memoria obligatoria

13 Diciembre

Biografía


Probablemente sufrió martirio en Siracusa, bajo la persecución de Diocleciano. Su culto se difundió ya desde antiguo por casi toda la Iglesia, y su nombre fue introducido en el Canon romano.



Primera lectura


Is 48,17-19

Si hubieras atendido a mis mandatos

Lectura del libro de Isaías.

ESTO dice el Señor, tu libertador,
el Santo de Israel:
«Yo, el Señor, tu Dios,
te instruyo por tu bien,
te marco el camino a seguir.
Si hubieras atendido a mis mandatos,
tu bienestar sería como un río,
tu justicia como las olas del mar,
tu descendencia como la arena,
como sus granos, el fruto de tus entrañas;
tu nombre no habría sido aniquilado,
ni eliminado de mi presencia».

Palabra de Dios.

Salmo


 Sal 1,1-2.3.4 y 6 (R. cf. Jn 8,12)

R. El que te sigue, Señor, tendrá la luz de la vida.

V. Dichoso el hombre
que no sigue el consejo de los impíos,
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche. R.

V. Será como un árbol
plantado al borde de la acequia:
da fruto a su tiempo
y no se marchitan sus hojas;
y cuanto emprende tiene buen fin. R.

V. No así los impíos, no así;
serán paja que arrebata el viento.
Porque el Señor protege el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal. R.

Aclamación


R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El Señor llega, salgan a su encuentro; él es el Príncipe de la paz. R.

Evangelio


Mt 11,16-19

No escuchan ni a Juan ni al Hijo del hombre.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús al gentío:
«¿A quién compararé esta generación?
Se asemeja a unos niños sentados en la plaza, que gritan diciendo: "Hemos tocado la flauta, y no han bailado; les hemos entonado lamentaciones, y no han llorado".
Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: "Tiene un demonio". Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: "Ahí tienen a un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores".
Pero la sabiduría se ha acreditado por sus obras».

Palabra del Señor.



Pistas para la Lectio Divina

Lectio divina “Palabra vivificante”. P. Fidel Oñoro cjm

Isaías 48, 17-19: ¿Y qué hacer con los tercos?

Las breves palabras proféticas que hoy se ponen en nuestros oídos y en nuestro corazón, están precedidas por una auto-presentación del profeta en estos términos: “Y ahora el Señor me envía con su espíritu” (48,16b).

Pero resulta que el profeta se estrella contra el muro de la obstinación, de la cabeza dura de un pueblo indócil a las enseñanzas del Señor.

¿Cómo afronta la situación?

Notemos tres ideas fuertes de la profecía:

1. Yahvé es presentado de nuevo

Siempre se vuelve al punto de partida: ¿Quién es Dios?, o mejor, ¿Cómo se ha dado a conocer a su pueblo?

Yahvé se presenta no a partir de conceptos teóricos o abstractos, sino a partir de la experiencia histórica que el pueblo ha hecho de él, particularmente en el camino liberador del éxodo, allí se descubrió como “el redentor” (48,17ª). Es un Dios que entra a fondo en la situación dolorosa de su pueblo, él la capta, la comprende y la auxilia. Con todo y esto, su inserción en la historia de su pueblo no le quita su trascendencia, el sigue siendo “el Santo de Israel” (48,17b).

Es un Dios que se da a su pueblo. Yahvé aparece en función, no de sí mismo, sino de un pueblo que es “su” pueblo. Por eso se afirma que él es “de Israel”. Detrás de este “de”, de pertenencia, está el compromiso de Alianza sellado en el Sinaí: “Yo soy de Ustedes y Ustedes son míos”.

Y porque es fiel a la Alianza sellada con su pueblo, él no sólo libera, sino que educa, se ocupa de él como un papá que prepara a su hijo para la vida, como un maestro que enseña o como un jefe que guía.

No basta salir, de la situación de apuro mediante un acto de liberación, lo más importante es lo que sigue: la educación. Una educación que le da cuerpo y estructura a la vida nueva que comienza a partir de la intervención divina.

Pues bien, los sucesos históricos negativos del pueblo son como el salón de clases, la escuela, donde se aprenden las lecciones de la vida. Como insiste Isaías, allí Yahvé “te enseña” y “te guía”.

Ahora que el pueblo regresa de la dura prueba del exilio en Babilonia, Dios vuelve a educar a su pueblo como lo hizo antaño en el camino del desierto después de la salida de Egipto. El pueblo debe darse cuenta de que el camino que está haciendo ha sido gracias a la acción poderosa de Yahvé. Usta toma de conciencia lleva a una percepción de la presencia “real” de Dios en la vida.

A Yahvé le preocupa la vida de su pueblo. Y porque lo ama busca su maduración.

2. ¿Y cómo se retrata al pueblo?

El pueblo es visto en tres dimensiones:

(1) Un pueblo terco, indócil, que no ha mantenido su fidelidad a Yahvé, por eso va al exilio (ver el contexto del pasaje).

(2) Un pueblo amado que es rescatado por Yahvé de esa situación y lo conduce hacia la madurez: “Te conduzco por el camino que sigues” (48,17b).

(3) Un pueblo llamado a ser grande y fuerte: la promesa a su padre Abraham
sigue vigente y se realizará apoteósicamente (“Tu descendencia será como la arena… su nombre no será aniquilado ni destruido delante de mí”, 48,19).

El pueblo debe sacar la lección de su percance histórico: “¡Si hubieras atendido a mis mandamientos!” (48,18ª)

3. ¿Qué sucede cuando el pueblo se deja guiar por Dios?

La docilidad para dejarse conducir por Dios parece ser el tormento del itinerario bíblico-espiritual. Por eso, en forma de promesa, ahora Yahvé motiva a su pueblo para que deje de lado las resistencias internas y ajuste su proyecto histórico según sus “mandatos”: “Tu dicha habría sido como un río y tu victoria como las olas del mar” (4,18b).

Cuando uno se deja educar por Dios, cuando uno se toma en serio la Palabra del Señor, vienen muchas bendiciones. Todas ellas comienzan con un cambio profundo de vida que trae “paz” y “dicha” continua (lo contrario de la “opresión” y “zozobra” aludida en la profecía).

Luego la vida conducida en la justicia de Dios permite ver realizaciones tan grandes que el profeta puede anunciar la promesa: “tu victoria será como las olas del mar”.

Pues bien, la raíz de esta honda experiencia de Dios que despliega en la vida un mar de bendición, ha sido el conocimiento de Dios y de sus caminos: “Yo soy el Señor tu Dios… Yo, Yahvé, tu Dios, te marco el camino por donde debes ir”.

Este “Yo soy el Señor tu Dios”, aparece también en el encabezamiento de la lista de los mandamientos (Éxodo 20,2: “Yo soy Yahvé, tu Dios, que te ha sacado del país de Egipto, del lugar de esclavitud”). Y se vuelve como en la tarjeta de presentación de Dios revelado en la historia. Es la introducción de toda la revelación que sigue.

En la espera de la plena revelación, en la espera del salvador, Dios se manifiesta como el que el que acompaña el camino del hombre, como el que está cercano, como el que no sustituye a su pueblo a pesar de que le ha fallado, sino que lo orienta hacia lo bueno y lo mejor.

Decía al respecto el autor de la Carta a Diogneto (finales del siglo II dC), “Durante todo el tiempo en que conservaba y custodiaba en el misterio su plan sabio, como que parecía que Dios nos descuidara y no pensara en nosotros; pero cuando por medio de su Hijo predilecto reveló y dio a conocer lo que estaba preparado desde el inicio, nos dio todo junto: gozar de sus beneficios, contemplarlos y entenderlos. ¿Quién de nosotros habría esperado todos estos favores?”.

En Jesús y su pueblo se realiza la profecía (Mateo 11, 16-19)

No sólo el Israel del Antiguo Testamento fue un pueblo indócil, también la
generación que escuchó las enseñanzas de Juan Bautista y de Jesús era de la misma manera.

Jesús compara a sus críticos con los niños caprichosos que juegan en la plaza en dos grupos y que desbaratan sus juegos comunitarios y se pelean entre sí. La terquedad del auditorio de Jesús está retratada en esa imagen de los dos grupos de niños que no logran ponerse de acuerdo porque siempre tienen una excusa para no seguir el juego del otro. Muestra así lo esquivos que son sus oyentes para tomarse en serio la predicación del Evangelio.

Pero en medio de todo también hay una luz: la amistad de Jesús con publicanos y pecadores -los aparentemente indóciles- abrió un camino para la comprensión de Dios.

El trato de Jesús era el de un amor nivel Dios, un amor con lo roto, con lo enfermo, con lo sucio, con lo complicado. Ese amor que cuesta más. Jesús no sólo ama a quien se porta bien, a gente sana, equilibrada, amable, educada y que huele bien. También es capaz de meterse en los antros de la época, sin por ello ser condescendiente con los errores de la gente.

No hay nada más evangelizador que la proximidad, la acogida, la necesidad de acompañar la vida de los demás. Y Jesús sabía tratar a cada uno según su necesidad. Por eso reía con los que ríen y lloraba con los que lloran; todo lo contrario de los niños en la plaza que no logran empatía.

Y esa manera de tratar a la gente desconcertó a las autoridades religiosas que pensaban que con sólo cumplir normas y leyes se llegaba a Dios. Por eso lo criticaron y persiguieron.

Pero, así como Yahvé se acreditó en sus caminos liberadores, los cuales eran innegables para el pueblo, también Jesús puede decir: “La Sabiduría se ha acreditado por sus obras” (Mt 11,19). Jesús confía en que el pueblo comprenderá.

Oremos…
Señor, hay personas que niegan tu presencia y tu existencia ante las dolorosas contrariedades de la vida. Hazte su compañero de viaje, ojalá por medio de nuestra presencia discreta en sus vidas. Enséñanos a ser como tú, amigos humildes y sinceros de las personas que se han cerrado a ti o se han perdido por los más turbios caminos, para que comience una nueva etapa en sus vidas. Amén.

Francisco Fernández-Carvajal
Hablar con Dios

Adviento. 2ª semana. Viernes

TIBIEZA Y AMOR DE DIOS

— El amor al Señor y el peligro de la tibieza.

— Causas de la tibieza.

— Remedios contra esta grave enfermedad del alma.

I. El que te sigue, Señor, tendrá la luz de la vida. Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón, no se marchitan sus hojas1.

Nuestra vida no tiene sentido si no es junto al Señor. ¿A dónde iremos, Señor? Solo Tú tienes palabras de vida eterna2. Nuestros éxitos, la felicidad humana que podamos acaparar es paja que arrebata el viento3. Verdaderamente, podemos decirle al Señor en nuestra oración personal: «Quédate con nosotros, porque nos rodean en el alma las tinieblas y solo Tú eres luz, solo Tú puedes calmar esta ansia que nos consume. Porque entre todas las cosas hermosas y honestas no ignoramos cuál es la primera: poseerte siempre a Ti, Señor»4.

Él viene a traernos un amor que lo penetra todo como el fuego y a darle sentido a nuestra vida sin sentido. Amor exigente es el del Señor, que pide siempre más y nos lleva a crecer en finura del alma con Dios y a dar muchos frutos.

Todo cristiano lleno de amor a Dios es el árbol frondoso del que nos habla el salmo responsorial, que no se seca jamás. Cristo mismo es quien le da vida. Pero si el cristiano deja que el amor se enfríe, que penetre en su alma el aburguesamiento, vendrá esa grave enfermedad interior que le dejará como paja que arrebata el viento: es la tibieza, que vuelve la vida desamorada y sin sentido, aunque externamente pueda parecer que nada ha cambiado. Cristo queda como oscurecido, por descuido culpable, en la mente y en el corazón: no se le ve ni se le oye. Queda entonces en el alma un vacío de Dios que se intentará llenar de otras cosas, que no son Dios y no llenan, y un especial y característico desaliento impregna toda la vida de piedad. Se pierde la prontitud y la alegría de la entrega, y la fe queda adormecida, precisamente porque se ha enfriado el amor.

Si en algún momento notáramos que nuestra vida íntima se aleja de Dios, hemos de saber que, si ponemos los medios, todas las enfermedades del alma tienen curación. Las enfermedades del amor, también. Siempre se puede volver a descubrir aquel tesoro escondido, Cristo, que una vez dio sentido a la vida. Más fácil en los comienzos de la enfermedad, pero también más adelante, como en el caso de aquel leproso de que nos habla San Lucas5, que estaba cubierto de lepra, totalmente enfermo. Pero un día decidió acercarse de verdad y humildemente a Cristo y encontró la curación.

«Preguntaron al Amigo que cuál era la fuente del amor. Respondió que aquella en donde el Amado nos ha limpiado de nuestras culpas, y en la cual da de balde el agua viva, de la cual, quien bebe, logra la vida eterna en amor sin fin»6. En la oración abierta y franca y en los sacramentos nos espera siempre el Señor.

II. Como paja que arrebata el viento. Sin peso y sin frutos. Por faltas aisladas no se cae necesariamente en la tibieza. Esta enfermedad del alma «se caracteriza por no tomar en serio, de un modo más o menos consciente, los pecados veniales, un estado sin celo por parte de la voluntad. No es tibieza el sentirse y hallarse en estado de sequedad, de desconsuelo y de repugnancia de sentimientos contra lo religioso y lo divino, porque, a pesar de todos estos estados, puede subsistir el celo de la voluntad, el querer sincero. Tampoco es tibieza el incurrir con frecuencia en pecados veniales, con tal de que se arrepienta uno seriamente de ellos y los combata. Tibieza es el estado de una falta de celo consciente y querida, una especie de negligencia duradera o de vida de piedad a medias, fundada en ciertas ideas erróneas: que no debe ser uno minucioso, que Dios es demasiado grande para ser tan exigente en las cosas pequeñas, que otros también lo practican así, y excusas semejantes»7.

La tibieza nace de una dejadez prolongada en la vida interior. Suele ir precedida siempre de un conjunto de pequeñas infidelidades, cuya culpa –no zanjada– está influyendo en las relaciones de esa alma con Dios.

La dejadez se expresa en el descuido habitual de las cosas pequeñas, en la falta de contrición ante los errores personales, en la falta de metas concretas en el trato con el Señor. Se vive sin verdaderos objetivos en la vida interior que atraigan e ilusionen. «Se va tirando». Se ha dejado de luchar por ser mejores, o se lleva una lucha ficticia o ineficaz8. Se abandona la mortificación, y «con el cuerpo pesado y harto de mantenimiento, muy mal aparejado está el ánimo para volar a lo alto»9.

El estado de tibieza se parece a una pendiente inclinada que cada vez va separando más de Dios. Casi insensiblemente nace una cierta preocupación por no excederse, por quedarse en el límite, en lo suficiente para no caer en el pecado mortal, aunque se descuida y se acepta sin dificultad el venial.

El alma tibia justifica esta actitud de poca lucha y de falta de exigencia personal con razones de naturalidad, de eficacia, de trabajo, de salud, etc., que ayudan al tibio a ser indulgente con sus pequeños afectos desordenados, apegos a personas o cosas, comodidades que llegan a presentarse como una necesidad subjetiva. Las fuerzas del alma se van debilitando cada vez más.

Cuando hay tibieza, falta un verdadero culto interno a Dios en la Santa Misa; las Comuniones suelen estar acompañadas de una gran frialdad por falta de amor y de preparación. La oración suele ser vaga, difusa, dispersa: no hay un verdadero trato personal con el Señor. El examen –consecuencia de una especial sensibilidad– queda ahora abandonado, bien porque se deja de hacer, o porque se hace de modo rutinario, sin fruto.

En ese triste estado, el tibio pierde el deseo de un acercamiento profundo a Dios (que prácticamente se da por imposible): «Me duele ver el peligro de tibieza en que te encuentras –se dice en Camino– cuando no te veo ir seriamente a la perfección dentro de tu estado»10.

En resumen: «Eres tibio si haces perezosamente y de mala gana las cosas que se refieren al Señor; si buscas con cálculo o “cuquería” el modo de disminuir tus deberes; si no piensas más que en ti y en tu comodidad; si tus conversaciones son ociosas y vanas; si no aborreces el pecado venial; si obras por motivos humanos»11.

Luchemos para no caer jamás en esa enfermedad del alma, estemos alerta para percibir los primeros síntomas, acudamos con prontitud a Santa María. Ella aumenta siempre nuestra esperanza, y nos trae la alegría del nacimiento de Jesús: Alégrate y goza, hija de Jerusalén: mira a tu Rey que viene; no temas, Sión, tu salvación está cerca12.

Nuestra Señora, cuando acudimos a Ella, nos lleva a su Hijo.

III. Fomentar el espíritu de lucha, nos llevará a cuidar cada día el examen de conciencia. De ahí sacaremos frecuentemente un punto en el que mejorar para el día siguiente y un acto de contrición por las cosas en que aquel día no fuimos del todo fieles al Señor. Este amor vigilante, deseo eficaz de buscar al Señor a lo largo del día, es el polo opuesto a la tibieza, que es dejadez, falta de interés, pereza y tristeza en nuestras obligaciones de piedad para con Él.

Este deseo de lucha no nos llevará siempre a la victoria: habrá fracasos, pero el desagravio y la contrición nos acercarán más a Dios. La contrición rejuvenece el alma.

«Ante nuestras miserias y nuestros pecados, ante nuestros errores –aunque, por la gracia divina, sean de poca monta–, vayamos a la oración y digamos a nuestro Padre: ¡Señor, en mi pobreza, en mi fragilidad, en este pobre barro mío de vasija rota, Señor, colócame unas lañas y –con mi dolor y con tu perdón– seré más fuerte y más gracioso que antes! Una oración consoladora, para que la repitamos cuando se destroce este pobre barro nuestro»13.

Y, de nuevo, cerca de Cristo. Con una alegría nueva, con una humildad nueva. Humildad, sinceridad, arrepentimiento... y volver a empezar. Hay que saber empezar una vez más; todas cuantas veces haga falta. Dios cuenta con nuestra fragilidad.

Dios perdona siempre, pero es preciso levantarse, arrepentirse, ir a la Confesión cuando sea necesario. Hay una alegría profunda, incomparable, cada vez que recomenzamos. A lo largo de nuestra vida hemos de hacerlo muchas veces, porque faltas las habrá siempre y tendremos deficiencias, fragilidades, pecados. Quizá este rato de oración nos puede servir para recomenzar una vez más. El Señor cuenta con nuestros fracasos, pero también espera de nosotros muchas pequeñas victorias a lo largo de nuestros días. Así no caeremos en el aburguesamiento, en la dejadez, en el desamor.

Oficio de lecturas +

 

Oficio de lectura

V. Señor abre mis labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.


Ant. Venid, adoremos al Señor, rey de los mártires.

Salmo 94

INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA
Animaos unos a otros, día tras día, mientras perdura el «hoy». (Hb 3, 13)

Se recita la antífona que corresponda y la asamblea la repite.

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes.
Suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto:
cuando vuestros padres me pusieron a prueba,
y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me repugnó, y dije:
Es un pueblo de corazón extraviado, 
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

O bien:

Salmo 99

ALEGRÍA DE LOS QUE ENTRAN EN EL TEMPLO
Los redimidos deben entonar un canto de victoria. (S. Atanasio)

Se recita la antífona que corresponda y la asamblea la repite.

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

O bien:

Salmo 66

QUE TODOS LOS PUEBLOS ALABEN AL SEÑOR
Sabed que esta salvación de Dios ha sido enviada a los gentiles. (Hch 28, 28)

Se recita la antífona que corresponda y la asamblea la repite.

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

¡Oh Dios!, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

¡Oh Dios!, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

O bien:

Salmo 23

ENTRADA SOLEMNE DE DIOS EN SU TEMPLO
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que como hombre sube al cielo. (S. Ireneo)

Se recita la antífona que corresponda y la asamblea la repite.

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

¡Portones!, alzad los dinteles,
levantaos, puertas antiguas:
va a entrar el Rey de la gloria.

¿Quién es ese Rey de la gloria?
El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

¡Portones!, alzad los dinteles,
levantaos, puertas antiguas:
va a entrar el Rey de la gloria.

¿Quién es ese Rey de la gloria?
El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.


HIMNO

Testigos de amor
de Cristo Señor,
mártires santos.

Rosales en flor
de Cristo el olor,
mártires santos.

Palabras en luz
de Cristo Jesús,
mártires santos.

Corona inmortal
del Cristo total,
mártires santos. Amén.

SALMODIA

Ant. 1. Señor, no me castigues con cólera.

Salmo 37

ORACIÓN DE UN PECADOR EN PELIGRO DE MUERTE

Todos sus conocidos se mantenían a distancia. (Lc 23, 49)

I


Señor, no me corrijas con ira,
no me castigues con cólera;
tus flechas se me han clavado,
tu mano pesa sobre mí;

no hay parte ilesa en mi carne
a causa de tu furor,
no tienen descanso mis huesos
a causa de mis pecados;

mis culpas sobrepasan mi cabeza,
son un peso superior a mis fuerzas.

Ant. Señor, no me castigues con cólera.

Ant. 2. Señor, todas mis ansias están en tu presencia.

II

Mis llagas están podridas y supuran
por causa de mi insensatez;
voy encorvado y encogido,
todo el día camino sombrío;

tengo las espaldas ardiendo,
no hay parte ilesa en mi carne;
estoy agotado, deshecho del todo;
rujo con más fuerza que un león.

Señor mío, todas mis ansias están en tu presencia,
no se te ocultan mis gemidos;
siento palpitar mi corazón,
me abandonan las fuerzas,
y me falta hasta la luz de los ojos.

Mis amigos y compañeros se alejan de mí,
mis parientes se quedan a distancia;
me tienden lazos los que atentan contra mí,
los que desean mi daño me amenazan de muerte,
todo el día murmuran traiciones.

Ant. Señor, todas mis ansias están en tu presencia.

Ant. 3. Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío.

III

Pero yo, como un sordo, no oigo;
como un mudo, no abro la boca;
soy como uno que no oye
y no puede replicar.

En ti, Señor, espero,
y tú me escucharás, Señor, Dios mío;
esto pido: que no se alegren por mi causa,
que, cuando resbale mi pie, no canten triunfo.

Porque yo estoy a punto de caer,
y mi pena no se aparta de mí:
yo confieso mi culpa,
me aflige mi pecado.

Mis enemigos mortales son poderosos,
son muchos los que me aborrecen sin razón,
los que me pagan males por bienes,
los que me atacan cuando procuro el bien.

No me abandones, Señor,
Dios mío, no te quedes lejos;
ven aprisa a socorrerme,
Señor mío, mi salvación.

Ant. Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor Dios mío.

V. Derrama, Señor, tu misericordia sobre nosotros.

R. Danos tu salvación, según tu promesa.

PRIMERA LECTURA

Año I:

Del libro de Rut 2, 14-23

REGRESO DE RUT JUNTO A NOEMÍ


Cuando llegó la hora de comer, Boaz dijo a Rut:

«Acércate, coge pan y moja la rebanada en la salsa.»

Ella se sentó junto a los segadores, y él le ofreció grano tostado. Rut comió hasta quedar satisfecha, y todavía le sobró. Después se levantó a espigar, y Boaz ordenó a los criados:

«Aunque espigue entre las gavillas, no la riñáis; y hasta podéis tirar algunas espigas del manojo y las dejáis; y no la reprendáis cuando las recoja.»

Rut estuvo espigando en aquel campo hasta la tarde; después vareó lo que había espigado y sacó media fanega de cebada. Se la cargó y marchó al pueblo. Enseñó a su suegra lo que había espigado, sacó lo que le había sobrado de la comida y se lo dio. Su suegra le preguntó:

«¿Dónde has espigado hoy, y con quién has trabajado? ¡Bendito el que se ha interesado por ti!»

Rut le contó:

«El hombre con el que he trabajado hoy se llama Boaz.»

Noemí dijo a su nuera:

«Que el Señor lo bendiga; el Señor, que no deja de apiadarse de vivos y muertos.»

Y añadió:

«Ese hombre es pariente nuestro, uno de los que tienen que responder por nosotras.»

Entonces siguió Rut, la moabita:

«También me dijo que no me apartase de sus criados hasta que no le acaben toda la siega.»

Y Noemí le dijo:

«Hija, más vale que salgas con sus criados, y así no te molestarán en otra parte.»

Así, pues, Rut siguió con los criados de Boaz, espigando hasta acabar la siega de la cebada y del trigo. Vivía con su suegra.

Responsorio Lc 1, 68. 70; Un 4, 14

R. El Señor ha redimido a su pueblo, * según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas.

V. El Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo.

R. Según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas.

SEGUNDA LECTURA

Del Libro de san Ambrosio, obispo, Sobre la virginidad

(Cap. 12, 68. 74-75; 13, 77-78: PL 16 [edición 1845], 281. 283. 285-286)

ILUMINAS LA GRACIA DE TU CUERPO CON EL ESPLENDOR DE TU ESPÍRITU

Tú, que has salido de entre el pueblo, de entre la multitud, eres ciertamente una de las vírgenes que iluminas la gracia de tu cuerpo con el esplendor de tu espíritu (por eso, con toda razón, eres comparada a la Iglesia); así pues, en las noches, cuando estés en tu habitación, piensa siempre en Cristo y espera continuamente su llegada.

Así te desea Cristo, por eso te ha elegido. Él entra cuando se le deja la puerta abierta; él, que ha prometido entrar, no puede faltar a su promesa. Abraza entonces al que has buscado, acércate a él y quedarás radiante; deténlo, pídele que no se vaya luego, suplícale que no se marche. Pues la Palabra de Dios suele pasar de prisa: si siente algún desdén, no se entrega; si no se le hace caso, se retira. Atiende con interés a lo que te diga, sigue con insistencia las huellas de sus palabras; pues suele retirarse pronto.

¿Qué dice la esposa del Cantar de los cantares? Lo busqué y no lo encontré, lo llamé y no respondió. Si se ha marchado muy pronto de ti aquel a quien llamaste, a quien suplicaste, a quien abriste tu puerta, no por ello pienses que le has desagradado, pues a veces quiere ponernos a prueba. ¿Qué fue lo que dijo, en el Evangelio, a las turbas que le rogaban que no se fuese? Es necesario que yo vaya a anunciar la palabra de Dios también a otras ciudades, porque ésa es mi misión. Así pues, si pareciere apartarse de ti, sal fuera y búscalo de nuevo por todas partes.

¿Quién más, si no es la santa Iglesia, puede enseñarte cómo retener a Cristo? Y ya te lo ha enseñado, si entiendes lo que lees: Apenas los pasé, encontré al amor de mi alma; lo abracé y ya no lo soltaré.

Y ¿cuál es la manera de retener a Cristo? No por la fuerza, no con los nudos de una soga, sino con ataduras de amor, con correas espirituales, con el afecto del alma es como se le retiene.

Si quieres tener a Cristo contigo, búscalo sin temor al sufrimiento; muchas veces, donde mejor se lo encuentra es en medio de los suplicios del cuerpo, entre las mismas manos de los perseguidores.

Apenas los pasé, hemos citado antes. Pasado un breve espacio de tiempo después que hayas escapado a los perseguidores, sin sucumbir a los poderes del mundo, Cristo te saldrá al encuentro y no permitirá que seas ya probada por mucho tiempo.

La que de este modo busca a Cristo, la que lo encuentra, puede exclamar: Lo abracé y ya no lo soltaré, hasta entrarlo en la casa de mi madre, en la alcoba de la que me llevó en sus entrañas. Esta casa y alcoba de tu madre no significa otra cosa que la parte más íntima de tu ser. Conserva bien esa casa, limpia bien sus rincones más escondidos, para que así, limpia de toda mancha, se levante como una casa espiritual, hasta formar un sacerdocio santo, consolidada por la piedra angular, y que el Espíritu Santo habite en ella.

La que de este modo busca a Cristo, la que le ruega, no queda abandonada por él; al contrario, él vuelve con frecuencia a visitarla, pues está con nosotros hasta el fin del mundo.

Responsorio

R. Agradó a Dios en el combate y fue glorificada ante Dios y ante los hombres; hablaba sabiamente ante los príncipes, * y la amó el Señor del universo.

V. Esta virgen preparó en su corazón una morada digna para Dios.

R. Y la amó el Señor del universo.

Oración 

Te pedimos, Señor, por intercesión de santa Lucía, virgen y mártir, que llenes de luz y de gozo nuestros corazones, y que quienes hoy celebramos su martirio en la tierra lleguemos a contemplar con nuestros propios ojos tu gloria en el cielo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

lunes, 9 de diciembre de 2024

Lecturas y reflexiones +

 San Juan Diego Cuauhtlatoatzin




Memoria libre

09 Diciembre

Biografía


Indígena nacido en el actual territorio de México alrededor del año 1474. En el monte Tepeyac, cerca de la ciudad de México, se le apareció la Madre de Dios. Hombre de fe limpísima, consiguió con su humildad y fervor que allí se erigiese un templo en honor de la bienaventurada Virgen María de Guadalupe, en donde descansó en el Señor el año 1548.



Primera lectura


Is 35,1-10

Dios viene en persona y los salvará.

Lectura del libro de Isaías.

EL desierto y el yermo se regocijarán,
se alegrará la estepa y florecerá,
germinará y florecerá como flor de narciso,
festejará con gozo y cantos de júbilo.
Le ha sido dada la gloria del Líbano,
el esplendor del Carmelo y del Sarón.
Contemplarán la gloria del Señor,
la majestad de nuestro Dios.
Fortalezcan las manos débiles,
afiancen las rodillas vacilantes;
digan a los inquietos:
«Sean fuertes, no teman.
¡He aquí su Dios! Llega el desquite,
la retribución de Dios.
Viene en persona y los salvará».
Entonces se despegarán los ojos de los ciegos,
los oídos de los sordos se abrirán;
entonces saltará el cojo como un ciervo
y cantará la lengua del mudo,
porque han brotado aguas en el desierto
y corrientes en la estepa.
El páramo se convertirá en estanque,
el suelo sediento en manantial.
En el lugar donde se echan los chacales
habrá hierbas, cañas y juncos.
Habrá un camino recto.
Lo llamarán «Vía sacra».
Los impuros no pasarán por él.
Él mismo abre el camino
para que no se extravíen los inexpertos.
No hay por allí leones,
ni se acercan las bestias feroces.
Los liberados caminan por ella
y por ella retornan los rescatados del Señor.
Llegarán a Sion con cantos de júbilo:
alegría sin límite en sus rostros.
Los dominan el gozo y la alegría.
Quedan atrás la pena y la aflicción.

Palabra de Dios.

Salmo


Sal 85(84),9ab-10.11-12.13-14 (R. cf. Is 35,4)

R. He aquí nuestro Dios; viene en persona y nos salvará.

V. Voy a escuchar lo que dice el Señor:
«Dios anuncia la paz
a su pueblo y a sus amigos».
La salvación está cerca de los que le temen,
y la gloria habitará en nuestra tierra. R.

V. La misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;
la fidelidad brota de la tierra,
y la justicia mira desde el cielo. R.

V. El Señor nos dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él,
y sus pasos señalarán el camino. R.

Aclamación


R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Miren, el Rey viene, el Señor de la tierra, y él romperá el yugo de nuestra cautividad. R.

Evangelio


Lc 5,17-26.

Hoy hemos visto maravillas.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

UN día, estaba Jesús enseñando, y estaban sentados unos fariseos y maestros de la ley, venidos de todas las aldeas de Galilea, Judea y Jerusalén. Y el poder del Señor estaba con él para realizar curaciones.
En esto, llegaron unos hombres que traían en una camilla a un hombre paralítico y trataban de introducirlo y colocarlo delante de él. No encontrando por donde introducirlo a causa del gentío, subieron a la azotea, lo descolgaron con la camilla a través de las tejas, y lo pusieron en medio, delante de Jesús. Él, viendo la fe de ellos, dijo:
«Hombre, tus pecados están perdonados».
Entonces se pusieron a pensar los escribas y fariseos:
«¿Quién es este que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?».
Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, respondió y les dijo:
«Qué están pensando en sus corazones? ¿Qué es más fácil, decir: "Tus pecados te son perdonados", o decir:
"Levántate y echa a andar"? Pues, para que vean que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados - dijo al paralítico -: "A ti te lo digo, ponte en pie, toma tu camilla y vete a tu casa"».
Y, al punto, levantándose a la vista de ellos, tomó la camilla donde había estado tendido y se marchó a su casa dando gloria a Dios.
El asombro se apoderó de todos y daban gloria a Dios. Y, llenos de temor, decían:
«Hoy hemos visto maravillas».

Palabra del Señor.



Pistas para la Lectio Divina

El Himno de la Alegría
Isaías 35, 1-10
“Se verá la gloria de Yahvé, el esplendor de nuestro Dios”

La profecía isaíanica de hoy podría llamarse el “Himno de la Alegría” de Isaías.
Después de unas duras palabras de juicio (ver Isaías 34,1-17), el profeta
comienza a predicar en positivo infundiendo esperanza, alegría, vitalidad para un pueblo que él describe como de “manos débiles”, “rodillas vacilantes”,
“corazón intranquilo” (35,3-4).

De repente vemos un cambio en el paisaje: la tierra reverdece y florece,
comienza una fiesta de la vida.

Enseguida se da paso a las canciones de fiesta de un pueblo transformado. Los
actores de esta fiesta van apareciendo uno a uno en la medida en que se va
enriqueciendo el escenario de donde desaparecen los factores causantes de
muerte y éstos se van remplazando son signos de vida. El último por aparecer,
el más contento y triunfante es el pueblo de “los redimidos de Yahvé”
(35,10a) que entra solemnemente en procesión, culminando en Sión el regreso
del exilio: “Volverán, entrarán en Sión entre aclamaciones y habrá eterna
sobre sus cabezas” (35,10b).

Vale la pena retomar algunos elementos del himno para poder apropiarlo y
participar en la fiesta. Notemos:

(1) El escenario. El poema va recorriendo el “Líbano”, el “Carmelo”, el “Sarón” y termina en “Sión”. Allí se van colocando en orden de aparición:

• “Desierto”, “sequedal”, “estepa”, “tierra quemada”
--- y en contraposición: “aguas”, “torrentes”, “estanque”, “manantial”.

• Luego “chacales”, “león”, “necios”, “bestia salvaje”
--- y en contraposición “ciegos”, “sordos”, “cojos”, “mudos”.

(2) Los actores. “Yahvé” con su “gloria” y “resplandor”, y “los redimidos de
Yahvé”.

(3) El ambiente. Se repiten diez veces cuatro términos: “alegría”, “gozo”,
“júbilo”, “regocijo”.

(4) La postura. Los que cantan van realizando al mismo tiempo una marcha
que acompaña el regreso de los “redimidos” (los rescatados del sufrimiento).
Sus “manos”, “rodillas” y “corazones” han sido fortalecidos.

(5) La tonalidad del himno es “en gozo mayor”. En la medida en que se canta
va fluyendo un hilo sonoro de gozo que atraviesa, irriga y vivifica todo.

(6) El motivo. Es la “gloria de Yahvé”, “su recompensa” y su “salvación”.

(7) Una certeza. Se canta con convicción: la esperanza es tan segura que la
transfiguración del desierto ya se ve como un hecho real en la medida en que los peregrinos afirman sus pasos en la ruta; lo que les rodea poco a poco adquiere todas las características de la tierra prometida.

La gran peregrinación festiva es parecida a la del Adviento: en cada paso que se da la alegría debe ser mayor. No sólo se camina hacia el encuentro con Dios, de hecho, él acompaña el caminar: la gloria del Señor no se restringe a Sión, ya desde el principio viaja al lado de los exiliados que viajan por el desierto. Su presencia santifica los caminos: “Habrá allí una senda y un camino, vía sacra se le llamará” (35,8).

Este gozo festivo de los peregrinos entonces no es más que el baño de la gloria
que reciben de Yahvé a lo largo del camino: “¡Regocijo y alegría les
acompañarán!” (35,19b). Tanto así que podrán decir: “¡Adiós, penar y
suspiros!”.

Y esta profecía se realiza en Jesús (Lucas 5,17-26)

“¡Hoy hemos visto algo increíble!” (5,26). El himno de la alegría es entonado coralmente por el pueblo en el evangelio cuando ven la realización de uno de los signos mesiánicos anunciados: “Entonces saltará el cojo como ciervo” (Is 35,6). Jesús viene a realizar todas estas acciones transformadoras de parte de Dios, restaurando por medio del “perdón” la geografía humana doblegada por el mal. Con él, todos los “redimidos”, continuarán un camino por el mundo proclamando la salvación, celebrando liturgias festivas en su honor y transformando en fuerza de vida todo lo árido que encuentren a su paso.

Para cultivar la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón:

1. ¿A quién se le dirige la profecía de hoy? ¿A quién le quiere hablar Dios a su
corazón?

2. ¿Cuáles son los verbos en futuro de esperanza y las frases que me quedan
resonando interiormente y provocan oración?

3. ¿Qué propuesta de Adviento hay detrás del texto de hoy? ¿Cómo lo voy a
vivir?

Padre Fidel Oñoro CJM

Francisco Fernández-Carvajal
Hablar con Dios

Adviento. 2ª semana. Lunes

APOSTOLADO DE LA CONFESIÓN

— El bien más grande que podemos hacer a nuestros amigos: acercarlos al sacramento de la Penitencia.

— Fe y confianza en el Señor. El paralítico de Cafarnaúm.

— La Confesión. El poder de perdonar los pecados. Respeto, agradecimiento y veneración al acercarnos a este sacramento.

I. Despierta, Señor, nuestros corazones y muévelos a preparar los caminos de tu Hijo; que tu amor y tu perdón apresuren la salvación que retardan nuestros pecados1. Esa oración litúrgica, con la que iniciamos nuestra conversación con Dios, nos habla de pregonar la venida de Jesús pidiendo perdón por los pecados.

Confortad las manos flojas y robusteced las rodillas débiles. Decid a los apocados de corazón: Alentaos y no temáis (...), el mismo Dios vendrá y os salvará. Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos. El lisiado saltará como el ciervo y la lengua de los mudos se soltará, brotarán aguas en el desierto y torrentes en la soledad. Y lo que era seco se mudará en estanque y la tierra sedienta en fuentes de agua2. Con el Señor nos han llegado todos los bienes.

El Mesías está muy cerca de nosotros, y en estos días del Adviento nos preparamos para recibirle de una manera nueva cuando llegue la Navidad. Jesús dice especialmente en estos días: Confortad las manos flojas y robusteced las rodillas débiles. Decid a los apocados de corazón: Alentaos y no temáis... Y nos encontramos cada día con más amigos, colegas, parientes, desorientados en lo más esencial de su existencia. Se sienten incapacitados para ir hasta el Señor, y andan como paralíticos por los caminos de la vida porque han perdido la esperanza. Nosotros hemos de guiarlos hasta la humilde cueva de Belén; allí encontrarán el sentido de sus vidas. Para eso, hemos de conocer el camino; tener vida interior, trato con Jesús, adelantarnos en mejorar en aquellas cosas que nuestros amigos deban mejorar, y tener una esperanza inquebrantable en los medios sobrenaturales.

La oración, la mortificación y el ejemplo estarán siempre en la base de todo apostolado cristiano. La petición por los demás es tanto más oída cuanto más amparada está por la santidad del que pide. El apostolado nace de un gran amor a Cristo.

En muchos casos, acercar a nuestros amigos a Cristo es llevarles a que reciban el sacramento de la Penitencia, uno de los mayores bienes que el Señor ha dejado a su Iglesia. Pocas ayudas tan grandes, quizá ninguna, podemos prestarles como la de facilitarles que se acerquen a la Confesión. En alguna ocasión, con delicadeza, tendremos que ayudarles para que hagan un buen examen de conciencia; en otras, los acompañaremos a donde se han de confesar; otras veces bastará una palabra de aliento y de cariño junto a una breve y acomodada catequesis sobre la naturaleza y los bienes de este sacramento. ¡Qué alegría cada vez que acercamos a un pariente, a un colega, a un amigo al sacramento de la misericordia divina! Esta misma alegría es compartida en el Cielo3 por nuestro Padre Dios y por todos los bienaventurados.

II. En el Evangelio de la Misa de hoy San Marcos nos dice que llegó Jesús a Cafarnaúm y enseguida se supo que estaba en casa, y se juntaron tantos que ni siquiera ante la puerta había ya sitio4.

También cuatro amigos se dirigieron a la casa llevando a un paralítico; pero no pudieron llegar hasta Jesús por causa del gentío. Entonces, valiéndose quizá de una escalera posterior, llegaron hasta el tejado con el paralítico; levantaron la techumbre por el sitio donde se encontraba el Señor y, después de hacer un agujero, descolgaron la camilla en la que yacía el paralítico. Dejaron la camilla en medio, delante de Jesús5.

El apostolado, y de modo singular el de la Confesión, es algo parecido: poner a las personas delante de Jesús; a pesar de las dificultades que esto puede llevar consigo. Dejaron al amigo delante de Jesús. Después el Señor hizo el resto; Él es quien hace realmente lo importante.

Los cuatro amigos conocían ya al Maestro, y su esperanza era tan grande que el milagro tendrá lugar gracias a su confianza en Jesús. Y su fe suple o completa la del paralítico. El Evangelio nos dice que al ver Jesús la fe de ellos, de los amigos, realizó el milagro. No se menciona explícitamente la fe del enfermo, se insiste en la de los amigos. Vencieron obstáculos que parecían insuperables: debieron convencer al enfermo. Mucha debió de ser su confianza en Jesús, pues solo el que está convencido, convence. Cuando llegaron a la casa, estaba tan repleta de gente que, al parecer, ya nada se podía hacer en aquella ocasión. Pero no se arredran. Superaron esta barrera con su decisión, con su ingenio, con su interés. Lo importante era el encuentro entre Jesús y su amigo, y para que se realice ese encuentro ponen todos los medios a su alcance.

¡Qué gran lección para el apostolado que como cristianos hemos de hacer! También nosotros encontraremos, sin duda, resistencias más o menos grandes. Nuestra misión consiste fundamentalmente en poner a nuestros amigos frente a frente con Cristo, dejarles junto a Jesús... y desaparecer. ¿Quién puede transformar la interioridad de una persona sino el Señor, y solo Él? El apostolado está en el orden de la gracia, de lo sobrenatural.

Quizá en ocasiones seamos culpables de que otros no se acerquen a Dios, porque se encuentran como incapacitados para ir hasta el Señor. «Este paralítico –explica Santo Tomás– simboliza al pecador que yace en el pecado; lo mismo que el paralítico no puede moverse, tampoco el pecador puede valerse por sí mismo. Los que llevan al paralítico representan a los que con sus consejos conducen al pecador hacia Dios»6.

Si tenemos confianza y trato frecuente con Cristo, podremos superar, con iniciativas también humanas, los obstáculos que se presentan siempre, de un modo u otro, en toda labor apostólica.

El Señor se sintió gratamente impresionado por la audacia, fruto de una gran esperanza apostólica, de estos cuatro amigos que no se echaron atrás ante las primeras dificultades ni lo dejaron para otra ocasión más oportuna, pues no sabían cuándo pasaría Jesús otra vez por allí, tan cerca.

Podemos preguntarnos hoy en nuestra meditación personal si hacemos así con nuestros amigos, parientes y conocidos: ¿nos hemos detenido en las primeras dificultades, cuando habíamos decidido ayudarles para que se acercaran a la Confesión? Allí les estaba esperando el Señor.

III. El Señor miró al enfermo con inmensa piedad: Ten confianza, hijo, le dice. Y, a continuación, unas palabras que asombraron a todos: tus pecados te son perdonados.

Cuando David pecó y acudió a postrarse a los pies de Natán, este le dijo: Yahvé te ha perdonado7. Era Dios quien le había perdonado, Natán se limitaba a transmitir el mensaje que devolvió a David la alegría y el sentido a su vida. Pero Jesús perdona en nombre propio. Esto escandalizó a los escribas presentes: Este blasfema. ¿Quién puede perdonar los pecados sino solo Dios?

Y es muy posible que el paralítico experimentara con especial lucidez toda su indignidad, quizá comprendió en ese momento, como nunca hasta entonces lo había hecho, la necesidad de estar limpio ante la mirada purísima de Jesús, que le penetraba hasta el fondo del alma con honda misericordia. Recibió entonces la gracia de un perdón tan grande: era el premio por haberse dejado ayudar. Y, enseguida, una alegría como nunca antes había imaginado. Es la alegría de toda Confesión contrita y sincera. Ya poco le importaba su parálisis. Su alma estaba limpia y había encontrado a Jesús.

El Señor lee los pensamientos de todos, y quiso dejar bien sentado, también para quienes al cabo de los siglos meditaríamos esta escena, que tiene todo el poder en el cielo y en la tierra, porque es Dios; también el poder de perdonar los pecados. Y lo demuestra con el milagro de la curación completa de este hombre.

Este poder de perdonar los pecados fue transmitido por el Señor a su Iglesia en la persona de los Apóstoles, para que Ella, por medio de los sacerdotes, lo pudiera ejercer hasta el fin de los tiempos: Recibid el Espíritu Santo, a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos8.

Los sacerdotes ejercitan el poder del perdón de los pecados no en virtud propia, sino en nombre de Cristo –in persona Christi–, como instrumentos en manos del Señor. Solo Dios puede perdonar los pecados, y ha querido hacerlo en el sacramento de la Penitencia, a través de sus ministros los sacerdotes. Esto es tema de urgente catequesis entre quienes nos rodean, que les facilitará acercarse con más amor a este sacramento.

Aprovechemos nuestra oración de hoy para agradecer al Señor el que haya dejado a su Iglesia, nuestra Madre, tan inmenso poder: ¡Gracias, Señor, por poner tan a nuestro alcance y tan fácilmente un don tan grande!

También nos puede ayudar este rato de oración para examinar junto al Señor cómo van nuestras confesiones: Si las preparamos con un detenido examen de conciencia, si fomentamos la contrición en cada una de ellas, si nos confesamos con la frecuencia que hemos previsto, si somos radicalmente sinceros con el confesor, si nos esforzamos en llevar a la práctica los consejos recibidos. Hoy puede ser un buen momento para ver en la presencia de Dios a quiénes de nuestros parientes, amigos o colegas podemos ayudar a preparar un buen examen de conciencia, o quiénes están más necesitados de una palabra de aliento que les anime para disponerse a recibir este sacramento como preparación de la Navidad. Ellos lo esperan en lo más profundo de su alma, y el Señor también espera que acudan a esta fuente de su misericordia. No fallemos nosotros. Es el regalo más grande que podemos hacerles.

Nuestra Madre Santa María, Refugium peccatorum, tendrá compasión de ellos y de nosotros.