Custodia

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Saludo

Bendición

viernes, 6 de septiembre de 2024

Oficio de lecturas +

 


Oficio de lectura

V. Señor abre mis labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.


Ant.  El Señor es bueno, bendecid su nombre.


Salmo 94

INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA
Animaos unos a otros, día tras día, mientras perdura el «hoy». (Hb 3, 13)

Se recita la antífona que corresponda y la asamblea la repite.

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes.
Suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto:
cuando vuestros padres me pusieron a prueba,
y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me repugnó, y dije:
Es un pueblo de corazón extraviado, 
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

O bien:

Salmo 99

ALEGRÍA DE LOS QUE ENTRAN EN EL TEMPLO
Los redimidos deben entonar un canto de victoria. (S. Atanasio)

Se recita la antífona que corresponda y la asamblea la repite.

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

O bien:

Salmo 66

QUE TODOS LOS PUEBLOS ALABEN AL SEÑOR
Sabed que esta salvación de Dios ha sido enviada a los gentiles. (Hch 28, 28)

Se recita la antífona que corresponda y la asamblea la repite.

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

¡Oh Dios!, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

¡Oh Dios!, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

O bien:

Salmo 23

ENTRADA SOLEMNE DE DIOS EN SU TEMPLO
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que como hombre sube al cielo. (S. Ireneo)

Se recita la antífona que corresponda y la asamblea la repite.

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

¡Portones!, alzad los dinteles,
levantaos, puertas antiguas:
va a entrar el Rey de la gloria.

¿Quién es ese Rey de la gloria?
El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

¡Portones!, alzad los dinteles,
levantaos, puertas antiguas:
va a entrar el Rey de la gloria.

¿Quién es ese Rey de la gloria?
El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.


HIMNO

¡Qué hermosos son los pies
del que anuncia la paz a sus hermanos!
¡Y qué hermosas las manos
maduras en el surco y en la mies!

Grita lleno de gozo,
pregonero, que traes noticias buenas:
se rompen las cadenas,
y el sol de Cristo brilla esplendoroso.

Grita sin miedo, grita,
y denuncia a mi pueblo sus pecados;
vivimos engañados,
pues la belleza humana se marchita.

Toda yerba es fugaz,
la flor del campo pierde sus colores;
levanta sin temores,
pregonero, tu voz dulce y tenaz.

Si dejas los pedazos
de tu alma enamorada en el sendero,
¡qué dulces, mensajero,
qué hermosos, que divinos son tus pasos! Amén.

SALMODIA

Ant. 1. Señor, no me castigues con cólera.

Salmo 37

ORACIÓN DE UN PECADOR EN PELIGRO DE MUERTE

Todos sus conocidos se mantenían a distancia. (Lc 23, 49)

I


Señor, no me corrijas con ira,
no me castigues con cólera;
tus flechas se me han clavado,
tu mano pesa sobre mí;

no hay parte ilesa en mi carne
a causa de tu furor,
no tienen descanso mis huesos
a causa de mis pecados;

mis culpas sobrepasan mi cabeza,
son un peso superior a mis fuerzas.

Ant. Señor, no me castigues con cólera.

Ant. 2. Señor, todas mis ansias están en tu presencia.

II

Mis llagas están podridas y supuran
por causa de mi insensatez;
voy encorvado y encogido,
todo el día camino sombrío;

tengo las espaldas ardiendo,
no hay parte ilesa en mi carne;
estoy agotado, deshecho del todo;
rujo con más fuerza que un león.

Señor mío, todas mis ansias están en tu presencia,
no se te ocultan mis gemidos;
siento palpitar mi corazón,
me abandonan las fuerzas,
y me falta hasta la luz de los ojos.

Mis amigos y compañeros se alejan de mí,
mis parientes se quedan a distancia;
me tienden lazos los que atentan contra mí,
los que desean mi daño me amenazan de muerte,
todo el día murmuran traiciones.

Ant. Señor, todas mis ansias están en tu presencia.

Ant. 3. Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío.

III

Pero yo, como un sordo, no oigo;
como un mudo, no abro la boca;
soy como uno que no oye
y no puede replicar.

En ti, Señor, espero,
y tú me escucharás, Señor, Dios mío;
esto pido: que no se alegren por mi causa,
que, cuando resbale mi pie, no canten triunfo.

Porque yo estoy a punto de caer,
y mi pena no se aparta de mí:
yo confieso mi culpa,
me aflige mi pecado.

Mis enemigos mortales son poderosos,
son muchos los que me aborrecen sin razón,
los que me pagan males por bienes,
los que me atacan cuando procuro el bien.

No me abandones, Señor,
Dios mío, no te quedes lejos;
ven aprisa a socorrerme,
Señor mío, mi salvación.

Ant. Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor Dios mío.

V. Mis ojos se consumen aguardando tu salvación.
R. Y tu promesa de justicia.

PRIMERA LECTURA

Año II:

De la segunda carta a Timoteo 2, 22—3, 17

VENDRÁN TIEMPOS DIFÍCILES

Querido hermano: Huye de las pasiones propias de la juventud. Corre tras la rectitud moral, tras la fe, la caridad, la paz, con los que invocan al Señor con pureza de corazón. Evita las discusiones inútiles y absurdas; ya sabes que no engendran otra cosa sino altercados. El siervo del Señor no debe ser aficionado a discutir, sino ser amable con todos; ha de saber enseñar y ser paciente en las pruebas, y debe instruir con mansedumbre a quienes le contradicen. Porque podría ser que Dios les inspirase el arrepentimiento; con lo cual llegarían al conocimiento de la verdad, volviendo sobre sí mismos y librándose de los lazos con que el diablo los tenía sometidos a su voluntad.

Has de saber que en los últimos días vendrán tiempos difíciles; los hombres serán egoístas, amigos del dinero, fanfarrones, soberbios, maldicientes, desobedientes a sus padres, ingratos, impíos, sin amor, sin miramientos, calumniadores, rebeldes a toda disciplina, crueles, enemigos de todo lo bueno, traidores, obstinados, infatuados, amigos del placer más que de Dios; tendrán cierta apariencia de religión, pero en realidad habrán renegado de su influjo y eficacia. Guárdate de ellos.

A éstos pertenecen los que se introducen en las casas para cautivar a mujercillas cargadas de pecados y arrastradas por toda clase de pasiones, que están siempre aprendiendo, sin lograr nunca llegar al conocimiento de la verdad. A la manera que Janés y Mambrés se opusieron a Moisés, así también éstos se oponen a la verdad; son hombres de inteligencia corrompida, reprobados por su falta de fe. Pero no conseguirán nuevos progresos, porque será manifiesta a todos su insensatez, como lo fue la de aquéllos.

Tú, en cambio, has seguido de cerca mi enseñanza, mi actuación, mis planes, mi persuasión, mi longanimidad, mi caridad, mi constancia, mis persecuciones y sufrimientos, como los sobrevenidos en Antioquía, en Iconio, en Listra. ¡Qué persecuciones tan terribles sufrí, y cómo el Señor me libró de todas ellas! Cierto que todos los que aspiran a vivir en Cristo Jesús, en conformidad con la voluntad de Dios, padecerán persecución. En cambio, los perversos y embaucadores irán de mal en peor, engañando a otros y engañándose a sí mismos.

Tú, sin embargo, continúa firme en la doctrina que has aprendido y en la misión que se te ha confiado. Ya sabes de qué maestros la aprendiste, y cómo desde niño conoces las sagradas Escrituras, que pueden darte la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús. Toda la Escritura está inspirada por Dios, y es útil para instruir, para convencer, para corregir y para educar en la buena conducta; así, el siervo de Dios se hará perfecto y estará preparado para toda obra buena.

Responsorio 2Tm 2, 24. 25; cf. Ez 33, 11

R.
 
El siervo del Señor debe ser amable con todos, e instruir con mansedumbre a quienes le contradicen. * Porque podría ser que Dios les inspirase el arrepentimiento; con lo cual llegarían al conocimiento de la verdad.

V. 
No se complace el Señor en la muerte del pecador, sino en que cambie de conducta y viva.

R.
 Porque podría ser que Dios les inspirase el arrepentimiento; con lo cual llegarían al conocimiento de la verdad.

SEGUNDA LECTURA

Del Sermón de san León Magno, papa, Sobre las bienaventuranzas

(Sermón 95, 2-3: PL 54, 462)

DICHOSOS LOS POBRES DE ESPÍRITU


No puede dudarse de que los pobres consiguen con más facilidad que los ricos el don de la humildad, ya que los pobres en su indigencia se familiarizan fácilmente con la mansedumbre y, en cambio, los ricos se habitúan fácilmente a la soberbia. Sin embargo, no faltan tampoco ricos adornados de esta humildad y que de tal modo usan de sus riquezas que no se ensoberbecen con ellas, sino que se sirven más bien de ellas para obras de caridad, considerando que su mejor ganancia es emplear los bienes que poseen en aliviar la miseria de sus prójimos.

El don de esta pobreza se da, pues, en toda clase de hombres y en todas las condiciones en las que el hombre puede vivir, pues pueden ser iguales por el deseo incluso aquellos que por la fortuna son desiguales, y poco importan las diferencias en los bienes terrenos si hay igualdad en las riquezas del espíritu. Bienaventurada es, pues, aquella pobreza que no se siente cautivada por el amor de bienes terrenos ni pone su ambición en acrecentar las riquezas de este mundo, sino que desea más bien los bienes del cielo.

Después del Señor, los apóstoles fueron los primeros que nos dieron ejemplo de esta magnánima pobreza, pues, al oír la voz del divino Maestro, dejando absolutamente todas las cosas, en un momento pasaron de pescadores de peces a pescadores de hombres y lograron además que muchos otros, imitando su fe, siguieran esta misma senda. En efecto, muchos de los primeros hijos de la Iglesia al convertirse a la fe, no teniendo más que un solo corazón y una sola alma, dejaron sus bienes y posesiones y, abrazando la pobreza, se enriquecieron con bienes eternos y encontraban su alegría en seguir las enseñanzas de los apóstoles, no poseyendo nada en este mundo y teniéndolo todo en Cristo.

Por eso el bienaventurado apóstol Pedro, cuando al subir al templo se encontró con aquel cojo que le pedía limosna, le dijo: No tengo oro ni plata; pero lo que tengo te lo doy: En el nombre de Jesús Mesías, el Nazareno, camina. ¿Qué cosa más sublime podría encontrarse que esta humildad? ¿Qué más rico que esta pobreza? No tiene la ayuda del dinero, pero posee los dones de la naturaleza. Al que su madre dio a luz deforme, la palabra de Pedro lo hace sano; y el que no pudo dar la imagen del César grabada en una moneda a aquel hombre que le pedía limosna, le dio, en cambio, la imagen de Cristo al devolverle la salud.

Y este tesoro enriqueció no sólo al que recobró la facultad de andar, sino también a aquellos cinco mil hombres que, ante esta curación milagrosa, creyeron en la predicación de Pedro. Así aquel pobre apóstol, que no tenía nada que dar al que le pedía limosna, distribuyó tan abundantemente la gracia de Dios que dio no sólo el vigor a las piernas del cojo, sino también la salud del alma a aquella ingente multitud de creyentes, a los cuales había encontrado sin fuerzas y que ahora podían ya andar ligeros siguiendo a Cristo.

Responsorio Mt 5, 1-3; Is 66, 2

R. 
Se acercaron a Jesús sus discípulos y él, tomando la palabra, los instruía, diciendo: * «Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.»

V. 
En ése pondré mis ojos: en el humilde y el abatido que se estremece ante mis palabras.

R. 
Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Oración

Oh Dios todopoderoso, de quien procede todo don perfecto, infunde en nuestros corazones el amor de tu nombre, para que, haciendo más religiosa nuestra vida, aumentes el bien en nosotros y con solicitud amorosa lo conserves. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.


V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

miércoles, 4 de septiembre de 2024

Completas +

 


22ª semana del T. Ordinario 

Semana II del salterio

Miércoles, 4 de septiembre - Ciclo B

Completas

Invocación inicial

†
(se hace la señal de la cruz mientras se dice)

℣. Dios mío, ven en mi auxilio.

℟. Señor, date prisa en socorrerme.

℣. Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo.

℟. Como era en el principio ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Examen de conciencia

Hermanos: Llegados al fin de esta jornada que Dios nos ha concedido, reconozcamos humildemente nuestros pecados.

Todos examinan en silencio su conciencia. Después se prosigue con una de las fórmulas siguientes:

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión.
Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.
Por eso ruego a santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a vosotros, hermanos, que intercedáis por mí ante Dios, nuestro Señor.

Si preside la celebración un ministro, él solo dice la conclusión siguiente; en caso contrario, la dicen todos:

℣. Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna
℟. Amén.

Himno

Tras las cimas más altas,
todas las noches
mi corazón te sueña,
no te conoce.

¿Entre qué manos, dime,
duerme la noche,
la música en la brisa,
mi amor en dónde?

¿La infancia de mis ojos
y el leve roce
de la sangre en mis venas,
Señor, en dónde?

Lo mismo que las nubes,
y más veloces,
¿las horas de mi infancia,
Señor, en dónde?

Tras las cimas más altas,
todas las noches,
mi corazón te sueña,
no te conoce.

Gloria al Padre, y al Hijo,
y al Espíritu Santo. Amén.

Ant. Sé tú, Señor, la roca de mi refugio, un baluarte donde me salve.

Salmo 30,2-6: Súplica confiada de un afligido
A ti, Señor, me acojo:
no quede yo nunca defraudado;
tú, que eres justo, ponme a salvo,
inclina tu oído hacia mí;

ven aprisa a librarme,
sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve,
tú que eres mi roca y mi baluarte;

por tu nombre dirígeme y guíame:
sácame de la red que me han tendido,
porque tú eres mi amparo.

A tus manos encomiendo mi espíritu:
Tú, el Dios leal, me librarás.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Sé tú, Señor, la roca de mi refugio, un baluarte donde me salve.

Ant. Desde lo hondo a ti grito, Señor.

Salmo 129: Desde lo hondo, a ti grito, Señor
Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.

Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Desde lo hondo a ti grito, Señor.

Ant. Sé tú, Señor, la roca de mi refugio, un baluarte donde me salve.

Lectura Breve

Ef 4,26-27
No lleguéis a pecar; que la puesta del sol no os sorprenda en vuestro enojo. No dejéis resquicio al diablo.

Responsorio

℣. A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.
℟. A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.
℣. Tú, el Dios leal, nos librarás.
℟. Encomiendo mi espíritu.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.

Cántico Ev.

Ant. Sálvanos, Señor, despiertos, protégenos mientras dormimos, para que velemos con Cristo y descansemos en paz.

†
(se hace la señal de la cruz mientras se dice)

Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz,

porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos

luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Sálvanos, Señor, despiertos, protégenos mientras dormimos, para que velemos con Cristo y descansemos en paz.

Final

Oremos:
Señor Jesucristo, que eres manso y humilde de corazón y ofreces a los que vienen a ti un yugo llevadero y una carga ligera, dígnate, pues, aceptar los deseos y las acciones del día que hemos terminado; que podamos descansar durante la noche para que así, renovado nuestro cuerpo y nuestro espíritu, perseveremos constantes en tu servicio. Que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Amén.

†
(se hace la señal de la cruz mientras se dice)

℣. El señor todopoderoso nos conceda una noche tranquila y una muerte santa.
℟. Amén.

Se canta o se dice una de las siguientes antífonas marianas:

Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra: Dios te salve.

A ti llamamos los desterrados hijos de Eva; a ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas.

Ea, pues, Señora abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos y, después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre.

¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María!

o bien

Madre del Redentor, Virgen fecunda puerta del Cielo siempre abierta, estrella del mar ven a librar al pueblo que tropieza y quiere levantarse.

Ante la admiración de cielo y tierra, engendraste a tu Santo Creador, y permaneces siempre Virgen.

Recibe el saludo del ángel Gabriel y ten piedad de nosotros pecadores.

o bien

Salve, Reina de los Cielos y Señora de los ángeles; salve raíz, salve puerta, que dio paso a nuestra luz.

Alégrate, Virgen gloriosa, entre todas la más bella; salve, oh hermosa doncella, ruega a Cristo por nosotros.

o bien

Bajo tu protección nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos de todo peligro, oh siempre Virgen, gloriosa y bendita.

lunes, 2 de septiembre de 2024

Lecturas y reflexiones +

 



Primera lectura


1Co 2, 1-5

 

Les anuncié el misterio de Cristo crucificado

 

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios

 

YO, hermanos, cuando vine a ustedes a anunciarles el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre ustedes me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado. También yo me presenté a ustedes débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que su fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

Palabra de Dios.

Salmo


Sal 119(118), 97.98.99. 100.101.102 (R. 97a)

R. ¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!

 

V. ¡Cuánto amo tu ley!: todo el día la estoy meditando. R.

 

V. Tu mandato me hace más sabio

que mis enemigos, siempre me acompaña. R.

 

V. Soy más docto que todos mis maestros, porque medito tus preceptos. R.

 

V. Soy más sagaz que los ancianos,

porque cumplo tus mandatos. R.

 

V. Aparto mi pie de toda senda mala,

para guardar tu palabra. R.

 

V. No me aparto de tus mandamientos, porque tú me has instruido. R.

Aclamación


R. Aleluya, aleluya, aleluya
V. El Espíritu del Señor está sobre mí; me ha enviado a evangelizar a los pobres.R.

Evangelio


Lc 4, 16-30

Me ha enviado a evangelizar a los pobres … Ningún profeta es aceptado en su pueblo.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, Jesús fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, deserrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
«El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque él me ha ungido.
Me ha enviado a evangelizar a los pobres,
a proclamar a los cautivos la libertad,
y a los ciegos, la vista;
a poner en libertad a los oprimidos;
a proclamar el año de gracia del Señor».
Y, enrrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él.
Y él comenzó a decirles:
«Hoy se ha cumplido esta Escritura que acaban de oír».
Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca.
Y decían:
«¿No es este el hijo de José?».
Pero Jesús les dijo:
«Sin duda me dirán aquel refrán: "Médico, cúrate a ti mismo", haz también aquí, en tu pueblo, lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún».
Y añadió:
«En verdad les digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Puedo asegurarles que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, el sirio».
Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo.
Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.

Palabra del Señor.



Pistas para la Lectio Divina

Lucas 4, 16-30:
En Nazareth: El programa misionero de Jesús. “El Espíritu del Señor está sobre mí”

Autor: Padre Fidel Oñoro CJM
Fuente: Centro Bíblico Pastoral para la América Latina (CEBIPAL) del CELAM

Comenzamos a partir de hoy la lectura casi continua del evangelio según san Lucas. El primer texto que abordamos es el del discurso programático en Nazareth.

Jesús realiza su primera predicación:

(1) En Nazareth. Es la ciudad “donde se había criado” (4,16). Jesús es una figura familiar para su auditorio: lo han visto crecer, se ha educado en sus bancas, es miembro de esa misma comunidad, a la que frecuentado todos los sábados. Lo que inicialmente parece ser una ventaja, resulta ser al final una barrera de separación entre Jesús y su gente más cercana.

(2) Dentro de la liturgia de la sinagoga. Era liturgia extensa que se componía de oraciones y lecturas. La parte central era la lectura de algunos pasajes de la Ley (primeros cinco libros de la Biblia) y luego uno de los profetas; después de la lectura venía un comentario edificante para la asamblea. Jesús hace y comenta la lectura del pasaje tomado de uno de los profetas.

¿Qué lee Jesús?

El texto leído por Jesús se encuentra en Isaías 61,1-2 y 58,6. En él se distinguen dos partes: (1) la autopresentación del evangelizador y (2) el contenido de su anuncio.

1. El evangelizador es el Mesías (=ungido) por el Señor (=Yahvé).

“El Espíritu del Señor sobre mí” (4,18ª)

La autoridad para realizar la misión viene de la unción con el Espíritu. El texto de Isaías originalmente piensa en la unción de un profeta (como en 1 Reyes 19,16); de hecho, según el pensamiento de los rabinos de la época de Jesús “un profeta habla en el Espíritu Santo”.

Jesús entonces es el Profeta (ver 7,16.39; 9,8.19 y sobre todo 24,19: “profeta poderoso en obras y palabras”). Pero Lucas piensa que Jesús ha venido no sólo como profeta sino como Hijo de Dios. En los momentos importantes Lucas va a recordar que el Mesías es el Hijo de Dios (ver cómo los dos títulos se colocan uno al lado del otro en 4,41). Juntando todos estos pequeños detalles Lucas nos sigue clarificando quién es Jesús.

2. El contenido del anuncio

Este se presenta en cuatro frases paralelas:

- Anunciar la buena noticia a los pobres

- Proclamar la liberación a los cautivos

y la recuperación de la vista a los ciegos

- Poner en libertad a los oprimidos

- Proclamar un año de gracia del Señor (4,18b-19)

¿Qué hay detrás de estas palabras?

(1) Se trata de cuatro maneras de expresar la misión de Jesús en términos de una acción liberadora para cualquiera que sea la carga y la opresión de las personas. El mensaje de Jesús es la liberación total de las personas, así como de la sociedad y del ambiente en que viven. Así nos enseña de manera concreta que en esta difícil historia Dios está al lado de todos los que sufren y responde a su esperanza.

(2) Se trata de un nuevo tiempo: el tiempo mesiánico es el tiempo del jubileo. El trasfondo es el año jubilar en el Antiguo Testamento (ver la institución del año sabático en Ex 23,12; Dt 15; Lv 25 y los antiguos decretos de amnistía pascual en Jr 34 y Ne 5) que tenía como ideal la restauración de las verdaderas relaciones dentro del pueblo: donde no hubiera opresor ni oprimido (por eso había que liberar los esclavos), ni latifundista ni desposeído (por eso se redistribuían las tierras), ni usurero ni deudor (por eso se perdonaban las deudas acumuladas).

¿Por qué todo esto? Porque Dios es el único Señor ningún hombre tiene el derecho de ejercer cualquier tipo de dominio sobre su hermano. La llegada de este año había sido en otras épocas la esperanza de los pobres y oprimidos. Aquél día en la sinagoga de Nazareth Jesús desempolvó el tema para anunciar así la venida del “Reino de Dios”:

(3) Se trata, al fin y al cabo, de la instauración de la soberanía de Dios (Reino de Dios; ver 4,43). La presencia inmediata de la acción salvífica de Dios que ha se ha venido anunciando desde el comienzo del Evangelio es la llegada del Reino de Dios y con esta cita profética Jesús ilustra que la instauración del reinado de Dios en la tierra tiene como consecuencia la liberación de la humanidad.

(4) Se trata de un anuncio (notar: anunciar... proclamar... anunciar) que revive la esperanza e invita a abrirse a la acción de Dios, pero apunta al hecho salvífico fundamental: “poner en libertad a los oprimidos”, que abarca todas las formas como se realiza la salvación en el Evangelio pero que tiene como punto alto el mayor don de Dios: el perdón de los pecados. En el Evangelio “libertar” y “perdonar” van juntos (ver “sanar”=“perdonar” en 5,24.31; liberar de una “deuda”=“perdonar” en 7,42.48).

3. La homilía de Jesús

Después que proclama el texto de Isaías, Jesús pronuncia su brevísima homilía: “Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy” (4,22). Es como si hubiera dicho: “Esto ya no es más una promesa profética, se ha cumplido con mi acción”.

La Buena noticia del Reino en boca de Jesús entonces es ésta:

- El anuncio de la buena noticia a los pobres...

¡Se ha cumplido hoy!

- La proclamación de la liberación a los cautivos

y la recuperación de la vista a los ciegos

¡Se ha cumplido hoy!

- La liberación de los oprimidos

¡Se ha cumplido hoy!

Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón

1. ¿Por qué Jesús se presenta como el “ungido por el Espíritu Santo”? ¿Qué le dice esto a la vida de un “cristiano” (que en principio significa también “ungido”?

2. ¿Qué predica Jesús en la Sinagoga? ¿Qué tenemos que predicar hoy?

3. ¿En que consiste la evangelización? ¿Me siento llamado a evangelizar?

Francisco Fernández-Carvajal
Hablar con Dios

22ª semana. Lunes

OBRAS DE MISERICORDIA

— Jesús misericordioso. Imitarle.

— Preocuparnos por la situación espiritual de quienes nos rodean.

— Otras manifestaciones de la misericordia.

I. Volvió Jesús de Nazaret, donde se había criado, y según su costumbre entró en la sinagoga el sábado1. Allí le entregaron el libro del Profeta Isaías para que leyera. Jesús abrió el libro por un pasaje directamente mesiánico: El Espíritu Santo está sobre mí, por lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres; me ha enviado para anunciar la redención a los cautivos y devolver la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, y para promulgar el año de gracia del Señor.

Jesús, enrollando el libro, lo devolvió y se sentó. Había una gran expectación entre sus vecinos, con los que había convivido tantos años: Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en Él. Muy probablemente estaría presente la Virgen. Entonces, el Señor les dijo con toda claridad: Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír.

Isaías2 anunciaba en este pasaje la llegada del Mesías que libraría a su pueblo de sus aflicciones. Las palabras del Señor «son su primera declaración mesiánica, a la que siguen los hechos y palabras conocidas a través del Evangelio. Mediante tales hechos y palabras, Cristo hace presente al Padre entre los hombres. Es altamente significativo –sigue comentando Juan Pablo II– que estos hombres sean en primer lugar los pobres carentes de medios de subsistencia, los privados de libertad, los ciegos que no ven la belleza de la creación, los que viven en aflicción de corazón o sufren a causa de la injusticia social, y finalmente los pecadores. Con relación a estos especialmente, Cristo se convierte sobre todo en signo legible de Dios que es amor»3.

Más tarde, cuando los enviados del Bautista le preguntan si Él es el Cristo o si han de esperar a otro, Jesús les responde que comuniquen a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados...4.

El amor de Cristo se expresa particularmente en el encuentro con el sufrimiento, en todo aquello en que se manifiesta la fragilidad humana, tanto física como moral. De esta manera revela la actitud continua de Dios Padre hacia nosotros, que es amor5 y rico en misericordia6.

La misericordia será el núcleo fundamental de su predicación y la razón principal de sus milagros. También la Iglesia «abraza con su amor a todos los afligidos por la debilidad humana; más aún, en los pobres y en los que sufren reconoce la imagen de su Fundador, pobre y paciente, se esfuerza en remediar sus necesidades y procura servir en ellos a Cristo»7.

¿Y qué otra cosa haremos nosotros si queremos imitar al Maestro y ser buenos hijos de la Iglesia? Cada día se nos presentan incontables ocasiones de poner en práctica la enseñanza de Jesús acerca de nuestro comportamiento ante el dolor y la necesidad. Y esta actitud compasiva y misericordiosa ha de ser en primer lugar con los que habitualmente tratamos, con quienes Dios ha puesto a nuestro cuidado y con los más necesitados. Pensemos hoy junto al Señor cómo es nuestro trato con estas personas y con todos. ¿Sé darme cuenta de su dolor –físico o moral–, de su cansancio o de la necesidad que padecen? ¿Me presto con solicitud a darles la ayuda que precisan? ¿Procuro aliviarles de sus males o de la carga que llevan, sobre todo cuando les resulta excesivamente pesada?

II. ...me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado para anunciar la redención a los cautivos y devolver la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos... No hay pobreza mayor que la que provoca la falta de fe, ni cautividad y opresión más grandes que las que el demonio ejerce en quien peca, ni ceguera más completa que la del alma que ha quedado privada de la gracia: «el pecado produce la más dura tiranía», afirma San Juan Crisóstomo8.

Si la mayor desgracia, el peor de los desastres, es alejarse de Dios, nuestra mayor obra de misericordia será en muchas ocasiones acercar a los sacramentos, fuentes de Vida, y especialmente a la Confesión, a nuestros familiares y amigos. Si sufrimos con sus penas, enfermedades y desgracias, ¿cómo no nos dolerá si vemos que no conocen a Jesucristo, que no le tratan o que le han dejado? La verdadera compasión comienza por la situación espiritual de su alma, que hemos de procurar remediar con la ayuda de la gracia. ¡Qué gran obra de misericordia es el apostolado!

Toda miseria moral, cualquiera que sea, reclama nuestra compasión. Así, entre estas obras que, por vía de ejemplo, ha señalado desde antiguo la Iglesia, está «enseñar al que no sabe». Cuando el número de analfabetos ha decrecido en tantos países, ha aumentado en proporciones asombrosas la ignorancia religiosa, incluso en naciones de antigua tradición cristiana. «Por imposición laicista o por desorientación y negligencia lamentables, multitudes de jóvenes bautizados están llegando a la adolescencia con total desconocimiento de las más elementales nociones de la Fe y de la Moral y de los rudimentos mínimos de la piedad. Ahora, enseñar al que no sabe significa, sobre todo, enseñar a los que nada saben de religión, significa «evangelizarles», es decir, hablarles de Dios y de la vida cristiana. La catequesis ha pasado a ser en la actualidad una obra de misericordia de primera importancia»9.

¡Cuánto bien hace la madre que enseña el catecismo a sus hijos, y quizá a los amigos de sus hijos! ¡Qué recompensa tan grande dará el Señor a quienes prestan con generosidad su tiempo en una labor de catequesis, y a quienes aconsejan el libro oportuno que ilustra la inteligencia y mueve los afectos del corazón! Es abrirles el camino que lleva a Dios; no tienen una necesidad mayor.

III. Imitar a Jesús en su actitud misericordiosa hacia los más necesitados nos llevará en muchas ocasiones a dar consuelo y compañía a quienes se encuentran solos, a los enfermos, a quienes sufren una pobreza vergonzante o descarada. Haremos nuestro su dolor, les ayudaremos a santificarlo, y procuraremos remediar ese estado en el modo en que nos sea posible. Cuánto puede confortar a estas personas un rato de compañía –buscado quizá con espíritu de sacrificio, a la salida del trabajo, cuando lo que apetecía era descansar, etc.–, con una conversación sencilla y amable, bien preparada, en la que el sentido sobrenatural que procuramos dar a nuestras palabras y comentarios –de noticias positivas, de iniciativas de apostolado– deja en el enfermo o en el anciano una luz de fe y confianza en Dios; con delicadeza y oportunidad, nos atreveremos a prestar algunos servicios, a arreglarle la cama, a leer un rato algún libro piadoso ameno, incluso divertido10.

Cada día es más necesario pedir al Señor un corazón misericordioso para todos, pues en la medida en que la sociedad se deshumaniza, los corazones se vuelven duros e insensibles. La justicia es virtud fundamental; pero la justicia sola no basta: se precisa además la caridad. Por mucho que mejorase la legislación laboral y social, siempre será necesario el calor del corazón humano, fraternal y amigo, que se acerca a esas situaciones a las que la mera justicia no llega, pues la misericordia «no se limita a socorrer al necesitado de bienes económicos; se dirige, antes que nada, a respetar y comprender a cada individuo en cuanto tal, en su intrínseca dignidad de hombre y de hijo del Creador»11.

La misericordia nos lleva a perdonar con prontitud y de corazón, aunque quien ofende no manifieste arrepentimiento por su falta o rechace la reconciliación. El cristiano no guarda rencores en su alma; no se siente enemigo de nadie. Nos esforzaremos en querer a quienes son desgraciados por su propia culpa, incluso por su propia maldad. El Señor solo nos preguntará si esa persona es desgraciada, si sufre, «pues eso basta para que sea digno de su interés. Esfuérzate sin duda en protegerlo contra sus malas pasiones, pero desde el momento en que sufre, sé misericordioso. Amarás a tu prójimo, no cuando lo merezca, sino porque es tu prójimo»12.

El Señor nos pide una actitud compasiva que se extienda a todas las manifestaciones de la vida. También en el juicio sobre el prójimo, a quien hemos de mirar desde el ángulo en el que queda más favorecido. «Aunque vierais algo malo –aconseja San Bernardo– no juzguéis al instante a vuestro prójimo, sino más bien excusadle en vuestro interior. Excusad la intención, si no podéis excusar la acción. Pensad que lo habrá hecho por ignorancia, o por sorpresa, o por desgracia. Si la cosa es tan clara que no podéis disimularla, aun entonces creedlo así, y decid para vuestros adentros: la tentación habrá sido muy fuerte»13.

Frecuentemente hemos de recordar que, si somos misericordiosos, obtendremos del Señor esa misericordia para nuestra vida que tanto necesitamos, particularmente para esas flaquezas, errores y fragilidades, que Él bien conoce. Esa confianza en la infinita compasión de Dios nos llevará a permanecer siempre muy cerca de Él.

María, Reina y Madre de Misericordia, nos dará un corazón capaz de compadecerse eficazmente de quienes sufren a nuestro lado.