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Saludo

Bendición

lunes, 15 de julio de 2024

Lecturas y reflexiones +

 



San Buenaventura

15 Julio

Biografía


Nació alrededor del año 1218 en Bagnoregio, en la región toscana; estudió filosofía y teología en Paris y, habiendo obtenido el grado de maestro, enseñó con gran provecho estas mismas asignaturas a sus compañeros de la Orden franciscana. Fue elegido ministro general de su Orden, cargo que ejerció con prudencia y sabiduría. Fue creado cardenal obispo de la diócesis de Albano, y murió en Lyon el año 1274. Escribió muchas obras filosóficas y teológicas.



Primera lectura


Is 1,10-17

Lávense, aparten de mi vista sus malas acciones

Lectura del libro de Isaías.

OIGAN la palabra del Señor,
príncipes de Sodoma,
escucha la enseñanza de nuestro Dios,
pueblo de Gomorra.
«¿Qué me importa la abundancia de sus sacrificios?
-dice el Señor-.
Estoy harto de holocaustos de carneros,
de grasa de cebones;
la sangre de toros, de corderos y chivos
no me agrada.
Cuando vienen a visitarme,
¿quién pide algo de sus manos
para que vengan a pisar mis atrios?
No me traigan más inútiles ofrendas,
son para mí como inciensso detestable.
Novilunios, sábados y reuniones sagradas:
no soporto iniquidad y solemne asamblea.
Sus novilunios y solemnidades
los detesto;
se que me han vuelto una caraga
que no soporto más.
Cuando extienden las manos
me cubro los ojos;
aunque multipliquen las plegarias,
no los escucharé.
Sus manos están llenas de sangre.
Lávense, purifíquense, aparten de mi vista
sus malas acciones.
Dejen de hacer el mal,
aprendan a hacer el bien.
Busquen justicia,
socorran al oprimido,
protejan el derecho del huérfano,
defiendan a la viuda».

Palabra de Dios.

Salmo


Sal 50(49),8-9.16bc-17.21+23 (R. 23b)

R. Al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios.

V. No te reprocho tus sacrificios,
pues siempre están tus holocaustos ante mí.
Pero no aceptaré un becerro de tu casa,
ni un cabrito de tus rebaños. R.

V. ¿Por qué recitas mis preceptos
y tienes siempre en la boca mi alianza,
tú que detestas mi enseñanza
y te echas a la espalda mis mandatos? R.

V. Esto haces, ¿y me voy a callar?
¿Crees que soy como tú?
Te acusaré, te lo echaré en cara.
El que me ofrece acción de gracias,
ese me honra;
al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios. R.

Aclamación


R. Aleluya, aleluya, aleluya
V. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. R.

Evangelio


Mt 10,34 - 11,1.

No he venido a sembrar paz, sino espada

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:
«No piensen que he venido a la tierra a sembrar paz:
No he venido a sembrar paz, sino espada. He venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; los enemigos de cada uno serán los de su propia casa.
El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará.
El que los recibe a ustedes, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo.
El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad les digo que no perderá su recompensa».
Cuando Jesús acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.

Palabra del Señor.



Pistas para la Lectio Divina

Mateo 10, 34-11, 1: El Manual de los Buenos Obreros del Evangelio (V): Los afectos del misionero. “Quien a vosotros recibe a mí me recibe”

Autor: Padre Fidel Oñoro CJM
Fuente: Centro Bíblico Pastoral para la América Latina (CEBIPAL) del CELAM

Llegamos al final del “Manual del misionero” en el evangelio de Mateo. Las palabras conclusivas escuchan así: “Y sucedió que, cuando acabó Jesús de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades” (Mateo 11,1). Jesús había preparado esta enseñanza son su propia actividad misionera, ahora Él mismo es el primero en practicar lo que predica.

Las últimas dos lecciones de la formación de los misioneros tienen que ver con los “afectos”.

1. Instrucciones acerca de la familia: la crisis en los afectos del misionero (10,34-39)

Inspirándose en el profeta Miqueas (7,6), el evangelio de Mateo nos presenta de manera reformulada el costo de la opción cristiana para las habituales relaciones familiares.

La ruptura familiar, que es uno de los fenómenos que caracteriza la tribulación en final en la predicación profética de Miqueas, aparece anticipada para la hora misma en la cual se da el paso de la fe. Las difíciles frases de Mt 10,34-36, que se resumen en la última: “Y enemigos de cada cual serán los que conviven con él” (10,36), nos muestran el costo de la radicalidad de la opción.

En la vida familiar, así como en muchos otros ámbitos de relación, se viven situaciones que se aceptan como normales, pero una vez que se ha conocido el evangelio de Jesús, éstas ya no pueden ser toleradas. Definitivamente el evangelio es un acontecimiento de vida que subvierte y transforma toda estructura social.

El encuentro con Jesús en principio lo que genera es una nueva capacidad de amar. Pero el verdadero amor es profético: no puede tolerar la injusticia, no se pude acomodar a lo que no es correcto. La experiencia de Dios tiene una gran capacidad para remover las estructuras más compactas, una de las cuales –quizás la más visible en la sociedad patriarcal israelita- es la familia.

Un segundo grupo de dichos que pronuncia Jesús, es más fuerte que el primero. La jerarquía de valores comienza a jugar su papel aquí: este breve texto nos introduce en la dinámica del seguimiento radical del Señor desde las mismas prioridades afectivas del discípulo. Jesús es el valor fundamental del discípulo. Él está por encima –se le “ama más”- de los más grandes amores que uno puede tener en la vida (papá, mamá, hijo, hija, la persona misma), si no el discípulo-misionero “no es digno de mí” (se repite tres veces en este pasaje).

De esta forma se vuelve a presentar la exigencia de romper con toda clase de seguridades, mientras que un nuevo horizonte se le abre a la vida del discípulo. Todo ello está simbolizado en el gesto de “tomar la cruz y seguir detrás de Él” (10,38), mediante el cual se deja de lado toda clase de intereses netamente personales para abrazar la Cruz como expresión de una vida toda ella entregada a la causa de Jesús.

2. Instrucciones acerca de la identificación de Jesús con sus misioneros (10,40-42)

En la lectura que hicimos del Sermón de la Montaña, vimos cómo toda la primera parte estaba preocupada por mostrar que un verdadero hijo de Dios se parece a su Padre en su actuar (5,16). Ahora bien, lo mismo es afirmado en este capítulo misionero con relación a Jesús y sus discípulos: “Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado” (10,40).

El discípulo plenamente identificado con Jesús recibe aquí tres títulos:

(1) Es “profeta” (10,41ª). Como ya vimos antes, el misionero se presenta como “profeta” de palabra exigente y clara, pero también como animador de la vida en Señor para todos sus hermanos.

(2) Es un “justo” (10,41b), porque –por la vivencia de las bienaventuranzas- ha aprendido la justicia nueva del Reino, la cual le enseña a sus hermanos (ver 5,19).

(3) Es un “pequeño” del Reino (10,42) que en su humildad se reconoce como persona siempre en crecimiento, necesitada de los demás, consciente que no basta con invitar a otros a entrar en el Reino sino entrar él primero (ver 18,4). El hermano “mayor” de la Iglesia, que es su misionero que la ha formado y animado, no olvida nunca que él es un “pequeño” del evangelio.

Como misioneros que trabajan por la vida y el crecimiento de los demás, pidámosle al Dueño de la Mies que no se nos olvide nunca quiénes somos ante él: sus pequeños, sus justos y sus profetas al estilo de Jesús. Qué el éxito no nos lleve a creernos más que los demás y que el fracaso nos aplaste. No demos ni un paso atrás en la entrega al Señor del Reino, así nos sobrevenga uno que otro sinsabor.

Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón

1. ¿Qué sinsabores recuerdo de la última experiencia misionera que tuve?

2. ¿Cómo debe ser la afectividad del misionero? ¿El amor a Jesús y a las personas más queridas se contraponen, se ordenan un a otro?

3. ¿Qué implica la identificación total con Jesús para el crecimiento personal y para nuestra manera de presentarnos ante los demás?

Francisco Fernández-Carvajal Hablar con Dios

15ª Semana. Lunes

LOS PADRES Y LA VOCACIÓN DE LOS HIJOS

— Libertad plena para seguir a Cristo. La vocación es un honor inmenso.

— Dejar a los padres, cuando llega el momento oportuno, es ley de vida.

— Desear lo mejor para los hijos.

I. Quien ama a su padre o a su madre más que a Mí, no es digno de Mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a Mí, no es digno de Mí, leemos en el Evangelio de la Misa1. Al decidirnos libremente a seguir al Señor por entero, entendemos que han de ceder otros planes: padre, madre, novio, novia... El llamamiento de Dios es lo primero, lo demás debe quedar en segundo término.

Las palabras de Jesús no entrañan ninguna oposición entre el primero y el cuarto mandamiento, pero señalan el orden que ha de seguirse. Debemos amar a Dios con todas nuestras fuerzas a través de la peculiar vocación recibida; y también hemos de amar y respetar –en teoría y en la práctica– a los padres que Dios nos ha dado, con quienes tenemos una deuda tan grande. Pero el amor a los padres no puede anteponerse al amor a Dios; de ordinario no tiene por qué plantearse la oposición entre ambos, pero si en algún caso se llegara a dar, habría que recordar aquellas palabras de Cristo adolescente en el Templo de Jerusalén: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que Yo esté en las cosas de mi Padre?2, respuesta de Jesús a María y a José, que le buscaban angustiados, y que constituye una enseñanza para los hijos y para los padres: los hijos, para aprender que no se puede anteponer el cariño familiar al amor de Dios, especialmente cuando el Señor pide un seguimiento que lleva consigo una total entrega; los padres, para saber que sus hijos son de Dios ante todo, y que Él tiene derecho a disponer de ellos, aunque en alguna ocasión esto suponga un sacrificio grande a los padres3.

Triste decisión sería aquella que llevara a desoír a Dios para no disgustar a los padres, y más triste consuelo sería el de los padres, pues, como dice San Bernardo, «su consuelo es la muerte del hijo»4. Difícilmente podrían haberle causado un daño mayor.

Al Señor solo se le puede seguir con la libertad nacida del desprendimiento más pleno: libertad de corazón, que no anda prendido en melancolías y añoranzas, en flojos sentimientos que conducen a una entrega a medias; libertad también que conlleva la necesaria autonomía para cumplir la voluntad de Dios. No se gana nada con una decisión a medias, con un corazón dividido. Puede ocurrir en algunos casos que la decisión de seguir por entero al Señor no sea comprendida por los propios parientes: porque no la entiendan, porque se hayan forjado otros planes, legítimos, o porque no quieran participar en la renuncia que les corresponde. Debemos contar con ello, y, aunque seguir a Cristo cause dolor a los padres, hemos de entender entonces que la fidelidad a la propia vocación es el mayor bien para nosotros y para la familia entera. En toda circunstancia, siendo muy firmes al propio camino, tenemos que querer a nuestros padres mucho más que antes de la llamada; debemos pedir mucho por ellos, para que comprendan que «no es un sacrificio, para los padres, que Dios les pida sus hijos; ni, para los que llama el Señor, es un sacrificio seguirle.

»Es, por el contrario, un honor inmenso, un orgullo grande y santo, una muestra de predilección, un cariño particularísimo, que ha manifestado Dios en un momento concreto, pero que estaba en su mente desde toda la eternidad»5. Es el mayor honor que el Señor puede hacer a una familia, una de las mayores bendiciones.

II. Quien ha entregado su corazón por completo al Señor, lo recupera más joven, más grande y más limpio para querer a todos. El amor a los padres, a los hermanos..., pasa entonces por el Corazón de Cristo, y de ahí sale enriquecido.

Señala Santo Tomás de Aquino que Santiago y Juan son alabados porque siguieron al Señor abandonando a su padre, y no lo hicieron porque este los incitase al mal, sino porque «estimaron que su padre podría pasar la vida de otro modo, siguiendo ellos a Cristo»6. El Maestro había estado cerca de sus vidas, los había llamado, y desde entonces todo lo demás se situó en segundo lugar. En el Cielo encontrarán los padres una especial gloria, fruto en buena parte de la correspondencia de sus hijos a la llamada de Dios: la vocación es un bien y una bendición para todos.

La vocación es iniciativa divina; Él sabe bien qué es lo mejor para el llamado y para la familia. Muchos padres aceptan incondicionalmente, con alegría, la voluntad de Dios para sus hijos y dan gracias cuando alguno de ellos es llamado para seguir a Cristo; otros adoptan actitudes muy diversas, alimentadas por varios motivos: lógicos y comprensibles unos, con mezcla de egoísmo otros. Con la excusa de que sus hijos son demasiado jóvenes –para seguir la llamada de Dios, no para tomar otras decisiones también comprometidas–, o de que carecen de la necesaria experiencia, se dejan llevar por la grave tentación a que aludía Pío XII: «aun entre aquellos que se jactan de la fe católica, no faltan muchos padres que no se resignan a la vocación de sus hijos, y combaten sin escrúpulos la llamada divina con toda clase de argumentos, incluso con medios que pueden poner en peligro, no solo la vocación a un estado más perfecto, sino la conciencia misma y la salvación eterna de aquellos que debían serles tan queridos»7. Olvidan que ellos son «colaboradores de Dios», y que es ley de vida que los hijos abandonen el hogar paterno también para formar un nuevo hogar, o simplemente por motivos de trabajo, de estudio. Muchas veces, aún jóvenes, se marchan a vivir a otro lugar, sin que ocurra ninguna catástrofe. En otras ocasiones, son las mismas familias quienes fomentan esta separación para el bien de los hijos. ¿Por qué han de poner trabas en el seguimiento de Cristo? Él «no separa jamás a las almas»8.

III. Los buenos padres desean siempre lo mejor para sus hijos. Son capaces de llevar a cabo los mayores sacrificios por su bien humano. Y, ¡cómo no!, por su bien sobrenatural. Se sacrifican para que crezcan llenos de salud, para que mejoren en sus estudios, para que tengan buenos amigos..., para que vivan según el querer de Dios, lleven una vida honrada y cristiana. Para eso los llamó Dios al matrimonio; la educación de los hijos es un querer expreso de Dios en sus vidas; es de ley natural.

En el Evangelio encontramos muchas peticiones en favor de los hijos: una mujer que sigue con perseverancia a Jesús hasta que cura a su hija9, un padre que le pide que expulse al demonio que atormenta a su hijo10, el jefe de la sinagoga de Cafarnaún, Jairo, que espera con impaciencia al Señor porque su única hija de doce años está a punto de morir11... Es ejemplar la decisión con que la madre de Santiago y Juan se acerca a Cristo para pedirle algo que ellos no se habían atrevido a pedir. Sin pensar en sí misma, se acercó a Jesús, le adoró, y manifestó querer pedirle una gracia12. ¡Cuántas madres y cuántos padres a lo largo de los siglos han pedido para sus hijos bienes y favores, que jamás se hubieran atrevido a solicitar para ellos mismos! El Señor, comprensivo ante este cariño tan grande de madre, no lo rechaza, pero se dirige a los dos hermanos para darles el mayor honor que puede tener un hombre: compartir con Él la propia copa, su mismo destino, su misma misión.

Los padres deben pedir lo mejor para sus hijos, y lo mejor es seguir la propia llamada, lo que Dios tiene dispuesto para cada uno. Este es el gran secreto para ser felices en la tierra y llegar al Cielo, donde nos espera un gozo sin límite y sin fin. Sin embargo, desde el punto de vista de cada llamada considerada en sí misma, es verdad que la castidad en el celibato por amor a Dios es la vocación más grande: «La Iglesia, durante toda su historia, ha defendido siempre la superioridad de este carisma –de virginidad o celibato– frente al del matrimonio, por razón del vínculo singular que tiene con el Reino de Dios»13. ¡Cuántas vocaciones a una entrega plena ha concedido Dios a los hijos por la generosidad y la petición de los padres! Es más, el Señor se vale de ordinario de los mismos padres para crear un clima idóneo donde pueda crecer y desarrollarse la semilla de la vocación: «Los esposos cristianos –afirma el Concilio Vaticano II– son para sí mismos, para sus hijos y demás familia, cooperadores de la gracia y testigos de la fe. Son para sus hijos los primeros predicadores y educadores de la fe; los forman con su palabra y su ejemplo para la vida cristiana y apostólica, les ayudan prudentemente a elegir su vocación y fomentan con todo esmero la vocación sagrada cuando la descubren en sus hijos»14. No pueden ir más allá, pues no les compete discernir si tienen o no vocación; únicamente han de formar bien su conciencia, y han de ayudarles a descubrir su camino, sin forzar su voluntad.

Una vocación en medio de la familia comporta una especial confianza y predilección del Señor para todos. Es un privilegio, que es necesario proteger –especialmente con la oración– como un gran tesoro. Dios bendice el lugar donde nació una vocación fiel: «no es sacrificio entregar los hijos al servicio de Dios: es honor y alegría».

viernes, 12 de julio de 2024

Laudes +

 Laudes

V. Dios mío, ven en mi auxilio.

R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. (Aleluya).



HIMNO


Te doy gracias, Señor.

¡Tanto estabas enojado conmigo!

Tú eres un Dios de amor,

y ahora soy tu amigo,

te busco a cada instante y te persigo.


Eres tú mi consuelo,

tú eres el Dios que salva y da la vida;

eres todo el anhelo

de esta alma que va herida,

ansiándote sin tasa ni medida.


En mi tierra desierta,

tú de la salvación eres la fuente;

eres el agua cierta

que se vuelve torrente,

y el corazón arrasa dulcemente.


¡Quiero escuchar tu canto!

¡Que tu Palabra abrase mi basura

con alegría y llanto!

¡Que mi vida futura

espejo sea sin fin de tu hermosura! Amén.


SALMODIA


Ant. 1. Un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias, Señor.


Salmo 50


CONFESIÓN DEL PECADOR ARREPENTIDO

Renovaos en la mente y en el espíritu y vestíos de la nueva condición humana. (Cf. Ef 4, 23- 24)


Misericordia, Dios mío, por tu bondad;

por tu inmensa compasión borra mi culpa;

lava del todo mi delito,

limpia mi pecado.


Pues yo reconozco mi culpa,

tengo siempre presente mi pecado:

contra ti, contra ti solo pequé»

cometí la maldad que aborreces.


En la sentencia tendrás razón,

en el juicio brillará tu rectitud.

Mira, que en la culpa nací,

pecador me concibió mi madre.


Te gusta un corazón sincero,

y en mi interior me inculcas sabiduría.

Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;

lávame: quedaré más blanco que la nieve.


Hazme oír el gozo y la alegría,

que se alegren los huesos quebrantados.

Aparta de mi pecado tu vista,

borra en mí toda culpa.


¡Oh Dios!, crea en mí un corazón puro,

renuévame por dentro con espíritu firme;

no me arrojes lejos de tu rostro,

no me quites tu santo espíritu.


Devuélveme la alegría de tu salvación,

afiánzame con espíritu generoso:

enseñaré a los malvados tus caminos,

los pecadores volverán a ti.


Líbrame de la sangre, ¡oh Dios,

Dios, Salvador mío!,

y cantará mi lengua tu justicia.

Señor, me abrirás los labios,

y mi boca proclamará tu alabanza.


Los sacrificios no te satisfacen;

si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.

Mi sacrificio es un espíritu quebrantado:

un corazón quebrantado y humillado

tú no lo desprecias.


Señor, por tu bondad, favorece a Sión,

reconstruye las murallas de Jerusalén:

entonces aceptarás los sacrificios rituales,

ofrendas y holocaustos,

sobre tu altar se inmolarán novillos.


Ant. Un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias, Señor.


Ant. 2. En tu juicio, Señor, acuérdate de la misericordia.


Cántico Ha 3, 24. 13a. 15-19


JUICIO DE DIOS

Levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación. ( Lc 21, 28)


¡Señor, he oído tu fama,

me ha impresionado tu obra!

En medio de los años, realízala;

en medio de los años, manifiéstala;

en el terremoto acuérdate de la misericordia.


El Señor viene de Temán;

el Santo, del monte Farán:

su resplandor eclipsa el cielo,

la tierra se llena de su alabanza;

su brillo es como el día,

su mano destella velando su poder.


Sales a salvar a tu pueblo,

a salvar a tu ungido;

pisas el mar con tus caballos,

revolviendo las aguas del océano.


Lo escuché y temblaron mis entrañas,

al oírlo se estremecieron mis labios;

me entró un escalofrío por los huesos,

vacilaban mis piernas al andar.

Tranquilo espero el día de la angustia

que sobreviene al pueblo que nos oprime.


Aunque la higuera no echa yemas

y las viñas no tienen fruto,

aunque el olivo olvida su aceituna

y los campos no dan cosechas,

aunque se acaban las ovejas del redil

y no quedan vacas en el establo,

yo exultaré con el Señor,

me gloriaré en Dios mi salvador.


El Señor soberano es mi fuerza,

él me da piernas de gacela

y me hace caminar por las alturas.


Ant. En tu juicio, Señor, acuérdate de la misericordia.


Ant. 3. Glorifica al Señor, Jerusalén. +


Salmo 147


RESTAURACIÓN DE JERUSALÉN

Ven y te mostraré la desposada, la esposa del Cordero. (Ap 21, 9)


Glorifica al Señor, Jerusalén;

† alaba a tu Dios, Sión:

que ha reforzado los cerrojos de tus puertas

y ha bendecido a tus hijos dentro de ti;

ha puesto paz en tus fronteras,

te sacia con flor de harina.


Él envía su mensaje a la tierra,

y su palabra corre veloz;

manda la nieve como lana,

esparce la escarcha como ceniza;


hace caer el hielo como migajas

y con el frío congela las aguas;

envía una orden, y se derriten;

sopla su aliento, y corren.


Anuncia su palabra a Jacob,

sus decretos y mandatos a Israel;

con ninguna nación obró así,

ni les dio a conocer sus mandatos.


Ant. Glorifica al Señor, Jerusalén.


LECTURA BREVE Ef 2, 13-16


Ahora estáis en Cristo Jesús. Ahora, por la sangre de Cristo, estáis cerca los que antes estabais lejos. Él es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos, judíos y gentiles, una sola cosa, derribando con su cuerpo el muro que los separaba: el odio. Él ha abolido la ley con sus mandamientos y reglas, haciendo las paces, para crear en él un solo hombre nuevo. Reconcilió con Dios a los dos pueblos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte en él al odio.


RESPONSORIO BREVE


V. Invoco al Dios Altísimo, al Dios que hace tanto por mí.

R. Invoco al Dios Altísimo, al Dios que hace tanto por mí.


V. Desde el cielo me enviará la salvación.

R. El Dios que hace tanto por mí.


V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Invoco al Dios Altísimo, al Dios que hace tanto por mí.


CÁNTICO EVANGÉLICO


Ant.  Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto.



Cántico de Zacarías Lc 1, 68-79


EL MESÍAS Y SU PRECURSOR


Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo,

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas.


Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

ha realizado así la misericordia que tuvo con

nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.


Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.


Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.


Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.


Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén



Ant.  Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto.


PRECES


Adoremos a Cristo, que se ofreció a Dios como sacrificio sin mancha para purificar nuestras conciencias de las obras muertas, y digámosle con fe:

En tu voluntad, Señor, encontramos nuestra paz.


Tú que nos has dado la luz del nuevo día,

concédenos también caminar durante sus horas por sendas de vida nueva.


Tú que todo lo has creado con tu poder y con tu providencia lo conservas,

ayúdanos a descubrirte presente en todas tus creaturas.


Tú que has sellado con tu sangre una alianza nueva y eterna,

haz que, obedeciendo siempre tus mandatos, permanezcamos fieles a esa alianza.


Tú que colgado en la cruz quisiste que de tu costado manara sangre y agua,

purifica con este agua nuestros pecados y alegra con este manantial a la ciudad de Dios.


Se pueden añadir algunas intenciones libres.


Ya que Dios nos ha adoptado como hijos, oremos al Padre como nos enseñó Jesucristo: Padre nuestro.



Padre nuestro, que estás en el cielo,

santificado sea tu Nombre;

venga a nosotros tu reino;

hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día;

perdona nuestras ofensas,

como también nosotros perdonamos

a los que nos ofenden;

no nos dejes caer en la tentación,

y líbranos del mal.



Oración


Señor, Dios todopoderoso, te pedimos nos concedas que del mismo modo que hemos cantado tus alabanzas en esta celebración matutina así también las podamos cantar plenamente en la asamblea de tus santos por toda la eternidad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.



V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

Lecturas y reflexiones +

 



Primera lectura


Os 14,2-10

No llamaremos ya «nuestro Dios» a la obra de nuestras manos

Lectura de la profecía de Oseas.

ESTO dice el Señor:
«Vuélvete, Israel, al Señor tu Dios,
porque tropezaste por tu falta.
Tomen sus promesas con ustedes,
y vuelvan al Señor.
Díganle: ¨Tú quitas toda falta,
acepta el pacto.
Pagaremos con nuestra confesión:
Asiria no nos salvará,
no volveremos a montar a caballo,
y no llamaremos ya ´nuestro Dios´
a la obra de nuestras manos.
En ti el huérfano encuentra compasión¨.
¨Curaré su deslealtad,
los amaré generosamente,
porque mi ira se apartó de ellos.
Seré para Israel como el rocío,
florecerá como lirio,
echará sus raíces como los cedros del Líbano.
Brotarán sus retoños
y será su esplendor como el olivo,
y su perfume como el del Líbano.
Regresarán los que habitaban a su sombra,
revivirán como el trigo,
florecerán como la viña,
será su renombre como el del vino del Líbano.
Efraín, ¿qué tengo que ver con los ídolos?
Yo soy quien le responde y lo vigila.
Yo soy como un ciprés siempre verde,
de mí procede tu fruto¨.
¿Quién será sabio, para comprender estas cosas,
inteligente, para conocerlas?
Porque los caminos del Señor son rectos:
los justos los transitan,
pero los traidores tropiezan en ellos».

Palabra de Dios.

Salmo


Sal 51(50),3-4.8-9.12-13. 14 y 17 (R. 17b)

R. Mi boca proclamará tu alabanza.

V. Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. R.

V. Te gusta un corazon sincero,
y en mi interior me inculcas sabiduría.
Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;
lávame: quedaré más blanco que la nieve. R.

V. Oh, Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme.
No me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. R.

V. Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza. R.

Aclamación


R. Aleluya, aleluya, aleluya
V. Cuando venga el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad plena, y les irá recordando todo lo que les he dicho. R.

Evangelio


Mt 10,16-23

No serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu de su Padre.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:
«Miren que yo los envío como evejas entre lobos; por eso, sean sagaces como serpientes y sencillos como palomas.
Pero ¡cuidado con la gente!, porque los entregarán a los tribunales, los azotarán en las sinagogas y los harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa, para dar testimonio ante ellos y ante los gentiles.
Cuando los entreguen, no se preocupen de lo que va a decir o de cómo lo dirán: en aquel momento se les sugerirá lo que tienen que decir, porque no serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu de su Padre hablará por ustedes.
El hermano entregará al hermano a la muerte, el padre al hijo; se rebelarán los hijoscontra sus padres y los matarán.
Y serán odiados por todos a causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el final, se salvará. Cuando los persigan en una ciudad, huyan a otra.
En verdad les digo que no terminarán con las ciudades de Israel antes de que vuelva el Hijo del hombre».

Palabra del Señor.



Pistas para la Lectio Divina

Mateo 10,16-23: El Manual de los Buenos Obreros del Evangelio (III): A la hora de los problemas por causa de la Misión. “Seréis odiados de todos por causa de mi nombre”

Autor: Padre Fidel Oñoro CJM
Fuente: Centro Bíblico Pastoral para la América Latina (CEBIPAL) del CELAM

Si Jesús nos comparte su gloria –el poder del Reino- también nos comparte su cruz –la persecución y el martirio-.

Después de exponer las instrucciones referentes a la tarea que realizarán los misioneros para la formación del nuevo Pueblo de Dios (10,6-15), Jesús pasa ahora a lo más doloroso: los conflictos que surgen en la misión, ¿qué hacer cuando éstos se presentan? (10,16-24).

La situación de los misioneros es verdaderamente desafiante: viven y evangelizan en un medio hostil. Puesto que la predicación de la justicia del Reino toca proféticamente las fibras de los intereses de la sociedad injusta, como respuesta también se recibirá el ataque furioso por parte de aquellos que no están interesados en perder sus privilegios y seguir en su injusticia.

Ya desde el anuncio de las bienaventuranzas se había hablado de la persecución injusta que puede acarrear la misión: “Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan, y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa” (5,11).

El v.16 nos coloca primero frente a la difícil situación que van a encontrar los discípulos de Jesús, la cual es semejante a la desproporción que hay entre el lobo y la oveja: “Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos” (10,16). Como respuesta los misioneros tendrán la sagacidad-inteligencia de la serpiente (“prudentes como las serpientes”) y la sencillez de la paloma (“…y sencillos como las palomas”); como quien dice: tener la astucia para salir a tiempo de un embrollo (la fuga de la serpiente cuando siente pasos de animal grande) pero tampoco volverse tan arisco que nadie se pueda aproximar (sencillez de la paloma para dejarse tomar cariñosamente entre las manos).

A partir del v.17 se pasa la página de la amenaza y se abre la de la realidad de la persecución y el martirio: “os entregarán… seréis llevados… se levantarán y os matarán…. seréis odiados… cuando os persigan…” (10,17.18.21.22.23). Los misioneros serán tratados en algunas partes como delincuentes o como subversores del orden establecido, y esto incomoda notablemente.

Jesús enumera los diversos ámbitos de la persecución y muestra cómo transformar la adversidad en oportunidad para anunciar con mayor eficacia el evangelio:

(1) El tribunal judío y la sinagoga (= Juicio por herejía, 10,17)

Se está haciendo referencia a algunos tribunales locales que existían, pero también al castigo que se les propinaba en la sinagoga a los judíos disolutos (es lo que parece estar tratando de hacer Pablo en vísperas de su conversión; ver Hechos 9,1-2).

(2) Los palacios de los gobernadores y reyes del mundo grecorromano (= Juicio por subversión, 10,18)

No sólo ante el mundo judío sino también ante los paganos serán llevados los misioneros, “por mi causa”. Pero ellos –guiados por el Maestro- saben transformar la adversidad en oportunidad: “para que deis mi testimonio ante ellos” (10,18).

Después de presentar los dos primeros ámbitos, Jesús hace una pausa para decir qué hacer “cuando os entreguen”: “No os preocupéis de cómo o qué vais a hablar… será el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros” (10,19-20). Quien entró con todo su ser a sembrar en el campo conflictivo del mundo la semilla del Reino, debe confiar en el dueño del Reino, que es el Padre, Él le dará su ayuda especial a través de su Espíritu.

(3) La propia familia (= Clima de denuncia e inseguridad, 10,21-22)

La tensión se infiltrará hasta el seno de la familia: se denunciarán unos a otros e incluso llegarán hasta lo peor: “se levantarán hijos contra padres y los matarán” (10,21). Pero el odio generalizado también será ocasión para sacar la perla del tesoro del corazón: “el que persevere hasta el fin, se salvará” (10,22). La salvación está en la fidelidad al Maestro.

(4) Las ciudades (= Linchamiento popular, 10,23)

El misionero no debe exponerse inútilmente: no es así como se hace un mártir. La vida es un valor incalculable que no vale la pena perder. Por eso se aconseja la fuga: “Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra” (10,23b). Hay que hacerlo sin acongojarse porque el Hijo del hombre es el Señor de la historia (“No acabaréis de recorrer las ciudades de Israel antes que venga el Hijo del hombre”, 10,23c).

El horizonte del seguimiento en medio de la persecución

(Los vv.24-25 se leerán mañana, pero es más lógico considerarlos dentro del pasaje de hoy)

¿Qué debe tener en mente un discípulo de Jesús cuando se presentan todos estos problemas? Debe saber que todos estos aspectos que giran en torno al tema de la persecución por causa de la misión, son parte integral de la misma vida de Jesús, por eso el discípulo los asumirá como consecuencia lógica del “seguimiento”.

De ahí que los discípulos deben contar con sufrimientos y persecuciones, y vivirlos con la mirada puesta en el evangelio, aprendiendo cómo actuaba Jesús ante los numerosos conflictos que se le presentaban.

La identidad con Jesús es la clave. Tres imágenes que hay que tener presentes en la oración, que refuerzan este sentido de pertenencia y de comunión con Jesús:

Jesús es el Maestro y nosotros somos sus discípulos: “No está el discípulo por encima del maestro… Ya le basta al discípulo ser como su Maestro” (10,24.25).

Jesús es el Señor y nosotros somos sus siervos: “No está el siervo por encima de su amo… ya le basta al siervo ser como su amo” (10,24.25).

Jesús es el Dueño de la casa y nosotros somos sus familiares (en griego “hoikiakós”): “Si al dueño de la casa le han llamado Beelzebul, ¡cuánto más a sus familiares!” (10,24b).

En Él debe reposar nuestra mirada. En Él está nuestra inspiración. Detrás de Él cada paso.

Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón

1. ¿En qué forma los misioneros enviados por Jesús deben transformar la adversidad en oportunidad para dar testimonio de su fe?

2. ¿En este momento qué tensiones existen a nivel de mi familia, de mi comunidad, de mi grupo?, ¿Cómo he reaccionado personalmente?, ¿Cómo es hoy mi relación con los miembros de dicho grupo? Si con alguno me siento distanciado ¿Qué voy a hacer concretamente para restablecer la relación?

3. ¿He sentido alguna vez el rechazo o la oposición de alguien al manifestar abiertamente mi fe en Jesús, o por el contrario nunca lo he sentido porque considero que mi fe y mi relación con Jesús es mía y sólo mía y esto no suscita conflicto? ¿Será eso lo que quiere Jesús de mi?, ¿Si mi vivencia de fe no encuentra tropiezos será auténtica?, ¿Si Jesús mismo los tuvo, puedo darme e lujo de pasarla mejor que Él? En un rato de oración le pido al Señor que me indique lo que debo hacer.

Francisco Fernández-Carvajal
Hablar con Dios

14ª Semana. Viernes

PRUDENTES Y SENCILLOS

— El Señor, ejemplo de estas dos virtudes, que se perfeccionan mutuamente.

— Pedir consejo.

— La falsa prudencia.

I. Jesús envía a los Doce por todo Israel anunciando que el Reino de Dios se acerca, está ya muy próximo. Y el Maestro les da unos consejos bien precisos sobre lo que han de hacer y decir, y les habla de las dificultades que sufrirán. Así, leemos en el Evangelio de la Misa: Mirad que Yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas1. Han de ser cautos para no dejarse engañar por el mal, para reconocer a los lobos disfrazados de corderos, para distinguir a los falsos de los verdaderos profetas2, y para no dejar pasar una sola ocasión de anunciar el Evangelio y de hacer el bien. Han de ser a la vez sencillos, porque solo quien es así puede ganarse el corazón de todos. Sin sencillez, la prudencia se convertirá fácilmente en astucia.

Los cristianos hemos de andar por el mundo con estas dos virtudes, que se fortalecen y complementan. La sencillez supone rectitud de intención, firmeza y coherencia en la conducta. La prudencia señala en cada ocasión los medios más adecuados para cumplir nuestro fin. San Agustín enseña que la prudencia «es el amor que discierne lo que ayuda a ir a Dios de aquello que lo entorpece»3. Esta virtud nos permite conocer con objetividad la realidad de las cosas, según el fin último; juzgar acertadamente sobre el camino a seguir, y actuar en consecuencia. «Prudente no es –como frecuentemente se cree– el que sabe arreglárselas en la vida y sacar de ella el máximo provecho, sino quien acierta a edificar la vida entera según la voz de la conciencia recta y según las exigencias de la moral justa.

»De este modo, la prudencia viene a ser la clave para que cada uno realice la tarea fundamental que ha recibido de Dios. Esta tarea es la perfección del hombre mismo»4, la santidad.

El Señor nos enseñó a ser prudentes con su palabra y con su ejemplo. La primera vez que habló en los atrios del Templo, a los doce años, todos admiraban su prudencia5. Más tarde, durante su vida pública, sus palabras y su conducta eran tan claras como prudentes, de tal manera que sus enemigos no podían contradecirle. No se anda el Señor con subterfugios, pero tiene en cuenta el público a quien habla; por eso da a conocer su mesianidad de modo gradual y anuncia su muerte en la Cruz según el grado de preparación y conocimientos de quienes le escuchan. De Cristo hemos de aprender nosotros.

II. Para ser prudentes es necesario tener luz en el entendimiento; así podremos juzgar con rectitud los hechos y las circunstancias6; solo con una buena formación doctrinal religiosa y ascética, y con la ayuda de la gracia, sabremos encontrar los caminos que verdaderamente llevan a Dios, qué decisiones hemos de tomar... Sin embargo, en muchas ocasiones habremos de pedir consejo. «El primer paso de la prudencia es el reconocimiento de la propia limitación: la virtud de la humildad. Admitir, en determinadas cuestiones, que no llegamos a todo, que no podemos abarcar, en tantos casos, circunstancias que es preciso no perder de vista a la hora de enjuiciar. Por eso acudimos a un consejero; pero no a uno cualquiera, sino a uno capacitado y animado por nuestros mismos deseos sinceros de amar a Dios, de seguirle fielmente. No basta solicitar un parecer; hemos de dirigirnos a quien pueda dárnoslo desinteresado y recto»7.

Santo Tomás indica que, de ordinario, antes de tomar decisiones que acarreen graves consecuencias para sí o para otros, se debe pedir consejo8. Pero no solamente en esos casos extremos debemos pedirlo. A veces se hace urgente una orientación, a mayores y pequeños, en materia de lectura de libros, revistas y periódicos o asistencia a espectáculos que, unas veces de forma violenta y otras de una manera solapada, pueden arrebatar la fe del alma o crear un fondo malo en el corazón, en el que después arraiguen con facilidad todo género de dudas o de tentaciones que se podían haber evitado con un poco más de humildad y de prudencia. No existe justificación alguna para no alejarse de una situación que puede ser el comienzo del descamino.

La sencillez nos mueve a rectificar cuando nos hemos equivocado, cuando aparecen datos nuevos que cambian el planteamiento y la solución de un problema. En la vida sobrenatural, la sencillez, tan cercana a la humildad, nos lleva a pedir perdón muchas veces en nuestra vida, pues son muchas las flaquezas y los errores que cometemos.

El Papa Juan Pablo II, hablando de la prudencia, invitaba a un examen de conciencia de la propia conducta, que hoy podemos hacer nuestro: «¿Soy prudente? ¿Vivo consecuente y responsablemente? El programa que realizo, ¿sirve para el bien verdadero? ¿Sirve para la salvación que quiere para nosotros Cristo y la Iglesia?»9. ¿Voy derechamente a conseguir el fin sobrenatural –la santidad– para el que me llamó el Señor? ¿Dejo a un lado lo que entorpece mi caminar? ¿Suelo pedir consejo en lo que a mi alma se refiere? ¿Rectifico cuando me equivoco?

III. No sería buena la prudencia que, bajo la necesaria ponderación de los datos, escondiera la cobardía de no tomar una decisión arriesgada, de evitar enfrentarse a un problema. No es prudente la actitud del que se deja llevar por los respetos humanos en el apostolado y deja pasar las ocasiones, esperando otras mejores que quizá nunca se presenten. A esta falsa virtud, San Pablo la llama prudencia de la carne10. Es la que desearía más razones y argumentos ante la entrega que Dios pide al alma, la que se preocupa excesivamente del futuro y le sirve de argumento para no ser generoso en el presente; es aquella que siempre encuentra alguna razón para no tomar la decisión que le compromete del todo.

La prudencia no es falta de arrojo para la entrega y para las empresas de Dios, no es habilidad para buscar tibios compromisos o para justificar con aceptables teorías una actitud remisa y negligente. No actuaron así los Apóstoles. Buscaron en todo momento, con sus flaquezas y a veces con sus temores, el camino de una más rápida propagación de la doctrina de su Maestro, aunque estos caminos a veces los llevaran a molestias y tribulaciones sin cuento, e incluso hasta el martirio.

La vida de seguimiento al Señor está hecha de pequeñas y de grandes locuras, como ocurre en todo amor verdadero. Cuando el Señor nos pida más –y nos lo pide siempre–, no podemos detenernos por una falsa prudencia, la prudencia del mundo, por el juicio de aquellos que no se sienten llamados y que lo ven todo con ojos humanos, y a veces ni siquiera humanos, porque tienen una visión solo terrena y pegada a la tierra. Ningún hombre y ninguna mujer se habrían entregado a Dios o habrían iniciado una empresa sobrenatural con esta prudencia de la carne. Siempre habrían encontrado argumentos y «razones» para decir que no, o para retrasar la respuesta a un tiempo más oportuno, que muchas veces significa lo mismo.

Jesús fue tachado de loco11, y la más elemental de las cautelas le hubiese bastado para escapar a la muerte. Pocas fórmulas le hubieran bastado para mitigar su doctrina y llegar a un compromiso con los fariseos, para presentar de otro modo su doctrina sobre la Eucaristía en la sinagoga de Cafarnaún12, donde muchos le abandonaron; pocas palabras le hubieran bastado –¡a Él, que era la Sabiduría eterna!– para conseguir la libertad cuando estaba en manos de Pilato. No fue Jesús prudente según el mundo, pero lo fue más que las serpientes, más que los hombres, más que sus enemigos. Con otro género de prudencia. Esa ha ser la nuestra, aunque por imitarle alguna vez los hombres nos llamen locos e imprudentes. La prudencia sobrenatural nos señala en todo momento el camino más rápido y directo para llegar hasta Cristo..., acompañados de muchos amigos, parientes, colegas...

«¿Quieres vivir la audacia santa, para conseguir que Dios actúe a través de ti? —Recurre a María, y Ella te acompañará por el camino de la humildad, de modo que, ante los imposibles para la mente humana, sepas responder con un “fiat!” –¡hágase!–, que una la tierra al Cielo».

Oficio de lecturas +

 


Oficio de lectura

V. Señor abre mis labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.


Ant.  El Señor es bueno, bendecid su nombre.


Salmo 94

INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA
Animaos unos a otros, día tras día, mientras perdura el «hoy». (Hb 3, 13)

Se recita la antífona que corresponda y la asamblea la repite.

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes.
Suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto:
cuando vuestros padres me pusieron a prueba,
y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me repugnó, y dije:
Es un pueblo de corazón extraviado, 
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

O bien:

Salmo 99

ALEGRÍA DE LOS QUE ENTRAN EN EL TEMPLO
Los redimidos deben entonar un canto de victoria. (S. Atanasio)

Se recita la antífona que corresponda y la asamblea la repite.

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

O bien:

Salmo 66

QUE TODOS LOS PUEBLOS ALABEN AL SEÑOR
Sabed que esta salvación de Dios ha sido enviada a los gentiles. (Hch 28, 28)

Se recita la antífona que corresponda y la asamblea la repite.

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

¡Oh Dios!, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

¡Oh Dios!, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

O bien:

Salmo 23

ENTRADA SOLEMNE DE DIOS EN SU TEMPLO
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que como hombre sube al cielo. (S. Ireneo)

Se recita la antífona que corresponda y la asamblea la repite.

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

¡Portones!, alzad los dinteles,
levantaos, puertas antiguas:
va a entrar el Rey de la gloria.

¿Quién es ese Rey de la gloria?
El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

¡Portones!, alzad los dinteles,
levantaos, puertas antiguas:
va a entrar el Rey de la gloria.

¿Quién es ese Rey de la gloria?
El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.


HIMNO

¡Qué hermosos son los pies
del que anuncia la paz a sus hermanos!
¡Y qué hermosas las manos
maduras en el surco y en la mies!

Grita lleno de gozo,
pregonero, que traes noticias buenas:
se rompen las cadenas,
y el sol de Cristo brilla esplendoroso.

Grita sin miedo, grita,
y denuncia a mi pueblo sus pecados;
vivimos engañados,
pues la belleza humana se marchita.

Toda yerba es fugaz,
la flor del campo pierde sus colores;
levanta sin temores,
pregonero, tu voz dulce y tenaz.

Si dejas los pedazos
de tu alma enamorada en el sendero,
¡qué dulces, mensajero,
qué hermosos, que divinos son tus pasos! Amén.

SALMODIA

Ant. 1. Señor, no me castigues con cólera.

Salmo 37

ORACIÓN DE UN PECADOR EN PELIGRO DE MUERTE

Todos sus conocidos se mantenían a distancia. (Lc 23, 49)

I


Señor, no me corrijas con ira,
no me castigues con cólera;
tus flechas se me han clavado,
tu mano pesa sobre mí;

no hay parte ilesa en mi carne
a causa de tu furor,
no tienen descanso mis huesos
a causa de mis pecados;

mis culpas sobrepasan mi cabeza,
son un peso superior a mis fuerzas.

Ant. Señor, no me castigues con cólera.

Ant. 2. Señor, todas mis ansias están en tu presencia.

II

Mis llagas están podridas y supuran
por causa de mi insensatez;
voy encorvado y encogido,
todo el día camino sombrío;

tengo las espaldas ardiendo,
no hay parte ilesa en mi carne;
estoy agotado, deshecho del todo;
rujo con más fuerza que un león.

Señor mío, todas mis ansias están en tu presencia,
no se te ocultan mis gemidos;
siento palpitar mi corazón,
me abandonan las fuerzas,
y me falta hasta la luz de los ojos.

Mis amigos y compañeros se alejan de mí,
mis parientes se quedan a distancia;
me tienden lazos los que atentan contra mí,
los que desean mi daño me amenazan de muerte,
todo el día murmuran traiciones.

Ant. Señor, todas mis ansias están en tu presencia.

Ant. 3. Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío.

III

Pero yo, como un sordo, no oigo;
como un mudo, no abro la boca;
soy como uno que no oye
y no puede replicar.

En ti, Señor, espero,
y tú me escucharás, Señor, Dios mío;
esto pido: que no se alegren por mi causa,
que, cuando resbale mi pie, no canten triunfo.

Porque yo estoy a punto de caer,
y mi pena no se aparta de mí:
yo confieso mi culpa,
me aflige mi pecado.

Mis enemigos mortales son poderosos,
son muchos los que me aborrecen sin razón,
los que me pagan males por bienes,
los que me atacan cuando procuro el bien.

No me abandones, Señor,
Dios mío, no te quedes lejos;
ven aprisa a socorrerme,
Señor mío, mi salvación.

Ant. Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor Dios mío.

V. Mis ojos se consumen aguardando tu salvación.
R. Y tu promesa de justicia.

PRIMERA LECTURA

Año II:


Del libro de los Proverbios

15, 8-9. 16-17. 25-26. 29. 33; 16, 1-9; 17, 5

EL HOMBRE ANTE EL SEÑOR


El Señor aborrece el sacrificio del malvado; la oración del honrado alcanza su favor. El Señor abomina la conducta del perverso; pero ama al que busca la justicia.

Más vale tener poco con temor de Dios, que grandes tesoros con sobresalto. Más vale plato de verdura con amor, que buey cebado con rencor.

El Señor arranca la casa del soberbio, y afirma los linderos de la viuda. El Señor aborrece las intenciones perversas, y se complace en las palabras limpias. El Señor está lejos de los malvados, pero escucha las plegarias de los justos. El temor del Señor es escuela de sabiduría; antes de la gloria hay humildad.

El hombre forja planes en su corazón, pero es Dios quien da la decisión. El hombre piensa que sus caminos son rectos, pero es Dios quien pesa los corazones. Encomienda a Dios tus tareas, y te saldrán bien tus proyectos. El Señor da a cada cosa su destino: incluso al malvado en el día funesto. El Señor aborrece al arrogante, tarde o temprano no quedará impune. Bondad y verdad reparan la culpa; el temor del Señor aparta del mal.

Cuando Dios se complace en la conducta de un hombre, lo hace estar en paz aun con sus enemigos. Más vale pocos bienes con justicia, que muchas ganancias con injusticia. El hombre planea su camino, pero es el Señor quien dirige sus pasos.

Quien se burla del pobre afrenta a su Creador; quien se ríe del desgraciado no quedará sin castigo.

Responsorio Dt 6, 13; Pr 15, 33

R.
 No olvides al Señor que te sacó de Egipto; * al Señor tu Dios temerás y a él solo servirás.

V. El temor del Señor es escuela de sabiduría; antes de la gloria hay humildad.

R. Al Señor tu Dios temerás y a él solo servirás.

SEGUNDA LECTURA

De la carta de san Clemente primero, papa, a los Corintios

(Cap. 50, 1—51, 3; 55, 1-4: Funk 1, 125-127. 129)

DICHOSOS NOSOTROS SI HUBIÉRAMOS CUMPLIDO LOS MANDAMIENTOS DE DIOS EN LA CONCORDIA DE LA CARIDAD


Ya veis, queridos hermanos, cuán grande y admirable cosa es la caridad, y cómo no es posible describir su perfección. ¿Quién será capaz de estar en ella, sino aquellos a quienes Dios mismo hiciere dignos? Roguemos, pues, y supliquémosle que, por su misericordia, nos permita vivir en la caridad, sin humana parcialidad, irreprochables. Todas las generaciones, desde Adán hasta el día de hoy, han pasado; mas los que fueron perfectos en la caridad, según la gracia de Dios, ocupan el lugar de los justos, los cuales se manifestarán en la visita del reino de Cristo. Está escrito, en efecto: Entrad en los aposentos, mientras pasa mi cólera, y me acordaré del día bueno y os haré salir de vuestros sepulcros.

Dichosos nosotros, queridos hermanos, si hubiéremos cumplido los mandamientos de Dios en la concordia de la caridad, a fin de que por la caridad se nos perdonen nuestros pecados. Porque está escrito: Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito y en cuya boca no se encuentra engaño. Esta bienaventuranza fue concedida a los que han sido escogidos por Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea dada gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Roguemos, pues, que nos sean perdonadas cuantas faltas y pecados hayamos cometido por asechanzas de nuestro adversario, y aun aquellos que han encabezado sediciones y banderías deben acogerse a nuestra común esperanza. Pues los que proceden en su conducta con temor y caridad prefieren antes sufrir ellos mismos y no que sufran los demás; prefieren que se tenga mala opinión de ellos mismos, antes que sea vituperada aquella armonía y concordia que justa y bellamente nos viene de la tradición. Más le vale a un hombre confesar sus caídas, que endurecer su corazón.

Ahora bien, ¿hay entre vosotros alguien que sea generoso? ¿Alguien que sea compasivo? ¿Hay alguno que se sienta lleno de caridad? Pues diga: «Si por mi causa vino la sedición, contienda y escisiones, yo me retiro y me voy a donde queráis, y estoy pronto a cumplir lo que la comunidad ordenare, con tal de que el rebaño de Cristo se mantenga en paz con sus ancianos establecidos.» El que esto hiciere se adquirirá una grande gloria en Cristo, y todo lugar lo recibirá, pues del Señor es la tierra y cuanto la llena. Así han obrado y así seguirán obrando quienes han llevado un comportamiento digno de Dios, del cual no cabe jamás arrepentirse.

Responsorio 1Jn 4, 21; Mt 22, 40

R.
 Hemos recibido de Dios este mandamiento: * Quien ama a Dios ame también a su hermano.

V. Estos dos mandamientos son el fundamento de toda la ley y los profetas.

R. Quien ama a Dios ame también a su hermano.

Oración

Oh Dios, que por medio de la humillación de tu Hijo levantaste a la humanidad caída, conserva a tus fieles en continua alegría y concede los gozos del cielo a quienes has librado de la muerte eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.


V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.