Custodia

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Saludo

Bendición

miércoles, 3 de enero de 2024

Oficio, lecturas, reflexiones y laudes +

 

Santísimo Nombre de Jesús, memoria libre

Salterio: 3 de enero

Inicio

†

(se hace la señal de la cruz sobre los labios mientras se dice:)

V/. -Señor, ábreme los labios.
R/. -Y mi boca proclamará tu alabanza.

Salmo 94: Invitación a la alabanza divina

Ant: A Cristo, que por nosotros ha nacido, venid, adorémosle.

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy» (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

-se repite la antífona

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

-se repite la antífona

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

-se repite la antífona

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

-se repite la antífona

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
"Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso."»

-se repite la antífona

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: A Cristo, que por nosotros ha nacido, venid, adorémosle.

 
Himno

Ver a Dios en la criatura,
ver a Dios hecho mortal
y ver en humano portal
la celestial hermosura.
¡Gran merced y gran ventura
a quien verlo mereció!
¡Quién lo viera y fuera yo!

Ver llorar a la alegría,
ver tan pobre a la riqueza,
ver tan baja a la grandeza
y ver que Dios lo quería.
¡Gran merced fue en aquel día
la que el hombre recibió!
¡Quién lo viera y fuera yo!

Poner paz en tanta guerra,
calor donde hay tanto frío,
ser de todos lo que es mío,
plantar un cielo en la tierra.
¡Qué misión de escalofrío
la que Dios nos confió!
¡Quién lo hiciera y fuera yo! Amén.

Salmo 38 - I: Súplica de un enfermo

Ant: También nosotros gemimos en nuestro interior, aguardando la redención de nuestro cuerpo.

La creación fue sometida a la frustración, pero con la esperanza de que se vería liberada (Rm 8,20.21)

Yo me dije: «vigilaré mi proceder,
para que no se me vaya la lengua;
pondré una mordaza a mi boca
mientras el impío esté presente.»

Guardé silencio resignado,
no hablé con ligereza;
pero mi herida empeoró,
y el corazón me ardía por dentro;
pensándolo me requemaba,
hasta que solté la lengua.

«Señor, dame a conocer mi fin
y cuál es la medida de mis años,
para que comprenda lo caduco que soy.»

Me concediste un palmo de vida,
mis días son nada ante ti;
el hombre no dura más que un soplo,
el hombre pasa como una sombra,
por un soplo se afana,
atesora sin saber para quién.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: También nosotros gemimos en nuestro interior, aguardando la redención de nuestro cuerpo.

Salmo 38 - II:

Ant: Escucha, Señor, mi oración: no seas sordo a mi llanto.

Y ahora, Señor, ¿qué esperanza me queda?
Tú eres mi confianza.
Líbrame de mis inquietudes,
no me hagas la burla de los necios.

Enmudezco, no abro la boca,
porque eres tú quien lo ha hecho.
Aparta de mí tus golpes,
que el ímpetu de tu mano me acaba.

Escarmientas al hombre
castigando su culpa;
como una polilla roes sus tesoros;
el hombre no es más que un soplo.

Escucha, Señor, mi oración,
haz caso de mis gritos,
no seas sordo a mi llanto;

porque yo soy huésped tuyo,
forastero como todos mis padres.
Aplácate, dame respiro,
antes de que pase y no exista.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Escucha, Señor, mi oración: no seas sordo a mi llanto.

Salmo 51: Contra la violencia de los calumniadores

Ant: Yo confío en la misericordia del Señor por siempre jamás.

El que se gloríe, que se gloríe en el Señor (1Co 1,31)

¿Por qué te glorías de la maldad
y te envalentonas contra el piadoso?
Estás todo el día maquinando injusticias,
tu lengua es navaja afilada,
autor de fraudes;

prefieres el mal al bien,
la mentira a la honradez;
prefieres las palabras corrosivas,
lengua embustera.

Pues Dios te destruirá para siempre,
te abatirá y te barrerá de tu tienda;
arrancará tus raíces
del suelo vital.

Lo verán los justos, y temerán,
y se reirán de él:
«Mirad al valiente
que no puso en Dios su apoyo,
confió en sus muchas riquezas,
se insolentó en sus crímenes.»

Pero yo, como verde olivo,
en la casa de Dios,
confío en la misericordia de Dios
por siempre jamás.

Te daré siempre gracias
porque has actuado;
proclamaré delante de tus fieles:
«Tu nombre es bueno»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Yo confío en la misericordia del Señor por siempre jamás.

Lectura Bíblica

V/. El Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia.

R/. Para que conozcamos al Verdadero.

Vida del hombre renovado en Cristo

Lectura de la carta a los Colosenses
Col 3,5-16 (del lecc. único)

Hermanos: Dad muerte a todo lo terreno que hay en vosotros: la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia y la avaricia, que es una idolatría. Eso es lo que atrae el castigo de Dios sobre los desobedientes. Entre ellos andabais también vosotros, cuando vivíais de esa manera; ahora, en cambio, deshaceos de todo eso: ira, coraje, maldad, calumnias y groserías, ¡fuera de vuestra boca!

No sigáis engañándoos unos a otros. Despojaos del hombre viejo, con sus obras, y revestíos del nuevo, que se va renovando como imagen de su Creador, hasta llegar a conocerlo. En este orden nuevo no hay distinción entre judíos y gentiles, circuncisos e incircuncisos, bárbaros y escitas, esclavos y libres, porque Cristo es la síntesis de todo y está en todos.

Como elegidos de Dios, santos y amados, vestíos de la misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada.

Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón; a ella habéis sido convocados, en un solo cuerpo. Y sed agradecidos. La palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; corregíos mutuamente. Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados.

R/. Los que nos hemos incorporado a Cristo por el bautismo, nos hemos revestido de Cristo. Porque todos somos uno en Cristo Jesús, Señor nuestro.

V/. Ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres.

R/. Porque todos somos uno en Cristo Jesús, Señor nuestro.

Lectura Patrística

El nombre de Jesús, el gran fundamento de la fe
San Bernardino de Siena, presbítero

Sermón 49, art. 1 (Opera omnia 4, 495ss.)

Éste es aquel santísimo nombre que fue tan deseado por los antiguos patriarcas, anhelado en tantas angustias, prolongado en tantas enfermedades, invocado en tantos suspiros, suplicado en tantas lágrimas, pero donado misericordiosamente en el tiempo de la gracia. Te suplico que ocultes el nombre del poder, que no se escuche el nombre de la venganza, que se mantenga el nombre de la justicia. Danos el nombre de la misericordia, suene el nombre de Jesús en mis oídos, porque entonces tu voz es dulce, y tu rostro, hermoso.

Así pues, el gran fundamento de la fe es el nombre de Jesús, que hace hijos de Dios. En efecto, la fe de la religión católica consiste en el conocimiento y la luz de Jesucristo, que es la luz del alma, la puerta de la vida, el fundamento de la salvación eterna. Si alguien carece de ella o la ha abandonado, camina sin luz por las tinieblas de la noche, y avanza raudo por los peligros con los ojos cerrados y, por mucho que brille la excelencia de la razón, sigue a un guía ciego mientras siga a su propio intelecto para comprender los misterios celestes, o intenta construir una casa olvidándose de los cimientos, o quiere entrar por el tejado dejando de lado la puerta. Por tanto, Jesús es ese fundamento, luz y puerta, que, habiendo de mostrar el camino a los que andaban perdidos, se manifestó a todos como la luz de la fe, por la que el Dios desconocido puede ser deseado y, suplicado, puede ser creído y, creído, puede ser encontrado.

Este fundamento sustenta la Iglesia, que se edifica en el nombre de Jesús. El nombre de Jesús es esplendor de los predicadores, porque con un luminoso esplendor hace anunciar y oír su palabra. ¿Cómo piensas que la luz de la fe se extendió por todo el orbe tanto, tan rápida y encendidamente, a no ser porque Jesús es predicado? ¿No nos llamó Dios a su luz admirable por la luz y sabor de ese nombre? Porque hemos sido iluminados y hemos visto la luz en esa luz, dice Pablo con razón: En otro tiempo erais tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor: caminad como hijos de la luz.

¡Oh nombre glorioso, nombre grato, nombre amoroso y virtuoso! Por tu medio son perdonados los delitos, por tu medio son vencidos los enemigos, por tu medio son librados los débiles, por tu medio son confortados y alegrados los que sufren en las adversidades. Tú, honor de los creyentes; tú, doctor de los predicadores; tú, fortalecedor de los que obran; tú, sustentador de los vacilantes. Con tu ardiente fervor y calor, se inflaman los deseos, se alcanzan las ayudas suplicadas, se embriagan las almas al contemplarte y, por tu medio, son glorificados todos los que han alcanzado el triunfo en la gloria celeste. Dulcísimo Jesús, haznos reinar juntamente con ellos por medio de tu santísimo nombre.

R/. Que se alegren, Señor, los que se acogen a ti, con júbilo eterno; protégelos para que se llenen de gozo los que aman tu nombre.

V/. Caminarán, oh Señor, a la luz de tu rostro, tu nombre es su gozo cada día.

R/. Los que aman tu nombre.

3 de enero, feria

1Jn 2,29-3,6: Todo el que permanece en él no peca.

Queridos hermanos: Si sabéis que él es justo, reconoced que todo el que obra la justicia ha nacido de él. Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él.

Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Todo el que tiene esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro. Todo el que comete pecado quebranta también la ley, pues el pecado es quebrantamiento de la ley. Y sabéis que él se manifestó para quitar los pecados, y en él no hay pecado.

Todo el que permanece en él no peca. Todo el que peca no le ha visto ni conocido.

Sal 97,1-2ab.3cd-4.5-6: Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.

Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas:
su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo.

Los confines de la tierra han contemplado
la victoria de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
gritad, vitoread, tocad.

Tañed la cítara para el Señor,
suenen los instrumentos:
con clarines y al son de trompetas,
aclamad al Rey y Señor.

Jn 1,29-34: Este es el Cordero de Dios.

Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó:

-«Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo dije: "Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo" Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel.»

Y Juan dio testimonio diciendo:

-«He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. me dijo: Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua "Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo." Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»

Pistas para la Lectio Divina

Juan 1,29-34: Hablar de Jesús. “Ese es el Cordero de Dios”
Autor: Padre Fidel Oñoro CJM
Fuente: Centro Bíblico Pastoral para la América Latina (CEBIPAL) del CELAM

El Evangelio de hoy nos presenta un cuadro sugestivo y que fácilmente podemos imaginar.

Vemos a Juan bautista rodeado de gente. Un poco más lejos Jesús se acerca lentamente hasta donde están ellos. Juan aprovecha para hablar a la gente de Jesús antes de que él llegue. Aunque, a decir verdad, el texto no nos dice que Jesús haya llegado hasta donde ellos.

¿Qué dice Juan, o más concretamente, qué le dice a la gente?

La primera afirmación que hace es: “Miren, ese es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (29b). Una afirmación que consta de dos partes cada una de las cuales nos revela algo de Jesús.

Primera: “El Cordero de Dios”. Esta expresión nos recuerda todo el significado sacrificial y expiatorio que tenía el cordero en el Antiguo Testamento. (ver Éxodo 29).

Segunda: “Que quita el pecado del mundo” o como dice en otro texto: “Cristo mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz para que nosotros muramos al pecado y vivamos a una vida santa” (1 Pe 2,24). La acción salvífica de Jesús tiene dimensiones universales.

A continuación Juan recuerda a los que lo escuchan que ya les había hablado de Jesús cuando les dijo que: “El que venía detrás era más grande” (1,15). Hay aquí como un juego de palabras: Viene después de mí – existía antes que yo. Casi en estas dos afirmaciones podríamos identificar las dos dimensiones de la persona de Jesús: (1) la temporal: Viene después de mí, ya sea en su nacimiento como en el inicio de su misión y (2) la eterna: Existía antes que yo.

El versículo 31 aparentemente nos presenta una contradicción. En un primer momento Juan reconoce que él mismo no sabía quien era el que había de venir, pero afirma que a través de su acción de bautizar a la gente, lo que pretendía era que todo Israel lo conociera. Aquí se ve muy clara la misión de Juan: adelantarse al Mesías para darlo a conocer en su persona y en su acción. Esto él mismo lo hace bautizando.

Más adelante Juan nos repite que él no sabía quien era el Mesías, pero que quien lo envió a bautizar le había dicho: “Aquel sobre quien veas que el Espíritu Santo baja y reposa es el que bautiza con Espíritu Santo” (33). El Espíritu Santo que ‘baja’ y ‘reposa’. No solo baja y desaparece, Juan usa el verbo reposar como para decir que el Espíritu descansa en Jesús, hace su morada en Él.

Juan termina con unas palabras que son garantía de verdad porque se basan en un testimonio directo: “Yo ya lo he visto, y soy testigo de que es el Hijo de Dios” (34). Juan que inicia definiendo a Jesús como el Cordero de Dios, termina afirmando que más que Cordero es el Hijo de Dios.

Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón.

1. Juan pasó de llamar a Jesús Cordero de Dios a llamarlo Hijo de Dios. ¿Podrías descubrir en el texto el proceso que él mismo hizo?

2. ¿En qué hago consistir el testimonio que estoy llamado/a a dar de Jesús?

3. ¿Cómo es nuestro testimonio comunitario de Jesús?

Tiempo de Navidad
3 de enero

LA PROFECÍA DE SIMEÓN


— La Sagrada Familia en el Templo. El encuentro con Simeón. Nuestros encuentros con Jesús.

— María, Corredentora con Cristo. El sentido del dolor.

— La Virgen nos enseña a corredimir. Ofrecer el dolor y las contradicciones. Desagraviar. Apostolado con quienes nos rodean.

I. Cuando se cumplieron los días de la purificación de María, la Sagrada Familia subió de nuevo a Jerusalén para dar cumplimiento a dos prescripciones de la Ley de Moisés: la purificación de la madre, y la presentación y rescate del primogénito1.

Ninguna de estas leyes obligaban a María y a Jesús, por el nacimiento virginal y por ser Dios. Pero María quiso cumplir la ley. En esto se comportó como cualquier judía piadosa de su tiempo. «María –dice Santo Tomás– fue purificada para dar ejemplo de obediencia y de humildad»2.

La Virgen, acompañada de San José y llevando a Jesús en sus brazos, se presentó en el Templo confundida, como una más, entre el resto de las mujeres.

Jesús fue ofrecido a su Padre en las manos de María. Nunca se ofreció nada semejante en aquel Templo, y nunca se volvería a ofrecer. La siguiente ofrenda la hará el mismo Jesús, fuera de la ciudad, sobre el Gólgota. Ahora, muchas veces cada día, Jesús es ofrecido en la Santa Misa a la Trinidad Beatísima en un Sacrificio de valor infinito.

María y José ofrecieron el Niño a Dios y lo rescataron, recibiéndolo de nuevo. Para la ofrenda, los padres cotizaron como pobres. Sus recursos solo llegaban al arancel más pequeño: un par de tórtolas. La Virgen cumplió con los ritos de la purificación.

Cuando llegaron a las puertas del Templo se presentó ante ellos un anciano, Simeón, hombre justo y temeroso de Dios, que esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba en él3. Vino al Templo movido por el Espíritu Santo4. Tomó al Niño en sus brazos, y bendijo a Dios diciendo: Ahora, Señor, puedes sacar en paz de este mundo a tu siervo, según tu palabra: porque mis ojos han visto a tu Salvador, al que has puesto ante la faz de todos los pueblos, como luz que ilumina a los gentiles y gloria de Israel, tu pueblo5.

María y José estaban admirados por las cosas que se decían acerca de Jesús.

Este anciano había merecido conocer la llegada del Mesías, universalmente ignorada. Toda su existencia había consistido en una ardiente espera de Jesús. Ahora daba por cumplida su vida: Nunc dimittis servum tuum, Domine... Ahora, Señor, puedes sacar en paz de este mundo a tu siervo...

Simeón da por bien cumplida su vida: ha llegado a conocer al Mesías, al Salvador del mundo. Aquel encuentro ha sido lo verdaderamente importante en su vida; ha vivido para este instante. No le importa ver solo a un niño pequeño, que llega al Templo llevado por unos padres jóvenes, dispuestos a cumplir lo preceptuado en la Ley, igual que otras decenas de familias. Él sabe que aquel Niño es el Salvador: mis ojos han visto a tu Salvador. Esto le basta; ya puede morir en paz. No debieron ser muchos los días que el anciano sobrevivió a este acontecimiento.

Nosotros no podemos olvidar que con ese mismo Salvador, el que ha sido puesto ante la faz de todos los pueblos como luz, hemos tenido, no solo uno, sino muchos encuentros; quizá le hemos recibido miles de veces a lo largo de nuestra vida en la Sagrada Comunión. Encuentros más íntimos y más profundos que el de Simeón. Y nos duelen ahora las comuniones que hayamos realizado con menos fijeza, y hacemos el propósito de que el próximo encuentro con Jesús en la Sagrada Eucaristía sea al menos como el de Simeón: lleno de fe, de esperanza y de amor.

Después de cada Comunión, que es única e irrepetible, también podemos decir nosotros: mis ojos han visto al Salvador.

II. El anciano Simeón, después de bendecir a los jóvenes esposos, se dirige a María y, movido por el Espíritu Santo, le descubre los sufrimientos que padecerá un día el Niño y la espada de dolor que traspasará el alma de Ella: Éste, le dice señalando a Jesús, ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción –y a tu misma alma la traspasará una espada–, a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones6.

«Tiempo vendrá –dice San Bernardo– en que Jesús no será ofrecido en el Templo ni entre los brazos de Simeón, sino fuera de la ciudad y entre los brazos de la cruz. Tiempo vendrá en que no será redimido con lo ajeno, sino que redimirá a otros con su propia sangre, porque Dios Padre le ha enviado para rescate de su pueblo»7.

El sufrimiento de la Madre –la espada que traspasará su alma– tendrá como único motivo los dolores del Hijo, su persecución y muerte, la incertidumbre del momento en que sucedería, y la resistencia a la gracia de la Redención que ocasionaría la ruina de muchos. El destino de María está delineado sobre el de Jesús, en función de este, y sin otra razón de ser.

La alegría de la Redención y el dolor de la Cruz son inseparables en las vidas de Jesús y de María. Parece como si Dios, a través de las criaturas que más ha amado en el mundo, nos quisiera mostrar que la felicidad no está lejos de la Cruz.

Desde el comienzo, las vidas del Señor y de su Madre están marcadas con este signo de la Cruz. A la alegría del Nacimiento se añade pronto la privación y la zozobra. María sabe ya desde estos primeros momentos el dolor que la espera. Cuando llegue su hora contemplará la Pasión y Muerte de su Hijo sin un reproche, sin una queja. Sufriendo como ninguna madre es capaz de sufrir, María aceptará el dolor con serenidad porque conoce su sentido redentor. «Así avanzó también la Santísima Virgen en la peregrinación de la fe, y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida (Cfr. Jn 19, 25), sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado»8.

El dolor de María es particular y propio, y está relacionado con el pecado de los hombres. Es un dolor de corredención. La Iglesia aplica a la Virgen el título de Corredentora.

Nosotros aprendemos el valor y el sentido del dolor y de las contradicciones que lleva toda vida aquí en la tierra, contemplando a María. Con Ella aprendemos a santificar el dolor uniéndolo al de su Hijo y ofreciéndolo al Padre. La Santa Misa es el momento más oportuno para ofrecer todo aquello que tiene nuestra vida de más costoso. Y allí encontramos a Nuestra Señora.

III. Simeón, por voluntad de Dios, inició a María, desde el principio, en el misterio profundo de la Redención, y le declaró que el Señor le había señalado un puesto especial en la Pasión de su Hijo. Un nuevo elemento entró en la vida de María con la profecía del anciano Simeón, y permaneció en Ella hasta que estuvo al pie de la cruz de Jesús.

Los Apóstoles, a pesar de las numerosas declaraciones y enseñanzas del Señor, no llegaron a comprender del todo, hasta la Resurrección, que era preciso que el Mesías padeciese mucho de parte de los escribas y de los sumos sacerdotes9; María supo desde el principio que le esperaba un gran dolor, y que ese dolor se relacionaba con la redención del mundo. Ella, que guardaba y ponderaba todo en su corazón10, debió de reflexionar muy a menudo sobre las palabras misteriosas de Simeón. Por un proceso que nosotros no podemos comprender del todo, se hizo su corazón semejante al de su Hijo. Su dolor redentor «está sugerido tanto en la profecía de Simeón como en el relato mismo de la Pasión del Señor. Éste, decía el anciano refiriéndose al Niño que tiene en brazos, está puesto para resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción, y a tu misma alma la traspasará una espada... De hecho, cuando tu Jesús –que es de todos pero especialmente tuyo– entregó su espíritu, la lanza cruel no alcanzó su alma. Si le abrió el costado, sin perdonarle, estando ya muerto, sin embargo no le pudo causar dolor. Pero sí atravesó tu alma; en aquel momento la suya no estaba allí, pero la tuya no podía en absoluto separarse de Él»11.

El Señor ha querido asociarnos a todos los cristianos a su obra redentora en el mundo para que cooperemos con Él en la salvación de todos. Y cumpliremos esta misión ejecutando con rectitud nuestros deberes más pequeños y ofreciéndolos por la salvación de las almas, llevando con serenidad y paciencia el dolor, la enfermedad y la contradicción y realizando un apostolado eficaz a nuestro alrededor. Ordinariamente, el Señor nos pide comenzar por aquellos que por vínculos de familia, amistad, trabajo, vecindad, estudio, etc., están más cercanos. Así procedió Jesús, y también sus Apóstoles.

De modo especial le pedimos hoy a nuestra Madre Santa María que nos enseñe a santificar el dolor y la contradicción, que sepamos unirlos a la Cruz, que desagraviemos frecuentemente por los pecados del mundo, y que aumente cada día en nosotros los frutos de la Redención. ¡Oh Madre de piedad y de misericordia, que acompañabais a vuestro dulce Hijo mientras llevaba a cabo en el altar de la cruz la redención del género humano, como corredentora nuestra asociada a sus dolores...! conservad en nosotros y aumentad los frutos de la Redención y de vuestra compasión.

Salmo 76: Recuerdo del pasado glorioso de Israel

Ant: Dios mío, tus caminos son santos: ¿qué dios es grande como nuestro Dios?

Nos aprietan por todos lados, pero no nos aplastan (2Co 4,8)

Alzo mi voz a Dios gritando,
alzo mi voz a Dios para que me oiga.

En mi angustia te busco, Señor mío;
de noche extiendo las manos sin descanso,
y mi alma rehusa el consuelo.
Cuando me acuerdo de Dios, gimo,
y meditando me siento desfallecer.

Sujetas los párpados de mis ojos,
y la agitación no me deja hablar.
Repaso los días antiguos,
recuerdo los años remotos;
de noche lo pienso en mis adentros,
y meditándolo me pregunto:

"¿Es que el Señor nos rechaza para siempre
y ya no volverá a favorecernos?
¿Se ha agotado ya su misericordia,
se ha terminado para siempre su promesa?
¿Es que Dios se ha olvidado de su bondad,
o la cólera cierra sus entrañas?"

Y me digo: "¡Qué pena la mía!
¡Se ha cambiado la diestra del Altísimo!"
Recuerdo las proezas del Señor;
sí, recuerdo tus antiguos portentos,
medito todas tus obras
y considero tus hazañas.

Dios mío, tus caminos son santos:
¿Qué dios es grande como nuestro Dios?

Tú, oh Dios, haciendo maravillas,
mostraste tu poder a los pueblos;
con tu brazo rescataste a tu pueblo,
a los hijos de Jacob y de José.

Te vio el mar, oh Dios,
te vio el mar y tembló,
las olas se estremecieron.

Las nubes descargaban sus aguas,
retumbaban los nubarrones,
tus saetas zigzagueaban.

Rodaba el estruendo de tu trueno,
los relámpagos deslumbraban el orbe,
la tierra retembló estremecida.

Tú te abriste camino por las aguas,
un vado por las aguas caudalosas,
y no quedaba rastro de tus huellas:

Mientras guiabas a tu pueblo, como a un rebaño,
por la mano de Moisés y de Aarón.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Dios mío, tus caminos son santos: ¿qué dios es grande como nuestro Dios?

Cántico AT

1 Samuel 2,1-10: Alegría de los humildes en Dios

Ant: Mi corazón se regocija por el Señor, que humilla y enaltece.

Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes (Lc 1,52-53)

Mi corazón se regocija por el Señor,
mi poder se exalta por Dios;
mi boca se ríe de mis enemigos,
porque gozo con tu salvación.
No hay santo como el Señor,
no hay roca como nuestro Dios.

No multipliquéis discursos altivos,
no echéis por la boca arrogancias,
porque el Señor es un Dios que sabe;
él es quien pesa las acciones.

Se rompen los arcos de los valientes,
mientras los cobardes se ciñen de valor;
los hartos se contratan por el pan,
mientras los hambrientos engordan;
la mujer estéril da a luz siete hijos,
mientras la madre de muchos queda baldía.

El Señor da la muerte y la vida,
hunde en el abismo y levanta;
da la pobreza y la riqueza,
humilla y enaltece.

Él levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para hacer que se siente entre príncipes
y que herede un trono de gloria;
pues del Señor son los pilares de la tierra,
y sobre ellos afianzó el orbe.

Él guarda los pasos de sus amigos,
mientras los malvados perecen en las tinieblas,
porque el hombre no triunfa por su fuerza.

El Señor desbarata a sus contrarios,
el Altísimo truena desde el cielo,
el Señor juzga hasta el confín de la tierra.
Él da fuerza a su Rey,
exalta el poder de su Ungido.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Mi corazón se regocija por el Señor, que humilla y enaltece.

Salmo 96: Gloria del Señor, rey de justicia

Ant: El Señor reina, la tierra goza.

Este salmo canta la salvación del mundo y la conversión de todos los pueblos (S. Atanasio)

El Señor reina, la tierra goza,
se alegran las islas innumerables.
Tiniebla y nube lo rodean,
justicia y derecho sostienen su trono.

Delante de él avanza fuego,
abrasando en torno a los enemigos;
sus relámpagos deslumbran el orbe,
y, viéndolos, la tierra se estremece.

Los montes se derriten como cera
ante el dueño de toda la tierra;
los cielos pregonan su justicia,
y todos los pueblos contemplan su gloria.

Los que adoran estatuas se sonrojan,
los que ponen su orgullo en los ídolos;
ante él se postran todos los dioses.

Lo oye Sión, y se alegra,
se regocijan las ciudades de Judá
por tus sentencias, Señor;

porque tú eres, Señor,
altísimo sobre toda la tierra,
encumbrado sobre todos los dioses.

El Señor ama al que aborrece el mal,
protege la vida de sus fieles
y los libra de los malvados.

Amanece la luz para el justo,
y la alegría para los rectos de corazón.
Alegraos, justos, con el Señor,
celebrad su santo nombre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: El Señor reina, la tierra goza.

Lectura Bíblica

Lectura del libro del profeta Isaías
Is 62,11-12a

Decid a la ciudad de Sión: «Mira a tu Salvador que llega, el premio de su victoria lo acompaña, la recompensa lo precede; los llamarán 'Pueblo santo', 'Redimidos del Señor'.»

V/. El Señor ha revelado, Aleluya. Aleluya.

R/. El Señor ha revelado, Aleluya. Aleluya.

V/. Su salvación.

R/. Aleluya. Aleluya.

V/. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R/. El Señor ha revelado, Aleluya. Aleluya.

Cántico Evangélico

Cántico [en Español] [en Latín]

Ant: Se entregó para liberar al pueblo y adquirirse un nombre eterno.

†

(se hace la señal de la cruz mientras se comienza a recitar)

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo,
por boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia
que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Se entregó para liberar al pueblo y adquirirse un nombre eterno.

Preces

Acudamos alegres a nuestro Redentor, el Hijo de Dios hecho hombre para renovar al hombre, y digámosle confiados:

Quédate con nosotros, Oh Emmanuel

- Oh Jesús, Hijo del Dios vivo, esplendor del Padre, luz increada, rey de la gloria, sol de justicia e Hijo de la Virgen María,
ilumina con la luz de tu encarnación el día que ahora empezamos.

- Oh Jesús, maravilla de Consejero, Dios fuerte, Padre perpetuo, Príncipe de la Paz,
haz que los ejemplos de tu humanidad santa sean norma para nuestra vida.

- Oh Jesús, todopoderoso y paciente, humilde de corazón y obediente,
manifiesta a todos los hombres el poder de la humildad.

- Oh Jesús, padre de los pobres, gloria de los fieles, pastor bueno, luz indeficiente, Sabiduría y bondad inmensa, camino y vida para todos,
concede a tu Iglesia el espíritu de pobreza.

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

ver las intenciones del Santo Padre para este mes de enero
ver las intenciones de oración de ETF

Como hijos que somos de Dios, dirijámonos a nuestro Padre con la oración que Cristo nos enseñó:

Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre;

venga a nosotros tu reino;

hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día;

perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

No nos dejes caer en la tentación,

y líbranos del mal.

Final

Oh Dios, que fundaste la salvación del género humano en la encarnación de tu Palabra, concede a tu pueblo la misericordia que implora, para que todos sepan que no ha de ser invocado otro Nombre que el de tu Unigénito. Él, que vive y reina contigo.

Amén.

Si el que preside no es un ministro ordenado, o en el rezo individual:

†

(se hace la señal de la cruz mientras se dice:)

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

martes, 2 de enero de 2024

Completas +

 


San Basilio Magno y San Gregorio Nacianceno, obispos y doctores de la Iglesia, memoria obligatoria
Completas

†

(se hace la señal de la cruz mientras se dice:)
V/. -Dios mío, ven en mi auxilio.
R/. -Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya

 
Examen de conciencia

Hermanos: Llegados al fin de esta jornada que Dios nos ha concedido, reconozcamos humildemente nuestros pecados.
Todos examinan en silencio su conciencia. Después se prosigue con una de las fórmulas siguientes:
Primera fórmula:
Yo confieso ante Dios todopoderoso
y ante vosotros, hermanos,
que he pecado mucho
de pensamiento, palabra, obra y omisión.
Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Por eso ruego a santa María, siempre Virgen,
a los ángeles, a los santos
y a vosotros, hermanos,
que intercedáis por mí ante Dios, nuestro Señor.

Segunda fórmula:
V/. Señor, ten misericordia de nosotros.
R/. Porque hemos pecado contra ti.
V/. Muéstranos, Señor, tu misericordia.
R/. Y danos tu salvación.

Tercera fórmula:
V/. Tú que has sido enviado a sanar los corazones afligidos: Señor, ten piedad.
R/. Señor, ten piedad.
V/. Tú que has venido a llamar a los pecadores: Cristo, ten piedad.
R/. Cristo, ten piedad.
V/. Tú que estás sentado a la derecha del Padre para interceder por nosotros: Señor, ten piedad.
R/. Señor, ten piedad.

Si preside la celebración un ministro, él solo dice la conclusión siguiente; en caso contrario, la dicen todos:
V/. Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

 
Himno

Tiembla el frío de los astros,
y el silencio de los montes
duerme sin fin. (Sólo el agua
de mi corazón se oye.)

Su dulce latir, ¡tan dentro!,
calladamente responde
a la soledad inmensa
de algo que late en la noche.

Somos tuyos, tuyos, tuyos;
somos, Señor, ese insomne
temblor del agua nocturna,
más limpia después que corre.

¡Agua en reposo viviente,
que vuelve a ser pura y joven
con una esperanza! (Sólo
en mi alma sonar se oye.)

Gloria al Padre, gloria al Hijo,
gloria al Espíritu Santo,
por los siglos de los siglos. Amén.

Salmo 142,1-11: Lamentación y súplica ante la angustia

Ant: No me escondas tu rostro, ya que confío en ti.

Señor, escucha mi oración;
tú, que eres fiel, atiende a mi súplica;
tú, que eres justo, escúchame.
No llames a juicio a tu siervo,
pues ningún hombre vivo es inocente frente a ti.

El enemigo me persigue a muerte,
empuja mi vida al sepulcro,
me confina a las tinieblas
como a los muertos ya olvidados.
Mi aliento desfallece,
mi corazón dentro de mí está yerto.

Recuerdo los tiempos antiguos,
medito todas tus acciones,
considero las obras de tus manos
y extiendo mis brazos hacia ti:
tengo sed de ti como tierra reseca.

Escúchame en seguida, Señor,
que me falta el aliento.
No me escondas tu rostro,
igual que a los que bajan a la fosa.

En la mañana hazme escuchar tu gracia,
ya que confío en ti.
Indícame el camino que he de seguir,
pues levanto mi alma a ti.

Líbrame del enemigo, Señor,
que me refugio en ti.
Enséñame a cumplir tu voluntad,
ya que tú eres mi Dios.
Tu espíritu, que es bueno,
me guíe por tierra llana.

Por tu nombre, Señor, consérvame vivo;
por tu clemencia, sácame de la angustia.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: No me escondas tu rostro, ya que confío en ti.

Lectura
1P 5,8-9
Sed sobrios, estad alerta, que vuestro enemigo, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quién devorar; resistidle firmes en la fe.

V/. A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.
R/. A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.
V/. Tú, el Dios leal, nos librarás.
R/. Encomiendo mi espíritu.
V/. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
R/. A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.

Cántico Ev.

Ant: Sálvanos, Señor, despiertos, protégenos mientras dormimos, para que velemos con Cristo y descansemos en paz.

†

(se hace la señal de la cruz mientras se comienza a recitar)
Ahora, Señor, según tu promesa,
puedes dejar a tu siervo irse en paz.

Porque mis ojos han visto a tu Salvador,
a quien has presentado ante todos los pueblos:

luz para alumbrar a las naciones
y gloria de tu pueblo Israel.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Sálvanos, Señor, despiertos, protégenos mientras dormimos, para que velemos con Cristo y descansemos en paz.

Final


Oremos:

Ilumina, Señor, nuestra noche y concédenos un descanso tranquilo; que mañana nos levantemos en tu nombre y podamos contemplar, con salud y gozo, el clarear del nuevo día. Por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.

†

(se hace la señal de la cruz mientras se dice:)
V/. El Señor todopoderoso nos conceda una noche tranquila y una muerte santa.
R/. Amén.
 

 
Se canta o se dice una de las siguientes antífonas marianas:
 
Dios te salve, Reina y Madre de Misericordia,
vida, dulzura y esperanza nuestra;
Dios te salve.

A ti llamamos los desterrados hijos de Eva;
a ti suspiramos, gimiendo y llorando,
en este valle de lágrimas.

Ea, pues, Señora, abogada nuestra,
vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos,
y, después de este destierro,
muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre.

¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María!
o bien:
Madre del Redentor, virgen fecunda,
puerta del cielo siempre abierta,
estrella del mar,
ven a librar al pueblo que tropieza
y quiere levantarse.

Ante la admiración de cielo y tierra,
engendraste a tu santo Creador,
y permaneces siempre virgen.

Recibe el saludo del ángel Gabriel,
y ten piedad de nosotros, pecadores.
o bien:
Salve, Reina de los cielos
y Señora de los ángeles;
salve raíz; salve, puerta,
que dio paso a nuestra luz.

Alégrate, virgen gloriosa,
entre todas la más bella;
salve, oh hermosa doncella,
ruega a Cristo por nosotros.
o bien:
Bajo tu protección nos acogemos,
santa Madre de Dios;
no deseches las súplicas
que te dirigimos en nuestras necesidades;
antes bien, líbranos de todo peligro,
oh Virgen gloriosa y bendita.

Vísperas +

 


San Basilio Magno y San Gregorio Nacianceno, obispos y doctores de la Iglesia, memoria obligatoria
Vísperas

†

(se hace la señal de la cruz mientras se dice:)
V/. -Dios mío, ven en mi auxilio.
R/. -Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya

 
Himno

Cantemos al Señor con alegría,
unidos a la voz del pastor santo;
demos gracias a Dios, que es luz y guía,
solícito pastor de su rebaño.

Es su voz y su amor el que nos llama
en la voz del pastor que él ha elegido,
es su amor infinito el que nos ama
en la entrega y amor de este otro cristo.

Conociendo en la fe su fiel presencia,
hambrientos de verdad y luz divina,
sigamos al pastor que es providencia
de pastos abundantes que son vida.

Apacienta, Señor, guarda a tus hijos,
manda siempre a tu mies trabajadores;
cada aurora, a la puerta del aprisco,
nos aguarde el amor de tus pastores. Amén.

Salmo 19: Oración por la victoria del rey

Ant: El Señor da la victoria a su Ungido.

Que te escuche el Señor el día del peligro,
que te sostenga el nombre del Dios de Jacob;
que te envíe auxilio desde el santuario,
que te apoye desde el monte Sión.

Que se acuerde de todas tus ofrendas,
que le agraden tus sacrificios;
que cumpla el deseo de tu corazón,
que dé éxito a todos tus planes.

Que podamos celebrar tu victoria
y en el nombre de nuestro Dios alzar estandartes;
que el Señor te conceda todo lo que pides.

Ahora reconozco que el Señor
da la victoria a su Ungido,
que lo ha escuchado desde su santo cielo,
con los prodigios de su mano victoriosa.

Unos confían en sus carros,
otros en su caballería;
nosotros invocamos el nombre
del Señor, Dios nuestro.

Ellos cayeron derribados,
nosotros nos mantenemos en pie.

Señor, da la victoria al rey
y escúchanos cuando te invocamos.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: El Señor da la victoria a su Ungido.

Salmo 20,2-8.14: Acción de gracias por la victoria del rey

Ant: Al son de instrumentos cantaremos tu poder.

Señor, el rey se alegra por tu fuerza,
¡y cuánto goza con tu victoria!
Le has concedido el deseo de su corazón,
no le has negado lo que pedían sus labios.

Te adelantaste a bendecirlo con el éxito,
y has puesto en su cabeza una corona de oro fino.
Te pidió vida, y se la has concedido,
años que se prolongan sin término.

Tu victoria ha engrandecido su fama,
lo has vestido de honor y majestad.
Le concedes bendiciones incesantes,
lo colmas de gozo en tu presencia;
porque el rey confía en el Señor,
y con la gracia del Altísimo no fracasará.

Levántate, Señor, con tu fuerza,
y al son de instrumentos cantaremos tu poder.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Al son de instrumentos cantaremos tu poder.

Apocalipsis 4,11;5,9.10.12: Himno de los redimidos

Ant: Has hecho de nosotros, Señor, un reino de sacerdotes para nuestro Dios.

Eres digno, Señor, Dios nuestro,
de recibir la gloria, el honor y el poder,
porque tú has creado el universo;
porque por tu voluntad lo que no existía fue creado.

Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos,
porque fuiste degollado
y con tu sangre compraste para Dios
hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación;
y has hecho de ellos para nuestro Dios
un reino de sacerdotes,
y reinan sobre la tierra.

Digno es el Cordero degollado
de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría,
la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Has hecho de nosotros, Señor, un reino de sacerdotes para nuestro Dios.

Lectura

1P 5,1-4
A los presbíteros en esa comunidad, yo, presbítero como ellos, testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe de la gloria que va a manifestarse, os exhorto: Sed pastores del rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo, gobernándolo no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con generosidad; no como déspotas sobre la heredad de Dios, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño. Y cuando aparezca el supremo Pastor, recibiréis la corona de gloria que no se marchita.

V/. Este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo.
R/. Este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo.
V/. El que entregó su vida por sus hermanos.
R/. El que ora mucho por su pueblo.
V/. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
R/. Este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo.

Cántico Ev.

Ant: Quien cumpla y enseñe los preceptos del Señor, será grande en el reino de los cielos.

†

(se hace la señal de la cruz mientras se comienza a recitar)
Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Quien cumpla y enseñe los preceptos del Señor, será grande en el reino de los cielos.

Preces

Glorifiquemos a Cristo, constituido pontífice a favor de los hombres, en lo que se refiere a Dios, y supliquémosle humildemente, diciendo:
Salva a tu pueblo, Señor
  • - Tú que por medio de pastores santos y eximios, has hecho resplandecer de modo admirable a tu Iglesia,
    haz que los cristianos se alegren siempre de ese resplandor
  • - Tú que, cuando los santos pastores te suplicaban, como Moisés, perdonaste los pecados del pueblo,
    santifica por su intercesión a tu Iglesia con una purificación continua
  • - Tú que en medio de los fieles consagraste a los santos pastores y por tu Espíritu los dirigiste,
    llena del Espíritu Santo a todos los que rigen a tu pueblo
  • - Tú que fuiste el lote y la heredad de los santos pastores,
    no permitas que ninguno de los que fueron adquiridos por tu sangre esté alejado de ti
  • - Tú que, por medio de los pastores de la Iglesia, das la vida eterna a tus ovejas para que nadie las arrebate de tu mano,
    salva a los difuntos por quienes entregaste tu vida.

Como hijos que somos de Dios, dirijámonos a nuestro Padre con la oración que Cristo nos enseñó:

Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.
No nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.

Final

Señor Dios, que te dignaste instruir a tu Iglesia con la vida y doctrina de san Basilio Magno y san Gregorio Nacianceno, haz que busquemos humildemente tu verdad y la vivamos fielmente en el amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.

Oficio, lecturas y reflexiones +

 


San Basilio Magno y San Gregorio Nacianceno, obispos y doctores de la Iglesia, memoria obligatoria



Memoria obligatoria

02 Enero

Biografía


San Basilio nació en Cesarea de Capadocia el año 330, de una familia cristiana; brilló por su cultura y por sus virtudes; comenzó a llevar una vida eremítica, pero el año 370 fue nombrado obispo de su ciudad. Combatió el arrianismo; escribió muchas e importantes obras y, principalmente, reglas monásticas, por las que se rigen aún muchos monjes orientales; ayudó en gran manera a los pobres. Murió el día 1 de enero del año 379.

 

 San Gregorio nació cerca de Nacianzo el mismo año 330 y viajó mucho por razón de sus estudios. Primero imitó a su amigo Basilio en la vida solitaria, pero luego fue ordenado presbítero y obispo. El año 381 fue elegido obispo de Constantinopla; sin embargo, a causa de los diversos bandos que dividían a su Iglesia se retiró a Nacianzo, donde murió el día 25 de enero del año 389 a 390. Por su eximia doctrina y elocuencia, mereció el apelativo de «el teólogo».

V/. -Señor, Ábreme los labios.
R/. -Y mi boca proclamará tu alabanza.

Invitatorio

Salmo 94: Invitación a la alabanza divina

Ant: Venid, adoremos a Cristo, Pastor supremo.

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

-se repite la antífona

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

-se repite la antífona

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

-se repite la antífona

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

-se repite la antífona

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
"Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso."»

-se repite la antífona

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Venid, adoremos a Cristo, Pastor supremo.

 
Himno

Puerta de Dios en el redil humano
fue Cristo el buen Pastor que al mundo vino;
glorioso va delante del rebaño,
guiando su marchar por buen camino.

Madero de la cruz es su cayado,
su voz es la verdad que a todos llama,
su amor es el del Padre, que le ha dado
Espíritu de Dios que a todos ama.

Pastores del Señor son sus ungidos,
nuevos cristos de Dios, son enviados
a los pueblos del mundo redimidos;
del único Pastor siervos amados.

La cruz de su Señor es su cayado,
la voz de su verdad es su llamada,
los pastos de su amor, fecundo prado,
son vida del Señor que nos es dada. Amén.

Salmo 9 B-I: Canto de acción de gracias

Ant: El Señor hará justicia a los pobres.

¿Por qué te quedas lejos, Señor,
y te escondes en el momento del aprieto?
La soberbia del impío oprime al infeliz
y lo enreda en las intrigas que ha tramado.

El malvado se gloría de su ambición,
el codicioso blasfema y desprecia al Señor.
El malvado dice con insolencia:
«No hay Dios que me pida cuentas.»

La intriga vicia siempre su conducta,
aleja de su mente tus juicios
y desafía a sus rivales.
Piensa: «No vacilaré,
nunca jamás seré desgraciado.»

Su boca está llena de maldiciones,
de engaños y de fraudes;
su lengua encubre maldad y opresión;
en el zaguán se sienta al acecho
para matar a escondidas al inocente.

Sus ojos espían al pobre;
acecha en su escondrijo como león en su guarida,
acecha al desgraciado para robarle,
arrastrándolo a sus redes;

se agacha y se encoge
y con violencia cae sobre el indefenso.
Piensa: «Dios lo olvida,
se tapa la cara para no enterarse.»

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: El Señor hará justicia a los pobres.

Salmo 9 B-II:

Ant: Tú, Señor, ves las penas y los trabajos.

Levántate, Señor, extiende tu mano,
no te olvides de los humildes;
¿por qué ha de despreciar a Dios el malvado,
pensando que no le pedirá cuentas?

Pero tú ves las penas y los trabajos,
tú miras y los tomas en tus manos.
A ti se encomienda el pobre,
tú socorres al huérfano.

Rómpele el brazo al malvado,
pídele cuentas de su maldad, y que desaparezca.
El Señor reinará eternamente
y los gentiles desaparecerán de su tierra.

Señor, tú escuchas los deseos de los humildes,
les prestas oído y los animas;
tú defiendes al huérfano y al desvalido:
que el hombre hecho de tierra
no vuelva a sembrar su terror.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Tú, Señor, ves las penas y los trabajos.

Salmo 11: Invocación a la fidelidad de Dios contra los enemigos mentirosos

Ant: Las palabras del Señor son palabras auténticas, como plata refinada siete veces.

Sálvanos, Señor, que se acaban los buenos,
que desaparece la lealtad entre los hombres:
no hacen más que mentir a su prójimo,
hablan con labios embusteros
y con doblez de corazón.

Extirpe el Señor los labios embusteros
y la lengua fanfarrona
de los que dicen: «la lengua es nuestra fuerza,
nuestros labios nos defienden,
¿quién será nuestro amo?»

El Señor responde: «Por la opresión del humilde,
por el gemido del pobre, yo me levantaré,
y pondré a salvo al que lo ansía.»

Las palabras del Señor son palabras auténticas,
como plata limpia de ganga,
refinada siete veces.

Tú nos guardarás, Señor,
nos librarás para siempre de esa gente:
de los malvados que merodean
para chupar como sanguijuelas sangre humana.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Las palabras del Señor son palabras auténticas, como plata refinada siete veces.

V/. Escucharás una palabra de mi boca.

R/. Y les darás la alarma de mi parte.

Lectura

V/. Escucharás una palabra de mi boca.

R/. Y les darás la alarma de mi parte.

Vida nueva en Cristo


Col 2,16-3,4

Hermanos: Nadie tiene que dar juicio sobre lo que coméis o bebéis, ni en cuestión de fiestas, lunas nuevas o sábados. Eso era sombra de lo que tenía que venir; la realidad es Cristo. Que no vaya a descalificaros ninguno que se recrea en humildades y devociones a ángeles, que se enfrasca en sus visiones y se engríe tontamente con las ideas de su carne; ése se desprende de la cabeza, que por las junturas y tendones da al cuerpo entero alimento y cohesión, haciéndolo crecer como Dios quiere.

Si moristeis con Cristo a lo elemental del mundo, ¿por qué os sometéis a reglas como si aún vivierais sujetos al mundo? No tomes, no pruebes, no toques de cosas que son todas para el uso y consumo, según las consabidas prescripciones y enseñanzas humanas. Eso tiene fama de sabiduría por sus voluntarias devociones, humildades y severidad con el cuerpo; pero no tiene valor ninguno, sirve para cebar la carne.

Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha e Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria.

R/. Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios. Aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra.


V/. Donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.

R/. Aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra.

L. Patrística

Como si una misma alma sustentase dos cuerpos
San Gregorio Nacianceno, obispo

Sermón 43, en alabanza de Basilio Magno, 15,16-17.19-21 (PG 36,514-523)

Nos habíamos encontrado en Atenas, como la corriente de un mismo río que, desde el manantial patrio, nos había dispersado por las diversas regiones, arrastrados por el afán de aprender, y que, de nuevo, como si nos hubiésemos puesto de acuerdo, volvió a unirnos, sin duda porque así lo dispuso Dios.

En aquellas circunstancias, no me contentaba yo sólo con venerar y seguir a mi gran amigo Basilio, al advertir en él la gravedad de sus costumbres y la madurez y seriedad de sus palabras, sino que trataba de persuadir a los demás, que todavía no lo conocían, a que le tuviesen esta misma admiración. En seguida empezó a ser tenido en gran estima por quienes conocían su fama y lo habían oído.

En consecuencia, ¿qué sucedió? Que fue casi el único, entre todos los estudiantes que se encontraban en Atenas, que sobrepasaba el nivel común y el único que había conseguido un honor mayor que el que parece corresponder a un principiante. Éste fue el preludio de nuestra amistad; ésta la chispa de nuestra intimidad; así fue como el mutuo amor prendió en nosotros.

Con el paso del tiempo, nos confesamos mutuamente nuestras ilusiones y que nuestro más profundo deseo era alcanzar la filosofía, y, ya para entonces, éramos el uno para el otro todo lo compañeros y amigos que nos era posible ser, de acuerdo siempre, aspirando a idénticos bienes y cultivando cada día más ferviente y más íntimamente nuestro recíproco deseo.

Nos movía un mismo deseo de saber, actitud que suele ocasionar profundas envidias, y, sin embargo, carecíamos de envidia; en cambio, teníamos en gran aprecio la emulación. Contendíamos entre nosotros, no para ver quién era el primero, sino para averiguar quién cedía al otro la primacía; cada uno de nosotros consideraba la gloria del otro como propia.

Parecía que teníamos una misma alma que sustentaba dos cuerpos. Y, si no hay que dar crédito en absoluto a quienes dicen que todo se encuentra en todas las cosas, a nosotros hay que hacernos caso si decimos que cada uno se encontraba en el otro y junto al otro.

Una sola tarea y afán había para ambos, y era la virtud, así como vivir para las esperanzas futuras de tal modo que, aun antes de haber partido de esta vida, pudiese decirse que habíamos emigrado ya de ella. Ése fue el ideal que nos propusimos, y así tratábamos de dirigir nuestra vida y todas nuestras acciones, dóciles a la dirección del mandato divino, acuciándonos mutuamente en el empeño por la virtud; y, a no ser que decir esto vaya a parecer arrogante en exceso, éramos el uno para el otro la norma y regla con la que se discierne lo recto de lo torcido.

Y, así como otros tienen sobrenombres, o bien recibidos de sus padres, o bien suyos propios, o sea, adquiridos con los esfuerzos y orientación de su misma vida, para nosotros era maravilloso ser cristianos, y glorioso recibir este nombre.

R/. El Señor da sabiduría a los sabios, y ciencia a los expertos, revela los secretos más profundos, y la luz habita junto a él.


V/. El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como a él le parece.

R/. Revela los secretos más profundos, y la luz habita junto a él.

San Basilio Magno y San Gregorio Nacianceno, obispos y doctores de la Iglesia, memoria obligatoria

1Jn 2,22-28: Lo que habéis oído desde el principio permanezca en vosotros.

Queridos hermanos: ¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ése es el Anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo el que niega al Hijo tampoco posee al Padre. Quien comfiesa al Hijo posee también al Padre. En cuanto a vosotros, lo que habéis oído desde el principio permanezca en vosotros. Si permanece en vosotros lo que habéis oído desde el principio, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre; y ésta es la promesa que él mismo nos hizo: la vida eterna.

Os he escrito esto respecto a los que tratan de engañaros. Y en cuanto a vosotros, la unción que de él habéis recibido permanece en vosotros, y no necesitáis que nadie os enseñe. Pero como su unción os enseña acerca de todas las cosas -y es verdadera y no mentirosa- según os enseñó, permanecéis en él. Y ahora, hijos, permaneced en él para que, cuando se manifieste, tengamos plena confianza y no quedemos avergonzados lejos de él en su venida.

Sal 97,1-4: Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.

Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas:
su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo.

El Señor da a conocer su victoria,
revela a las naciones su justicia:
se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel.

Los confines de la tierra han contemplado
la victoria de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
gritad, vitoread, tocad.

Jn 1,19-28: En medio de vosotros hay uno que no conocéis.

Éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan a que le preguntaran:

-«¿Tú quién eres?»

Él confesó sin reservas:

-«Yo no soy el Mesías.»

Le preguntaron:

-«¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?»

Él dijo:

-«No lo soy.»

-«¿Eres tú el Profeta?»

Respondió:

-«No.»

Y le dijeron:

-«¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?»

El contestó:

-«Yo soy la voz que grita en el desierto: "Allanad el camino del Señor", como dijo el profeta Isaías.»

Entre los enviados había fariseos y le preguntaron:

-«Entonces, ¿por qué bautizas si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»

Juan les respondió:

-«Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia.»

Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando.



Pistas para la Lectio Divina

Juan 1,19-28: Aclarar la propia Identidad. “Yo soy una voz que grita en el desierto”
Autor: Padre Fidel Oñoro CJM
Fuente: Centro Bíblico Pastoral para la America Latina (CEBIPAL) del CELAM

Empezamos con mucho entusiasmo este año 2023 en el cual una vez más el Señor nos regala su Palabra abundantemente.

Nuevamente nos encontramos con una de las figuras que dominó el tiempo de adviento y que ahora se nos presenta como una plataforma de lanzamiento de una misión. La figura es la de Juan Bautista. A los ojos de las autoridades judías la presencia de Juan no había pasado desapercibida y en ciertos momentos causaba perplejidad y una cierta incomodidad, no sólo por sus palabras sino por su forma radical de vida. Lo mejor era salir de dudas y por eso “enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas” (19) a interrogarlo.

El texto nos deja entrever que lo que primero le preguntaron fue si él era el Mesías. La expectativa por la venida del Mesías era fuerte por lo tanto la pregunta parecía muy lógica. A dicha pregunta Juan contestó categóricamente, o como dice el texto: “confesó claramente, yo no soy el Mesías” (20). Pero si no es el Mesías, ¿Quién es? Ellos insisten preguntándole si es Elías, uno de los profetas más significativos del pueblo de Israel. Elías había terminado sus días desapareciendo en un carro de fuego y el pueblo esperaba su regreso. Tampoco esta vez las autoridades judías tuvieron respuesta positiva. No les quedaba otra alternativa que preguntarle si era el “profeta que había de venir” según esperaban ellos. Pero esta vez también la respuesta fue negativa. Entonces cambiaron la pregunta y le dijeron directamente: ¿Quién eres entonces? ¿Qué nos puedes decir de ti mismo? (22). Ellos sentían la responsabilidad de llevar una respuesta a las autoridades que los habían mandado.

Ante la cascada de preguntas contestadas abiertamente por Juan y ante esta última en la cual lo interpelaban a él en primera persona, Juan responde diciendo: 1. Quién es; 2. Qué hace; 3. En qué lugar; 4. Que dice. Veamos:

¿Quién es? “Yo soy una voz”
¿Qué hace? “Que grita”
¿En qué lugar? “En el desierto”
¿Qué dice? “Preparad un camino al Señor”.

Juan se autodefine como “una voz”. Alguien que interpela, que habla, que cuestiona, que no se calla. Es alguien que pretende hacerse sentir. No es una voz cualquiera, es una voz que se debe oír guste o no guste. Por esto es una voz que grita, Su mensaje no es para que se quede cautelosamente oculto en el silencio, o para que lo escuchen unos pocos. Cuando se grita lo que se desea es que muchos escuchen. No es una voz al oído.

Juan continúa diciendo que es una voz que grita en el desierto. No sólo porque este es su ‘habitat’ escogido. Sino porque se hace desierto en los corazones cuando existe resistencia para que penetre Dios en ellos. Juan predica a los corazones y en muchos corazones existe la sequedad y la aridez del desierto. Pero, fundamentalmente ¿Cuál es el mensaje de Juan? ¿Qué dice? Sus palabras son provocadoras y claras: “Preparad un camino al Señor” Nuevamente sale a relucir claramente su misión: preparar y hacer preparar el camino al Señor.

Parece que no a todos los entrevistadores esto les haya quedado claro y hacen una última pregunta. Piden una explicación porque para ellos no es claro cómo bautiza, si no es el Mesías ni el profeta. Juan les aclara que él bautiza sólo en agua, y termina, como diríamos periodísticamente, con “una chiva”: “Entre ustedes hay uno que no conocen y que viene después de mi”(26-267) El evangelio no nos deja captar qué entendieron los enviados con esta respuesta, lo más probable es que haya sido muy poco.

El texto se cierra recordándonos el lugar en donde sucedió todo esto.

Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón.

1. ¿Por qué podemos afirmar que Juan tiene bien clara su propia identidad y misión?

2. ¿Qué claridad tengo yo de mi identidad y de mi misión en el mundo?

3. ¿En nuestra familia o comunidad, cómo podemos ayudarnos mutuamente a clarificar y a vivir nuestra propia identidad y misión?

Tiempo de Navidad
2 de enero

INVOCAR AL SALVADOR


— Tratar al Señor con amistad y confianza.

— El nombre de Jesús. Jaculatorias.

— El trato con la Virgen María y con San José.

I. En la vida corriente, el llamar a una persona por su nombre indica familiaridad. «Suele suponer un paso decisivo en una amistad, aun casual, el que dos personas empiecen, sin esfuerzo y sin embarazo, a llamarse mutuamente por sus nombres de pila. Y cuando nos enamoramos, y todas nuestras experiencias se hacen más agudas y las cosas pequeñas significan tanto para nosotros, hay un nombre propio en el mundo que arroja un hechizo sobre nuestros ojos y oídos, cuando lo vemos escrito en la página de un libro o cuando lo oímos en una conversación; su simple encuentro nos estremece. Este sentido de amor personal fue el que personas como San Bernardo dieron al nombre de Jesús»1. También para nosotros el Señor lo es todo, y por eso le tratamos con toda confianza.

San Josemaría Escrivá nos aconseja: «Pierde el miedo a llamar al Señor por su nombre –Jesús– y a decirle que le quieres»2.

A un amigo le llamamos por su nombre. ¿Cómo no vamos a llamar a nuestro mejor Amigo por el suyo? Él se llama JESÚS, así lo había llamado el ángel antes de que fuera concebido en el seno materno3. Dios mismo fijó su nombre por medio del Ángel. Con el nombre queda señalada su misión: Jesús significa Salvador. Con Él nos llega la salvación, la seguridad y la verdadera paz: Es el nombre superior a todo nombre, a fin de que al nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el infierno4.

¡Con cuánto respeto y con cuánta confianza a la vez hemos de repetirlo! También, y de modo especial, cuando nos dirigimos a Él en nuestra oración personal, como ahora: «Jesús, necesito...», «Jesús, yo querría...».

El nombre era de gran importancia entre los judíos. Cuando a alguien se le imponía un nombre se quería expresar lo que había de ser en el futuro. Si no se conocía el nombre de una persona, no se conocía a esta en absoluto. Tachar un nombre era suprimir una vida, y cambiarlo suponía alterar el destino de la persona. El nombre expresaba la realidad profunda de su ser.

Entre todos los nombres, el de Dios era el nombre por excelencia5. Este debe ser bendito ahora y siempre, desde la aurora al ocaso6, pues es digno de alabanza de la mañana a la noche7. En una de las peticiones del Padrenuestro rogamos precisamente que sea santificado el nombre del Señor.

En el pueblo judío, el nombre se imponía en la circuncisión, rito instituido por Dios para señalar como con una marca y contraseña a quienes pertenecían al pueblo elegido. Era la señal de la Alianza que Dios hizo con Abraham y su descendencia8, y prescribió que se realizase al octavo día del nacimiento. El incircunciso quedaba excluido del pacto y, por tanto, del pueblo de Dios.

En cumplimiento de este precepto, Jesús fue circuncidado al octavo día9, como decía la Ley. María y José cumplieron lo que estaba legislado. «Cristo se sometió a la circuncisión en el tiempo en que estaba vigente –dice Santo Tomás– y así su obra se nos ofrece como ejemplo a imitar, para que observemos las cosas que en nuestro tiempo están preceptuadas»10 11 y no busquemos situaciones de excepción o privilegio cuando no hay razón para ello.

II. Terminada la circuncisión de Jesús, sus padres, María y José, repetirían por vez primera el nombre de Jesús, llenos de una inmensa piedad y cariño.

Así hemos de hacer nosotros con frecuencia. Invocar su nombre es ser salvos12; creer en este nombre es llegar a ser hijos de Dios13; orar en este nombre es ser escuchados con toda seguridad: en verdad os digo que cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo concederá14. En el nombre de Jesús se perdonan los pecados15 y las almas son purificadas y santificadas16. Anunciar este nombre constituye la esencia de todo apostolado17, pues Él «es el fin de la historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones»18. En Jesús encuentran los hombres aquello que más necesitan y de lo que están sedientos: salvación, paz, alegría, perdón de sus pecados, libertad, comprensión, amistad.

«¡Oh Jesús..., cómo te compadeces de los que te invocan!

¡Qué bueno eres con quienes te buscan!

¡Qué no serás para quienes te encuentran!...

Solo quien lo ha experimentado puede saber lo que encierra amarte a Ti, ¡oh Jesús!»19, exclamaba San Bernardo.

Al invocar el nombre del Señor, nos encontramos en algunas ocasiones como aquellos leprosos que, desde lejos, le dicen: Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros. Y el Señor les dice que se acerquen, y los curará enviándolos a los sacerdotes20. O tendremos que repetirle, porque también nosotros estamos ciegos para tantas cosas, las palabras del ciego de Jericó: Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí. «¿No te entran ganas de gritar a ti, que estás también parado a la vera del camino, de ese camino de la vida, que es tan corta; a ti, que te faltan luces; a ti, que necesitas más gracias para decidirte a buscar la santidad? ¿No sientes la urgencia de clamar: Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí? ¡Qué hermosa jaculatoria, para que la repitas con frecuencia!»21.

Invocando el Santísimo Nombre de Jesús desaparecerán muchos obstáculos y sanaremos de tantas enfermedades del alma que a menudo nos aquejan.

«Que tu nombre, oh Jesús, esté siempre en el fondo de mi corazón y al alcance de mis manos, a fin de que todos mis afectos y todas mis acciones vayan dirigidas a ti (...). En tu nombre, ¡oh Jesús!, tengo remedio para corregirme de mis malas acciones y para perfeccionar las defectuosas; también, una medicina con que preservar de la corrupción mis afectos o sanarlos, si ya estuvieran corrompidos»22.

Las jaculatorias harán más vivo el fuego de nuestro amor al Señor, y aumentarán nuestra presencia de Dios a lo largo del día. Otras veces, mirando al Señor, Dios hecho Niño por amor nuestro, le diremos llenos de confianza: Dominus iudex noster, Dominus legifer noster, Dominus rex noster; ipse salvabit nos23. Señor, Jesús, en ti confiamos, en ti confío.

III. Junto al nombre de Jesús hemos de tener en nuestros labios los de María y de José: los nombres que más veces debió pronunciar el mismo Señor.

La piedad de los primeros cristianos da al nombre de María diversos significados: Muy amada, Estrella del Mar, Señora, Princesa, Luz, Hermosa...

Es San Jerónimo quien la llama Stella Maris, Estrella del Mar; Ella nos guía a puerto seguro en medio de todas las tempestades de la vida.

Con mucha frecuencia hemos de tener este nombre salvador en nuestros labios, pero de modo especial en la necesidad y en las dificultades. En nuestro caminar hacia Dios vendrán tormentas, que el Señor permite para purificar nuestra intención y para que crezcamos en las virtudes; y es posible que, por fijarnos demasiado en los obstáculos, asome la desesperanza o el cansancio en la lucha. Es el momento de recurrir a María, invocando su nombre. «Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas con los escollos de la tentación, mira a la estrella, llama a María. Si te agitan las olas de la soberbia, de la ambición o de la envidia, mira a la estrella, llama a María. Si la ira, la avaricia, o la impureza impelen violentamente la nave de tu alma, mira a María. Si turbado con la memoria de tus pecados, confuso ante la fealdad de tu conciencia, temeroso ante la idea del juicio, comienzas a hundirte en la sima sin fondo de la tristeza o en el abismo de la desesperación, piensa en María. En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para conseguir su ayuda intercesora no te apartes tú de los ejemplos de su virtud. No te descaminarás si la sigues, no desesperarás si la ruegas, no te perderás si en Ella piensas. Si Ella te tiene de su mano, no caerás; si te protege nada tendrás que temer; no te fatigarás si es tu guía; llegarás felizmente al puerto si Ella te ampara»24.

Invocaremos nosotros su nombre especialmente en el Avemaría, y también en las demás oraciones y jaculatorias que la piedad cristiana ha sabido crear a lo largo de los siglos, y que quizá nos enseñaron nuestras madres.

Y junto a Jesús y María, José. «Si toda la Iglesia está en deuda con la Virgen María, ya que por medio de Ella recibió a Cristo, de modo semejante le debe a San José una especial gratitud y reverencia»25.

Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía. Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía.

¡Cuántos millones de cristianos habrán aprendido de labios de sus madres estas u otras jaculatorias parecidas, que luego han repetido hasta el final de sus días! No nos olvidemos nosotros de acudir diariamente, muchas veces, a esta trinidad de la tierra.


Oremos:

Señor Dios, que te dignaste instruir a tu Iglesia con la vida y doctrina de san Basilio Magno y san Gregorio Nacianceno, haz que busquemos humildemente tu verdad y la vivamos fielmente en el amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.