Custodia

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Bendición

martes, 12 de diciembre de 2023

Oficio, lecturas, reflexiones y laudes +

 Nuestra Señora de Guadalupe, fiesta


Común de Santa María Virgen


El año de 1531, en la colina del Tepeyac, cerca de la Ciudad de México, en el territorio que lleva hoy el nombre de México, se manifestó la Virgen María a Juan Diego Cuauhtlatoatzin, de la raza de los indígenas nativos, y en su capa ha permanecido su imagen maravillosamente, que allí recibe de continuo la veneración de los fieles. A través de este varón, dotado de una fe purísima, la Madre de Dios y de la Iglesia convoca a todos los pueblos al amor de Cristo.



V/. -Señor, ábreme los labios.
R/. -Y mi boca proclamará tu alabanza.

Salmo 94: Invitación a la alabanza divina




Ant: Venid, adoremos a Cristo, hijo de María Virgen.

o bien: Aclamemos al Señor en esta fiesta de María Virgen.

Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy» (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

-se repite la antífona

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

-se repite la antífona

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

-se repite la antífona

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

-se repite la antífona

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
"Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso."»

-se repite la antífona

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Venid, adoremos a Cristo, hijo de María Virgen.

o bien: Aclamemos al Señor en esta fiesta de María Virgen.

 
Himno


María, pureza en vuelo,
Virgen de vírgenes, danos
la gracia de ser humanos
sin olvidarnos del cielo.

Enséñanos a vivir;
ayúdenos tu oración;
danos en la tentación
la gracia de resistir.

Honor a la Trinidad
por esta limpia victoria.
Y gloria por esta gloria
que alegra la cristiandad. Amén.

Primer Salmo


Salmo 23: Entrada solemne de Dios en su templo


Si se ha rezado este salmo en el invitatorio, se reemplaza por el Salmo 94
que se transcribe a continuación de éste.


Ant: María ha recibido la bendición del Señor, le ha hecho justicia el Dios de salvación.

Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo (S. Ireneo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
Él la fundó sobre los mares,
Él la afianzó sobre los ríos.

- ¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

- El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ese recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

- Este es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

- ¿Quién es ese Rey de la gloria?
- El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.

- ¿Quién es ese Rey de la gloria?
- El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Salmo 94: Invitación a la alabanza divina


Sólo se reza en reemplazo del anterior.


Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy» (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
"Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso."»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: María ha recibido la bendición del Señor, le ha hecho justicia el Dios de salvación.

Segundo Salmo


Salmo 45: Dios, refugio y fortaleza de su pueblo


Ant: El Altísimo ha consagrado su morada.

Le pondrá por nombre Emmanuel, que significa «Dios-con-nosotros» (Mt 1,23)

Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza,
poderoso defensor en el peligro.

Por eso no tememos aunque tiemble la tierra,
y los montes se desplomen en el mar.

Que hiervan y bramen sus olas,
que sacudan a los montes con su furia:

El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios,
el Altísimo consagra su morada.

Teniendo a Dios en medio, no vacila;
Dios la socorre al despuntar la aurora.

Los pueblos se amotinan, los reyes se rebelan;
pero él lanza su trueno, y se tambalea la tierra.

El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

Venid a ver las obras del Señor,
las maravillas que hace en la tierra:

Pone fin a la guerra hasta el extremo del orbe,
rompe los arcos, quiebra las lanzas,
prende fuego a los escudos.

«Rendíos, reconoced que yo soy Dios:
más alto que los pueblos, más alto que la tierra.»

El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: El Altísimo ha consagrado su morada.

Tercer Salmo


Salmo 86: Himno a Jerusalén, madre de todos los pueblos


Ant: ¡Qué pregón tan glorioso para ti, Virgen María!

La Jerusalén de arriba es libre; ésa es nuestra madre (Ga 4,26)

Él la ha cimentado sobre el monte santo;
y el Señor prefiere las puertas de Sión
a todas las moradas de Jacob.

¡Qué pregón tan glorioso para ti,
ciudad de Dios!
«Contaré a Egipto y a Babilonia
entre mis fieles;
filisteos, tirios y etíopes
han nacido allí.»

Se dirá de Sión: «Uno por uno
todos han nacido en ella;
el Altísimo en persona la ha fundado.»

El Señor escribirá en el registro de los pueblos:
«Este ha nacido allí.»
Y cantarán mientras danzan:
«Todas mis fuentes están en ti.»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: ¡Qué pregón tan glorioso para ti, Virgen María!

Lectura Bíblica


[lectura 1] [o bien:] [en Adviento, Navidad y Cuaresma:] [en tiempo pascual:]

V/. María conservaba todas estas cosas.

R/. Meditándolas en su corazón.

en Adviento/Navidad:

en Adviento/Navidad:

V/. Dichosos los que escuchan la palabra de Dios.

R/. Y la cumplen.

El Emmanuel, rey pacífico


Lectura del libro del profeta Isaías
Is 7,10-14; 11,1-9 (del lecc. único)

En aquellos días, el Señor habló a Acaz:

«Pide una señal al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo.»

Respondió Acaz:

«No la pido, no quiero tentar al Señor.»

Entonces dijo Dios:

«Escucha, casa de David: ¿No os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal:

Mirad: la virgen está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel (que significa «Dios-con nosotros»).

Brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago. Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de prudencia y sabiduría, espíritu de consejo y valentía, espíritu de ciencia y temor del Señor. Le inspirará el temor del Señor.

No juzgará por apariencias ni sentenciará sólo de oídas; juzgará a los pobres con justicia, con rectitud a los desamparados. Herirá al violento con la vara de su boca, y al malvado con el aliento de sus labios. La justicia será cinturón de sus lomos, y la lealtad, cinturón de sus caderas.

Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: un muchacho pequeño los pastorea. La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león comerá paja con el buey. El niño jugará en la hura del áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente.

No harán daño ni estrago por todo mi monte santo: porque está lleno el país de ciencia del Señor, como las aguas colman el mar.»

R/. Mirad: la virgen está encinta y dará a luz un hijo, y es su nombre: Maravilla de Consejero, Dios guerrero.

V/. Sobre el trono de David y sobre su reino se sentará para siempre.

R/. Y es su nombre: Maravilla de Consejero, Dios guerrero.

Lectura Patrística


De la relación tradicional llamada «Nican Mopohua»
Anónimo

Siglo XVI, del archivo de la Arquidiócesis de México

El año de 1531, pasados algunos días del mes de diciembre, sucedió que un indio pobre y afable, llamado Juan Diego, originario, según se dice, de Cuauhtitlan, cuyo cuidado pastoral pertenecía a los religiosos de Tlaltelolco, un sábado, muy de mañana, iba a Tlaltelolco en pos de las cosas divinas. Mas al llegar a la colina llamada Tepeyac, ya amanecía. Escuchó un canto de arriba del cerrillo, y, cuando cesó y no se escuchó más, oyó que lo llamaban desde la cumbre de la colina: «Amado Juan Diego», le decía. De inmediato se atrevió a subir allá a donde era llamado.

Cuando llegó a la cima, vio a una Señora que estaba ahí de pie, que le llamó junto a sí. Cuando llegó a su presencia, quedo estupefacto de cuán bella era: su vestido resplandecía como el sol. En seguida la Virgen le declaró su voluntad. Le dice: «Entérate, hijo queridísimo, que soy la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdaderísimo Dios, Autor de la vida, el que creó y sostiene todas las cosas, del Señor del Cielo y de la Tierra. Muchísimo quiero, ardientemente deseo, que en este lugar se edifique mi templo donde lo mostraré, lo alabaré al manifestarlo, lo entregaré a Él que es todo mi Amor, Compasión, Auxilio y Defensa, porque, en verdad yo soy vuestra Madre compasiva, tuya y la de todos los que en esta tierra estáis en uno, y de cualesquiera otros que me aman, que me buscan, que devota y confiadamente me invoquen. Allí escucharé sus lágrimas y tristezas, los auxiliaré en sus angustias y brindaré remedio a toda tribulación. Y para que se cumpla este deseo mío, ve a la Ciudad de México al palacio del Obispo. Le dirás que yo te envío, para hacerle saber cómo yo deseo que se me edifique aquí una casa, que se me erija aquí en el llano un templo.»

Cuando llegó a la ciudad, en seguida fue a la casa del Obispo, cuyo nombre era Juan de Zumárraga, de la Orden de San Francisco, pero cuando el prelado escuchó a Juan Diego, no creyéndole del todo, le respondió: «Hijo, vendrás de nuevo y aún te oiré. Yo pensaré qué conviene hacer respecto a tu voluntad, tu deseo.»

Otro día vio a la Reina del Cielo que bajaba de donde la había visto, y le vino al encuentro junto a la colina, lo detuvo y le dijo: «Escucha, hijo amado, de ninguna manera temas ni se angustie tu corazón, ni hagas nada por la enfermedad de tu tío o por cualquier otra angustia. ¿Acaso no estoy yo aquí, que soy tu madre? ¿Acaso no estás bajo mi sombra y amparo? ¿No soy yo la fuente de tu vida y alegría? ¿No te llevo en mi regazo, en el cruce de mis brazos? ¿Acaso necesitas cualquier otra cosa? No te aflijas ni te acongojes. Sube -le dijo- hijo querido, al cerrito, al lugar donde me viste y hablé contigo. Allí verás diversas flores. Córtalas y reúnelas y luego baja para traerlas ante mí.»

Bajó, pues, Juan Diego y le trajo a la Reina del Cielo las flores que había recogido. Ella, al verlas, las tomó con sus venerables manos y volvió a colocarlas en la tilma de Juan Diego, diciéndole: «Hijo amadísimo, estas flores son la señal que llevarás al Obispo. Y tú, tú eres mi mensajero a cuya fidelidad me encomiendo. Te mando con rigor que no despliegues tu tilma ante nadie que no sea el Obispo, y le muestres lo que llevas. Así mismo le contarás cómo te ordené que subieras al cerrito y que allí recogieras las flores, y todo lo que viste y admiraste, para que te crea y se encargue de erigir el templo que deseo.»

Habiéndole mandado esto la Reina del Cielo, tomó el camino a México. Iba alegre, porque todo saldría bien. Habiendo entrado, se postró ante el Obispo y le refirió todo lo que había visto y a lo que había sido mandado con él. Le dijo: «Señor, cumplí lo que me pediste. Fui a decirle a mi Señora, la Reina del Cielo, Santa María, la Madre de Dios, que tú pedías una señal para creerme y para que levantes el templo que la misma Virgen desea. Le dije que te había dado mi palabra de traerte algún signo de su voluntad. Oyó lo que deseabas y lo aceptó de buen grado que lo pidieras para cumplir su voluntad y hoy, muy temprano, me mandó que viniera a verte de nuevo.»

Acudió toda la ciudad, observaban la venerable imagen, se admiraban, la veían como obra divina, le rezaban. Y ese día dijo el tío de Juan Diego cuál debía ser la advocación de la Virgen, y que su imagen se llamara Santa María siempre Virgen de Guadalupe.

R/. Apareció una gran señal en el cielo: una mujer vestida de sol, y la luna bajo sus pies; y en su cabeza una corona de doce estrellas.

V/. Alégrense los ángeles, exulten los arcángeles en la Virgen María.

R/. Y en su cabeza una corona de doce estrellas.

Primera lectura

Is 7,10-14; 8,10

Mirad: la virgen está encinta

Lectura del libro de Isaías

En aquellos días, el Señor habló a Acaz:
-«Pide una señal al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo».
Respondió Acaz:
-«No la pido, no quiero tentar al Señor».
Entonces dijo Dios:
-«Escucha, casa de David: ¿No os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal:
Mirad: la virgen está encinta y da la luz un hijo,
y le pondrá por nombre Emmanuel,
que significa "Dios-con-nosotros"».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 67(66), 2-3.5.7-8 (R. 4)

R. Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

V. El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación. R.

V. Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges a los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra. R.

V. La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe. R.

Aclamación

Dichosa tú, Virgen María, que has creído,
porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.

Evangelio

Lc 1,39-48

Dichosa tú, que has creído

Lectura del santo evangelio según san Lucas

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá: entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. 
En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito:
-«¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!
¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre.
Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá».
María dijo:
-«Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador».

Palabra del Señor

Pistas para la Lectio Divina

Autor: P. Fidel Oñoro Consuegra, cjm con el apoyo de la Sociedad de las Hijas de San Pablo en Colombia y el equipo del Instituto Bíblico Pastoral Latinoamericano de la Corporación Universitaria Minuto de Dios. Publicado en la edición "A la escucha del maestro".

María es signo del rostro maternal y misericordioso de Dios
Lucas 1,39-47
“Miren: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel, que significa Dios-con-nosotros”

Una mañana temprano del año de 1531, en la colina del Tepeyac (México), María se le apareció a Juan Diego, hoy primer santo indígena en la historia de la Iglesia. A él se le manifestó como la Madre de Dios y la Madre de los hombres menesterosos. Luego, a su vez que se derramaban rosas, su hermosa figura quedó impregnada en el lienzo que hoy veneramos como Nuestra Señora de Guadalupe.

Recordemos el diálogo de la Virgen María con Juan Diego en la primera aparición:

“―Juanito, el más pequeño de mis hijos, ¿a dónde vas?

―Señora y niña mía, tengo que llegar a tu casa, a seguir las cosas divinas que nos dan y enseñan nuestros sacerdotes, delegados de Nuestro Señor.

―Sabe y ten entendido, tú el más pequeño de mis hijos, que yo la Siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive; del Creador en cuyas manos está todo, Señor del Cielo y de la tierra. Deseo vivamente que se me levante aquí un templo para mostrar y dar en él todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa Madre, a ti, a todos vosotros juntos, los moradores de esta tierra y a los demás que me aman, me invocan y confían en mí. Allí oiré sus lamentos y remediaré todas sus miserias, penas y dolores. Tú eres mi embajador, muy digno de confianza”.

Así María se constituyó en signo que nos habla continuamente de la obra de Dios en los pueblos y culturas que habitan el continente americano.

Dejándonos guiar por la Palabra de Dios ―particularmente la profecía de Isaías― que la liturgia nos propone hoy, permitamos que se abra ante nosotros el misterio.

1. Dios está con nosotros en los momentos oscuros de nuestra historia

La profecía de Isaías comienza con la expresión: “Pide un signo” (7,11).

En la Biblia, la Palabra del Señor con frecuencia va a acompañada de signos. El signo tiene como función garantizar lo que promete o exige la Palabra. Los signos pueden ser (1) “del cielo”, cuando se pide una revelación de Dios, o (2) “del abismo”, cuando se pide una trasformación concreta en lo más oscuro de la realidad humana. Por eso la frase completa es “Pide para ti un signo de Yahveh tu Dios en lo profundo del abismo o en lo más alto” (v.11).

Claro que una persona que viene leyendo la Biblia capta enseguida un problema: ¡a Dios no se le exigen pruebas! Sin embargo no se excluye que en alguna u otra ocasión ―cuando se

trata de reforzar la certeza de la cercanía y la fidelidad de Dios, no importa que las cosas no se realicen tal como se piden― una persona puede humildemente solicitárselo. Esto es lo que el Señor le invita a hacer al rey Acaz.

Pero resulta que la fe del rey Acaz no anda bien.

El punto es que sus poderosos enemigos ―el rey de Damasco y el rey de Samaría― están a punto de derrotarlo conquistando la ciudad de Jerusalén. La tragedia se ve venir: los vigías le avisan que ya los dos ejércitos se aliaron y están cerca (ver Isaías 7,1-2).

El pavor del rey Acaz y el del pueblo se describe con esta diciente frase: “Se agitó su corazón... como se agitan los árboles del bosque con el viento” (v.2). Entonces, el Señor envía al profeta Isaías donde el rey para decirle: “¡Alerta, pero ten calma! No temas, ni desmaye tu corazón” (v.4).

Pero el rey no le cree, incluso considera la palabra del profeta como una intervención peligrosa en los delicados asuntos del Estado y prefiere resolver el asunto con sus propios medios, excluyendo a Dios.

Cuando el rey se siente desafiado para que pida una señal, responde hipócritamente: “No quiero tentar al Señor” (v.12). En realidad, no es que no quiera un signo, lo que no quiere es que Dios se inmiscuya en su empresa militar y disminuya su heroísmo.

2. El signo de Dios al rey Acaz como profecía mesiánica

Ante la resistencia del rey, el profeta reacciona enérgicamente con un regaño (7,13) y le anuncia un oráculo: “Miren: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel, que significa ‘Dios-con-nosotros” (v.14).

El oráculo está aludiendo inicialmente a la esposa del rey, quien todavía no ha tenido hijos. En esta línea, el Señor le está prometiendo la continuidad de la promesa de una dinastía que se origina en el rey David. El nombre del niño, “Dios-con-nosotros”, lo coloca de frente a la alianza de fidelidad mutua pactada entre Dios y su pueblo: “Yo soy vuestro Dios, vosotros sois mi pueblo”. La presencia del niño concebido por una virgen es el signo de que el poder de Dios está actuando en el mundo.

Sin embargo, esta profecía va mucho más allá de su realización histórica inmediata. No se trata del hijo del rey Acaz, sino del Mesías que trae la liberación futura al pueblo de Israel, en quien se realiza la promesa de salvación y alcanza su plena realización el encuentro y la comunión de Dios con su pueblo. Este Mesías es el “Dios-con-nosotros”.

Junto con el evangelista Mateo (1,13), nosotros leemos y entendemos la referencia de la joven mencionada en la profecía como una “virgen”. Se trata de María, la madre-virgen del último y definitivo descendiente de David, el verdadero “salvador” en quien se realizan todas las promesas.

En el evangelio que proclamamos hoy, la maternidad de María es felicitada por Isabel: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno” (Lc 1,42). El vientre de María

es reconocido por estas palabras inspiradas como el arca de la alianza perfecta en el que el Señor se hace presente de manera plena y definitiva.

3. Hoy María sigue siendo el “gran signo” de la fidelidad y la ternura de Dios en nuestro continente y en el mundo

Al celebrar en este día a María, como la Madre y evangelizadora de América, tenemos presente que en este medio milenio de historia cristiana de nuestro continente, el Evangelio ha sido predicado presentándola a ella como el modelo perfecto de lo que la Palabra nos invita a vivir. Como dice el Papa Juan Pablo II:

“Desde los orígenes ―en su advocación de Guadalupe― María constituyó el gran signo, de rostro maternal y misericordioso, de la cercanía del Padre y de Cristo, con quienes ella nos invita a entrar en comunión” (Iglesia en América, 11).

A contemplarla a ella, a Santa María de la esperanza, resonarán en nosotros palabras de confianza que nos invitan no perder el ritmo de la espera: “No temas, ni desmaye tu corazón”.

Que el rostro mestizo de la Virgen María, la Virgen del Tepeyac, Santa María de Guadalupe, Madre de las Américas, que le da rostro al evangelio con el color de tantas razas, nos inspire todos los días en la impregnación y el arraigo del evangelio, para que renazca entre nosotros la cultura de la paz y de la vida.

Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón:

1. ¿Cómo anda mi fe y mi esperanza, especialmente cuando se presentan las dificultades de la vida? ¿Me parezco al rey Acaz?

2. ¿Cuál es el signo de Dios para los cristianos de este continente? ¿Qué enseña este signo? ¿Qué relación tiene con la cultura de la vida que esperamos en este largo adviento de nuestro continente?

3. ¿Qué evoca en mí el rostro tierno, amoroso y preocupado por mí, de la Madre de mi Señor?

Una pista de oración para este día:

“Madre de misericordia, Madre del sacrificio escondido y silencioso,
a Ti, que sales al encuentro de nosotros, los pecadores,
te consagramos en este día todo nuestro ser y todo nuestro amor.
Te consagramos también nuestra vida, nuestros trabajos,
nuestras alegrías, nuestras enfermedades y nuestros dolores.
Da la paz, la justicia y la prosperidad a nuestros pueblos;
ya que todo lo que tenemos y somos, lo ponemos bajo tu cuidado,
Señora y Madre nuestra.
Queremos ser totalmente tuyos
y recorrer contigo el camino de una plena fidelidad a Jesucristo en su Iglesia:
no nos sueltes de tu mano amorosa”
(Juan Pablo II)


12 de diciembre

NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE*


Fiesta

12 Diciembre

Biografía


Según una constante y sólida tradición, la imagen de la Virgen de Guadalupe, a raíz de su impresión en la tilma del indio Juan Diego en 1531, en la ciudad de México, permaneció algunos días en la capilla episcopal del obispo fray Juan de Zumárraga, y luego en el templo mayor. El 26 de diciembre de ese mismo año fue trasladada solemnemente a una ermita construida al pie del cerro del Tepeyac. Su culto se propagó rápidamente e influyó mucho para la difusión de la fe entre los indígenas. Después de habérsele construido sucesivamente otros tres templos al pie del cerro, se construyó el actual, que fue terminado en 1709 y elevado a la categoría de basílica por san Pio X en 1904. En 1754, Benedicto XIV confirmó el patronato de la Virgen de Guadalupe sobre toda la Nueva España (desde Arizona hasta Costa Rica) y concedió la primera misa y Oficio propios. Puerto Rico la proclamó su Patrona en 1758. El 12 de octubre de 1895 tuvo lugar la coronación pontificia de la imagen, concedida por León XIII, el cual había aprobado un año antes un nuevo Oficio propio. En 1910, san Pío X la proclamó Patrona de la América Latina; en 1935, Pío XI la nombró Patrona de las Islas Filipinas; y, en 1945, Pío XII le dio el título de Emperatriz de América.

La veneración a la Virgen de Guadalupe despierta en el pueblo una grande confianza filial hacia ella, ya que se presenta solícita para dar auxilio y defensa en las tribulaciones; es, además, un impulso hacia la práctica de la caridad cristiana, al mostrar la predilección de María por los humildes y necesitados, y su disposición por remediar sus angustias.

Francisco Fernández-CarvajalHablar con Dios

— La aparición de la Virgen a Juan Diego.

— Nuestra Señora precede a todo apostolado y prepara las almas.

— La nueva evangelización. El Señor cuenta con nosotros. No desaprovechar las ocasiones.

I. La devoción a la Virgen de Guadalupe en México tiene su origen en los comienzos de su evangelización, cuando los creyentes eran aún muy pocos. Nuestra Señora se apareció en aquellos primeros años a un indio campesino, Juan Diego, y lo envió al Obispo del lugar para manifestarle el deseo de tener un templo dedicado a Ella en una colina próxima, llamada Tepeyac. Le dijo la Virgen en la primera aparición: «en este santuario le daré a las gentes todo mi amor personal, mi mirada compasiva, mi auxilio, mi salvación: porque Yo, en verdad, soy vuestra Madre compasiva, tuya y de todos los hombres... Allí les escucharé su llanto, su tristeza, para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores»1.

El Obispo del lugar, antes de acceder a esta petición, pidió una señal. Y Juan Diego, por encargo de la Señora de los Cielos, fue a cortar un ramo de rosas, en el mes de diciembre, sobre la árida colina, a más de dos mil metros de altura. Habiendo encontrado, con la consiguiente sorpresa, las rosas, las llevó al Obispo. Juan Diego extendió su blanca tilma, en cuyo hueco había colocado las flores. Y cuando cayeron en el suelo «apareció de repente la Amada Imagen de la Virgen Santa María, Madre de Dios, en la forma y figura que ahora se encuentra»2. Esa imagen de Nuestra Señora de Guadalupe quedó impresa en la rústica tilma del indio, tejida con fibras vegetales. Representa a la Virgen como una joven mujer de rostro moreno, rodeada por una luz radiante.

María dijo a Juan Diego, y lo repite a todos los cristianos: «¿No estoy Yo aquí, que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No estás por ventura en mi regazo?». ¿Por qué hemos de temer, si Ella es Madre de Jesús y Madre de los hombres?

Con la aparición de María en el cerro del Tepeyac comenzó en todo el antiguo territorio azteca un movimiento excepcional de conversiones, que se extendió a toda América Centro-Meridional y llegó hasta el lejano archipiélago de Filipinas. «La Virgen de Guadalupe sigue siendo aún hoy el gran signo de la cercanía de Cristo, al invitar a todos los hombres a entrar en comunión con Él, para tener acceso al Padre. Al mismo tiempo, María es la voz que invita a los hombres a la comunión entre ellos...»3. La Virgen ha ido siempre por delante en la evangelización de los pueblos. No se entiende el apostolado sin María. Por eso, cuando el Papa, Vicario de Cristo en la tierra, pide a los fieles la recristianización de Europa y del mundo acudimos a Ella para que «indique a la Iglesia los caminos mejores que hay que recorrer para realizar una nueva evangelización, Le imploramos la gracia de servir a esta causa sublime con renovado espíritu misionero»4. Le suplicamos que nos señale a nosotros el modo de acercar a nuestros amigos a Dios y que Ella misma prepare sus almas para recibir la gracia.

II. «Virgen de Guadalupe, Madre de las Américas... mira cuán grande es la mies, e intercede junto al Señor para que infunda hambre de santidad en todo el Pueblo de Dios...»5, que los fieles «caminen por los senderos de una intensa vida cristiana, de amor y de humilde servicio a Dios y a las almas»6. Solo así –con una intensa vida cristiana, con amor y deseos de servir– podremos llevar a cabo esa nueva evangelización en todo el mundo, empezando por los más cercanos. ¡Cuánta mies sin brazos que la recojan!, gentes hambrientas de la verdad que no tienen quienes se la enseñen, personas de todo tipo y condición que desearían acercarse a Dios y no encuentran el camino. Cada uno de nosotros debe ser un indicador claro que señale, con el ejemplo y con la palabra, el camino derecho que, a través de María, termina en Cristo.

De Europa partió la primera llamarada que encendió la fe en el continente americano. ¡Cuántos hombres y mujeres, de razas tan diversas, han encontrado la puerta del Cielo, por la fe heroica y sacrificada de aquellos primeros evangelizadores! La Virgen les fue abriendo camino y, a pesar de las dificultades, con tesón, paciencia y sentido sobrenatural enseñaron por todas partes los misterios más profundos de la fe. «Ahora nos encontramos en una Europa en la que se hace cada vez más fuerte la tentación del ateísmo y del escepticismo; en la que arraiga una penosa incertidumbre moral con la disgregación de la familia y la degeneración de las costumbres; en la que domina un peligroso conflicto de ideas y movimientos»7. De estos países que fueron profundamente cristianos, algunos dan la impresión de estar en camino de volver al paganismo del que fueron sacados, muchas veces con la sangre del martirio y siempre con la ayuda eficaz de la Virgen. Toda una civilización cimentada sobre ideas cristianas parece encontrarse sin recursos para reaccionar. Y desde estas naciones, de donde salió en otros tiempos la luz de la fe para propalarse por todo el mundo, desgraciadamente «se envía al mundo entero la cizaña de un nuevo paganismo»8.

Los cristianos seguimos siendo fermento en medio del mundo. La fuerza de la levadura no ha perdido su vigor en estos veinte siglos, porque es sobrenatural y es siempre joven, nueva y eficaz. Por eso nosotros no nos quedaremos parados, como si nada pudiéramos hacer o como si las dimensiones del mal pudieran ahogar la pequeña simiente que somos cada uno de los que queremos seguir a Cristo. Si los primeros que llevaron la fe a tantos lugares se hubieran quedado paralizados ante la tarea ingente que se les presentaba, si solo hubieran confiado en sus fuerzas humanas, nada habrían llevado a cabo. El Señor nos alienta continuamente a no quedar rezagados en esta labor, que se presenta «fascinadora desde el punto sobrenatural y humano»9. Pensemos hoy ante Nuestra Señora de Guadalupe, una vez más, qué estamos haciendo a nuestro alrededor: el interés por acercar a Cristo a nuestros familiares y amigos, si aprovechamos todas las ocasiones, sin dejar ninguna, para hablar con valentía de la fe que llevamos en el corazón, si nos tomamos en serio nuestra propia formación, de la que depende la formación de otros, si prestamos nuestro tiempo, siempre escaso, en catequesis o en otras obras buenas, si colaboramos también económicamente en el sostenimiento de alguna tarea que tenga como fin la mejora sobrenatural y humana de las personas. No nos debe detener el pensar que en ocasiones es poco lo que tenemos a nuestro alcance, en medio de un trabajo profesional que llena el día y aún le faltan horas. Dios multiplica ese poco; y, además, muchos pocos cambian un país entero.

III. Id por todo el mundo; predicad el Evangelio a todas las criaturas10. Estas palabras del Señor son actuales en cada época y en todo tiempo, y no excluyen a ningún pueblo o civilización, a ninguna persona. Los Apóstoles recibieron este mandato de Jesucristo, y ahora lo recibimos nosotros. En un mundo que muchas veces se muestra como pagano en sus costumbres y modos de pensar, «se impone a los cristianos la dulcísima obligación de trabajar para que el mensaje divino de la revelación sea conocido por todos los hombres de cualquier lugar de la tierra»11. Contamos con la asistencia siempre eficaz del Señor: Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos12.

Dios actúa directamente en el alma de cada persona por medio de la gracia, pero es voluntad del Señor, afirmada en muchos pasajes del Evangelio, que los hombres sean instrumento o vehículo de salvación para los demás hombres. Id, pues, a los caminos, y a cuantos encontréis llamadlos a las bodas13. Y comenta San Juan Crisóstomo: «Son caminos también todos los conocimientos humanos, como los de la filosofía, los de la milicia, y otros por el estilo. Dijo, pues: id a la salida de todos los caminos, para que llamen a la fe a todos los hombres, cualquiera que sea su condición»14. Los mismos viajes, de negocios o de descanso, son ocasiones que Dios pone muchas veces a nuestro alcance para dar a conocer a Cristo15. También los lazos familiares, la enfermedad, una visita de cortesía a casa de unos amigos, una felicitación de Navidad, una carta a un periódico... «Son innumerables las ocasiones que tienen los seglares para ejercitar el apostolado de la evangelización y de la santificación»16. Nosotros, cada uno, tendríamos que decir con Santa Teresa de Lisieux: «No podré descansar hasta el fin del mundo mientras haya almas que salvar»17. ¿Y cómo vamos a descansar, si además esas almas están en el mismo hogar, en el mismo trabajo, en la misma Facultad, en el vecindario? Hemos de pedir a la Virgen el deseo vivo y eficaz de ser almas valientes, audaces, atrevidas para sembrar el bien, procurando, sin respetos humanos, que no haya rincones de la sociedad en los que no se conozca a Cristo18. Es preciso desterrar el pesimismo de pensar que no se puede hacer nada, como si hubiera una predeterminación hacia el mal. Con la gracia del Señor, seremos como la piedra caída en el lago, que produce una onda, y esta otra más grande19, y no para hasta el fin de los tiempos. El Señor da una eficacia sobrenatural a nuestras palabras y obras que nosotros desconocemos la mayor parte de las veces.

Hoy pedimos a Nuestra Señora la Virgen de Guadalupe que se muestre como Madre compasiva con nosotros, que nos haga anunciadores del Evangelio, que sepamos comprender a todos, participando de sus gozos y esperanzas, de todo lo que inquieta su vida, para que, siendo muy humanos, podamos elevar a nuestros amigos al plano sobrenatural de la fe. «¡Reina de los Apóstoles! Acepta nuestra prontitud para servir sin reserva a la causa de tu Hijo, la causa del Evangelio y la causa de la paz, basada sobre la justicia y el amor entre los hombres y entre los pueblos.

El día 9 de diciembre de 1531 se apareció la Virgen María a un indio llamado Juan Diego, en el cerro de Tepeyac, cerca de la ciudad de México, manifestándole sus deseos de que allí fuese erigido un templo. Después de sanar milagrosamente al indio Bernardino, tío de Juan Diego, el 12 de diciembre, cuando, por mandato de la Virgen, llevaba al Prelado unas flores, al dejarlas caer de su tilma, la imagen de la Señora apareció grabada en esa prenda, que se venera en la actualidad en el Santuario Basílica de Guadalupe, en México. Era la señal que había pedido el Obispo Juan de Zumárraga, que levantó una capilla en 1553.

Existen diversos documentos que testifican los hechos acaecidos. El más antiguo es el que recoge la declaración de un testigo presencial de la entrevista entre Zumárraga y Juan Diego, Se conserva en la Biblioteca Nacional de México.

Te Deum



A ti, oh Dios, te alabamos,
a ti, Señor, te reconocemos.

A ti, eterno Padre,
te venera toda la creación.

Los ángeles todos, los cielos
y todas las potestades te honran.

Los querubines y serafines
te cantan sin cesar:

Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios del universo.

Los cielos y la tierra
están llenos de la majestad de tu gloria.

A ti te ensalza
el glorioso coro de los apóstoles,
la multitud admirable de los profetas,
el blanco ejército de los mártires.

A ti la Iglesia santa,
extendida por toda la tierra,
te proclama:

Padre de inmensa majestad,
Hijo único y verdadero, digno de adoración,
Espíritu Santo, Defensor.

Tú eres el Rey de la gloria, Cristo.

Tú eres el Hijo único del Padre.

Tú, para liberar al hombre,
aceptaste la condición humana
sin desdeñar el seno de la Virgen.

Tú, rotas las cadenas de la muerte,
abriste a los creyentes el reino del cielo.

Tú te sientas a la derecha de Dios
en la gloria del Padre.

Creemos que un día
has de venir como juez.

Te rogamos, pues,
que vengas en ayuda de tus siervos,
a quienes redimiste con tu preciosa sangre.

Haz que en la gloria eterna
nos asociemos a tus santos.

Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice tu heredad.

Sé su pastor
y ensálzalo eternamente.

Día tras día te bendecimos
y alabamos tu nombre para siempre,
por eternidad de eternidades.

Dígnate, Señor, en este día
guardarnos del pecado.

Ten piedad de nosotros, Señor,
ten piedad de nosotros.

Que tu misericordia, Señor,
venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.

En ti, Señor, confié,
no me veré defraudado para siempre.




Salmo 62,2-9: El alma sedienta de Dios


Ant: Dichosa eres, María, porque de ti vino la salvación del mundo; tú que ahora vives ya en la gloria del Señor, intercede por nosotros ante tu Hijo.

Madruga por Dios todo el que rechaza las obras de las tinieblas

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua.

¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios.

Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré como de enjundia y de manteca,
y mis labios te alabarán jubilosos.

En el lecho me acuerdo de ti
y velando medito en ti,
porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo;
mi alma está unida a ti,
y tu diestra me sostiene.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Dichosa eres, María, porque de ti vino la salvación del mundo; tú que ahora vives ya en la gloria del Señor, intercede por nosotros ante tu Hijo.

Cántico AT


Daniel 3,57-88.56: Toda la creación alabe al Señor


Ant: Tú eres la gloria de Jerusalén; tú, la alegría de Israel; tú, el orgullo de nuestra raza.

Alabad al Señor, sus siervos todos (Ap 19,5)

Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Ángeles del Señor, bendecid al Señor;
cielos, bendecid al Señor.

Aguas del espacio, bendecid al Señor;
ejércitos del Señor, bendecid al Señor.

Sol y luna, bendecid al Señor;
astros del cielo, bendecid al Señor.

Lluvia y rocío, bendecid al Señor;
vientos todos, bendecid al Señor.

Fuego y calor, bendecid al Señor;
fríos y heladas, bendecid al Señor.

Rocíos y nevadas, bendecid al Señor;
témpanos y hielos, bendecid al Señor.

Escarchas y nieves, bendecid al Señor;
noche y día, bendecid al Señor.

Luz y tinieblas, bendecid al Señor;
rayos y nubes, bendecid al Señor.

Bendiga la tierra al Señor,
ensálcelo con himnos por los siglos.

Montes y cumbres, bendecid al Señor;
cuanto germina en la tierra, bendiga al Señor.

Manantiales, bendecid al Señor;
mares y ríos, bendecid al Señor.

Cetáceos y peces, bendecid al Señor;
aves del cielo, bendecid al Señor.

Fieras y ganados, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Hijos de los hombres, bendecid al Señor
bendiga Israel al Señor.

Sacerdotes del Señor, bendecid al Señor;
siervos del Señor, bendecid al Señor.

Almas y espíritus justos, bendecid al Señor;
santos y humildes de corazón, bendecid al Señor.

Ananías, Azarías y Misael, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo,
ensalcémoslo con himnos por los siglos.

Bendito el Señor en la bóveda del cielo,
alabado y glorioso y ensalzado por los siglos.

Ant: Tú eres la gloria de Jerusalén; tú, la alegría de Israel; tú, el orgullo de nuestra raza.



Salmo 149: Alegría de los santos


Ant: ¡Alégrate, Virgen María! Tú llevaste en el seno a Cristo, el Salvador.

Los hijos de la Iglesia, nuevo pueblo de Dios, se alegran por su Rey, Cristo, el Señor (Hesiquio)

Cantad al Señor un cántico nuevo,
resuene su alabanza en la asamblea de los fieles;
que se alegre Israel por su Creador,
los hijos de Sión por su Rey.

Alabad su nombre con danzas,
cantadle con tambores y cítaras;
porque el Señor ama a su pueblo
y adorna con la victoria a los humildes.

Que los fieles festejen su gloria
y canten jubilosos en filas:
con vítores a Dios en la boca
y espadas de dos filos en las manos:

para tomar venganza de los pueblos
y aplicar el castigo a las naciones,
sujetando a los reyes con argollas,
a los nobles con esposas de hierro.

Ejecutar la sentencia dictada
es un honor para todos sus fieles.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: ¡Alégrate, Virgen María! Tú llevaste en el seno a Cristo, el Salvador.

Lectura Bíblica


Lectura del libro del profeta Isaías
Is 61,10 (cfr.)

Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como novia que se adorna con sus joyas.

V/. El Señor la eligió y la predestinó.

R/. El Señor la eligió y la predestinó.

V/. La hizo morar en su templo santo.

R/. Y la predestinó.

V/. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R/. El Señor la eligió y la predestinó.

Cántico Evangélico


Ant: Por Eva se cerraron a los hombres las puertas del paraíso, y por María Virgen se han vuelto a abrir a todos.


Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo,
por boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia
que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Por Eva se cerraron a los hombres las puertas del paraíso, y por María Virgen se han vuelto a abrir a todos.

Preces


Utilizar [formulario 1] [formulario 2]
 

Elevemos nuestras súplicas al Salvador, que quiso nacer de María Virgen, y digámosle:

Que tu Madre, Señor, interceda por nosotros

- Oh Sol de justicia, a quien la Virgen inmaculada precedía cual aurora luciente,
haz que vivamos siempre iluminados por la claridad de tu presencia.


- Verbo eterno del Padre, que elegiste a María como arca incorruptible de tu morada,
líbranos de la corrupción del pecado.


- Salvador nuestro, que quisiste que tu madre estuviera junto a tu cruz,
por su intercesión, concédenos compartir con alegría tus padecimientos.


- Jesús, que, colgado en la cruz, diste María a Juan como madre,
haz que nosotros vivamos también como hijos suyos.


Porque deseamos que la luz de Cristo alumbre a todos los hombres, pidamos al Padre que su reino llegue a nosotros:

Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre;

venga a nosotros tu reino;

hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día;

perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

No nos dejes caer en la tentación,

y líbranos del mal.



Dios, Padre de misericordias, que constituiste a tu pueblo bajo el singular patrocinio de la Santísima Madre de tu Hijo, concede a todos los que invocan a la Bienaventurada Virgen de Guadalupe, que con más alegre fe busquen el progreso de los pueblos por caminos de justicia y de paz. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.
 El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R/. Amén.

domingo, 10 de diciembre de 2023

Vísperas +

 


II Domingo de Adviento, solemnidad
Vísperas

†

(se hace la señal de la cruz mientras se dice:)
V/. -Dios mío, ven en mi auxilio.
R/. -Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya

 
Himno

Jesucristo, Palabra del Padre,
luz eterna de todo creyente:
ven y escucha la súplica ardiente,
ven, Señor, porque ya se hace tarde.

Cuando el mundo dormía en tinieblas,
en tu amor tú quisiste ayudarlo
y trajiste, viniendo a la tierra,
esa vida que puede salvarlo.

Ya madura la historia en promesas,
sólo anhela tu pronto regreso;
si el silencio madura la espera,
el amor no soporta el silencio.

Con María, la Iglesia te aguarda
con anhelos de esposa y de Madre,
y reúne a sus hijos en vela,
para juntos poder esperarte.

Cuando vengas, Señor, en tu gloria,
que podamos salir a tu encuentro
y a tu lado vivamos por siempre,
dando gracias al Padre en el reino. Amén.

o bien:



¡Marana tha!
¡Ven, Señor Jesús!

Yo soy la Raíz y el Hijo de David,
la Estrella radiante de la mañana.

El Espíritu y la Esposa dicen: "¡Ven, Señor!"
Quien lo oiga, diga: "¡Ven, Señor!"

Quien tenga sed, que venga; quien lo desee,
que tome el don del agua de la vida.

Sí, yo vengo pronto.
¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!

Salmo 109,1-5.7: El Mesías, Rey y Sacerdote

Ant: Mirad: viene el Señor con gran poder sobre las nubes del cielo. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies».
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora».

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec».

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso, levantará la cabeza.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Mirad: viene el Señor con gran poder sobre las nubes del cielo. Aleluya.

Salmo 113 B: Himno al Dios verdadero

Ant: Aparecerá el Señor y no faltará: si tarda, no dejéis de esperarlo, pues llegará y no tardará. Aleluya.

No a nosotros, Señor, no a nosotros,
sino a tu nombre da la gloria,
por tu bondad, por tu lealtad.
¿Por qué han de decir las naciones:
"Dónde está su Dios"?

Nuestro Dios está en el cielo,
lo que quiere lo hace.
Sus ídolos, en cambio, son plata y oro,
hechura de manos humanas:

Tienen boca, y no hablan;
tienen ojos, y no ven;
tienen orejas, y no oyen;
tienen nariz, y no huelen;

Tienen manos, y no tocan;
tienen pies, y no andan;
no tiene voz su garganta:
que sean igual los que los hacen,
cuantos confían en ellos.

Israel confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.
La casa de Aarón confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.
Los fieles del Señor confían en el Señor:
él su auxilio y su escudo.

Que el Señor se acuerde de nosotros y nos bendiga,
bendiga a la casa de Israel,
bendiga a la casa de Aarón;
bendiga a los fieles del Señor,
pequeños y grandes.

Que el Señor os acreciente,
a vosotros y a vuestros hijos;
benditos seáis del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.
El cielo pertenece al Señor,
la tierra se le ha dado a los hombres.

Los muertos ya no alaban al Señor,
ni los que bajan al silencio.
Nosotros, sí, bendeciremos al Señor
ahora y por siempre.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Aparecerá el Señor y no faltará: si tarda, no dejéis de esperarlo, pues llegará y no tardará. Aleluya.

Apocalipsis 19,1-7: Las bodas del Cordero

Ant: El Señor es nuestro legislador, el Señor es nuestro rey: él vendrá y nos salvará.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias.
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: El Señor es nuestro legislador, el Señor es nuestro rey: él vendrá y nos salvará.

Lectura

Flp 4,4-5
Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor esta cerca.

V/. Muéstranos, Señor, tu misericordia.
R/. Muéstranos, Señor, tu misericordia.
V/. Danos tu Salvación.
R/. Tu misericordia.
V/. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
R/. Muéstranos, Señor, tu misericordia.

Cántico Ev.

Ant: ¡Dichosa tú, María, que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá. Aleluya.

†

(se hace la señal de la cruz mientras se comienza a recitar)
Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: ¡Dichosa tú, María, que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá. Aleluya.

Preces

Oremos, hermanos, a Cristo, el Señor, que viene a salvar a todos los hombres y digámosle confiadamente:
Ven, Señor, Jesús
  • - Señor Jesucristo, que por el misterio de la encarnación manifestaste al mundo la gloria de tu divinidad,
    vivifica al mundo con tu venida.
  • - Tú que participaste de nuestra debilidad,
    concédenos tu misericordia.
  • - Tú que viniste humildemente para salvar al mundo de sus pecados,
    cuando vuelvas de nuevo con gloria y majestad, absuélvenos de todas las culpas.
  • - Tú que lo gobiernas todo con tu poder,
    ayúdanos, por tu bondad, a alcanzar la herencia eterna.
  • - Tú que estás sentado a la derecha del Padre,
    alegra con la visión de tu rostro a nuestros hermanos difuntos.

Terminemos nuestras preces con la oración que nos enseñó el Señor:

Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.
No nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.

Final

Señor todopoderoso, rico en misericordia, cuando salimos animosos al encuentro de tu Hijo, no permitas que lo impidan los afanes de este mundo; guíanos hasta él con sabiduría divina para que podamos participar plenamente de su vida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.

Oficio, reflexiones y laudes +

 


II Domingo de Adviento, solemnidad


V/. -Señor, Ábreme los labios.
R/. -Y mi boca proclamará tu alabanza.

Invitatorio

Salmo 94: Invitación a la alabanza divina

Ant: Al Rey que viene, al Señor que se acerca, venid, adorémosle.

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

-se repite la antífona

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

-se repite la antífona

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

-se repite la antífona

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

-se repite la antífona

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
"Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso."»

-se repite la antífona

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Al Rey que viene, al Señor que se acerca, venid, adorémosle.

 
Himno

De luz nueva se viste la tierra,
porque el Sol que del cielo ha venido
en el seno feliz de la Virgen
de su carne se ha revestido.

El amor hizo nuevas las cosas,
el Espíritu ha descendido
y la sombra del que todo puede
en la Virgen su luz ha encendido.

Ya la tierra reclama su fruto
y de bodas se anuncia alegría,
el Señor que en los cielos habita
se hizo carne en la Virgen María.

Gloria a Dios, el Señor poderoso,
a su Hijo y Espíritu Santo,
que en su gracia y su amor nos bendijo
y a su reino nos ha destinado. Amén.

Salmo 103-I: Himno al Dios creador

Ant: Mirad, viene ya el Rey excelso, con gran poder, para salvar a todos los pueblos. Aleluya.

Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Te vistes de belleza y majestad,
la luz te envuelve como un manto.

Extiendes los cielos como una tienda,
construyes tu morada sobre las aguas;
las nubes te sirven de carroza,
avanzas en las olas del viento;
los vientos te sirven de mensajeros;
el fuego llameante, de ministro.

Asentaste la tierra sobre sus cimientos,
y no vacilará jamás;
la cubriste con el manto del océano,
y las aguas se posaron sobre las montañas;

pero a tu bramido huyeron,
al fragor de tu trueno se precipitaron,
mientras subían los montes y bajaban los valles:
cada cual al puesto asignado.
Trazaste un frontera que no traspasarán,
y no volverán a cubrir la tierra.

De los manantiales sacas los ríos,
para que fluyan entre los montes;
en ellos beben las fieras de los campos,
el asno salvaje apaga su sed;
junto a ellos habitan las aves del cielo,
y entre las frondas se oye su canto.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Mirad, viene ya el Rey excelso, con gran poder, para salvar a todos los pueblos. Aleluya.

Salmo 103-II:

Ant: Alégrate y goza, hija de Jerusalén: mira a tu Rey que viene; no temas, Sión, tu salvación está cerca.

Desde tu morada riegas los montes,
y la tierra se sacia de tu acción fecunda;
haces brotar hierba para los ganados,
y forraje para los que sirven al hombre.

Él saca pan de los campos,
y vino que le alegra el corazón;
y aceite que da brillo a su rostro,
y alimento que le da fuerzas.

Se llenan de savia los árboles del Señor,
los cedros del Líbano que él plantó:
allí anidan los pájaros,
en su cima pone casa la cigüeña.
Los riscos son para las cabras,
las peñas son madriguera de erizos.

Hiciste la luna con sus fases,
el sol conoce su ocaso.
Pones las tinieblas y viene la noche,
y rondan las fieras de la selva;
los cachorros rugen por la presa,
reclamando a Dios su comida.

Cuando brilla el sol, se retiran,
y se tumban en sus guaridas;
el hombre sale a sus faenas,
a su labranza hasta el atardecer.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Alégrate y goza, hija de Jerusalén: mira a tu Rey que viene; no temas, Sión, tu salvación está cerca.

Salmo 103-III:

Ant: Salgamos con corazón limpio a recibir al Rey supremo, porque está para venir y no tardará.

Cuántas son tus obras, Señor,
y todas las hiciste con sabiduría;
la tierra está llena de tus criaturas.

Ahí está el mar: ancho y dilatado,
en él bullen, sin número,
animales pequeños y grandes;
lo surcan las naves, y el Leviatán
que modelaste para que retoce.

Todos ellos aguardan
a que les eches comida a su tiempo:
se la echas, y la atrapan;
abres tu mano, y se sacian de bienes;

escondes tu rostro, y se espantan;
les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu aliento, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra.

Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras,
cuando él mira la tierra, ella tiembla;
cuando toca los montes, humean.

Cantaré al Señor mientras viva,
tocaré para mi Dios mientras exista:
que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor.

Que se acaben los pecadores en la tierra,
que los malvados no existan más.
¡Bendice, alma mía, al Señor!

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Salgamos con corazón limpio a recibir al Rey supremo, porque está para venir y no tardará.

V/. Levantaos, alzad la cabeza.

R/. Se acerca vuestra liberación.

Lectura

V/. Levantaos, alzad la cabeza.

R/. Se acerca vuestra liberación.

Contra la soberbia de Jerusalén y de Sobná


Is 22,8b-23

Aquel día, inspeccionabais el arsenal, en el palacio de maderas, y descubríais cuántas brechas tenía la ciudad de David; recogíais el agua del aljibe de abajo, hacíais recuento de las casas de Jerusalén, demolíais casas para reforzar la muralla; entre los dos muros hicisteis un depósito para el agua del aljibe viejo. Pero no os fijabais en el que lo hacía, ni mirabais al que lo dispuso hace tiempo.

El Señor de los ejércitos os invitaba aquel día a llanto, y a luto, a raparos y a ceñir sayal; pero ahora: fiesta y alegría, a matar vacas, a degollar corderos, a comer carne, a beber vino, «a comer y a beber, que mañana moriremos».

Me ha revelado al oído el Señor de los ejércitos: «Juro que no se expiará este pecado hasta que muráis» -lo ha dicho el Señor de los ejércitos-.

Así dice el Señor de los ejércitos: «Anda, ve a ese mayordomo de palacio, a Sobná, que se labra en lo alto un sepulcro y excava en la piedra una morada: "¿Qué tienes aquí, a quién tienes aquí, que te labras aquí un sepulcro? Mira: el Señor te aferrará con fuerza y te arrojará con violencia, te hará dar vueltas y vueltas como un aro, sobre la llanura dilatada. Allí morirás, allí pararán tus carrozas de gala, baldón de la corte de tu señor.

Te echaré de tu puesto, te destituiré de tu cargo. Aquel día, llamaré a mi siervo, a Eliacín, hijo de Elcías: le vestiré tu túnica, le ceñiré tu banda, le daré tus poderes: será padre para los habitantes de Jerusalén, para el pueblo de Judá.

Colgaré de su hombro la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá. Lo hincaré como un clavo en sitio firme, dará un trono glorioso a la casa paterna."»

R/. Esto dice el santo, el veraz, el que tiene la llave de David: «Ante ti dejo abierta una puerta que nadie puede cerrar.»


V/. Has hecho caso de mis palabras y no has renegado de mí.

R/. «Ante ti dejo abierta una puerta que nadie puede cerrar.»

L. Patrística

Una voz grita en el desierto
Eusebio de Cesarea

Sobre Isaías 40

Una voz grita en el desierto: «Preparad un camino al Señor, allanad una calzada para nuestro Dios». El profeta declara abiertamente que su vaticinio no ha de realizarse en Jerusalén, sino en el desierto; a saber, que se manifestará la gloria del Señor, y la salvación de Dios llegará a conocimiento de todos los hombres.

Y todo esto, de acuerdo con la historia y a la letra, se cumplió precisamente cuando Juan Bautista predicó el advenimiento salvador de Dios en el desierto del Jordán, donde la salvación de Dios se dejó ver. Pues Cristo y su gloria se pusieron de manifiesto para todos cuando, una vez bautizado, se abrieron los cielos y el Espíritu Santo descendió en forma de paloma y se posó sobre él, mientras se oía la voz del Padre que daba testimonio de su Hijo: Éste es mi Hijo, el amado; escuchadlo.

Todo esto se decía porque Dios había de presentarse en el desierto, impracticable e inaccesible desde siempre. Se trataba, en efecto, de todas las gentes privadas del conocimiento de Dios, con las que no pudieron entrar en contacto los justos de Dios y los profetas.

Por este motivo, aquella voz manda preparar un camino para la Palabra de Dios, así como allanar sus obstáculos y asperezas, para que cuando venga nuestro Dios pueda caminar sin dificultad. Preparad un camino al Señor: se trata de la predicación evangélica y de la nueva consolación, con el deseo de que la salvación de Dios llegue a conocimiento de todos los hombres.

Súbete a un monte elevado, heraldo de Sión; alza fuerte la voz, heraldo de Jerusalén. Estas expresiones de los antiguos profetas encajan muy bien y se refieren con oportunidad a los evangelistas: ellas anuncian el advenimiento de Dios a los hombres, después de haberse hablado de la voz que grita en el desierto. Pues a la profecía de Juan Bautista sigue coherentemente la mención de los evangelistas.

¿Cuál es esta Sión sino aquella misma que antes se llamaba Jerusalén? Y ella misma era aquel monte al que la Escritura se refiere cuando dice: El monte Sión donde pusiste tu morada; y el Apóstol: Os habéis acercado al monte Sión. ¿Acaso de esta forma se estará aludiendo al coro apostólico, escogido de entre el primitivo pueblo de la circuncisión?

Y esta Sión y Jerusalén es la que recibió la salvación de Dios, la misma que a su vez se yergue sublime sobre el monte de Dios, es decir, sobre su Verbo unigénito: a la cual Dios manda que, una vez ascendida la sublime cumbre, anuncie la palabra de salvación. ¿Y quién es el que evangeliza sino el coro apostólico? ¿Y qué es evangelizar? Predicar a todos los hombres, y en primer lugar a las ciudades de Judá, que Cristo ha venido a la tierra.

R/. Vino el precursor del Señor, acerca del cual testificó éste: «No ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista.»


V/. Él es un profeta, y más que profeta; de él afirmó el Salvador:

R/. «No ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista.»



Pistas para la Lectio Divina

Lectio divina “Palabra vivificante”. P. Fidel Oñoro cjm

Isaías 40,1-11: Consuelen a mi pueblo

Nos ponemos a la escucha de una de las profecías más célebres de Isaías, el anuncio de la “consolación”, el profeta Isaías nos plantea con todas sus fuerzas el pregón del Adviento: ¡Consolad! ¡Consolad! Y anuncia cambios maravillosos que están a punto de suceder. Por razón de espacio iremos solamente a lo esencial de esta página bíblica.

¿Qué es la consolación?

En la experiencia bíblica, la consolación es mucho más fuerte y radical que la que acostumbramos a ofrecernos entre nosotros. Por más que uno quiera, por ejemplo, ante la desgracia que vive un amigo o ante un funeral, uno lo más que puede hacer es darle un poco de alivio con la escucha, con la presencia amiga, con una expresión de solidaridad; pero el amigo o los dolientes siguen con el problema.

La consolación que ofrece el Señor es el vuelco que vive una persona y una comunidad, pasando de una triste situación a una de plena realización, gracias a la superación del factor que la originó. No es quedarse en la orilla de los problemas con tranquilizantes pasajeros, sino el comienzo de una nueva etapa positiva.

Según esto, ¿Cuál es la espiritualidad de la consolación que nos invita a vivir el profeta en el adviento del Mesías?

Siguiendo el hilo del texto, podemos hoy concentrarnos en algunas pautas que serán muy útiles para nuestro ejercicio espiritual. Se trata de cuatro pasos:

1. Primer paso. El Señor interpela hasta el fondo, hasta el corazón: “hablad al corazón de Jerusalén” (40,1-2)

Primero que todo se recuperan los ánimos.

Para explicar esto, el profeta presenta a Jerusalén como una bella dama que es conquistada por la palabra penetrante y amorosa de su amante. De esta forma, Dios quiere reconquistar el amor de su pueblo infiel.

La buena noticia que el mensajero coloca en el corazón de Jerusalén es que se acabarán los motivos de su tristeza, esto es, el fin de su aislamiento en la experiencia histórica del destierro. En la historia de Israel, el destierro había venido como castigo por su pecado. La consolación comienza con el don del perdón: “ya ha satisfecho por su culpa”.

Y como es probable que en la situación de castigo se haya llegado a sufrir un poco más de la cuenta, el profeta anuncia que todo este sufrimiento recibirá su recompensa.

2. Segundo paso. El Señor prepara el camino: “En el desierto preparen el camino del Señor” (40,3-5)

Además de la preparación interna ―la buena disposición del corazón― se emprende la preparación externa: el camino de regreso a la tierra por el desierto.

El consuelo no se vive de un momento para otro, tiene su proceso, con sus respectivas etapas, así como lo fue el camino de Israel por el desierto en el éxodo: “todo valle sea elevado, todo monte y cerro rebajado; vuélvase lo escabroso llano, y las breñas planicie”.

En este espacio geográfico y espiritual del desierto se realizan grandes transformaciones: la gloria del Señor, la “shekinnáh”, que desde antaño habitaba al pueblo, relucirá como nunca y sus rayos sorprenderán a toda la humanidad: “Se revelará la gloria de Yahveh, y toda criatura a una la verá”.

3. Tercer paso. Una pausa de reflexión para tomar conciencia de sí mismo frente a la grandeza de Dios

El pregón de la consolación tiene como contenido la fuerza de la palabra de Dios, la cual es como un fuerte aliento (como “Ruah”) que, si bien genera una nueva creación, por otra parte, no sabemos si podremos resistirlo.

Es como le sucede a la débil hierba mañanera en las estepas de Israel, cuando pasa el viento cálido del desierto queda quemada. Por eso, el profeta se permite un pequeño diálogo (o quizás monólogo) en el que se interioriza esta realidad: frente a la grandeza y la eternidad de Dios, ¿quién soy yo?

Por eso dice: “Todos los mortales son como la hierba y como la flor campestre su esplendor” (40,6-8).

4. La venida del Señor en persona realiza la salvación esperada: “Ahí
está vuestro Dios” (40,9-11)

El profeta que ha hablado amorosamente al corazón del pueblo, que ha dado órdenes para que se prepare el camino y que ha provocado una pausa de reflexión, se convierte finalmente en el alegre mensajero que corre agitadamente el último tramo del desierto abriendo el camino hasta llegar a la tierra. Cuando llega, sube a la montaña más alta de la región de Judá para que lo escuchen en todos los rincones: “Súbete a un alto monte, alegre mensajero para Sión”.

El alegre mensajero grita a los cuatro vientos la inminencia de la llegada de Dios y su salvación con estas tres proclamas que van desvelando progresivamente el escenario en el momento en que aparece Dios:
(1) “Mirad a vuestro Dios”;
(2) “Mirad su brazo robusto” (=poder);
(3) “Mirad su séquito en la marcha de la victoria” (=arrastra a los vencidos
y carga el botín de guerra).

Este Dios que se presenta como salvador poderoso, tiene el corazón, la ternura y la delicadeza de un pastor, que lo que más desea es la vida y el bienestar de la comunidad de la cual es responsable: “Como pastor pastorea su rebaño:
(1) recoge en brazos los corderitos,
(2) en el seno los lleva,
(3) y trata con cuidado a las paridas”

Y esta profecía se realiza en Jesús (Mateo 18,12-14)

La parábola del pastor que busca en medio de las montañas la oveja perdida, anuncia que el MESIAS, viene precisamente a realizar esta profecía de la consolación.

El Mesías había sido anunciado como un pastor capaz de atención y de ternura con las ovejas más pequeñas a las que les cuesta caminar. Y esto es precisamente lo que distingue a Jesús de Nazaret: su compasión infinita de amor. Un pastor que no teme dejar las 99 ovejas en los montes, no las guarda en el redil, para salir en búsqueda de la que se le ha perdido.

¡Basta una! Para Dios cada persona es preciosa a sus ojos y tiene un valor incomparable. ¿Por qué no contentarse con las 99 que le quedan? Porque “la voluntad mi Padre celestial”, dice Jesús, “es que no se pierda ni una sola de sus ovejas”. Cuando en el “Padre nuestro” pedimos que “se haga su voluntad”, no pedimos otra cosa que ser abrazados por esa pasión de amor que brota de su corazón.

Así mismo, nuestra tarea es pasar la lista cada día para estar seguros de que no se nos ha pedido ninguna de las personas que nos ha sido confiada.

Siguiendo la indicación de Jesús en el evangelio de Mateo, también nosotros somos invitados a participar en la búsqueda de la oveja y animar alegremente su regreso a casa haciendo el camino de esta espiritualidad de la consolación.

Oremos…
“Jesús, que vives en María,
Ven a vivir en nosotros
Con el espíritu de santidad,
Con la plenitud de tu poder,
Con la perfección de tus caminos,
Con la fuerza de tus virtudes,
Con la participación de tu misterio.
Por la fuerza de tu Espíritu
Triunfa en nosotros sobre todo poder adverso”.
Amén.
(J. J. Olier)

10 de diciembre

NUESTRA SEÑORA DE LORETO*


Memoria

— La casa de Nazareth.

— El hogar de Nazareth, modelo que han de imitar los hogares cristianos.

— Hacer la vida amable a quienes conviven con nosotros.

I. El culto de la Santísima Virgen bajo la advocación de Nuestra Señora de Loreto «está vinculado, según la antigua y viva tradición, a la casa de Nazareth; la casa en la que, como recuerda el Evangelio de la Misa de hoy, María habitó después de los desposorios con José; la casa de la Sagrada Familia»1, el hogar que con tanto cariño prepararía San José para recibir a Santa María. Esta morada fue en primer lugar la casa de María, pues «toda casa es, ante todo, santuario de la madre. Y ella lo crea de modo especial con su maternidad»2. Dios desea «que los hijos de la familia humana, al venir al mundo, tengan un techo sobre su cabeza, que tengan una casa. Sin embargo, la casa de Nazareth, como sabemos, no fue el lugar del nacimiento del Hijo de María e Hijo de Dios. Probablemente, todos los antepasados de Cristo, de los que habla la genealogía del Evangelio de hoy según San Mateo, venían al mundo bajo el techo de una casa. Esto no se le concedió a Él. Nació como un extraño en Belén, en un establo. Y no pudo volver a la casa de Nazareth, porque, obligado a huir desde Belén a Egipto por la crueldad de Herodes, solo después de morir el rey, José se atrevió a llevar a María con el Niño al hogar de Nazareth. Y desde entonces en adelante, esa casa fue el lugar de la vida cotidiana, el lugar de la vida oculta del Mesías; la casa de la Sagrada Familia. Fue el primer templo, la primera iglesia en la que la Madre de Dios irradió su luz con su maternidad. La irradió con su luz, procedente del gran misterio de la Encarnación; del misterio de su Hijo»3.

Sus muros fueron testigos del amor entrañable de los miembros de la Sagrada Familia, del trabajo escondido de los seres que Dios más amó en el mundo. Esta morada, llena de luz y de amor, limpia, alegre, de servicio gustoso, es el modelo de todos los hogares cristianos. En ella se reflejaría el alma de María; los modestos adornos, el orden, la limpieza, hacían que Jesús y José, después de una jornada de trabajo, encontraran el descanso junto a Nuestra Señora. El cuidado material de nuestros hogares, a veces rodeados de una gran pobreza, de unos muebles modestos, nunca es indiferente para esa convivencia en la que debemos encontrar a Dios. La Virgen María nos enseña hoy a que sean también muestra de caridad hacia los demás.

II. Ante el Cielo, aquella casa de Nazareth resplandecía de luz, porque allí se encontraba la Luz del mundo. A la vez, fue un hogar que sobresalía por su limpieza, por el buen gusto dentro de su pobreza, por el cuidado de las cosas... Nuestra Señora preparó la comida muchas veces, remendó la ropa y procuró que aquel hogar estuviera siempre acogedor. ¡Con qué amor serviría Santa María a Jesús y a José! ¡Cómo estaría pendiente de esos momentos del mediodía cuando hacían un parón en el trabajo, o al atardecer cuando daban por concluida su tarea! En el calor de intimidad de aquel hogar fue creciendo el Hijo de Dios, hasta que llegó el tiempo prefijado desde la eternidad para iniciar su predicación por ciudades y aldeas. Siempre tendría presentes aquellas paredes y aquel lugar pobre, pero ordenado y limpio, humanamente agradable. Cuando, en su ministerio público, Jesús volvió a Nazareth recordaría momentos inolvidables junto a su Madre y a San José. Entre las cosas que Santa María guardaba en su corazón4 estarían sin duda tantos pequeños sucesos corrientes de su Hijo, que fueron la alegría de su alma. «No olvidemos que la casi totalidad de los días que Nuestra Señora pasó en la tierra transcurrieron de una manera muy parecida a las jornadas de otros millones de mujeres, ocupadas en cuidar de su familia, en educar a sus hijos, en sacar adelante las tareas del hogar. María santifica lo más menudo, lo que muchos consideran erróneamente como intrascendente y sin valor: el trabajo de cada día, los detalles de atención hacia las personas queridas, las conversaciones y las visitas con motivo de parentesco o de amistad. ¡Bendita normalidad, que puede estar llena de tanto amor de Dios!»5.

Dios quiere que sus hijos nazcan, vivan y se formen en un hogar, que ha de ser imitación del de Nazareth. Aunque la mujer está llamada a desempeñar funciones capitales en otros trabajos en bien de la sociedad, la dedicación al cuidado de su hogar ocupará un lugar central en su vida, pues es allí donde principalmente, a través de múltiples detalles, ejerce esa maternidad sobre los suyos, el encargo más excelente que ha recibido del Señor. Y marido y mujer no deben olvidar «que el secreto de la felicidad conyugal está en lo cotidiano, no en ensueños. Está en encontrar la alegría escondida que da la llegada al hogar; en el trato cariñoso con los hijos; en el trabajo de todos los días, en el que colabora la familia entera; en el buen humor ante las dificultades, que hay que afrontar con deportividad; en el aprovechamiento también de todos los adelantos que nos proporciona la civilización, para hacer la casa agradable, la vida más sencilla, la formación más eficaz»6.

En la Sagrada Familia tenemos el modelo que hemos de mirar muchas veces. «Nazareth es la escuela donde empieza a entenderse la vida de Jesús, es la escuela donde se inicia el conocimiento de su Evangelio. Aquí aprendemos a observar, a escuchar, a meditar, a penetrar en el sentido profundo y misterioso de esta sencilla, humilde y encantadora manifestación del Hijo de Dios entre los hombres. Aquí se aprende incluso, quizá de una manera casi insensible, a imitar esta vida»7. ¡Cuántas veces en nuestra oración mental hemos entrado en aquella casa modesta de Nazareth y hemos contemplado a Jesús, a María y a José mientras trabajan, y en los muchos detalles que tendrían entre sí, en la convivencia diaria!

Examinemos hoy junto a la Sagrada Familia si nuestros hogares son un reflejo de aquel de Nazareth: si procuramos que Jesús ocupe el centro de los pensamientos y del amor de todos, si mantenemos despierto el espíritu de servicio, si nos desvivimos por hacer la vida amable a los demás; o si, por el contrario, se dan riñas frecuentes, si nos preocupamos excesivamente de lo nuestro, si por presiones del ambiente dejamos esas costumbres cristianas que tanto ayudan a tener presente a Dios: la bendición de la mesa, el rezo de alguna oración en común, el asistir juntos a la Misa del domingo o de alguna fiesta principal...

III. «¡Qué gran ejemplo de convivencia cotidiana! afirmaba León XIII, refiriéndose a la Sagrada Familia. ¡Qué perfecta imagen de un hogar! Allí se vive con sencillez de costumbres y calor humano; en constante armonía de sentimientos; sin desorden, con mutuo respeto; con amor sincero, sin fingimientos, plenamente operativo por la perseverancia en el cumplimiento del deber, que tanto atrae a los que lo contemplan»8. Es allí donde debemos mirar para reproducir en nuestras familias el ejemplo de Jesús, María y José.

El calor de hogar no solo depende de la madre aunque su función no es fácilmente sustituible, sino de la aportación personal de cada uno. Hemos de vivir pensando en los demás, usar de las cosas de tal manera que haya algo que ofrecer siempre a otros, cuidar de las tradiciones propias de cada familia... ¡Cuánta semejanza puede haber entre nuestra vida y la de Jesús, María y José en la casa de Nazareth! Todo transcurrió allí con la más completa normalidad, sin acontecimientos de extraordinario relieve externo. El Señor no nos pide sacrificios llamativos. Nos busca, sin embargo, en la propia familia, en mil pequeños detalles de entrega: una sonrisa para aquel que se encuentra más cansado, adelantarnos en los pequeños servicios que requiere toda convivencia, no manifestar desagrado por cosas de poca importancia, vencer el malhumor para no hacer daño a los demás, estar atentos al santo o cumpleaños de quienes conviven con nosotros, festejar en familia esos aniversarios y fiestas especialmente ligados a todos...

«Acepta, ¡oh Señora de Loreto! oraba el Papa Juan Pablo II en este Santuario, Madre de la casa de Nazareth, esta peregrinación mía y nuestra, que es una gran oración común por la casa del hombre de nuestra época: por la casa que prepara a los hijos de toda la tierra para la casa eterna del Padre en el Cielo». A Ella le pedimos que nos enseñe a cuidar del propio hogar, como del lugar querido por Dios para aprender y ejercitar las virtudes humanas y sobrenaturales y para restaurar las fuerzas perdidas en orden a una mayor eficacia en el servicio que prestamos a la sociedad con nuestro trabajo, y en el apostolado. Le pedimos que nuestras casas «constituyan esos hogares vivos del amor, en los cuales el hombre puede calentarse cada día», y que sean anticipo de la Casa del Cielo, un cielo aquí en la tierra.

En el Santuario de Loreto, según antigua tradición, se conserva la Santa Casa, donde la Virgen nació y recibió el anuncio de su divina maternidad. El pequeño edificio, tal como aparece hoy, consiste en una pieza rectangular, construida con piedras arenosas de sillería unidas por argamasa de barro; la parte superior es de ladrillo. Las paredes no son visibles desde el exterior, habiendo sido incluidas en el siglo xvi en un monumental revestimiento marmóreo. La imagen de la Virgen es obra reciente, y sustituye a una procedente del siglo xvi que fue destruida en el incendio de 1921. Loreto fue, desde muy antiguo, centro de peregrinaciones y foco de piedad mariana.

Te Deum


A ti, oh Dios, te alabamos,
a ti, Señor, te reconocemos.

A ti, eterno Padre,
te venera toda la creación.

Los ángeles todos, los cielos
y todas las potestades te honran.

Los querubines y serafines
te cantan sin cesar:

Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios del universo.

Los cielos y la tierra
están llenos de la majestad de tu gloria.

A ti te ensalza
el glorioso coro de los apóstoles,
la multitud admirable de los profetas,
el blanco ejército de los mártires.

A ti la Iglesia santa,
extendida por toda la tierra,
te proclama:

Padre de inmensa majestad,
Hijo único y verdadero, digno de adoración,
Espíritu Santo, Defensor.

Tú eres el Rey de la gloria, Cristo.

Tú eres el Hijo único del Padre.

Tú, para liberar al hombre,
aceptaste la condición humana
sin desdeñar el seno de la Virgen.

Tú, rotas las cadenas de la muerte,
abriste a los creyentes el reino del cielo.

Tú te sientas a la derecha de Dios
en la gloria del Padre.

Creemos que un día
has de venir como juez.

Te rogamos, pues,
que vengas en ayuda de tus siervos,
a quienes redimiste con tu preciosa sangre.

Haz que en la gloria eterna
nos asociemos a tus santos.

Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice tu heredad.

Sé su pastor
y ensálzalo eternamente.

Día tras día te bendecimos
y alabamos tu nombre para siempre,
por eternidad de eternidades.

Dígnate, Señor, en este día
guardarnos del pecado.

Ten piedad de nosotros, Señor,
ten piedad de nosotros.

Que tu misericordia, Señor,
venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.

En ti, Señor, confié,
no me veré defraudado para siempre.

Salmo 117: Himno de acción de gracias después de la victoria

Ant: Tenemos en Sión una ciudad fuerte: el Salvador ha puesto en ella murallas y baluartes; abrid las puertas, que con nosotros está Dios. Aleluya.

Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.

Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.

Diga la casa de Aarón:
eterna es su misericordia.

Digan los fieles del Señor:
eterna es su misericordia.

En el peligro grité al Señor,
y me escuchó, poniéndome a salvo.

El Señor está conmigo: no temo;
¿qué podrá hacerme el hombre?
El Señor está conmigo y me auxilia,
veré la derrota de mis adversarios.

Mejor es refugiarse en el Señor
que fiarse de los hombres,
mejor es refugiarse en el Señor
que fiarse de los jefes.

Todos los pueblos me rodeaban,
en el nombre del Señor los rechacé;
me rodeaban cerrando el cerco,
en el nombre del Señor los rechacé;
me rodeaban como avispas,
ardiendo como fuego en las zarzas,
en el nombre del Señor los rechacé.

Empujaban y empujaban para derribarme,
pero el Señor me ayudó;
el Señor es mi fuerza y mi energía,
él es mi salvación.

Escuchad: hay cantos de victoria
en las tiendas de los justos:
"la diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa,
la diestra del Señor es poderosa."

No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor.
Me castigó, me castigó el Señor,
pero no me entregó a la muerte.

Abridme las puertas del triunfo,
y entraré para dar gracias al Señor.

-Ésta es la puerta del Señor:
los vencedores entrarán por ella.

-Te doy gracias porque me escuchaste
y fuiste mi salvación.

La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.

Éste es el día en que actuó el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo.
Señor, danos la salvación;
Señor, danos prosperidad.

-Bendito el que viene en nombre del Señor,
os bendecimos desde la casa del Señor;
el Señor es Dios, él nos ilumina.

-Ordenad una procesión con ramos
hasta los ángulos del altar.

Tú eres mi Dios, te doy gracias;
Dios mío, yo te ensalzo.

Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Tenemos en Sión una ciudad fuerte: el Salvador ha puesto en ella murallas y baluartes; abrid las puertas, que con nosotros está Dios. Aleluya.

Daniel 3,52-57: Que la creación entera alabe al Señor

Ant: Sedientos todos, acudid por agua; buscad al Señor mientras se le encuentra. Aleluya.

Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres:
a ti gloria y alabanza por los siglos.

Bendito tu nombre, santo y glorioso:
a él gloria y alabanza por los siglos.

Bendito eres en el templo de tu santa gloria:
a ti gloria y alabanza por los siglos.

Bendito eres sobre el trono de tu reino:
a ti gloria y alabanza por los siglos.

Bendito eres tú, que sentado sobre querubines sondeas los abismos:
a ti gloria y alabanza por los siglos.

Bendito eres en la bóveda del cielo:
a ti honor y alabanza por los siglos.

Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Sedientos todos, acudid por agua; buscad al Señor mientras se le encuentra. Aleluya.

Salmo 150: Alabad al Señor

Ant: Mirad: el Señor vendrá con poder para iluminar los ojos de sus siervos. Aleluya.

Alabad al Señor en su templo,
alabadlo en su fuerte firmamento.

Alabadlo por sus obras magníficas,
alabadlo por su inmensa grandeza.

Alabadlo tocando trompetas,
alabadlo con arpas y cítaras,

alabadlo con tambores y danzas,
alabadlo con trompas y flautas,

alabadlo con platillos sonoros,
alabadlo con platillos vibrantes.

Todo ser que alienta alabe al Señor.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Mirad: el Señor vendrá con poder para iluminar los ojos de sus siervos. Aleluya.

Lectura

Rm 13,11b-12

Ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas, y pertrechémonos con las armas de la luz.

V/. Cristo, Hijo de Dios vivo, ten piedad de nosotros.

R/. Cristo, Hijo de Dios vivo, ten piedad de nosotros.

V/. Tú que has de venir al mundo

R/. Ten piedad de nosotros.

V/. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo

R/. Cristo, Hijo de Dios vivo, ten piedad de nosotros.

Cántico Ev.

Ant: Mirad: yo envío mi mensajero para que prepare mi camino ante ti.

†


Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo,
por boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia
que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Mirad: yo envío mi mensajero para que prepare mi camino ante ti.

Preces

Roguemos, hermanos, al Señor Jesús, juez de vivos y muertos, y digámosle:

Ven, Señor Jesús

- Señor Jesucristo, que viniste a salvar a los pecadores,
líbranos de caer en la tentación.


- Tú que vendrás con gloria para juzgar a tu pueblo,
muestra en nosotros tu poder salvador.


- Ayúdanos a cumplir con fortaleza de espíritu los preceptos de tu ley,
para que podamos esperar tu venida sin temor.


- Tú que eres bendito por los siglos,
concédenos por tu misericordia, que, llevando ya desde ahora una vida sobria y religiosa, esperemos con gozo tu gloriosa aparición.

Por Jesús nos llamamos y somos hijos de Dios; por ello, nos atrevemos a decir:

Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre;

venga a nosotros tu reino;

hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día;

perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

No nos dejes caer en la tentación,

y líbranos del mal.

Final

Señor todopoderoso, rico en misericordia, cuando salimos animosos al encuentro de tu Hijo, no permitas que lo impidan los afanes de este mundo; guíanos hasta él con sabiduría divina para que podamos participar plenamente de su vida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.