Custodia

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Saludo

Bendición

martes, 3 de octubre de 2023

Oficio, lecturas, reflexiones y laudes +

 


Martes, XXVI semana del Tiempo Ordinario, feria


V/. -Señor, Ábreme los labios.
R/. -Y mi boca proclamará tu alabanza.

Invitatorio

Salmo 94: Invitación a la alabanza divina

Ant: Venid, adoremos al Señor, Dios grande.

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

-se repite la antífona

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

-se repite la antífona

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

-se repite la antífona

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

-se repite la antífona

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
"Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso."»

-se repite la antífona

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Venid, adoremos al Señor, Dios grande.

 
Himno

Porque, Señor, yo te he visto
y quiero volverte a ver,
quiero creer.

Te vi, sí, cuando era niño
y en agua me bauticé,
y, limpio de culpa vieja,
sin velos te pude ver.

Devuélveme aquellas puras
transparencias de aire fiel,
devuélveme aquellas niñas
de aquellos ojos de ayer.

Están mis ojos cansados
de tanto ver luz sin ver;
por la oscuridad del mundo,
voy como un ciego que ve.

Tú que diste vista al ciego
y a Nicodemo también,
filtra en mis secas pupilas
dos gotas frescas de fe.

Salmo 36 - I: La verdadera y la falsa felicidad

Ant: Encomienda tu camino al Señor, y Él actuará.

No te exasperes por los malvados,
no envidies a los que obran el mal:
se secarán pronto, como la hierba,
como el césped verde se agostarán.

Confía en el Señor y haz el bien,
habita tu tierra y practica la lealtad;
sea el Señor tu delicia,
y Él te dará lo que pide tu corazón.

Encomienda tu camino al Señor,
confía en Él, y Él actuará:
hará tu justicia como el amanecer,
tu derecho como el mediodía.

Descansa en el Señor y espera en Él,
no te exasperes por el hombre que triunfa
empleando la intriga:

Cohíbe la ira, reprime el coraje,
no te exasperes, no sea que obres mal;
porque los que obran mal son excluidos,
pero los que esperan en el Señor poseerán la tierra.

Aguarda un momento: desapareció el malvado,
fíjate en su sitio: ya no está;
en cambio, los sufridos poseen la tierra
y disfrutan de paz abundante.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Encomienda tu camino al Señor, y Él actuará.

Salmo 36 - II:

Ant: Apártate del mal y haz el bien, porque el Señor ama la justicia.

El malvado intriga contra el justo,
rechina sus dientes contra él;
pero el Señor se ríe de él,
porque ve que le llega su hora.

Los malvados desenvainan la espada,
asestan el arco,
para abatir a pobres y humildes,
para asesinar a los honrados;
pero su espada les atravesará el corazón,
sus arcos se romperán.

Mejor es ser honrado con poco
que ser malvado en la opulencia;
pues al malvado se le romperán los brazos,
pero al honrado lo sostiene el Señor.

El Señor vela por los días de los buenos,
y su herencia durará siempre;
no se agotarán en tiempo de sequía,
en tiempo de hambres se saciarán;

pero los malvados perecerán,
los enemigos del Señor
se marchitarán como la belleza de un prado,
en humo se disiparán.

El malvado pide prestado y no devuelve,
el justo se compadece y perdona.
Los que el Señor bendice poseen la tierra,
los que él maldice son excluidos.

El Señor asegura los pasos del hombre,
se complace en sus caminos;
si tropieza, no caerá,
porque el Señor lo tiene de la mano.

Fui joven, ya soy viejo:
nunca he visto a un justo abandonado,
ni a su linaje mendigando el pan.
A diario se compadece y da prestado;
bendita será su descendencia.

Apártate del mal y haz el bien,
y siempre tendrás una casa;
porque el Señor ama la justicia
y no abandona a sus fieles.

Los inicuos son exterminados,
la estirpe de los malvados se extinguirá;
pero los justos poseen la tierra,
la habitarán por siempre jamás.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Apártate del mal y haz el bien, porque el Señor ama la justicia.

Salmo 36 - III:

Ant: Confía en el Señor y sigue su camino.

La boca del justo expone la sabiduría,
su lengua explica el derecho;
porque lleva en el corazón la ley de su Dios,
y sus pasos no vacilan.

El malvado espía al justo
e intenta darle muerte;
pero el Señor no lo entrega en sus manos,
no deja que lo condenen en el juicio.

Confía en el Señor, sigue su camino;
él te levantará a poseer la tierra,
y verás la expulsión de los malvados.

Vi a un malvado que se jactaba,
que prosperaba como un cedro frondoso;
volví a pasar, y ya no estaba;
lo busqué, y no lo encontré.

Observa al honrado, fíjate en el bueno:
su porvenir es la paz;
los impíos serán totalmente aniquilados,
el porvenir de los malvados quedará truncado.

El Señor es quien salva a los justos,
él es su alcázar en el peligro;
el Señor los protege y los libra,
los libra de los malvados y los salva
porque se acogen a él.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Confía en el Señor y sigue su camino.

V/. Enséñame, Señor, a gustar y a comprender.

R/. Porque me fío de tus mandatos.

Lectura

V/. Enséñame, Señor, a gustar y a comprender.

R/. Porque me fío de tus mandatos.

Exhortación a imitar a Cristo


Flp 1,27-2,11

Hermanos: Lo importante es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo, de modo que, ya sea que vaya a veros o que tenga de lejos noticias vuestras, sepa que os mantenéis firmes en el mismo espíritu y que lucháis juntos como un solo hombre por la fidelidad al Evangelio, sin el menor miedo a los adversarios; esto será para ellos signo de perdición, para vosotros de salvación, todo por obra de Dios. Porque a vosotros se os ha concedido la gracia de estar del lado de Cristo, no sólo creyendo en él, sino sufriendo por él, estando como estamos en el mismo combate; ése en que me visteis una vez y que ahora conocéis de oídas.

Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme con vuestro amor, si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir. No obréis por rivalidad ni por ostentación, dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás.

Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

R/. Cristo, cargado con nuestros pecados, subió al leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia; Así, muriendo, aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo.


V/. El que inició nuestra fe, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz.

R/. Así, muriendo, aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo.

L. Patrística

Cristo nos ha dejado un ejemplo en su propia persona
San Policarpo

Carta a los Filipenses 6,1-8,2

Que los presbíteros tengan entrañas de misericordia y se muestren compasivos para con todos, tratando de traer al buen camino a los que se han extraviado; que visiten a los enfermos, que no descuiden a las viudas, a los huérfanos y a los pobres, antes bien, que procuren el bien ante Dios y ante los hombres; que se abstengan de toda ira, de toda acepción de personas, de todo juicio injusto; que vivan alejados del amor al dinero, que no se precipiten creyendo fácilmente que los otros han obrado mal, que no sean severos en sus juicios, teniendo presente que todos estamos inclinados al pecado.

Si, pues, pedimos al Señor que perdone nuestras ofensas, también nosotros debemos perdonar a los que nos ofenden, ya que todos estamos bajo la mirada de nuestro Dios y Señor y todos compareceremos ante el tribunal de Dios, y cada uno dará cuenta a Dios de si mismo. Sirvámosle, por tanto, con temor y con gran respeto, según nos mandaron tanto el mismo Señor como los apóstoles, que nos predicaron el Evangelio, y los profetas, quienes de antemano nos anunciaron la venida de nuestro Señor; busquemos con celo el bien, evitemos los escándalos, apartémonos de los falsos hermanos y de aquellos que llevan hipócritamente el nombre del Señor y arrastran a los insensatos al error.

Todo el que no reconoce que Jesucristo vino en la carne es del Anticristo, y el que no confiesa el testimonio de la cruz procede del diablo, y el que interpreta falsamente las sentencias del Señor según sus propias concupiscencias y afirma que no hay resurrección ni juicio, ese tal es el primogénito de Satanás. Por consiguiente, abandonemos los vanos discursos y falsas doctrinas que muchos sustentan y volvamos a las enseñanzas que nos fueron transmitidas desde el principio; seamos sobrios para entregarnos a la oración, perseveremos constantes en los ayunos y supliquemos con ruegos al Dios que todo lo ve, a fin de que no nos deje caer en la tentación, porque, como dijo el Señor, el espíritu es decidido, pero la carne es débil.

Mantengámonos, pues, firmemente adheridos a nuestra esperanza y a Jesucristo, prenda de nuestra justicia; él, cargado con nuestros pecados, subió al leño, y no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca, y por nosotros, para que vivamos en él, lo soportó todo. Seamos imitadores de su paciencia y, si por causa de su nombre tenemos que sufrir, glorifiquémoslo; ya que éste fue el ejemplo que nos dejó en su propia persona, y esto es lo que nosotros hemos creído.

R/. Procuramos hacer lo que es bueno no sólo ante Dios, sino también ante la gente; nunca damos a nadie motivo de escándalo, para no poner en ridículo nuestro ministerio.


V/. Con la esperanza puesta en Dios, me esfuerzo por conservar siempre una conciencia irreprochable, ante Dios y ante los hombres.

R/. Para no poner en ridículo nuestro ministerio.

Martes, XXVI semana del Tiempo Ordinario, feria

Za 8,20-23: Vendrán pueblos incontables a visitar al Señor en Jerusalén.

Así dice el Señor de los Ejércitos:

–Todavía vendrán pueblos

y habitantes de grandes ciudades,

y los de una ciudad irán a otra diciendo:

Vayamos a implorar al Señor,

a consultar al Señor de los Ejércitos.

–Yo también voy contigo.

Y vendrán pueblos incontables

y numerosas naciones

a consultar al Señor de los Ejércitos en Jerusalén

y a implorar su protección.

Así dice el Señor de los Ejércitos:

–Aquel día diez hombres

de cada lengua extranjera

agarrarán a un judío por la orla del manto,

diciendo:

Queremos ir con vosotros,

pues hemos oído que Dios está con vosotros.

Sal 86,1-3.4-5.6-7: Dios está con nosotros.

Él la ha cimentado sobre el monte santo;
y el Señor prefiere las puertas de Sión
a todas las moradas de Jacob.
¡Qué pregón tan glorioso para ti,
ciudad de Dios!

Contaré a Egipto y a Babilonia
entre mis fieles,
filisteos, tirios y etíopes
han nacido allí.»
Se dirá de Sión: «Uno por uno
todos han nacido en ella;
el Altísimo en persona la ha fundado.»

El Señor escribirá en el registro de los pueblos:
«Este ha nacido allí.»
Y cantarán mientras danzan:
«Todas mis fuentes están en ti.»

Lc 9,51-56: Tomó la decisión de ir a Jerusalén.

Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante.

De camino entraron en una aldea de Samaria para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén.

Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron:

-Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo y acabe con ellos?

El se volvió y les regañó, y dijo:

-No sabéis de qué espíritu sois. Porque el Hijo del Hombre no ha venido a perder a los hombres, sino a salvarlos.

Y se marcharon a otro aldea.



Pistas para la Lectio Divina

PAPA FRANCISCO
MISAS MATUTINAS EN LA CAPILLA
DE LA DOMUS SANCTAE MARTHAE
Solo hacia Jerusalén
Martes 3 de octubre de 2017

Fuente: L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua española, n. 40, viernes 6 de octubre de 2017

«Pedir a Jesús la gracia de seguirlo de cerca», para no dejarlo solo, superando así las tentaciones de mirarnos a nosotros mismos para “dividirse el pastel” de los intereses personales»: es el consejo espiritual sugerido por Francisco en la misa celebrada el martes, 3 de octubre en Santa Marta.

«Este pasaje del Evangelio —señaló el Pontífice refiriéndose al pasaje litúrgico de Lucas (9, 51-56)— nos cuenta el momento en el que se acerca la pasión del Señor: “Como se iban cumpliendo los días de su asunción”». Y así, explicó, «Jesús va adelante, se acerca el momento de la cruz, el momento de la pasión y frente a esto, Jesús hace dos cosas».

En primer lugar, el Señor «tomó la firme decisión de ponerse en marcha —“acepto la voluntad del Padre”— y va adelante». Después, «anuncia esto a sus discípulos: Jesús ha decidido hacer la voluntad del Padre hasta el final». Y se lo dice claramente al Padre: «Es tu voluntad, yo estoy aquí para obedecer; tú no quieres sacrificios, sino que quieres obediencia y yo obedezco y voy adelante».

Por lo demás, afirmó el Papa, Jesús «solo una vez se permitió pedir al Padre alejar un poco esta cruz»: cuando en el monte de los olivos pregunta al Padre: «Si es posible, aleja de mí este cáliz, pero que no se haga la mía, sino tu voluntad». Jesús es «obediente con lo que el Padre quiere: decidido y obediente y nada más y así, hasta el final».

«El Señor entra en paciencia» prosiguió el Pontífice, porque «es un ejemplo de camino no solo morir sufriendo en la cruz, sino caminar con paciencia». Así Jesús, «frente a esta decisión firme que Él tomó, comunica a sus discípulos que se acerca el tiempo». Por su parte, «los discípulos —muchos pasajes del Evangelio cuentan su actitud frente a este camino hacia Jerusalén— algunas veces no entienden qué quiere decir o no quieren entender, porque tenían miedo, estaban asustados». Tanto que, expresó el Papa, «cuando Jesús les dijo de ir a casa de Marta y María, porque Lázaro había muerto, ellos intentan convencerlo de no ir allí, a Judea porque era peligroso para su vida: tenían miedo, estaban asustados».

Por esta razón, pues, los discípulos «no preguntaban, no entendían», tal vez diciéndose entre ellos que era «mejor no preguntar sobre esto: dejemos que el tiempo vaya adelante, tal vez cambia y no, sobre este tema no se habla”». En resumen, es la actitud de «esconder la verdad bajo la mesa, allí, que no se vea». Es más: «otros, en otros momentos hablaban de sus cosas, cosas totalmente separadas de lo que Jesús decía».

De hecho, cuando el Señor exhortaba: «vayamos a Jerusalén, el hijo del hombre será crucificado», ellos no entendía de qué hablaba. Y «se avergonzaban porque habían hablado de quien, entre ellos, sería el más grande: “No, a ti te toca esto cuando viene el reino; a mi a la derecha, tú a la izquierda”. Y se dividían el pastel, un trozo para cada uno». Mientras Jesús se quedaba «solo, solo». En cambio, «otras veces, como en este caso, buscaban hacer algo: “Señor, hay uno que da caza a los demonios, pero no es de los nuestros, ¿qué hacemos?». O hacían «como los dos hijos de Zebedeo que querían estar a la izquierda y a la derecha de Jesús en el momento de la venida del reino». Lucas, en su evangelio, cuenta que los samaritanos no quisieron recibir a Jesús en un pueblo. Y la reacción de Santiago y Juan es fuerte: «¿Hacemos que descienda del cielo fuego y les consuma?». En conclusión, explicó el Papa, «intentan hacer cosas alienantes», pero, prosigue el evangelista, «Jesús se giró y les reprobó».

En sustancia, afirmó el Pontífice, los discípulos «buscaban una coartada para no pensar en lo que se esperaba». Y en cambio «Jesús» estaba «solo, no estaba acompañado en esta decisión, porque ninguno entendía el misterio de Jesús, la soledad de Jesús en el camino hacia Jerusalén: ¡solo!». Todo «esto hasta el final»: basta pensar, reafirmó el Papa, «en el abandono de los discípulos, en la traición de Pedro». Jesús, por lo tanto, está «solo: el Evangelio nos dice que solo le aparece un ángel del cielo para confortarlo en el monte de los olivos. Solo esa compañía, ¡solo!»

«Pero Él, solo, tomó la decisión de ir adelante y hacer la voluntad del Padre» observó Francisco. Y los discípulos «no entendían: hacían otras cosas, luchaban entre ellos o buscaban alternativas para no pensarlo». Esta «soledad de Jesús a veces se manifiesta: recordemos aquella vez que se da cuenta de que no había sido entendido: “oh, generación incrédula y perversa, ¿hasta cuando debería estar entre vosotros y soportaros?». El señor, por tanto, «sentía esta soledad».

Precisamente en esta perspectiva, el Papa sugirió «que hoy todos nosotros tomemos un poco de tiempo para pensar: Jesús nos ha amado tanto y no fue entendido por los suyos». Incluso «los parientes, dice el Evangelio, cuando fueron a encontrarlo decía: “ha perdido la cabeza, ha perdido la cabeza”. No era entendido». Y así, insistió Francisco, es importante «pensar en Jesús solo, hacia la cruz, decidido, en medio de la incomprensión de los suyos: pensar esto y ver a Jesús caminar decididamente hacia la cruz y darle las gracias». Decir, en conclusión: «Gracias Señor, porque has sido obediente, has sido valiente; has querido tanto, me has querido tanto».

De este modo, se puede «hacer hoy un coloquio con él: ¿cuántas veces intento hacer tantas cosas y no te miro a ti que hiciste esto por mí? Tú que fuiste paciente —el hombre paciente, Dios paciente— y que con tanta paciencia toleraste mis pecados, mis fallos». Y entonces, dijo aún Francisco, se puede «hablar con Jesús así —él siempre está decidido a andar adelante, a poner la cara— y darle las gracias».

Por lo tanto, concluyó el Pontífice, «tomemos un poco de tiempo, pocos minutos —cinco, diez, quince— frente al crucifijo, tal vez, o veamos con la imaginación a Jesús caminar decididamente hacia Jerusalén y pedir la gracia de tener el valor de seguirlo de cerca».



26ª Semana. Martes

CAMINO DE JERUSALÉN


— No desanimarnos por nuestros defectos: el Señor cuenta con ellos y con nuestro empeño por arrancarlos.

— La ayuda incesante del Espíritu Santo.

— El defecto dominante.

I. Cuando ya estaba cerca el tiempo de su partida, Jesús decidió firmemente marchar hacia Jerusalén. Y al entrar en una ciudad de samaritanos no le acogieron porque daba la impresión de ir a Jerusalén1. El Señor, lejos de tomar ninguna represalia contra aquellos samaritanos que no tuvieron con Él las mínimas muestras de hospitalidad, tan arraigadas en Oriente, ni siquiera habla mal de ellos; no les critica, sino que se fueron a otra aldea. La reacción de los Apóstoles fue muy distinta. Santiago y Juan le propusieron a Jesús: ¿Quieres que mandemos que caiga fuego del cielo y los consuma? Y el Señor aprovecha la ocasión para enseñarles que es preciso querer a todos, comprender incluso a quienes no nos comprenden.

Muchos pasajes del Evangelio nos señalan los defectos de los Apóstoles aún sin limar, y cómo van calando en su corazón las palabras y el ejemplo del Maestro. Dios cuenta con el tiempo y con las flaquezas y defectos de sus discípulos de todas las épocas. Pocos años más tarde, el Apóstol San Juan escribirá: El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es caridad2. ¡Se convierte en el Apóstol de la caridad y del amor! Sin dejar de ser él mismo, el Espíritu Santo fue transformando poco a poco su corazón. El tema central de sus Cartas es precisamente la caridad. San Agustín, al comentar la primera de ellas, dirá que el Apóstol en este escrito «dijo muchas cosas, prácticamente todas, acerca de la caridad»3. Él es quien nos ha transmitido la enseñanza de Jesús acerca del mandamiento nuevo, por el que nos distinguirán como discípulos de Jesús4. Junto al Maestro aprendió bien que si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y su amor alcanza en nosotros su perfección5.

También conocemos por la tradición algunos detalles de sus últimos años, que nos confirman su desvelo para que se mantuviera la fidelidad al mandamiento del amor fraterno. Cuenta San Jerónimo que cuando los discípulos le llevaban a las reuniones de los cristianos –pues por su ancianidad él no podía ir solo– repetía constantemente: «Hijitos, amaos los unos a los otros». Ante su insistencia le preguntaron por qué decía siempre lo mismo, y San Juan respondió: «Es el mandamiento del Señor, y si se cumple, él solo basta»6.

Para nosotros, que nos vemos con tantos defectos, es un estímulo lleno de esperanza meditar que los santos también los tuvieron, pero lucharon, fueron humildes y llegaron a la santidad, incluso a sobresalir, como vemos en San Juan, en aquello en que parecían estar más lejos del espíritu de Cristo.

II. Después de Pentecostés, el Espíritu Santo completó la formación de aquellos que había elegido para que fueran las columnas de su Iglesia, a pesar de tantas deficiencias. Desde entonces no ha cesado de actuar en las almas de los discípulos de Cristo de todas las épocas. Sus inspiraciones son a veces rápidas como el relámpago: nos sugiere en lo más íntimo del alma que seamos generosos en una pequeña mortificación, que tengamos paciencia ante una adversidad, que guardemos los sentidos... En unas ocasiones actúa directamente moviendo al bien, sugiriendo, inspirando. Otras lo hace a través de los consejos recibidos en la dirección espiritual, de un acontecimiento, de la actitud ejemplar de otra persona, de la lectura de un libro bueno... Él quiere situar «en el edificio de mi vida la piedra que conviene colocar en aquel momento preciso y que es reclamada, digámoslo así, por el plano del edificio, según el estado actual de la construcción»7, del gran proyecto que Dios tiene sobre nuestra vida, el cual no quiere llevar a cabo sin nuestra colaboración. Y todo está ordenado, unas veces permitido y otras enviado por nuestro Padre Dios, para que alcancemos la santidad, el fin para el que hemos sido creados y en que consiste nuestra plena felicidad aquí en la tierra y después, por toda la eternidad, en el Cielo. También el dolor, el sufrimiento o el fracaso que Dios permite están orientados a ese fin más alto, que nunca debemos perder de vista: Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación8.

Dios nos ama siempre: cuando nos da consuelos y cuando permite la molestia, la aflicción, el sufrimiento, la pobreza, el fracaso... Es más, «Dios no me ama nunca tanto como cuando me envía un sufrimiento»9. Es una «caricia divina» por la que debemos dar siempre gracias. San Lucas nos habla, en el Evangelio que meditamos, de la firmeza con que Jesús marcha hacia Jerusalén, donde le espera la Cruz.

San Juan no cambió en un instante. Ni siquiera después de las palabras de Jesús. Pero no se desanimó ante sus errores, puso empeño, permaneció junto al Maestro, y la gracia hizo el resto. Es lo que nos pide Dios a nosotros. Cuando, al pasar los años, el Apóstol recordara este y otros muchos acontecimientos en los que se encontraba lejos del espíritu de su Maestro, vendría a su memoria también la paciencia que Jesús usó con él, las veces que tuvo que recomenzar, y esto le ayudaría a amar más al que una tarde inolvidable le llamó para que le siguiera.

III. Dios concedió a San Juan una particular profundidad y finura en la caridad, tanto en su vida –¡el Señor lo destinó para que se hiciera cargo de su Madre!– como en sus enseñanzas. Él escribió, movido por el Espíritu Santo, estas palabras llenas de sabiduría: En esto se conocen los hijos de Dios y los hijos del diablo. El que no practica la justicia no es de Dios, y tampoco el que no ama a su hermano10. Nosotros no debemos desanimarnos por nuestros errores y flaquezas: el Señor cuenta con ellos, con el tiempo, con la gracia, y con nuestros deseos de luchar.

Para combatir con eficacia en la vida interior debemos conocer bien lo que los autores espirituales han llamado el defecto dominante, el que en cada uno tiende a prevalecer sobre los demás y, como consecuencia, se hace presente en la manera de opinar, de juzgar, de querer y de obrar11. Es aquel que de alguna manera se manifiesta en lo que hacemos, queremos, pensamos: la vanidad, la pereza, la impaciencia, la falta de optimismo, la tendencia a juzgar mal... No subimos todos por el mismo camino hacia la santidad: unos han de fomentar sobre todo la fortaleza; otros, la esperanza o la alegría. «En la ciudadela de la propia vida interior, el defecto dominante es el punto débil, el lugar desguarnecido. El enemigo de las almas busca precisamente, en cada uno, ese punto débil, fácilmente vulnerable, y con facilidad lo encuentra. Por consiguiente, nosotros también debemos conocerlo»12. Para esto es preciso preguntarnos dónde tenemos puestos habitualmente nuestros deseos, qué es lo que más nos preocupa, lo que nos hace sufrir a menudo o lo que con frecuencia nos lleva a perder la paz o a caer en la tristeza... También está relacionado con el defecto dominante el mayor número de tentaciones que padecemos, pues es por donde el enemigo nos ve más débiles y, por eso mismo, por donde más ataca.

Para avanzar en la vida interior debemos conocer este punto flaco, y pedir con sinceridad a Dios su gracia para vencerlo: «Aparta, Señor, de mí, lo que me aparte de Ti», le repetiremos en incontables ocasiones; junto con la petición frecuente al Señor, el propósito firme de no pactar nunca con nuestros defectos, y aplicarles el examen particular, el examen breve y frecuente sobre ese defecto dominante que se pretende arrancar y sobre la virtud que se quiere adquirir: «Con el examen particular has de ir derechamente a adquirir una virtud determinada o a arrancar el defecto que te domina»13. En la dirección espiritual encontraremos una formidable ayuda para mantener esta lucha esperanzada hasta el final de nuestros días.

En María, nuestra Madre, encontraremos siempre la paz y el gozo para caminar hasta el Señor, pues «nuestra andadura ha de ser alegre, como la de la Virgen; pero como la de Ella, conociendo la experiencia del dolor, el cansancio del trabajo, el claroscuro de la fe.

»Marchemos de la mano de María, la llena de gracia. Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo le han colmado de dones, han hecho una criatura perfecta; es de nuestra raza y tiene por misión repartir solo cosas buenas. Más. Ella se nos ha convertido en vida, dulzura y esperanza nuestra.

»María, la Madre de Jesús, “signo de consuelo y de esperanza segura” (Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 68), marcha por la tierra Iluminando con su luz al Pueblo de Dios peregrinante.

»Ella, nuestra Madre, es el camino, la senda, el atajo para llegar al Señor. María llenará de alegría nuestras labores, nuestras tinajas, nuestros andares».




Salmo 42: Deseo del templo

Ant: Envíame, Señor, tu luz y tu verdad.

Hazme justicia, oh Dios, defiende mi causa
contra gente sin piedad,
sálvame del hombre traidor y malvado.

Tú eres mi Dios y protector,
¿por qué me rechazas?,
¿por qué voy andando sombrío,
hostigado por mi enemigo?

Envía tu luz y tu verdad:
que ellas me guíen
y me conduzcan hasta tu monte santo,
hasta tu morada.

Que yo me acerque al altar de Dios,
al Dios de mi alegría;
que te dé gracias al son de la cítara,
Dios, Dios mío.

¿Por qué te acongojas, alma mía,
por qué te me turbas?
Espera en Dios, que volverás a alabarlo:
"Salud de mi rostro, Dios mío."

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Envíame, Señor, tu luz y tu verdad.

Isaías 38,10-14;17-20: Angustias de un moribundo y alegría de la curación

Ant: Protégenos, Señor, todos los días de nuestra vida.

Yo pensé: «En medio de mis días
tengo que marchar hacia las puertas del abismo;
me privan del resto de mis años.»

Yo pensé: «Ya no veré más al Señor
en la tierra de los vivos,
ya no miraré a los hombres
entre los habitantes del mundo.

Levantan y enrollan mi vida
como una tienda de pastores.
Como un tejedor, devanaba yo mi vida,
y me cortan la trama.»

Día y noche me estás acabando,
sollozo hasta el amanecer.
Me quiebras los huesos como un león,
día y noche me estás acabando.

Estoy piando como una golondrina,
gimo como una paloma.
Mis ojos mirando al cielo se consumen:
¡Señor, que me oprimen, sal fiador por mí!

Me has curado, me has hecho revivir,
la amargura se me volvió paz
cuando detuviste mi alma ante la tumba vacía
y volviste la espalda a todos mis pecados.

El abismo no te da gracias,
ni la muerte te alaba,
ni esperan en tu fidelidad
los que bajan a la fosa.

Los vivos, los vivos son quienes te alaban:
como yo ahora.
El padre enseña a sus hijos tu fidelidad.

Sálvame, Señor, y tocaremos nuestras arpas
todos nuestros días en la casa del Señor.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Protégenos, Señor, todos los días de nuestra vida.

Salmo 64: Solemne acción de gracias

Ant: ¡Oh Dios!, tu mereces un himno en Sión.

Oh Dios, tú mereces un himno en Sión,
y a ti se te cumplen los votos,
porque tú escuchas las súplicas.

A ti acude todo mortal
a causa de sus culpas;
nuestros delitos nos abruman,
pero tú los perdonas.

Dichoso el que tú eliges y acercas
para que viva en tus atrios:
que nos saciemos de los bienes de tu casa,
de los dones sagrados de tu templo.

Con portentos de justicia nos respondes,
Dios, salvador nuestro;
tú, esperanza del confín de la tierra
y del océano remoto;

Tú que afianzas los montes con tu fuerza,
ceñido de poder;
tú que reprimes el estruendo del mar,
el estruendo de las olas
y el tumulto de los pueblos.

Los habitantes del extremo del orbe
se sobrecogen ante tus signos,
y las puertas de la aurora y del ocaso
las llenas de júbilo.

Tú cuidas de la tierra, la riegas
y la enriqueces sin medida;
la acequia de Dios va llena de agua,
preparas los trigales;

riegas los surcos,
igualas los terrones,
tu llovizna los deja mullidos,
bendices sus brotes;
coronas el año con tus bienes,
tus carriles rezuman abundancia;

rezuman los pastos del páramo,
y las colinas se orlan de alegría;
las praderas se cubren de rebaños,
y los valles se visten de mieses,
que aclaman y cantan.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: ¡Oh Dios!, tu mereces un himno en Sión.

Lectura

1Ts 5,4-5

Vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas, para que ese día no os sorprenda como un ladrón, porque todos sois hijos de la luz e hijos del día; no lo sois de la noche ni de las tinieblas.

V/. Señor, escucha mi voz, he esperado en tus palabras.

R/. Señor, escucha mi voz, he esperado en tus palabras.

V/. Me adelanto a la aurora pidiendo auxilio.

R/. He esperado en tus palabras.

V/. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo

R/. Señor, escucha mi voz, he esperado en tus palabras.

Cántico Ev.

Ant: De la mano de todos los que nos odian, sálvanos, Señor.

†


Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo,
por boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia
que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: De la mano de todos los que nos odian, sálvanos, Señor.

Preces

Bendigamos a nuestro Salvador, que, con su resurrección, ha iluminado el mundo, y digámosle suplicantes:

Guárdanos, Señor, en tu camino

- Señor Jesús, al consagrar nuestra oración matinal a la memoria de tu santa resurrección,
te pedimos que la esperanza de participar en tu gloria ilumine todo nuestro día.


- Te ofrecemos, Señor, los deseos y proyectos de nuestra jornada:
dígnate aceptarlos y bendecirlos como primicia de nuestro día.


- Concédenos crecer hoy en tu amor,
a fin de que todo sirva para nuestro bien y el de nuestros hermanos.


- Haz, Señor, que el ejemplo de nuestra vida resplandezca como una luz ante los hombres,
para que todos den gloria al Padre que está en los cielos.

Porque deseamos que la luz de Cristo alumbre a todos los hombres, pidamos al Padre que su reino llegue a nosotros:

Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre;

venga a nosotros tu reino;

hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día;

perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

No nos dejes caer en la tentación,

y líbranos del mal.

Final

Señor Jesucristo, luz verdadera que alumbras a todo hombre y le muestras el camino de la salvación, concédenos la abundancia de tu fuerza, para que preparemos delante de ti caminos de justicia y de paz. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo y eres Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

lunes, 2 de octubre de 2023

Oficio, lecturas, reflexiones y laudes +

 


Santos Ángeles Custodios, memoria obligatoria


V/. -Señor, Ábreme los labios.
R/. -Y mi boca proclamará tu alabanza.

Invitatorio

Salmo 94: Invitación a la alabanza divina

Ant: Venid, adoremos al Señor, a quien sirven los ángeles.

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

-se repite la antífona

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

-se repite la antífona

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

-se repite la antífona

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

-se repite la antífona

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
"Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso."»

-se repite la antífona

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Venid, adoremos al Señor, a quien sirven los ángeles.

 
Himno

Ángel santo de la guarda,
compañero de mi vida,
tú que nunca me abandonas,
ni de noche ni de día.

Aunque espíritu invisible,
sé que te hallas a mi lado,
escuchas mis oraciones
y cuentas todos mis pasos.

En las sombras de la noche,
me defiendes del demonio,
tendiendo sobre mi pecho
tus alas de nácar y oro.

Ángel de Dios, que yo escuche
tu mensaje y que lo siga,
que vaya siempre contigo
hacia Dios, que me lo envía.

Testigo de lo invisible,
presencia del cielo amiga,
gracias por tu fiel custodia,
gracias por tu compañía.

En presencia de los ángeles,
suba al cielo nuestro canto:
gloria al Padre, gloria al Hijo,
gloria al Espíritu Santo. Amén.

Salmo 30,2-17.20-25 - I: Súplica confiada de un afligido

Ant: Inclina tu oído hacia mí, Señor, y ven a salvarme.

A ti, Señor, me acojo:
no quede yo nunca defraudado;
tú, que eres justo, ponme a salvo,
inclina tu oído hacia mí;

ven aprisa a librarme,
sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve,
tú que eres mi roca y mi baluarte;

por tu nombre dirígeme y guíame:
sácame de la red que me han tendido,
porque tú eres mi amparo.

A tus manos encomiendo mi espíritu:
Tú, el Dios leal, me librarás;
tú aborreces a los que veneran ídolos inertes, pero yo confío en el Señor;
tu misericordia sea mi gozo y mi alegría.

Te has fijado en mi aflicción,
velas por mi vida en peligro;
no me has entregado en manos del enemigo,
has puesto mis pies en un camino ancho.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Inclina tu oído hacia mí, Señor, y ven a salvarme.

Salmo 30,2-17.20-25 - II:

Ant: Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo.

Piedad, Señor, que estoy en peligro:
se consumen de dolor mis ojos,
mi garganta y mis entrañas.

Mi vida se gasta en el dolor;
mis años en los gemidos;
mi vigor decae con las penas,
mis huesos se consumen.

Soy la burla de todos mis enemigos,
la irrisión de mis vecinos,
el espanto de mis conocidos:
me ven por la calle y escapan de mí.
Me han olvidado como a un muerto,
me han desechado como a un cacharro inútil.

Oigo el cuchicheo de la gente,
y todo me da miedo;
se conjuran contra mí
y traman quitarme la vida.

Pero yo confío en ti, Señor,
te digo: «Tú eres mi Dios.»
En tu mano están mis azares:
líbrame de los enemigos que me persiguen;
haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo.

Salmo 30,2-17.20-25 - III:

Ant: Bendito sea el Señor, que ha hecho por mí prodigios de misericordia.

Qué bondad tan grande, Señor,
reservas para tus fieles,
y concedes a los que a ti se acogen
a la vista de todos.

En el asilo de tu presencia los escondes
de las conjuras humanas;
los ocultas en tu tabernáculo,
frente a las lenguas pendencieras.

Bendito sea el Señor, que ha hecho por mí
prodigios de misericordia
en la ciudad amurallada.

Yo decía en mi ansiedad:
«Me has arrojado de tu vista»;
pero tú escuchaste mi voz suplicante
cuando yo te gritaba.

Amad al Señor, fieles suyos;
el Señor guarda a sus leales,
y a los soberbios les paga con creces.

Sed fuertes y valientes de corazón,
los que esperáis en el Señor.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Bendito sea el Señor, que ha hecho por mí prodigios de misericordia.

V/. Señor, haz que camine con lealtad, enséñame.

R/. Porque tú eres mi Dios y Salvador.

Lectura

V/. Señor, haz que camine con lealtad, enséñame.

R/. Porque tú eres mi Dios y Salvador.

Pablo juzga su obra


Flp 1,12-26

Quiero que sepáis, hermanos, que esto que me ocurre más bien ha favorecido al avance del Evangelio, pues la entera residencia del gobernador y todos los demás ven claro que estoy en la cárcel por Cristo, y la mayoría de los hermanos, alentados por mi prisión a confiar en el Señor, se atreven mucho más a hablar la palabra de Dios sin miedo. Es verdad que algunos anuncian a Cristo por envidia y antagonismo hacia mí, otros, en cambio, lo hacen con buena intención; éstos porque me quieren y saben que me han encargado de defender el Evangelio; los otros proclaman a Cristo por rivalidad, jugando sucio, pensando en hacer más penoso mi encarcelamiento.

¿Qué más da? Al fin y al cabo, de la manera que sea, con segundas intenciones o con sinceridad, se anuncia a Cristo, y yo me alegro; y me seguiré alegrando, porque sé que esto será para mi bien, gracias a vuestras oraciones y al Espíritu de Jesucristo que me socorre. Lo espero con impaciencia, porque en ningún caso saldré derrotado; al contrario, ahora, como siempre, Cristo será glorificado abiertamente en mi cuerpo, sea por mi vida o por mi muerte. Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir.

Pero, si el vivir esta vida mortal me supone trabajo fructífero, no sé qué escoger. Me encuentro en este dilema: por un lado, deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; pero, por otro, quedarme en esta vida veo que es más necesario para vosotros. Convencido de esto, siento que me quedaré y estaré a vuestro lado, para que avancéis alegres en la fe, de modo que el orgullo que sentís por mí en Jesucristo rebose cuando me encuentre de nuevo entre vosotros.

R/. Sé, en conformidad con mi constante esperanza, que en ningún caso saldré derrotado; al contrario, ahora, como siempre, Cristo será glorificado abiertamente en mi cuerpo, sea por mi vida o por mi muerte.


V/. Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir.

R/. Cristo será glorificado abiertamente en mi cuerpo, sea por mi vida o por mi muerte.

L. Patrística

Que te guarden en tus caminos
San Bernardo, abad

Sermón 12 sobre el salmo 90: 3,6-8 (Opera Omnia, ed. cisterc, 4 [1966], 458-462)

A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Den gracias al Señor por su misericordia por las maravillas que hace con los hombres. Den gracias y digan entre los gentiles: «El Señor ha estado grande con ellos». Señor, ¿qué es el hombre para que le des importancia, para que te ocupes de él? Porque te ocupas ciertamente de él, demuestras tu solicitud y tu interés para con él. Llegas hasta enviarle tu Hijo único, le infundes tu Espíritu, incluso le prometes la visión de tu rostro. Y, para que ninguno de los seres celestiales deje de tomar parte en esta solicitud por nosotros, envías a los espíritus bienaventurados para que nos sirvan y nos ayuden, los constituyes nuestros guardianes, mandas que sean nuestros ayos.

A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Estas palabras deben inspirarte una gran reverencia, deben infundirte una gran devoción y conferirte una gran confianza. Reverencia por la presencia de los ángeles, devoción por su benevolencia, confianza por su custodia. Porque ellos están presentes junto a ti, y lo están para tu bien. Están presentes para protegerte, lo están en beneficio tuyo. Y, aunque lo están porque Dios les ha dado esta orden, no por ello debemos dejar de estarles agradecidos, pues que cumplen con tanto amor esta orden y nos ayudan en nuestras necesidades, que son tan grandes.

Seamos, pues, devotos y agradecidos a unos guardianes tan eximios; correspondamos a su amor, honrémoslos cuanto podamos y según debemos. Sin embargo, no olvidemos que todo nuestro amor y honor ha de tener por objeto a aquel de quien procede todo, tanto para ellos como para nosotros, gracias al cual podemos amar y honrar, ser amados y honrados.

En él, hermanos, amemos con verdadero afecto a sus ángeles, pensando que un día hemos de participar con ellos de la misma herencia y que, mientras llega este día, el Padre los ha puesto junto a nosotros, a manera de tutores y administradores. En efecto, ahora somos ya hijos de Dios, aunque ello no es aún visible, ya que, por ser todavía menores de edad, estamos bajo tutores y administradores, como si en nada nos distinguiéramos de los esclavos.

Por lo demás, aunque somos menores de edad y aunque nos queda por recorrer un camino tan largo y tan peligroso, nada debemos temer bajo la custodia de unos guardianes tan eximios. Ellos, los que nos guardan en nuestros caminos, no pueden ser vencidos ni engañados, y menos aún pueden engañarnos. Son fieles, son prudentes, son poderosos: ¿por qué espantarnos? Basta con que los sigamos, con que estemos unidos a ellos, y viviremos así a la sombra del Omnipotente.

R/. A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos; te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra.


V/. No se te acercará la desgracia, ni la plaga llegará hasta tu tienda.

R/. Te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra.

Santos Ángeles Custodios, memoria obligatoria

Za 8,1-8: Yo libertaré a mi pueblo de oriente y de occidente.

En aquellos días, vino la palabra del Señor de los ejércitos:

«Así dice el Señor de los ejércitos: Siento gran celo por Sión, gran cólera en favor de ella. Así dice el Señor: Volveré a Sión y habitaré en medio de Jerusalén. Jerusalén se llamará Ciudad Fiel, y el monte del Señor de los ejércitos, Monte Santo. Así dice el Señor de los ejércitos: De nuevo se sentarán en las calles de Jerusalén ancianos y ancianas, hombres que, de viejos, se apoyan en bastones. Las calles de Jerusalén se llenarán de muchachos y muchachas que jugarán en la calle. Así dice el Señor de los ejércitos: Si el resto del pueblo lo encuentra imposible aquel día, ¿será también imposible a mis ojos? -oráculo del Señor de los ejércitos-. Así dice el Señor de los ejércitos: Yo libertaré a mi pueblo del país de oriente y del país de occidente, y los traeré para que habiten en medio de Jerusalén. Ellos serán mi pueblo, y yo seré su Dios con verdad y con justicia.»

Sal 101,16-18.19-21.29.22-23: El Señor reconstruyó Sión y apareció en su gloria.

Los gentiles temerán tu nombre,
los reyes del mundo tu gloria.
Cuando el Señor reconstruya Sión
y aparezca su gloria,
y se vuelva a la súplica de los indefensos
y no desprecie sus peticiones.

Quede esto escrito para generación futura,
y el pueblo que será creado alabará al Señor;
Que el Señor ha mirado desde su excelso santuario,
desde el cielo se ha fijado en la tierra,
para escuchar los gemidos de los cautivos
y librar los condenados a muerte.

Los hijos de tus siervos vivirán seguros,
su linaje durará en tu presencia,
para anunciar en Sión el nombre del Señor,
y su alabanza en Jerusalén;
cuando se reúnan unánimes los pueblos
y los reyes, para dar culto al Señor.

Lc 9,46-50: El más pequeño de vosotros es el más importante.

En aquel tiempo, los discípulos se pusieron a discutir quién era el más importante.

Jesús, adivinando lo que pensaban, cogió de la mano a un niño, lo puso a su lado y les dijo:

-El que acoge a este niño en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado.

El más pequeño de vosotros es el más importante.

Juan tomó la palabra y dijo:

-Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y, como no es de los nuestros, se lo hemos querido impedir.

Jesús le respondió:

-No se lo impidáis: el que no está contra vosotros, está a favor vuestro.



Pistas para la Lectio Divina

Mateo, 18, 1-5.10
“Sus ángeles ven continuamente el rostro de mi Padre”.
Presencia del cielo amiga
Autor: Padre Fidel Oñoro CJM
Fuente: Centro Bíblico Pastoral para la America Latina (CEBIPAL) del CELAM

En esta memoria de los Ángeles Custodios, la enseñanza de Jesús nos acompaña: “Guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños; porque yo os digo que sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos” (Mt 18,10). 

Repasemos brevemente el sentido de esta referencia a los ángeles y abordemos luego la frase de Jesús que acabamos de citar. 

1. El Ángel custodio en la peregrinación pascual 

A propósito de la denominación “ángel”, y fiel al pensamiento bíblico, San Gregorio Magno nos había enseñado: “Hay que saber que el nombre ‘ángel’ designa la función, no el ser, del que lo lleva”. Y la función es ser “mensajero”, o sea, mediación de un Dios al que le gusta relacionarse. 

En el marco de la vivencia de las profundas relaciones entre Dios y su pueblo –en la Alianza- la Sagrada Escritura nos presenta “ángeles” de los cuales Yahvé se sirve para entrar en comunicación. De ellos Dios se sirve y al Él lo sirven. Todo como testimonio de que “Dios está con nosotros”, que no nos abandona, que se interesa continuamente por nosotros, haciendo de nuestra vida una historia de salvación en la cual –fuertemente comprometidos con la historia y responsables con su proyecto creador- caminamos en dirección de Él. 

Tal como nos lo recuerda la imagen del “Ángel de Yahvé” (Ex 23,20), verdadero custodio del pueblo peregrino en el desierto rumbo a la tierra prometida, Dios es nuestro compañero en el camino, nos tiende la mano y sobre todo nos guía para que hagamos de nuestra existencia una dinámica de liberación pascual que haga posible la tierra de la fraternidad. 

Pero esta imagen primera del Ángel del éxodo evoluciona al interior de la Biblia dándonos una visión más amplia de las intervenciones de Dios. Para ello se apoya en el esquema de las antiguas realezas: así como un rey no aparece solo sino rodeado de una corte, igualmente Dios es representado circundado por una especie de consejo de ministros, a los cuales se les llaman “sus ángeles”, “sus mensajeros” (ver Job 1-2; Salmos 29,1; 34,8; 103,20-21 y muchos otros textos).  

En el Salmo 91,11, que el poeta Paul Claudel definía como “el himno de los santos ángeles” leemos: “A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en todos tus caminos”. En este texto la antigua imagen del Ángel que Yahvé manda “para que te guarde (custodie) en el camino y te conduzca al lugar que te tengo preparado” (Ex 23,20), se funde con la de la representación de una corte celestial desde la cual Dios sigue custodiando los pasos del hombre por todos los caminos del mundo.  

Como en el Salmo 34,8-9 (“Acampa el ángel de Yahvé en torno a los que le temen y los libra; gustad y ved qué bueno es Yahvé, dichoso el hombre que se cobija en Él”), la imagen de los ángeles custodios pretende inspirar nuestra confianza en un Dios dispuesto a defendernos y a ofrecernos reposo en los tortuosos y atormentados senderos de la aventura de la vida, así como lo hizo también en el de Tobías (en la figura del ángel Rafael; ver Tb 12,6-15). 

La presencia angelical indica, entonces, a Dios mismo que protege no sólo de los senderos pedregosos del desierto sino de todos los terrenos minados por el mal. La presencia de Dios siempre es liberadora.  

2. Dios cuida de sus pequeñitos 

En el evangelio de Mateo 18,10, Jesús evoca la convicción bíblica de que Dios cuida de sus pequeñitos desprotegidos y vulnerables ante la maldad humana. Para ello retoma con su colorido la imagen de la corte celestial que evocamos hace un momento: “Sus ángeles ven continuamente el rostro de mi Padre”. 

La idea es que los “pequeños”, es decir, aquellos que por su fragilidad pueden ser fácilmente excluidos, menospreciados o escandalizados, cuentan con el respaldo de Dios. Quien se convierta en amenaza para uno los “pequeños” tendrá que vérselas con el mismo Dios. Más aún, estos “protegidos” del Padre, son la imagen misma del Hijo por excelencia que es Jesús: “Al que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe. Pero al que escandalice…” (18,5-6); todo muestra lo grave que es la afrenta contra el “pequeño” y al mismo tiempo –con el verbo “recibir”- enseña de qué manera cada uno debe hacerse “ángel” de Dios para ellos.

Esto tiene todavía otra implicación: si el “pequeño” es el que aparece “custodiado” por Dios, no comprenderemos lo que significa ser protegidos por Dios sino no nos hacemos “pequeños”. La frase “Si no cambiáis y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los cielos” (18,4) hace suponer que no puede captar en profundidad lo que significa la “presencia angelical” en su vida quien no se coloca en el lugar del pequeño que confía en Dios y se deja guiar por él. 

El camino pascual por el cual Jesús custodia nuestros pasos es el de la conversión. Y la conversión no es posible sin la docilidad de niño que –como esponja- aprende lo que se le ofrece. Este es el punto de partida de todo crecimiento espiritual. San Agustín prefirió llamarla “humildad” y la comparó a un árbol que sólo es capaz de crecer si tiene raíces profundas. Las raíces profundas del que crece en los caminos del Señor, haciendo el recorrido desde la niñez hasta la adultez, es esta capacidad de abandono humilde y confiado en Dios. Así como las raíces profundas de un niño son la confianza en su mamá y en su papá, así también con el Dios de la vida. 

La confianza en la providencia de un Dios Padre y la docilidad a su enseñanza que nos hace madurar, nos dan la fuerza para superar todas las dificultades de la vida y llegar victoriosos a la meta. Esta certeza que nos inculca Jesús nos da motivos para celebrar su amorosa y permanente compañía en sus santos ángeles. 

Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón

1. ¿Qué entiende la Biblia por ángeles? ¿Por qué para hablar de la trascendencia de Dios que se hace próxima a nosotros en nuestros caminos históricos se acude a esta imagen de los ángeles?

2. Cuando la Biblia habla de los ángeles los coloca en el contexto dinámico del caminar –pascual- de la vida. ¿Me dejo guiar por Dios en los caminos de la vida? ¿Qué respaldo me ofrece Dios y a dónde me quiere conducir?

3. ¿Qué quiere decir Jesús cuando habla de los ángeles en Mt 18,10? ¿Por qué lo dice? ¿Qué implica para un discípulo de Jesús que cada día va aprendiendo lo que es ser “hijo” de Dios y por lo tanto “pequeño” llamado al crecimiento de día en día? 

Oremos 

“Testigo de lo invisible,
presencia del cielo amiga,
gracias por tu fiel custodia,
gracias por tu compañía.
En presencia de los ángeles,
suba al cielo nuestro canto:
gloria al Padre, gloria al Hijo,
gloria al Espíritu Santo”.

Amén.
(Himno de la Liturgia de las Horas)



2 de octubre

SANTOS ÁNGELES CUSTODIOS*


Memoria

— Existencia.

— Continuos servicios que nos prestan los Ángeles Custodios.

— Tratarlos como a amigos entrañables.

I. Ángeles del Señor, bendecid al Señor, ensalzadlo con himnos por los siglos1.

Los Ángeles aparecen frecuentemente en la Sagrada Escritura como ministros ordinarios de Dios. Son las criaturas más perfectas de la Creación, penetran con su inteligencia donde nosotros no podemos, y contemplan cara a cara a Dios, como criaturas ya glorificadas.

En los momentos más importantes de la historia humana, un ángel, manifestándose a veces en forma corpórea, ha sido embajador de Dios para anunciar sus designios, para señalar un camino, para comunicar la voluntad divina. Los vemos constantemente actuar como mensajeros del Altísimo, iluminando, exhortando, intercediendo, preservando del peligro, castigando. El mismo significado de la palabra Ángel enviado expresa su función de mensajero de Dios ante los hombres2. Siempre recibieron veneración y respeto en el Pueblo elegido. ¿Acaso no son todos ellos espíritus destinados al servicio, enviados para asistir a los que han de heredar la salvación?3.

La fe en esta misión protectora de los ángeles, vinculados a personas particulares, es lo que hizo exclamar a Israel, en el momento de bendecir a sus nietos, los hijos de José: que el Ángel que me ha librado de todo mal, bendiga a estos niños4. Y la Primera lectura de la Misa5 recoge las palabras del Señor a Moisés, que hoy podemos ver como dirigidas a cada uno de nosotros: Yo mandaré un Ángel ante ti para que te defienda en el camino y te haga llegar al lugar que te he dispuesto. Y el Profeta Eliseo dirá a su sirviente, asustado al ver los enemigos que les rodeaban por todas partes: Nada temas, que los que están con nosotros son más que los que están con ellos. Eliseo oró y dijo: ¡Oh Yahvé!, ábrele los ojos para que vea. Y Yahvé abrió los ojos del siervo, y vio la montaña llena de caballos y carros de fuego que rodeaban a Eliseo6. ¡Qué seguridad nos tiene que dar la presencia en nuestra vida de los Ángeles Custodios! Ellos nos consuelan, nos iluminan, pelean en favor nuestro: en lo más duro del combate se le aparecieron en el cielo a los adversarios cinco varones resplandecientes, montados en caballos con frenos de oro, que poniéndose a la cabeza de los judíos y tomando dos de ellos en medio al Macabeo, le protegían con sus armas, le guardaban incólume y lanzaban flechas y rayos contra el enemigo, que, herido de ceguera y espanto, caía7. De formas y modos muy diferentes, los santos ángeles intervienen todos los días en nuestra vida corriente. ¡Qué providencia tan singular y llena de bondad y cuánta solicitud la de Dios con nosotros, sus hijos, a través de estos santos protectores! Busquemos en ellos fortaleza en la lucha ascética ordinaria y ayuda para que enciendan en nuestros corazones las llamas del Amor de Dios.

II. Delante de los ángeles tañeré para Ti, Dios mío8.

La vida y la enseñanza de Jesús está poblada de la presencia ministerial de los ángeles. Gabriel comunica a María que va a ser Madre del Salvador. Un ángel ilumina y serena el alma de José; también hay ángeles que anuncian el Nacimiento de Jesús a los pastores de Belén. La huida a Egipto, las tentaciones del Señor en el desierto, los sufrimientos de Getsemaní, la Resurrección y la Ascensión son presenciadas igualmente por estos servidores de Dios, que, a su vez, velan constantemente por la Iglesia y por cada uno de sus miembros, como atestiguan los Hechos de los Apóstoles9 y la Tradición primitiva. En verdad os digo que veréis abrirse los cielos y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del Hombre10.

Muchos santos y muchas almas que han estado muy cerca de Dios se distinguieron en su vida aquí en la tierra por su amistad con su Ángel Custodio, al que acudían muy frecuentemente11. San Josemaría Escrivá tuvo una particular devoción a los Ángeles Custodios. Y precisamente en la fiesta que hoy celebra la Iglesia, el Señor le hizo ver con toda claridad la fundación del Opus Dei, a través del cual resonaría en gentes de toda condición humana y social la llamada a la santidad en el mundo, en medio de sus quehaceres, a través de las circunstancias en las que se desarrolla una vida normal. Trataba a su Ángel Custodio y saludaba al de la persona con la que conversaba12, decía del Ángel Custodio que era «un gran cómplice» en las tareas apostólicas, y le pedía también favores materiales. En una época de su vida, le llamó en alguna ocasión mi relojerico, pues su reloj se le paraba con frecuencia y, careciendo del dinero necesario para arreglarlo, le encargaba que lo pusiera en marcha13. Dedicaba un día de la semana el martes a tratarle con más empeño14. En cierta ocasión, viviendo en Madrid, en medio de un ambiente de persecución religiosa, difícil y agresivamente anticlerical, se le abalanzó en la calle un sujeto de mal aspecto con clara intención de agredirle. De improviso, se interpuso inexplicablemente otra persona, que repelió al agresor. Fue cosa de un instante. Ya a salvo, su protector, acercándose, le dijo quedamente al oído: «¡burrito sarnoso, burrito sarnoso!», palabras con las que San Josemaría Escrivá se definía a sí mismo, con humildad, en la intimidad de su alma, y que solo conocía su confesor. La paz y el gozo de reconocer la visible intervención de su Custodio le llenaron el alma15. «Te pasmas escribía más tarde- porque tu Ángel Custodio te ha hecho servicios patentes. Y no debías pasmarte: para eso le colocó el Señor junto a ti»16. Hoy puede ser un día para reafirmar nuestra devoción al Ángel Custodio, pues es mucha la necesidad que tenemos de él: Oh Dios, que en tu providencia amorosa te has dignado enviar para nuestra custodia a tus santos ángeles le decimos al Señor con una oración de la Liturgia de la Misa, concédenos, atento a nuestras súplicas, vernos siempre defendidos por su protección y gozar eternamente de su compañía17.

III. A sus ángeles ha dado orden para que te guarden en tus caminos... Y comenta San Bernardo en una de las lecturas de la Liturgia de las Horas de hoy: «Estas palabras deben inspirarte una gran reverencia, deben infundirte una gran devoción y conferirte una gran confianza. Reverencia por la presencia de los ángeles, devoción por su benevolencia, confianza por su custodia. Porque ellos estarán junto a ti, y lo están para tu bien. Están presentes para protegerte, lo están en beneficio tuyo. Y, aunque lo están porque Dios les ha dado esta orden, no por ello debemos de estarles menos agradecidos, pues cumplen con tanto amor esta orden y nos ayudan en nuestras necesidades, que son tan grandes»18.

Te llevarán en sus manos para que no tropiece tu pie en piedra alguna19. Nos sostienen en sus manos como un preciado tesoro que Dios les ha encomendado. Como los hermanos mayores cuidan de los pequeños, así los ángeles nos asisten a nosotros hasta introducirnos felizmente en la casa paterna. Entonces habrán cumplido su misión. Nuestro trato con el Ángel Custodio ha de tener un carácter amistoso, que reconozca a la vez su superioridad en naturaleza y gracia. Aunque su presencia sea menos sensible que la de un amigo de la tierra, su eficacia es mucho mayor. Sus consejos y sugerencias vienen de Dios y penetran más profundamente que la voz humana. Y, a la vez, su capacidad para oírnos y comprendernos es muy superior a la del amigo más fiel; no solo porque su permanencia a nuestro lado es continua, sino porque entra más hondo en nuestras intenciones, deseos y peticiones. El Ángel puede llegar a nuestra imaginación directamente sin palabra alguna, suscitando imágenes, recuerdos, impresiones, que nos señalan el camino a seguir. ¡Cuántas veces nos habrán ayudado a continuar nuestro camino como a Elías que, perseguido por Jezabel, se disponía a morir, tal era su cansancio, bajo un arbusto del trayecto! Es bien seguro que nuestro Ángel, como el de Elías, se acercará a nosotros y nos hará entender: levántate y come porque te queda todavía mucho camino20.

Nunca nos sentiremos solos si nos acostumbramos a tratar a ese amigo fiel y generoso, con el que podemos conversar familiarmente21. Él, además, une su oración a la nuestra y la presenta a Dios22. Es necesario, sin embargo, que mentalmente le hablemos, porque no puede penetrar en nuestro entendimiento como lo hace Dios. Y entonces, él podrá deducir de nuestro interior más de lo que nosotros mismos somos capaces. «No podemos tener la pretensión de que los Ángeles nos obedezcan... Pero tenemos la absoluta seguridad de que los Santos Ángeles nos oyen siempre»23. Ya es suficiente.

Nuestro Ángel Custodio nos acompañará hasta el final del camino y, si somos fieles, con él contemplaremos a Nuestra Señora, Reina de los ángeles, a quien todos alaban en una eternidad sin fin. A ese coro angélico, con la ayuda de la gracia, nos uniremos también nosotros.

La devoción a los Ángeles Custodios está atestiguada desde los mismos comienzos del Cristianismo. La fiesta con carácter universal para toda la Iglesia fue instituida por el Papa Clemente X en el siglo xvii. Los Ángeles Custodios son los mensajeros del Señor encargados de velar por cada uno de nosotros, protegiendo nuestro camino en la tierra y compartiendo con los cristianos el afán apostólico de acercar las almas a Dios.




Salmo 62,2-9: El alma sedienta de Dios

Ant: El Señor enviará a su ángel contigo y dirigirá tu camino.

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua.

¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios.

Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré como de enjundia y de manteca,
y mis labios te alabarán jubilosos.

En el lecho me acuerdo de ti
y velando medito en ti,
porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo;
mi alma está unida a ti,
y tu diestra me sostiene.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: El Señor enviará a su ángel contigo y dirigirá tu camino.

Daniel 3,57-88.56: Toda la creación alabe al Señor

Ant: Bendito sea Dios, que envió un ángel a salvar a sus siervos que confiaron en él.

Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Ángeles del Señor, bendecid al Señor;
cielos, bendecid al Señor.

Aguas del espacio, bendecid al Señor;
ejércitos del Señor, bendecid al Señor.

Sol y luna, bendecid al Señor;
astros del cielo, bendecid al Señor.

Lluvia y rocío, bendecid al Señor;
vientos todos, bendecid al Señor.

Fuego y calor, bendecid al Señor;
fríos y heladas, bendecid al Señor.

Rocíos y nevadas, bendecid al Señor;
témpanos y hielos, bendecid al Señor.

Escarchas y nieves, bendecid al Señor;
noche y día, bendecid al Señor.

Luz y tinieblas, bendecid al Señor;
rayos y nubes, bendecid al Señor.

Bendiga la tierra al Señor,
ensálcelo con himnos por los siglos.

Montes y cumbres, bendecid al Señor;
cuanto germina en la tierra, bendiga al Señor.

Manantiales, bendecid al Señor;
mares y ríos, bendecid al Señor.

Cetáceos y peces, bendecid al Señor;
aves del cielo, bendecid al Señor.

Fieras y ganados, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Hijos de los hombres, bendecid al Señor
bendiga Israel al Señor.

Sacerdotes del Señor, bendecid al Señor;
siervos del Señor, bendecid al Señor.

Almas y espíritus justos, bendecid al Señor;
santos y humildes de corazón, bendecid al Señor.

Ananías, Azarías y Misael, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo,
ensalcémoslo con himnos por los siglos.

Bendito el Señor en la bóveda del cielo,
alabado y glorioso y ensalzado por los siglos.

Ant: Bendito sea Dios, que envió un ángel a salvar a sus siervos que confiaron en él.

Salmo 149: Alegría de los santos

Ant: Ángeles, y todos sus ejércitos, alabad al Señor.

Cantad al Señor un cántico nuevo,
resuene su alabanza en la asamblea de los fieles;
que se alegre Israel por su Creador,
los hijos de Sión por su Rey.

Alabad su nombre con danzas,
cantadle con tambores y cítaras;
porque el Señor ama a su pueblo
y adorna con la victoria a los humildes.

Que los fieles festejen su gloria
y canten jubilosos en filas:
con vítores a Dios en la boca
y espadas de dos filos en las manos:

para tomar venganza de los pueblos
y aplicar el castigo a las naciones,
sujetando a los reyes con argollas,
a los nobles con esposas de hierro.

Ejecutar la sentencia dictada
es un honor para todos sus fieles.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Ángeles, y todos sus ejércitos, alabad al Señor.

Lectura

Ex 23,20-21a

Voy a enviarte un ángel por delante, para que te cuide en el camino y te lleve al lugar que he preparado. Respétalo y obedécelo.

V/. Delante de los ángeles tañeré para ti, Dios mío.

R/. Delante de los ángeles tañeré para ti, Dios mío.

V/. Daré gracias a tu nombre.

R/. Tañeré para ti, Dios mío.

V/. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo

R/. Delante de los ángeles tañeré para ti, Dios mío.

Cántico Ev.

Ant: Todos ellos son espíritus en servicio activo, que se envían en ayuda de los que han de heredar la salvación.

†


Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo,
por boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia
que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant: Todos ellos son espíritus en servicio activo, que se envían en ayuda de los que han de heredar la salvación.

Preces

Confesemos, queridos hermanos, al Señor, a quien asisten millares de ángeles, y aclamémosle gozosos:

Bendecid al Señor, ángeles suyos

- Oh Dios, que a tus ángeles has dado órdenes para que nos guarden en nuestros caminos,
condúcenos hoy sin tropezar por tus sendas.


- Padre, cuyo rostro están siempre viendo nuestros ángeles en el cielo,
haz que busquemos continuamente tu rostro.


- Oh Dios, cuyos hijos serán como ángeles del cielo,
danos la castidad del corazón y del cuerpo.


- Oh Dios, envía a Miguel, príncipe supremo, en auxilio de tu pueblo,
a fin de que lo defienda en las batallas contra Satanás y sus ángeles.

Con el gozo que nos da el sabernos hijos de Dios, digamos con confianza:

Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre;

venga a nosotros tu reino;

hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día;

perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

No nos dejes caer en la tentación,

y líbranos del mal.

Final

Oh Dios, que en tu providencia amorosa te has dignado enviar para nuestra custodia a tus santos ángeles, concédenos, atento a nuestras súplicas, vernos siempre defendidos por su protección y gozar eternamente de su compañía. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

domingo, 1 de octubre de 2023

Santa Misa +

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Angelus +

 https://youtu.be/u77gB9bZ07g?si=ik92dQNiyURzqdJW

Tercia +

 HORA TERCIA


INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: VEN DEL SENO DE DIOS, OH SANTO ESPÍRITU

Ven del seno de Dios, oh Santo Espíritu,
a visitar las mentes de tus fieles;
y haz que los corazones que creaste
se llenen con tus dádivas celestes.

Ilumine tu luz nuestros sentidos,
encienda el fuego de tu amor los pechos;
Espíritu de Cristo, fortalece
este barro mortal de nuestros corazones.

Danos, Amor, tu amor y la alegría
de conocer al Padre y a su Hijo,
de poseerte a ti que eres de entrambos
eternamente el inefable Espíritu. Amén

SALMODIA

Ant 1. Llamé, y él me respondió.

Salmo 119 - DESEO DE LA PAZ

En mi aflicción llamé al Señor,
y él me respondió.
Líbrame, Señor, de los labios mentirosos,
de la lengua traidora.

¿Qué te va a dar o a mandar Dios,
lengua traidora?
Flechas de arquero, afiladas
con ascuas de retama.

¡Ay de mí, desterrado en Masac,
acampado en Cadar!
Demasiado llevo viviendo
con los que odian la paz;
cuando yo digo: «Paz»,
ellos dicen: «Guerra».

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Llamé, y él me respondió.

Ant 2. El Señor guarda tus entradas y salidas.

Salmo 120 - EL GUARDIÁN DEL PUEBLO.

Levanto mis ojos a los montes:
¿de dónde me vendrá el auxilio?
El auxilio me viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

No permitirá que resbale tu pie,
tu guardián no duerme;
no duerme ni reposa
el guardián de Israel.

El Señor te guarda a su sombra,
está a tu derecha;
de día el sol no te hará daño,
ni la luna de noche.

El Señor te guarda de todo mal,
él guarda tu alma;
el Señor guarda tus entradas y salidas,
ahora y por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor guarda tus entradas y salidas.

Ant 3. Me he alegrado por lo que me dijeron.

Salmo 121 LA CIUDAD SANTA DE JERUSALÉN

¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén está fundada
como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor,

según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia
en el palacio de David.

Desead la paz a Jerusalén:
«Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros,
seguridad en tus palacios.»

Por mis hermanos y compañeros,
voy a decir: «La paz contigo.»
Por la casa del Señor, nuestro Dios,
te deseo todo bien.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Me he alegrado por lo que me dijeron.

LECTURA BREVE   Rm 5, 1-2. 5

Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos: y nos gloriamos apoyados en la esperanza de la gloria de los hijos de Dios; y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.

V. Cantaré eternamente las misericordias del Señor.
R. Anunciaré tu fidelidad por todas las edades.

ORACIÓN

OREMOS,
Señor Dios, que manifiestas tu poder de una manera admirable sobre todo cuando perdonas y ejerces tu misericordia, infunde constantemente tu gracia en nosotros, para que, tendiendo hacia lo que nos prometes, consigamos los bienes celestiales. Por Cristo nuestro Señor.
Amén.

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

Oficio, reflexiones y laudes +

 XXVI Domingo del Tiempo Ordinario, solemnidad


V/. -Señor, Ábreme los labios.

R/. -Y mi boca proclamará tu alabanza.


Invitatorio


Salmo 94: Invitación a la alabanza divina


Ant: Pueblo del Señor, rebaño que el guía, venid, adorémosle. Aleluya.


Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.


-se repite la antífona


Porque el Señor es un Dios grande,

soberano de todos los dioses:

tiene en su mano las simas de la tierra,

son suyas las cumbres de los montes;

suyo es el mar, porque él lo hizo,

la tierra firme que modelaron sus manos.


-se repite la antífona


Entrad, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo,

el rebaño que él guía.


-se repite la antífona


Ojalá escuchéis hoy su voz:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto;

cuando vuestros padres me pusieron a prueba

y me tentaron, aunque habían visto mis obras.


-se repite la antífona


Durante cuarenta años

aquella generación me asqueó, y dije:

"Es un pueblo de corazón extraviado,

que no reconoce mi camino;

por eso he jurado en mi cólera

que no entrarán en mi descanso."»


-se repite la antífona


Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo

como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.


Ant: Pueblo del Señor, rebaño que el guía, venid, adorémosle. Aleluya.

 

Himno


Somos el pueblo de la Pascua,

Aleluya es nuestra canción,

Cristo nos trae la alegría;

levantemos el corazón.


El Señor ha vencido al mundo,

muerto en la cruz por nuestro amor,

resucitado de la muerte

y de la muerte vencedor.


Él ha venido a hacernos libres

con libertad de hijos de Dios,

él desata nuestras cadenas;

alegraos en el Señor.


Sin conocerle, muchos siguen

rutas de desesperación,

no han escuchado la noticia

de Jesucristo Redentor.


Misioneros de la alegría,

de la esperanza y del amor,

mensajeros del Evangelio,

somos testigos del Señor.


Gloria a Dios Padre, que nos hizo,

gloria a Dios Hijo Salvador,

gloria al Espíritu divino:

tres Personas y un solo Dios. Amén.


Salmo 103-I: Himno al Dios creador


Ant: Señor, Dios mío, te vistes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un manto. Aleluya.


Bendice, alma mía, al Señor:

¡Dios mío, qué grande eres!

Te vistes de belleza y majestad,

la luz te envuelve como un manto.


Extiendes los cielos como una tienda,

construyes tu morada sobre las aguas;

las nubes te sirven de carroza,

avanzas en las olas del viento;

los vientos te sirven de mensajeros;

el fuego llameante, de ministro.


Asentaste la tierra sobre sus cimientos,

y no vacilará jamás;

la cubriste con el manto del océano,

y las aguas se posaron sobre las montañas;


pero a tu bramido huyeron,

al fragor de tu trueno se precipitaron,

mientras subían los montes y bajaban los valles:

cada cual al puesto asignado.

Trazaste un frontera que no traspasarán,

y no volverán a cubrir la tierra.


De los manantiales sacas los ríos,

para que fluyan entre los montes;

en ellos beben las fieras de los campos,

el asno salvaje apaga su sed;

junto a ellos habitan las aves del cielo,

y entre las frondas se oye su canto.


Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo

como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.


Ant: Señor, Dios mío, te vistes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un manto. Aleluya.


Salmo 103-II:


Ant: El Señor saca pan de los campos, y vino para alegrar el corazón del hombre. Aleluya.


Desde tu morada riegas los montes,

y la tierra se sacia de tu acción fecunda;

haces brotar hierba para los ganados,

y forraje para los que sirven al hombre.


Él saca pan de los campos,

y vino que le alegra el corazón;

y aceite que da brillo a su rostro,

y alimento que le da fuerzas.


Se llenan de savia los árboles del Señor,

los cedros del Líbano que él plantó:

allí anidan los pájaros,

en su cima pone casa la cigüeña.

Los riscos son para las cabras,

las peñas son madriguera de erizos.


Hiciste la luna con sus fases,

el sol conoce su ocaso.

Pones las tinieblas y viene la noche,

y rondan las fieras de la selva;

los cachorros rugen por la presa,

reclamando a Dios su comida.


Cuando brilla el sol, se retiran,

y se tumban en sus guaridas;

el hombre sale a sus faenas,

a su labranza hasta el atardecer.


Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo

como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.


Ant: El Señor saca pan de los campos, y vino para alegrar el corazón del hombre. Aleluya.


Salmo 103-III:


Ant: Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno. Aleluya.


Cuántas son tus obras, Señor,

y todas las hiciste con sabiduría;

la tierra está llena de tus criaturas.


Ahí está el mar: ancho y dilatado,

en él bullen, sin número,

animales pequeños y grandes;

lo surcan las naves, y el Leviatán

que modelaste para que retoce.


Todos ellos aguardan

a que les eches comida a su tiempo:

se la echas, y la atrapan;

abres tu mano, y se sacian de bienes;


escondes tu rostro, y se espantan;

les retiras el aliento, y expiran

y vuelven a ser polvo;

envías tu aliento, y los creas,

y repueblas la faz de la tierra.


Gloria a Dios para siempre,

goce el Señor con sus obras,

cuando él mira la tierra, ella tiembla;

cuando toca los montes, humean.


Cantaré al Señor mientras viva,

tocaré para mi Dios mientras exista:

que le sea agradable mi poema,

y yo me alegraré con el Señor.


Que se acaben los pecadores en la tierra,

que los malvados no existan más.

¡Bendice, alma mía, al Señor!


Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo

como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.


Ant: Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno. Aleluya.


V/. Dichosos vuestros ojos, porque ven.


R/. Y vuestros oídos, porque oyen.


Lectura


V/. Dichosos vuestros ojos, porque ven.


R/. Y vuestros oídos, porque oyen.


Saludo. Acción de gracias


Flp 1,1-11


Pablo y Timoteo, servidores de Cristo Jesús,


a todo el pueblo santo de cristianos que residen en Filipos,


con sus responsables y auxiliares.


Os deseamos la gracia y la paz de Dios nuestro Padre


y del Señor Jesucristo.


Doy gracias a mi Dios cada vez que os menciono;


siempre que rezo por vosotros, lo hago con gran alegría.


Porque habéis sido colaboradores míos en la obra del evangelio,


desde el primer día hasta hoy.


Esta es nuestra confianza:


que el que ha inaugurado entre vosotros una empresa buena,


la llevará adelante hasta el Día de Cristo Jesús.


Esto que siento por vosotros está plenamente justificado:


os llevo dentro, porque tanto en la prisión


como en mi defensa y prueba del Evangelio,


todos compartís el privilegio que me ha tocado.


Testigo me es Dios de lo entrañablemente que os quiero,


en Cristo Jesús.


Y ésta es mi oración:


que vuestra comunidad de amor siga creciendo más y más


en penetración y en sensibilidad


para apreciar los valores.


Así llegaréis al Día de Cristo limpios e irreprochables,


cargados de frutos de justicia,


por medio de Cristo Jesús,


a gloria y alabanza de Dios.


R/. Que vuestro amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad, para que apreciéis los valores y seáis limpios e irreprochables.


V/. Ésta es mi convicción: que el que ha inaugurado entre vosotros una empresa buena la llevará adelante hasta el día de Cristo Jesús.


R/. Para que apreciéis los valores y seáis limpios e irreprochables.


L. Patrística


Estáis salvados por gracia

San Policarpo


Carta a los Filipenses 1,1-2,3


Policarpo y los presbíteros que están con él a la Iglesia Dios que vive como forastera en Filipos: Que la misericordia y la paz, de parte de Dios todopoderoso y de Jesucristo, nuestro salvador, os sean dadas con toda plenitud.


Sobremanera me he alegrado con vosotros, en nuestro Señor Jesucristo, al enterarme de que recibisteis a quienes son imágenes vivientes de la verdadera caridad y de que asististeis, como era conveniente, a quienes estaban cargados de cadenas dignas de los santos, verdaderas diademas de quienes han sido escogidos por nuestro Dios y Señor. Me he alegrado también al ver cómo la raíz vigorosa de vuestra fe, celebrada desde tiempos antiguos, persevera hasta el día de hoy y produce abundantes frutos en nuestro Señor Jesucristo, quien, por nuestros pecados, quiso salir al encuentro de la muerte, y Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte. No lo veis, y creéis en él con un gozo inefable y transfigurado, gozo que muchos desean alcanzar, sabiendo como saben que estáis salvados por su gracia, y no se debe a las obras, sino a la voluntad de Dios en Cristo Jesús.


Por eso, estad interiormente preparados y servid al Señor con temor y con verdad, abandonando la vana palabrería y los errores del vulgo y creyendo en aquel que resucitó a nuestro Señor Jesucristo de entre los muertos y le dio gloria, colocándolo a su derecha; a él le fueron sometidas todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, y a él obedecen todos cuantos tienen vida, pues él ha de venir como juez de vivos y muertos, y Dios pedirá cuenta de su sangre a quienes no quieren creer en él.


Aquel que lo resucitó de entre los muertos nos resucitará también a nosotros, si cumplimos su voluntad y caminamos según sus mandatos, amando lo que él amó y absteniéndonos de toda injusticia, de todo fraude, del amor al dinero, de la maldición y de los falsos testimonios, no devolviendo mal por mal, o insulto por insulto, ni golpe por golpe, ni maldición por maldición, sino recordando más bien aquellas palabras del Señor, que nos enseña: No juzguéis, y no os juzgarán; perdonad, y seréis perdonados; compadeced, y seréis compadecidos. La medida que uséis la usarán con vosotros. Y: Dichosos los pobres y los perseguidos, porque de ellos es el reino de Dios.


R/. Dios nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestros méritos, sino porque, desde tiempo inmemorial, dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo.


V/. No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria, por tu bondad, por tu lealtad.


R/. Dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo.


Te Deum


(sólo domingos, solemnidades y fiestas)


A ti, oh Dios, te alabamos,

a ti, Señor, te reconocemos.


A ti, eterno Padre,

te venera toda la creación.


Los ángeles todos, los cielos

y todas las potestades te honran.


Los querubines y serafines

te cantan sin cesar:


Santo, Santo, Santo es el Señor,

Dios del universo.


Los cielos y la tierra

están llenos de la majestad de tu gloria.


A ti te ensalza

el glorioso coro de los apóstoles,

la multitud admirable de los profetas,

el blanco ejército de los mártires.


A ti la Iglesia santa,

extendida por toda la tierra,

te proclama:


Padre de inmensa majestad,

Hijo único y verdadero, digno de adoración,

Espíritu Santo, Defensor.


Tú eres el Rey de la gloria, Cristo.


Tú eres el Hijo único del Padre.


Tú, para liberar al hombre,

aceptaste la condición humana

sin desdeñar el seno de la Virgen.


Tú, rotas las cadenas de la muerte,

abriste a los creyentes el reino del cielo.


Tú te sientas a la derecha de Dios

en la gloria del Padre.


Creemos que un día

has de venir como juez.


Te rogamos, pues,

que vengas en ayuda de tus siervos,

a quienes redimiste con tu preciosa sangre.


Haz que en la gloria eterna

nos asociemos a tus santos.


Salva a tu pueblo, Señor,

y bendice tu heredad.


Sé su pastor

y ensálzalo eternamente.


Día tras día te bendecimos

y alabamos tu nombre para siempre,

por eternidad de eternidades.


Dígnate, Señor, en este día

guardarnos del pecado.


Ten piedad de nosotros, Señor,

ten piedad de nosotros.


Que tu misericordia, Señor,

venga sobre nosotros,

como lo esperamos de ti.


En ti, Señor, confié,

no me veré defraudado para siempre.


Pistas para la Lectio Divina


Dijo: "voy", pero no fue.


La lección que nos da la Palabra de Dios hoy, empezando por la lectura profética y el salmo, es que no basta decir cosas. No basta la intención. Además, hay que hacer lo que se dice.


A un político no se le aplaude sólo por sus intenciones o sus promesas en época electoral. Luego se espera que cumpla lo que ha dicho. Los fariseos recibieron a menudo reproches de Jesús en esta dirección. ¿Y nosotros?


Ezequiel 18, 25-28.


Cuando el malvado se convierte de su maldad, salva su vida.


El profeta compara la conducta del justo y del malvado, y su responsabilidad respectiva, ante la dura experiencia del destierro y la destrucción de Jerusalén. Si uno es justo, pero luego "se aparta de su justicia, muere por la maldad que cometió". Si uno es malvado, pero "se convierte de la maldad, él mismo salva su vida". Al justo se le pide que persevere en el bien. Al malvado, que se convierta.


El mensaje del profeta es esperanzador: invita a todos a confiar en la bondad y el perdón de Dios. Cada uno es responsable de sus actos y no puede escudarse en el grupo al que pertenece.


Por eso el salmo recoge una actitud de confianza: "recuerda, Señor, que tu misericordia es eterna", y le pide: "no te acuerdes de los pecados de mi juventud". El salmista pide con humildad: "Señor, enséñame tus caminos".


Filipenses 2,1-11.


Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús


La carta a los Filipenses, que comenzamos a leer el domingo pasado, contiene unos consejos muy propios de Pablo, a la hora de edificar una comunidad fraterna que vive unida en el amor. Él quiere que los cristianos tengan "entrañas compasivas" y "un mismo amor y un mismo sentir", sin rivalidades. Les da consignas muy concretas de humildad para con los otros, pero, sobre todo, les propone el mejor ejemplo, Cristo Jesús, que "no hizo alarde de su categoría de Dios" y se rebajó hasta la muerte, entregándose para la salvación de todos: "tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús". Aquí Pablo nos reproduce un "himno pascual" que seguramente era anterior a él y que tal vez cantaba la comunidad: el himno que nosotros rezamos cada sábado en vísperas.


Mateo 21, 28-32. Recapacitó y fue


Jesús, que ya ha llegado a Jerusalén, tiene delante a los "sumos sacerdotes y ancianos del pueblo", o sea, a miembros insignes de Israel, orgullosos de su pertenencia al pueblo elegido de Dios. Está creciendo por momentos la tensión con ellos. Ha expulsado a los mercaderes del Templo y ha pronunciado la maldición sobre la higuera estéril, símbolo de Israel.

Con una parábola muy sencilla y expresiva (propia del evangelio de Mateo) les echa en cara la hipocresía que muchas veces reina en sus actitudes. El hijo que dijo que no, que no iría a trabajar da la viña, pero luego fue. Y el que dijo que sí, que iba, pero luego no fue. En este segundo es donde "retrata" Jesús a las clases dirigentes de Israel. Los contrapone a los publícanos y prostitutas, que tienen mala fama, pero muchos de ellos han sabido acoger el mensaje de Juan el Bautista (y ahora, el suyo, el de Jesús


Consignas para una comunidad unida


Las comunidades del tiempo de Pablo, como las de ahora, tenían dificultades para vivir en unión. También en Filipos había desavenencias, discordias, rivalidades, intrigas por ser más que los demás. Era una comunidad normal, como las nuestras. No inventamos nada.


Por eso nos viene bien leer esta exhortación de Pablo, que hoy nos repite a nosotros su deseo de que tengamos "entrañas compasivas" con los demás hermanos, y "un mismo amor y un mismo sentir".

Son siempre actuales las consignas que él da a los de Filipos. Algunas son humanas, de convivencia civilizada: "dejaos guiar por la humildad y considerar siempre superiores a los demás". La mayor parte de nuestros disgustos personales y de las tensiones comunitarias se deben a nuestro orgullo: nos creemos superiores a los demás, y por eso nos damos tan fácilmente por ofendidos cuando los demás pasan por encima de nosotros o no demuestran apreciar lo que hacemos. Es una consiga, la de "considerar superiores a los demás", que no es muy popular en nuestros tiempos ni en la sociedad civil ni en la familiar ni en la eclesial.

Pero hay otras motivaciones sobrenaturales: "nos une el mismo Espíritu". La motivación principal que Pablo da a los Filipenses está en la segunda parte de la lectura, que convendría leer entera- es la de que hemos de imitar a Cristo Jesús en su entrega pascual: "tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús". ¿Cuáles fueron estos "sentimientos" de Jesús? Pablo los describe siguiendo el "himno pascual", que en pocas líneas expresa el misterio de la muerte y resurrección, de la humillación y la glorificación de Jesús: se despojó de su rango, no hizo alarde de su categoría de Dios, se rebajó hasta la muerte, y una muerte de cruz, la máxima humillación pensable en la época.


Que es exactamente la actitud contraria de los que se creen superiores a los demás y hacen valer sus derechos. La muerte de Cristo no terminó en el sepulcro: porque Dios "lo levantó sobre todo... de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble...". Pablo no cita este himno para alabar a Jesús, sino para proponerlo como modelo a la comunidad en su vida fraterna, que muchas veces supone saber "rebajarse" y "no hacer alarde de categorías".


Cada Eucaristía nos une a Cristo, pero también es una auténtica escuela de fraternidad comunitaria. La petición del Padrenuestro (perdónanos como nosotros perdonamos), el gesto de paz que nos damos con los más próximos (como representantes de todos los que luego trataremos en la vida), la fracción del pan (para expresar que "compartimos" al mismo Cristo): todo eso nos recuerda que el "podéis ir en paz" del final no es punto de llegada, sino más bien de partida hacia una vida coherente con lo que hemos celebrado.

Responsables de los propios actos

A veces la Palabra de Dios nos invita a considerar el aspecto comunitario, social, de nuestros actos. Pero hoy es la responsabilidad personal lo que destaca.


Una primera tentación de los israelitas, sobre todo en un período tan triste como el que vivió Ezequiel, con el destierro y la destrucción de Jerusalén, era la de echar la culpa a Dios: "comentáis: no es justo el proceder de Dios". El profeta invalida esta acusación: "¿es injusto mi proceder? ¿o no es vuestro proceder el que es injusto?".

La segunda tentación, que no aparece en la lectura de hoy pero sí en otras, es la de culpar de nuestros males a la comunidad o a los antepasados. Con facilidad podemos quedar tranquilos echando las culpas a este mundo, a la sociedad que nos rodea, a las estructuras, a las estadísticas.


Ciertamente nos influye el ambiente, y esta influencia puede ser fuerte, tanto en bien como en mal. Pero difícilmente nos quita la libertad hasta el grado de poder decir que no tenemos culpabilidad en lo que hacemos mal o mérito en lo que hacemos bien. Normalmente queda un margen de libertad, y es cada uno quien decide. Dios no castiga a nadie por las culpas cometidas por otros.


No el que dice... sino el que hace


El evangelio nos orienta también en otra dirección que se puede decir que es consecuencia de la primera: no bastan las palabras, lo que cuenta son los hechos.


Los destinatarios de la parábola de Jesús fueron en primer lugar las clases dirigentes de los judíos, que creían que con pertenecer al pueblo elegido de Dios ya estaba todo conseguido. Los describe Jesús en la persona del hijo que dijo demasiado alegremente "sí", pero luego no obedeció. No han acogido el mensaje del Bautista y tampoco el de Cristo.


Esta parábola va a ir seguida por otras dos, que escucharemos los domingos próximos: la viña que el dueño tiene que arrendar a otros, y el banquete festivo al que tiene que invitar a otros, ante el rechazo de los primeros invitados. Las tres muestran una clara denuncia por parte de Jesús: el pueblo elegido no ha sabido ver el día de la gracia, no ha sabido acoger al Enviado de Dios. En concreto, critica la hipocresía de los fariseos, que cuidaban la fachada pero no los contenidos de su fe. No les debió gustar nada a los dirigentes del pueblo que Jesús los comparara con los pecadores públicos a los que ellos despreciaban: "los publícanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios".


Pero no nos tendríamos que escudar en que Jesús hablaba para los fariseos. Hablaba también para nosotros, si tenemos las mismas actitudes que ellos. La pregunta es para nosotros también: ¿en cuál de los dos hijos nos vemos sinceramente reflejados? Es fácil cuando estamos en la iglesia, cantar cantos al Señor, o contestar "amén" a oraciones y propósitos. Pero luego esa fe, ¿se traduce en obras? Aquí quedan desautorizados los que exteriormente guardan las formas (están bautizados, han hecho la primera comunión, se han casado por la Iglesia, van a misa los domingos, llevan una medalla al cuello) pero luego, en la vida, su estilo de actuación no se parece en nada a lo que dicen creer.


En otros lugares dice Jesús: "No entrará en el Reino de los cielos aquel que dice Señor, Señor, sino el que cumple la voluntad de mi Padre del cielo", "el que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre", el que "edifica sobre roca es el que oye estas palabras y las pone en práctica.


Las declaraciones, las promesas y los manifiestos cuestan muy poco. Lo que cuesta es actuar en coherencia. Decir "sí" (en liturgia, "amén") es sencillo. Palabras como "comunidad", "democracia", "justicia", pueden llenarnos la boca. Pero luego ¿se reflejan en nuestro modo de vivir? De lo que se trata es de armonizar la vida con la fe. En la carta de Santiago se dice

expresivamente que "la fe, si no tiene obras, está muerta por dentro". Esto nos va bien de un modo especial a los que tenemos la misión de "hablar", no vaya a ser que merezcamos la grave acusación de Jesús con respecto a los fariseos: "haced lo que ellos dicen, pero no hagáis lo que hacen, porque no hacen lo que dicen".


El hijo que dijo "no"


El que dijo "no" representa a tantas personas que también hoy en día pueden sentir momentos de rebeldía: rebeldía contra la autoridad paterna, o contra la tradición, o contra la Iglesia, o contra Dios mismo tal como ellas lo ven.

Un joven que ha crecido en una familia cristiana luego es sometido a influencias externas que son auténticas ventoleras ideológicas y éticas: no es nada extraño que se "rebele" y diga "no". Cuánto más si ni siquiera en la familia ni en la escuela ni en la sociedad ha recibido la semilla de la fe. Su deseo de autoafirmación, de libertad y de independencia es lógico. Puede

ser hasta signo de madurez y de personalidad ese "no" que a algunos les puede venir espontáneo en su camino de fe.


Lo importante es que alguien les pueda ayudar a que recapaciten y puedan volver ese "no" en "sí", como el joven de la parábola. Porque puede darse muy bien que entre esas personas "oficialmente no buenas" haya auténticos hijos de Dios, que llevan una vida honrada y solidaria con los demás. Los jóvenes, en efecto, son diferentes, pero seguro que tienen valores que nosotros no teníamos a sus años, y nos pueden dar lecciones a

los mayores, no sólo nosotros a ellos (que también). Lo mismo podríamos decir de otra clase de personas que hoy día no son muy apreciadas en la sociedad, por ejemplo los inmigrantes o las que profesan otra religión. No debería extrañarnos si oímos decir que un Obispo ha pasado la fiesta de la Pastor. A pesar de las circunstancias que les han llevado allí, también ellos son hijos de Dios y puede ser que tengan valores insospechados.

Jesús, el Buen Pastor, hizo una afirmación que nos parece desconcertante: que habrá más alegría en el cielo por un pecador convertido que por cien justos que perseveran.


El que dijo "sí"


Los que dicen "sí", muchos, seguramente, son luego consecuentes, o intentan serlo, en sus vidas. Pero puede ser que algunos pronuncien ese "sí" superficialmente, sin personalidad, por costumbre o por miedo. Por fuera dicen "sí", pero dentro están diciendo "no" y tal vez mantendrán la hipocresía que tanto criticaba Jesús en los fariseos de su tiempo.

A veces nos tenemos oficialmente como buenos, pero luego puede ser que nos den lecciones de honradez o de autenticidad otras personas que tenemos como "pecadoras", pero que no son peores que nosotros. A veces puede pasar lo mismo con los inmigrantes: personas separadas de su tierra y a veces incluso de su familia, que pasan por circunstancias de inestabilidad que afectan también a su práctica religiosa. Pero, ¿quién puede negar que muchas son óptimas personas y desde su situación religiosa y social están respondiendo con buena disposición a la voluntad de Dios? Haríamos bien en respetarlas y darles un margen de confianza, sin creernos superiores a ellas.


Naturalmente, ni la parábola de Jesús, ni su aplicación hoy, son una invitación a imitar al hijo que dijo "no" o a las prostitutas o publícanos, sino a imitar la capacidad que tuvieron esas personas de convertirse y cambiar a una actitud de fe. Si esas personas están por delante en el Reino, no es por lo que habían sido, sino por el cambio que dieron, como el buen ladrón, a última hora, en la cruz.

El ideal no es decir "no" y luego cumplir, como no lo es tampoco decir "sí" y luego no cumplir. El ideal es decir "sí" con convicción y luego ser consecuente y perseverar en el bien. Como hicieron con su "sí" inicial Abrahán, y María y José, y sobre todo el mismo Jesús, en el cumplimiento de su vocación mesiánica hasta la cruz.


+ José Aldazábal. "Enséñame tus caminos", 8, p. 425.


Francisco Fernández-CarvajalHablar con Dios


Vigésimo sexto Domingo

ciclo a


LA VIRTUD DE LA OBEDIENCIA


— Parábola de los dos hijos enviados a la viña. La obediencia nace del amor.


— El ejemplo de Cristo. Obediencia y libertad.


— Deseos de imitar a Jesús.


I. ¿Qué os parece? comenzó Jesús dirigiéndose a los que le rodeaban. Un hombre tenía dos hijos; dirigiéndose al primero, le mandó: Hijo, ve hoy a trabajar a mi viña. Pero él le contestó: No quiero. Sin embargo se arrepintió después y fue. Lo mismo dijo al segundo. Y este respondió: Voy, señor; pero no fue. Preguntó Jesús cuál de los dos hizo la voluntad del padre. Y todos contestaron: el primero, el que de hecho fue a trabajar a la viña. Y Jesús prosiguió: En verdad os digo que los publicanos y las meretrices os van a preceder en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros por el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y las meretrices le creyeron1.


El Bautista había señalado el camino de la salvación, y los escribas y fariseos, que se ufanaban de ser fieles cumplidores de la voluntad divina, no le hicieron caso. Estaban representados por el hijo que dice «voy», pero de hecho no va. En teoría eran los cumplidores de la Ley, pero a la hora de la verdad, cuando llega a sus oídos la voluntad de Dios por boca de Juan, no la cumplen, no supieron ser dóciles al querer divino. En cambio, muchos publicanos y pecadores atendieron su llamada a la penitencia y se arrepintieron: están representados en la parábola por el hijo que al principio dijo «no voy», pero en realidad fue a trabajar a la viña. Obedeció, agradó a su padre con las obras.


El mismo Señor nos dio ejemplo de cómo hemos de llevar a cabo ese querer divino, que se nos manifiesta de formas tan diversas, «pues en cumplimiento de la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el Reino de los Cielos, nos reveló su misterio y efectuó la redención con la obediencia»2. San Pablo, en la Segunda lectura de la Misa3, nos pone de manifiesto el amor de Jesucristo a esta virtud: siendo Dios, se humilló a Sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz. En aquellos tiempos la muerte de cruz era la más infamante, pues estaba reservada a los peores criminales. De ahí que la expresión máxima de su amor a los planes salvíficos del Padre consistió en obedecer hasta la muerte y muerte de cruz.


Cristo obedece por amor; ese es el sentido de la obediencia cristiana: la que se debe a Dios, la que debemos prestar a la Iglesia, a los padres, a los superiores, la que de un modo u otro rige la vida profesional y social. Dios no quiere servidores de mala gana, sino hijos que quieran cumplir su voluntad con alegría, que obedezcan. Cuenta Santa Teresa que, estando un día considerando la gran penitencia que llevaba a cabo una buena mujer conocida suya, le entró una santa envidia pensando que ella también la podría hacer, si no fuera por el mandato expreso que había recibido de su confesor. De tal manera quería emular a aquella mujer penitente que pensó si sería mejor no obedecer en este consejo al confesor. Entonces, le dijo Jesús: «Eso no, hija; buen camino llevas y seguro. ¿Ves toda la penitencia que hace?; en más tengo tu obediencia»4.


II. La obediencia de Jesús –como nos enseña San Pablo– no consistió simplemente en dejarse someter a la voluntad del Padre, sino que fue Él mismo quien se hizo obediente: su obediencia activa asumió como propios los designios del Padre y los medios para alcanzar la salvación del género humano.


Una de las señales más claras de andar en el buen camino, el de la humildad, es el deseo de obedecer5, «mientras que la soberbia nos inclina a hacer la propia voluntad y a buscar lo que nos ensalza, y a no querer dejarnos dirigir por los demás, sino dirigirlos a ellos. La obediencia es lo contrario de la soberbia. Mas el Unigénito del Padre, venido del Cielo para salvarnos y sanarnos de la soberbia, se hizo obediente hasta la muerte en la cruz»6. Él nos ha enseñado por dónde hemos de dirigir nuestros pasos: lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero, recitan hoy los sacerdotes en la Liturgia de las Horas7.


La obediencia nace de la libertad y conduce a una mayor libertad. Cuando el hombre entrega su voluntad en la obediencia conserva la libertad en la determinación radical y firme de escoger lo bueno y lo verdadero. Quien elige una autopista para llegar antes y con más seguridad a su destino, no se siente coaccionado por los límites y las indicaciones que encuentra; la cuerda que liga al alpinista con sus compañeros de escalada no es atadura que le perturbe –aunque le tenga firmemente sujeto–, sino vínculo que le da seguridad y le evita caer al abismo; los ligamentos que unen las diversas partes del cuerpo no son ataduras que impiden los movimientos, sino garantía de que estos se realicen con soltura y firmeza. El amor es lo que hace que la obediencia sea plenamente libre. ¿Cómo pensar que Cristo –que tanto amó y nos inculcó esta virtud– no lo fuera? «Para quien quiere seguir a Cristo, la ley no es pesada. Solo se convierte en una carga si no se acierta a ver en ella la llamada de Jesús o no se tienen ganas de seguir esa llamada. Por lo tanto, si la ley resulta a veces pesada, puede ser que haya que mejorar no tanto la ley como nuestro empeño por seguir a Cristo.


»Si me amáis, guardaréis mis mandamientos (Jn 14, 15). Por esto es por lo que quiero obedecerte a Ti y obedecer a tu Iglesia, Señor; no principalmente porque yo vea la racionalidad de lo que se manda (aunque esa racionalidad es tantas veces evidente), sino –principalmente– porque quiero amarte, y demostrarte mi amor. Y también porque estoy convencido de que tus mandamientos proceden del amor y me hacen libre. Corro por los caminos de tus mandamientos, pues Tú dilatas mi corazón... Andaré por camino espacioso, porque busco tus preceptos (Sal 119, 32-45)»8.


III. Mejor es la obediencia que las víctimas9, leemos en la Sagrada Escritura. «Y con razón –comenta San Gregorio Magno– se antepone la obediencia a las víctimas, porque mediante las víctimas se inmola la carne ajena, y en cambio por la obediencia se inmola la propia voluntad»10, lo más difícil de entregar, porque es lo más íntimo y propio que poseemos. Por eso es tan grata al Señor, y de ahí el empeño de Jesús, a quien los vientos y el mar le obedecen11, por enseñarnos con su palabra y con su vida que el camino del bien, de la paz del alma y de todo progreso interior pasa por el ejercicio de esta virtud. Ya en el Antiguo Testamento estaba escrito: Vir obediens loquetur victoriam12, el que obedece alcanza la victoria, «el que obedece, vence», obtiene la gracia y la luz necesaria, pues recibe el Espíritu Santo, que Dios otorga a los que obedecen13. «¡Oh virtud de obedecer, que todo lo puedes!»14, exclamaba Santa Teresa. Por ser tantos los bienes que se derivan del ejercicio de esta virtud y el camino que lleva más derechamente a la santidad, el demonio tratará de interponer muchas falsas razones y excusas para no obedecer15.


Con todo, la necesidad de obedecer no proviene solo de los bienes tan grandes que reporta al alma, ni de una eficacia organizativa..., sino de su íntima unión con la Redención: es parte esencial del misterio de la Cruz16. Por tanto, el que pretendiera poner límites a la obediencia querida por Dios, limitaría a la vez su unión con Cristo y difícilmente podría identificarse con Él, fin de toda la vida cristiana, porque habéis de tener en vuestros corazones los mismos sentimientos que tuvo Jesucristo en el suyo, el cual, teniendo la naturaleza de Dios..., no obstante se anonadó a Sí mismo tomando forma de siervo17.


El deseo de imitar a Cristo nos ha de llevar a preguntarnos frecuentemente: ¿hago en este momento lo que Dios quiere, o me dejo llevar por el capricho, la vanidad, el estado de ánimo? ¿Sé oír la voz del Señor en los consejos de la dirección espiritual? ¿Es mi obediencia sobrenatural, interna, pronta, alegre, humilde y discreta?18.


Pidamos a Nuestra Señora un gran deseo de identificarnos con Cristo mediante la obediencia, aunque alguna vez nos cueste. «Obedece sin tantas cavilaciones inútiles... Mostrar tristeza o desgana ante el mandato es falta muy considerable. Pero sentirla nada más, no solo no es culpa, sino que puede ser la ocasión de un vencimiento grande, de coronar un acto de virtud heroico.


»No me lo invento yo. ¿Te acuerdas? Narra el Evangelio que un padre de familia hizo el mismo encargo a sus dos hijos... Y Jesús se goza en el que, a pesar de haber puesto dificultades, ¡cumple!; se goza, porque la disciplina es fruto del Amor».


Salmo 117: Himno de acción de gracias después de la victoria


Ant: Bendito el que viene en nombre del Señor.


Dad gracias al Señor porque es bueno,

porque es eterna su misericordia.


Diga la casa de Israel:

eterna es su misericordia.


Diga la casa de Aarón:

eterna es su misericordia.


Digan los fieles del Señor:

eterna es su misericordia.


En el peligro grité al Señor,

y me escuchó, poniéndome a salvo.


El Señor está conmigo: no temo;

¿qué podrá hacerme el hombre?

El Señor está conmigo y me auxilia,

veré la derrota de mis adversarios.


Mejor es refugiarse en el Señor

que fiarse de los hombres,

mejor es refugiarse en el Señor

que fiarse de los jefes.


Todos los pueblos me rodeaban,

en el nombre del Señor los rechacé;

me rodeaban cerrando el cerco,

en el nombre del Señor los rechacé;

me rodeaban como avispas,

ardiendo como fuego en las zarzas,

en el nombre del Señor los rechacé.


Empujaban y empujaban para derribarme,

pero el Señor me ayudó;

el Señor es mi fuerza y mi energía,

él es mi salvación.


Escuchad: hay cantos de victoria

en las tiendas de los justos:

"la diestra del Señor es poderosa,

la diestra del Señor es excelsa,

la diestra del Señor es poderosa."


No he de morir, viviré

para contar las hazañas del Señor.

Me castigó, me castigó el Señor,

pero no me entregó a la muerte.


Abridme las puertas del triunfo,

y entraré para dar gracias al Señor.


-Ésta es la puerta del Señor:

los vencedores entrarán por ella.


-Te doy gracias porque me escuchaste

y fuiste mi salvación.


La piedra que desecharon los arquitectos

es ahora la piedra angular.

Es el Señor quien lo ha hecho,

ha sido un milagro patente.


Éste es el día en que actuó el Señor:

sea nuestra alegría y nuestro gozo.

Señor, danos la salvación;

Señor, danos prosperidad.


-Bendito el que viene en nombre del Señor,

os bendecimos desde la casa del Señor;

el Señor es Dios, él nos ilumina.


-Ordenad una procesión con ramos

hasta los ángulos del altar.


Tú eres mi Dios, te doy gracias;

Dios mío, yo te ensalzo.


Dad gracias al Señor porque es bueno,

porque es eterna su misericordia.


Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo

como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.


Ant: Bendito el que viene en nombre del Señor.


Daniel 3,52-57: Que la creación entera alabe al Señor


Ant: Cantemos un himno al Señor, nuestro Dios. Aleluya.


Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres:

a ti gloria y alabanza por los siglos.


Bendito tu nombre, santo y glorioso:

a él gloria y alabanza por los siglos.


Bendito eres en el templo de tu santa gloria:

a ti gloria y alabanza por los siglos.


Bendito eres sobre el trono de tu reino:

a ti gloria y alabanza por los siglos.


Bendito eres tú, que sentado sobre querubines sondeas los abismos:

a ti gloria y alabanza por los siglos.


Bendito eres en la bóveda del cielo:

a ti honor y alabanza por los siglos.


Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor,

ensalzadlo con himnos por los siglos.


Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo

como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.


Ant: Cantemos un himno al Señor, nuestro Dios. Aleluya.


Salmo 150: Alabad al Señor


Ant: Alabad al Señor por su inmensa grandeza. Aleluya.


Alabad al Señor en su templo,

alabadlo en su fuerte firmamento.


Alabadlo por sus obras magníficas,

alabadlo por su inmensa grandeza.


Alabadlo tocando trompetas,

alabadlo con arpas y cítaras,


alabadlo con tambores y danzas,

alabadlo con trompas y flautas,


alabadlo con platillos sonoros,

alabadlo con platillos vibrantes.


Todo ser que alienta alabe al Señor.


Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo

como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.


Ant: Alabad al Señor por su inmensa grandeza. Aleluya.


Lectura


Ez 36,25-27


Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar; y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos.


V/. Te damos gracias, oh Dios, invocando tu nombre.


R/. Te damos gracias, oh Dios, invocando tu nombre.


V/. Contando tus maravillas.


R/. Invocando tu nombre.


V/. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo


R/. Te damos gracias, oh Dios, invocando tu nombre.


Cántico Ev.


Ant: Todo el que hace la voluntad del Padre es verdadero hijo de Dios. Aleluya.


†


Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo,

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo,

por boca de sus santos profetas.


Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

realizando la misericordia

que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.


Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.


Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.


Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tinieblas

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.


Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo

como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.


Ant: Todo el que hace la voluntad del Padre es verdadero hijo de Dios. Aleluya.


Preces


Demos gracias a nuestro Salvador, que ha venido al mundo para ser "Dios con nosotros" y digámosle confiadamente:


Cristo, Rey de la gloria, sé nuestra luz y nuestro gozo


- Señor Jesús, Sol que nace de lo alto y primicia de la resurrección futura,

haz que, siguiéndote a ti, no vivamos nunca en sombra de muerte, sino que tengamos siempre la luz de la vida


- Que sepamos descubrir, Señor, cómo todas las criaturas están llenas de tus perfecciones,

para que así, en todas ellas, sepamos contemplarte a ti


- No permitas, Señor, que hoy nos dejemos vencer por el mal,

antes danos tu fuerza para que venzamos al mal a fuerza de bien


- Tú que, al ser bautizado en el Jordán, fuiste ungido con el Espíritu Santo,

asístenos durante este día, para que actuemos movidos por este mismo Espíritu de santidad


Por Jesús nos llamamos y somos hijos de Dios; por ello, nos atrevemos a decir:


Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre;


venga a nosotros tu reino;


hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.


Danos hoy nuestro pan de cada día;


perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.


No nos dejes caer en la tentación,


y líbranos del mal.


Final


Oh Dios, que manifiestas especialmente tu poder con el perdón y la misericordia, derrama incesantemente sobre nosotros tu gracia, para que, deseando lo que nos prometes, consigamos los bienes del cielo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.


Amén.